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	<title>Graciela Sobral - Sección Clínica de Madrid (Nucep). Estudiar psicoanálisis en Madrid España.</title>
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	<description>Formación en Psicoanálisis Lacaniano Madrid España. Instituto del Campo Freudiano. Centro de estudios de psicoanálisis en Madrid. Estudiar psicoanálisis en Madrid. Cursos de psicoanálisis lacaniano.</description>
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	<title>Graciela Sobral - Sección Clínica de Madrid (Nucep). Estudiar psicoanálisis en Madrid España.</title>
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		<title>La abolición subjetiva en el mundo actual</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Graciela Sobral]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 27 Nov 2015 10:47:49 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Dice el actor Juan Diego en El País del 8 de noviembre, “… pero no tenemos tiempo: han conseguido ponernos 14 horas de trabajo y por lo tanto nos han quitado la capacidad de reflexionar, de vernos, de vestirnos, de hacer el amor despacio, de pintar la mesa, de limpiar detenidamente una botella o de mirar a tu hijo a los ojos. Quieren anular lo que somos, lo que todavía no sabemos, la búsqueda de nuestro yo interno.”</p>
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<p>Dice el actor Juan Diego en El País del 8 de noviembre, “… pero no tenemos tiempo: han conseguido ponernos 14 horas de trabajo y por lo tanto nos han quitado la capacidad de reflexionar, de vernos, de vestirnos, de hacer el amor despacio, de pintar la mesa, de limpiar detenidamente una botella o de mirar a tu hijo a los ojos. Quieren anular lo que somos, lo que todavía no sabemos, la búsqueda de nuestro yo interno.”</p>



<p>Traigo esta cita porque creo que Juan Diego dice en 4 líneas lo que voy a tratar de explicar en estas páginas.</p>



<p>En nuestra época, desde finales del siglo XX, las transformaciones sociales se producen vertiginosamente. El discurso capitalista, es decir, el discurso del mercado y las empresas, sostenido por el gran desarrollo científico-tecnológico, tiene como uno de sus efectos más importantes la producción de subjetividades, posiciones subjetivas “fabricadas” desde el poder y, por lo tanto, favorables al entramado social actual. Se trata de sujetos que no saben ni se preguntan nada sobre sí mismos ni sobre el mundo que los rodea, sujetos cuyo ideal es conseguir algún objetivo sin plantearse mucho su relación más íntima con dicho objetivo, que desconocen su verdad más profunda. Son sujetos orientados hacia una posición contraria a la que les permitiría saber algo de su estatuto más humano, es decir, el hecho de ser hablantes, sexuados y mortales.</p>



<p>Se trata del sujeto abolido de nuestro título. Vamos a tratar de situar el punto en que se entrelaza esta realidad sociopolítica actual y el psicoanálisis.</p>



<p><strong>Los años 50</strong></p>



<p>Voy a hacer un poco de historia.</p>



<p>Lacan, en los años 50, comienza su propia enseñanza y se orienta hacia la obra de Freud a partir de una hipótesis, “el psicoanálisis es posible sí y sólo sí el inconsciente se estructura como un lenguaje”. De esta manera quiere mostrar la prevalencia de lo simbólico en la constitución del sujeto. Destaca la determinación del sujeto por el significante y muestra que el síntoma pone en juego una significación oculta, un significado reprimido vinculado a una verdad subjetiva pero, a la vez, desconocida para el sujeto. El síntoma metafórico, labrado en el contexto edípico, es una producción “patológica” del sujeto que padece de sus síntomas y va al psicoanalista para resolver ese problema y acercarse a su verdad. El sujeto en análisis tiene que poder preguntarse por su relación con el síntoma, con su causa. De hecho, el análisis en sentido estricto comienza con esta “sintomatización”.</p>



<p>Más tarde, Jacques Lacan señaló la emergencia de un fenómeno que tiene malas consecuencias para los sujetos, la decadencia del Nombre del Padre, es decir, la decadencia de esa instancia simbólica, garante de la ley, del deseo, del discurso y de la posibilidad del sujeto de situarse entre estos términos, constituyéndose como sujeto del deseo y de la palabra. Es un hecho que lo simbólico, la palabra está en retroceso frente a la emergencia de lo imaginario y del goce y su decadencia tiene importantes efectos.</p>



<p><strong>Los discursos</strong></p>



<p>A partir de su investigación en torno a la prevalencia de lo simbólico, Lacan va a orientarse hacia lo real y el goce. Como venimos viendo, en los años 50 plantea que el sujeto se organiza en relación a la palabra. En los años 70 define el discurso como una teoría del lazo social que aloja, también, la cuestión del goce. El discurso permite al sujeto localizarse en su relación con la palabra, con el Otro y con el goce.</p>



<p>Se trata de 4 discursos (del amo, universitario, de la histérica y psicoanalítico) donde hay 4 lugares (verdad, agente, Otro y producción) y 4 elementos (S/, S1, S2 y a, que no es un elemento significante sino del orden del goce) que rotan, pero no hay circularidad, siempre hay un lugar que no se puede atravesar, una imposibilidad. El movimiento comienza en un punto (lugar de la verdad) y termina en otro (lugar de la producción), pero no es circular, lo que se produce queda fuera del circuito. Lo imposible, por su parte, da cuenta de la imposible armonía entre el sujeto y su objeto. Es lo que Lacan plantea como “no hay (la) relación sexual”, no hay una relación eterna, completa y satisfactoria. Cada uno tiene que hacer lo que pueda con esa hiancia, ese imposible en la relación con el otro. Este lugar de imposibilidad es fundamental porque garantiza que el discurso no se cierra, que siempre habrá una grieta, que habrá pérdida y ganancia, que no hay armonía.</p>



<p>Pero luego Lacan plantea la existencia de otro discurso, que en realidad es un falso discurso, llamado discurso del capitalista. Es un falso discurso porque no tiene un lugar para la imposibilidad, no es abierto. Se trata de un circuito cerrado. Dentro de la lógica de este no-discurso los objetos, podemos pensar en los gadgets, caducan y se sustituyen sin más. Es un circuito de autoconsumo. Hasta los sujetos, supuestos consumidores de objetos, terminan siendo un objeto más que es consumido por el sistema. Ya no se trata tanto de querer esto o aquello, hay un imperativo que lleva al consumo de tal forma que transforma al consumidor en consumido.</p>



<p>Primero describimos una época, a partir de los años 50, donde poníamos en juego los conceptos de: sujeto simbólico, significación, síntoma, discurso.</p>



<p>Hacia finales del siglo pasado esto comienza a cambiar de una forma muy evidente. En relación a los discursos que comentábamos recién, cada vez es más acuciante la injerencia del discurso capitalista.</p>



<p><strong>Síntomas contemporáneos</strong></p>



<p>En la clínica de esta época surgen cierto tipo de síntomas que llamamos “síntomas contemporáneos”, que muchas veces ocultan la estructura subjetiva y que, más que mostrar un significado reprimido para el sujeto muestran un nudo opaco de goce que no admite preguntas. El sujeto no se pregunta por lo que le pasa y el síntoma aparece más claramente del lado de una solución de goce, alejado de lo simbólico.</p>



<p>Entonces a partir de los años 70 hablamos de discurso capitalista, de síntomas contemporáneos, del sinthome, de la “cosificación” del sujeto: efecto de la producción de subjetividad que determina el neoliberalismo.</p>



<p>Si el sujeto de los años 50 se movía con soltura en relación al lenguaje y trataba de que la verdad de sus síntomas fuera revelada, esa posición no es la que caracteriza al sujeto actual, que es menos dado a la interrogación subjetiva. Aun los que somos mayores vamos cambiando en el sentido de la época, entre otras cosas, por ejemplo, también vamos firmemente adheridos a nuestros gadgets como si lo hubiéramos hecho toda la vida.</p>



<p><strong>La clínica</strong></p>



<p>En mi práctica clínica, hay un tipo de casos que ilustra bien este anudamiento de la sociedad actual y los síntomas contemporáneos: la anorexia.</p>



<p>Decimos anorexia pero, evidentemente, no todas las anorexias son iguales. A grandes rasgos podemos pensarlas en relación a los dos tipos de síntomas que hemos descrito. Hay una anorexia que se inscribe en la lógica del síntoma metafórico, freudiano. Es un síntoma que tiene en cuenta al Otro, que se dirige a él. Se trata del sujeto neurótico, por ejemplo una joven histérica, que hace un síntoma anoréxico pero éste no constituye ni el centro de su vida ni de su ser, se inscribe más en la línea de un mensaje dirigido al Otro. Puede padecer anorexia durante un tiempo más o menos largo pero en este caso la anorexia se comportaría como cualquier otro síntoma, sería susceptible de ser interpretada y podría perder su virulencia o desaparecer más o menos fácilmente cuando su valor en relación a la demanda y el deseo se esclarezca.</p>



<p>En cambio, hay otros casos que muestran una estructura diferente. Cuando hablaba de los síntomas contemporáneos decía que en muchos casos éstos ocultan la estructura, que puede ser una neurosis o una psicosis. Ahora bien, no es lo mismo tratar un síntoma en una neurosis que en una psicosis. El síntoma en la neurosis tiene la capacidad de desplegar una verdad y de ser interpretado. En la psicosis, en cambio, es mejor no intervenir directamente sobre el síntoma o tratar de no contrariarlo porque es posible que cumpla una función de suplencia, es decir que el propio síntoma constituya un anudamiento, algo que le permita al sujeto seguir adelante con lo insoportable, con el horror. El sujeto neurótico tiene un recurso para hacer con lo imposible que es la significación fálica. El psicótico, no. Frente a determinado encuentro con lo real el psicótico, al no disponer de algo que vele lo real, puede desencadenarse o, en el mejor de los casos, puede hacer un síntoma que evite el desencadenamiento.</p>



<p>Como hemos dicho, hay toda una suerte de síntomas que proliferan actualmente, los llamados síntoma contemporáneos (anorexias, bulimias, toxicomanías, agresividad, etc.) que pueden estar cumpliendo esta función. Los sujetos están cada vez más desabonados del inconsciente, cada vez tienen menos recursos simbólicos. En ese sentido podemos hablar de la abolición subjetiva.</p>



<p>Una paciente ha hecho un síntoma que puede ilustrar algo de esta cuestión. Se trata de una joven que no es anoréxica pero que, frente a una pérdida sentimental importante de la que le cuesta hablar, comenzó a verse gorda. A la vez, casi sin darse cuenta, comenzó a hacerse fotos a diario. Al contar esto se dio cuenta de que en las fotos no se ve gorda sino todo lo contrario. Encuentra una contradicción entre lo gorda que se siente y lo bien que sale en las fotos, como si fueran dos aspectos de ella misma cuya conexión desconoce. Con este “juego” elude el tema importante que es la pérdida, y a la vez, sin saberlo, lo está tratando.</p>



<p>Traigo este fragmento como ejemplo que permite ilustrar como esta joven usa el síntoma “verse gorda” para no hablar de su pérdida y como, junto a esta dificultad para poner su drama en palabras, aparece la imagen cuya prevalencia es tan característica de nuestra época tecnológica. “Sentirse gorda + verse guapa” toman el lugar del acontecimiento que no puede nombrar y, paradójicamente, constituyen una manera de aproximarse a él.</p>



<p>Entonces, para concluir, el discurso del neoliberalismo, que es el malestar en la cultura actual, empuja al sujeto a esa posición de sujeto abolido. Un sujeto que es dócil frente al discurso capitalista y su capacidad para producir subjetividades, subjetividades “artificiales”, podríamos decir, que no están en consonancia con lo verdadero del sujeto sino con los significantes de la época o con los ideales impuestos, que luego resultan insostenibles. Más allá del ejemplo de la anorexia que es muy interesante porque tiene dos patas (la del síntoma metafórico, más vinculado al deseo y la del síntoma epocal, más vinculado al goce) esto que estamos señalando lo vemos a diario, sujetos que hacen carreras universitarias que en realidad no les interesan, que tienen novias o esposas que no les gustan, que no saben por qué han tenido una vida que no deseaban realmente. Se trata de sujetos que no se hacen responsables de su lugar de sujeto y deponen su deseo. Gozar, se goza. Lo difícil es desear y sostener un deseo que nos permita disfrutar.</p>



<p>En muchos casos el psicoanálisis puede servir para que el sujeto se encuentre con sus deseos más íntimos y se responsabilice de ellos, para emprender una vida orientada desde dentro (de sí) y no desde fuera.</p>



<p>El psicoanálisis nos puede ofrecer una gran ventaja terapéutica y su teoría, por otro lado, nos muestra de qué manera el sujeto actual puede verse atrapado en unas redes que lo posterguen subjetivamente.</p>



<p>Graciela Sobral</p>



<p>Transcripción de la ponencia del 27 de noviembre 2015, parte del ciclo «Ciencia, Economía, Política y Abolición del Sujeto» organizado por al Universidad Complutense de Madrid.</p>
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		<title>Kafka y el padre</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/kafka-y-el-padre/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Graciela Sobral]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:19:32 +0000</pubDate>
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<p>Franz Kafka es uno de los autores que ha marcado el siglo XX y constituye uno de sus paradigmas literarios. Ha creado un estilo propio, que no se inscribe dentro de ninguna de las tradiciones que lo precedieron. Así, el adjetivo kafkiano se utiliza independientemente de haber leído su obra o de tener entusiasmo por el autor. Constituye una forma moderna de referirse a lo abstruso, absurdo, increíble, oscuro y complicado, al sinsentido.</p>
<p>Los estudiosos se refieren a Kafka como un hombre para el cual la literatura era una pasión, en ambos sentidos del término, un amor y un calvario. La escritura era su forma de estar en el mundo, él mismo decía: “todo lo que no es literatura me aburre y lo odio, incluso las conversaciones sobre literatura”.</p>
<p><strong>El padre en psicoanálisis</strong></p>
<p>El padre, la función del padre, ocupa un lugar central en la teoría psicoanalítica, especialmente en la línea que nosotros seguimos, constituida por el pensamiento de Sigmund Freud, Jacques Lacan y Jacques-Allain Miller.<br />
Freud utiliza al padre como un elemento fundamental en la organización de la estructura subjetiva que está concibiendo. Así, “inventa” el complejo de Edipo para dar cuenta, bajo una forma mítica, de cómo se constituye el sujeto de deseo y cómo se da una identidad sexual. La figura del padre ocupa un lugar central en este mito. El padre edípico es un padre normativo, es el que transmite la ley y el que permite la constitución del “psiquismo normal”. El padre edípico facilita la separación entre el niño y la madre y da lugar a la entrada del niño a un mundo más allá del familiar. A su vez, es el padre que sirve de soporte para la orientación sexual tanto del niño como de la niña.</p>
<p>No obstante, Freud necesita recurrir a otra figura para dar cuenta de ciertos fenómenos de empuje al goce que se manifiestan en la clínica, especialmente en la neurosis obsesiva. Se trata del padre de Totem y Tabú, que es una figura de la excepción, es el padre que está por fuera de la ley y puede gozar de todo lo que priva a sus hijos. La ley se constituye a partir del asesinato de este padre, pero su figura retorna, justamente, en la culpa por su muerte.</p>
<p>Lacan, a lo largo de su enseñanza, reelabora y problematiza la función del padre. Se podría estudiar la obra de Lacan tomando el sesgo del padre. Con esto quiero decir que es un tema muy complicado, del que señalaré algunas cuestiones fundamentales que nos permitan ponerlo en relación con Kafka y la versión del padre que da en su carta.</p>
<p>Así como Freud toma al padre para dar cuenta de la estructura “normal” de la subjetividad (neurótica), Lacan se orientará a partir del padre en la tarea de dilucidar lo que hace al campo de la neurosis y de la psicosis.</p>
<p>En primer lugar y en función de la importancia que tuvo la teoría lingüística en los primeros años de su enseñanza, Lacan hace del padre una metáfora, un lugar de sustitución: el padre, elevado a la categoría de significante del Nombre del Padre, permite dar una significación al deseo voraz de la madre y al niño mismo. Se trata de dar una significación (fálica) al enigma que el deseo del Otro representa. Este padre metafórico subsume las figuras freudianas del padre, si bien, por el hecho de ser un significante ya no pertenece a la categoría imaginaria sino que se transforma en un hecho de discurso. La presencia de este significante en el lugar del Otro, garantiza para el sujeto el acceso a la neurosis.</p>
<p>En esta época Lacan se plantea por qué algunos sujetos son psicóticos. Su respuesta es que lo son porque no operó la metáfora paterna, porque no hubo para ellos ese significante que les permitiera la constitución del psiquismo a la manera neurótica. En esta concepción, la psicosis se produce por un déficit en lo simbólico, porque la metáfora paterna no ha operado, por una falta en el lugar simbólico del Otro.</p>
<p>Más adelante Lacan hará un planteamiento inverso: ¿Cómo es que los sujetos no están (todos) locos? Modifica su concepción y concibe una pluralización de los Nombres del Padre (NdP). Es decir que no sólo el Padre es un NdP sino que puede haber otros. El NdP pasa de ser un significante a ser</p>
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<p>una variable, una x. Un sujeto puede sostenerse en la normalidad, sin volverse loco, por la función que cumple el ste. del NdP, o por la función que cumple el síntoma como NdP, o por lo que él pueda inventar que haga las veces de NdP. “Hacerse un nombre”, frente a la falta del NdP, puede funcionar como un NdP, es un invento que toma el lugar del NdP. El ejemplo fundamental de esta concepción es el de Joyce.</p>
<p><strong>El padre de Kafka</strong></p>
<p>En primer lugar, si consideramos que la ley hace universal lo individual, debemos tener en cuenta que la ley que transmite el padre debe ser universal, pero no anónima. Tiene consecuencias desastrosas que el padre se identifique con la ley universal y absoluta. ¿Es este caso el del padre de Kafka? A través de la lectura de la Carta, encontramos un padre del goce de la excepción y también un padre que podemos considerar identificado con esa ley universal, para quien no hay lugar para lo que no sea como él piensa.</p>
<p>Por otra parte, Kafka es un hombre cuyo sentimiento de existir está afectado profundamente y se manifiesta en todos los ámbitos de su vida. Esto es algo que no podemos dejar de vincular con la función del padre, con una falla muy importante en relación a su función.</p>
<p><strong>¿Cuál es la versión que da Kafka del padre?</strong></p>
<p>La versión que él da de su padre es horrorosa y estremecedora.<br />
Desde el punto de vista freudiano, podemos reconocer en su relato al padre de Totem y tabú, que hemos caracterizado como el padre de la excepción: “mordisquear los huesos estaba prohibido, pero tu podías hacerlo; no se podía sorber el vinagre, pero tu sí podías hacerlo. Lo más importante era cortar en forma pareja el pan; pero el que tu lo hicieras con un cuchillo que chorreaba salsa, eso no tenía la menor importancia&#8230;”, de la crueldad: “Una noche, al mismo tiempo que gimoteaba, yo pedía agua sin cesar; desde luego, no tanto por la sed, sino probablemente, un poco por fastidiar y un poco por entretenerme. Como no dio resultado ninguna amenaza violenta, me sacaste de la cama, me llevaste en brazos hasta la terraza y allí me dejaste solo en camisón, de pie ante la puerta cerrada.”. Si bien es cierto que en muchos relatos de sujetos que comienzan un análisis aparecen versiones terribles del padre que el propio devenir analítico va dialectizando y modificando.<br />
Si bien, en el “caso literario” que estamos comentando hay cuestiones que nos evocan las últimas formulaciones de Lacan: lo que concierne a la pluralización de los NdP. Decíamos que se trata del uso de algo, de un elemento, como NdP, que le puede permitir al sujeto no estar loco y a la vez darse un lugar en el mundo. En nuestro caso, se trataría de la relación con la escritura y de cómo ésta le permite “hacerse un nombre” (lo “kafkiano”).<br />
Dice: “gracias a esta actividad (escribir) realmente me había logrado apartar por mi mismo de ti en buena medida, en cierta medida estaba a salvo, tomaba un respiro”.<br />
También le “resultaba excepcionalmente grata la aversión de su padre contra su literatura”. En este párrafo habla de “vanidad” y “amor propio”, debe ser el único lugar de la carta donde aparece algo de este orden.<br />
Kafka se sostiene en la escritura: desde ahí consigue un lugar que le da cierta dignidad frente a su padre y frente al mundo.<br />
Él comienza la carta diciendo que no es un Kafka sino un Lowy (el apellido de la madre), vemos que ha logrado transformar el nombre propio Kafka en un adjetivo nuevo y universal que surge de su obra. Podemos entender de esta manera el “hacerse un nombre” y el tener la escritura como NdP.</p>
<p><strong>¿Qué datos nos pueden hacer pensar que esto es así?</strong></p>
<p>Según la doctrina clásica de la psicosis, cuando no hay inscripción del NdP, en un determinado momento de la vida del sujeto, a la hora de responder frente a un acontecimiento que necesite de cierta respuesta simbólica (por ejemplo, hacerse cargo de una responsabilidad: el nacimiento de un hijo, la asunción de un cargo, etc), y al no disponer de la garantía que procura el NdP, el sujeto puede encontrarse con un agujero frente al cual se produce el desencadenamiento psicótico.<br />
En otros casos, como decíamos, puede haber otros elementos que hagan la función del NdP, no obstante, esto es una falla que tiene manifestaciones clínicas. Cuando hay un defecto a nivel de la significación fálica, podemos encontrar ideas delirantes o perturbaciones serias en relación a la sexualidad o al amor. Este es uno de los aspectos “particulares” que encontramos en la Carta al Padre y que avalarían la hipótesis anterior: Kafka se “hace un nombre”: “kafkiano”.</p>
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<p>Kafka no se casa y no tiene hijos, pero él no es simplemente un hombre que no se casa y no tiene hijos, como pueden serlo tantos otros. El es un hombre que quisiera casarse y eso lo horroriza, dice: “¡Atrévete a casarte sin volverte loco!”. Él tiene relaciones sexuales con prostitutas pero no puede sostener una relación sentimental tête-a-tête, sólo epistolarmente.<br />
Al final de la Carta, con su estilo minuciosamente descriptivo, habla de cómo las tentativas de matrimonio llegaron a ser su intento de salvación más importante y como constituyeron, también, su fracaso más importante.<br />
Él, por una parte, quiere la aprobación del padre (dice: “el éxito de toda la carta depende de que el padre entienda (y acepte) su tentativa de matrimonio), y sufre por su desprecio.<br />
Luego enumera los obstáculos al matrimonio, que considera “lo máximo que puede lograr un hombre”. Estos obstáculos son:<br />
se considera espiritualmente incapaz de casarse (cuando decide hacerlo comienza a padecer tantos síntomas, que se lo impiden)<br />
dice: “se igualarían padre e hijo, pero nosotros seríamos borrados”. Kafka no puede, o no quiere, borrar el pasado, acabar con las diferencias. Para casarse tendría que saldar cuentas con el padre. otra dificultad son los hijos: no quiere tener un hijo que sea como él mismo, no lo soportaría, o no soportaría estar en el lugar del padre, con todo el horror que conlleva para él.<br />
Sostiene como objeción fundamental que “el matrimonio puede ir en contra de la escritura”: “&#8230;ya he insinuado que con el hecho de escribir y todo lo que se relacione con ello, he realizado pequeños intentos de independencia, intento de fuga con poco éxito, que no me llevarán muy lejos, según innumerables pruebas. No obstante, es mi deber, o más aún mi vida misma, velar por ellos, no dejar que los aceche ningún peligro que yo pudiera impedir, lo que es más, ni siquiera permitir que sea posible un peligro semejante. El matrimonio es un peligro de este tipo, como así también la posibilidad de máximo impulso, pero a mi me basta con que sea la posibilidad peligrosa&#8230;”<br />
R. Safranski, en su trabajo Kafka o el arte de residir en lo extraño, dice “Vivir las relaciones humanas habría significado acatar la ley de la vida, reproducirse, juntar el propio cuerpo con el cuerpo de otros; ser padre y luego ejercer como tal, llevar a otras personas de la mano e iniciarlas en la vida&#8230;. En resumidas cuentas, llegar a ser igual que el propio padre. La escritura de Kafka es una vacilación ante la inminencia de llegar a ese mundo sólido y terrible. Escribir equivale a permanecerfuera.”</p>
<p>Kafka necesita que todo pase por la escritura, una de sus épocas más fecundas literariamente es cuando tiene una relación con una mujer, Felice. Lo hace exclusivamente a través de las cartas (1912-13), antes de la redacción de la Carta.<br />
Entre los dos términos: la dificultad para contraer matrimonio y la escritura como sostén, ¿se trata de conjugar la “ascesis del cuerpo” con el “éxtasis de la escritura”?</p>
<p>Podríamos también hacer una hipótesis, según la cual la Carta, donde a veces parodia al padre, podría ser un intento de “curarse” del padre, de resolver sus cuentas pendientes con él.</p>
<p><strong>Citas de:</strong></p>
<p>Kafka, F.: Carta al Padre, Colección Fontana, Barcelona, 1995<br />
Safranski, R.: ¿Cuánta verdad necesita el hombre?, Lengua de Trapo, Madrid, 2004</p>
<p>(*) texto leído dentro del ciclo “El padre en la literatura”, Tardes de la Biblioteca, reunión organizada por la Biblioteca de la Sede de Madrid de la ELP</p>
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		<title>Un tratamiento de la anorexia en Italia y España</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/un-tratamiento-de-la-anorexia-en-italia-y-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Graciela Sobral]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:18:43 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>INSTITUTO ITALIANO PRESENTACION OREXIS INTRODUCCIÓN AL TEMA ANOREXIA-BULIMIA Para comenzar quiero agradecer a la Embajada de Italia y al Instituto Italiano su interés por este proyecto y la organización de este acto, y a Massimo Recalcati su presencia en la presentación de Orexis. Orexis es un proyecto que surgió de la lectura de un artículo [&#8230;]</p>
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<p><strong>INSTITUTO ITALIANO PRESENTACION OREXIS</strong><strong></strong></p>



<p><strong>INTRODUCCIÓN AL TEMA ANOREXIA-BULIMIA</strong><strong></strong></p>



<p>Para comenzar quiero agradecer a la Embajada de Italia y al Instituto Italiano su interés por este proyecto y la organización de este acto, y a Massimo Recalcati su presencia en la presentación de Orexis.</p>



<p>Orexis es un proyecto que surgió de la lectura de un artículo de Massimo Recalcati, donde hablaba&nbsp; de ABA y de la experiencia de los pequeños grupos monosintomáticos. En ese momento yo quería organizar un dispositivo para el tratamiento de anorexias y bulimias y el encuentro con esos textos señaló el camino que nos ha conducido hasta este lugar. Aunque hoy no pudo estar en Madrid, no quiero dejar de agradecer a Fabiola Le Clerq, presidenta de ABA, la amabilidad y generosidad con que acogió mi interés por su proyecto.</p>



<p>Nos convoca el tema de la anorexia porque la proliferación del número de casos y la gravedad que pueden llegar a presentar es, hoy en día, una preocupación para muchos: afectados, familiares y todos aquellos que desde distintas perspectivas intentan atajarla.</p>



<p>La anorexia y la bulimia son dos caras de una enfermedad de origen psíquico.</p>



<p>El síntoma, ya sea el rechazo del alimento o la ingesta compulsiva, se produce como consecuencia de un problema emocional.</p>



<p>¿Por qué decimos esto? Haremos un breve recorrido para justificar esta afirmación.</p>



<p>Como todos sabemos, la relación con el alimento, con la comida, es fundamental para el ser humano tanto desde el punto de vista cultural como desde el punto de vista subjetivo.</p>



<p>La comida forma parte importante de la tradición cultural de los pueblos, es algo que se trasmite de una generación a otra y constituye un rasgo de identidad. De hecho, muchos rituales incluyen comidas y bebidas, los festejos suelen realizarse en torno a una mesa. La importancia del banquete está destacada en distintos textos desde la antigüedad, y sabemos que la mesa familiar constituye un lugar fundamental de encuentro, cosa que en el mundo moderno no ocurre de la misma manera y cuyas consecuencias es necesario considerar.</p>



<p>Desde el punto de vista subjetivo, el pecho materno o el biberón, que es su sustituto, es decir, el alimento es el primer objeto con el que el niño tiene contacto en su vida. Es un objeto absolutamente privilegiado porque cumple distintas funciones: no sólo lo alimenta, sino que es el primer objeto de satisfacción y en torno a él se organiza, de manera fundamental, la relación con la madre. Tanto es así que durante esos primeros meses de vida no se sabe a quién pertenece más el pecho, si al niño o a la madre.</p>



<p>En este sentido, hay un cuento de Marguerithe de Yourcenar, titulado La Leche de la Muerte, que lo ilustra de una forma un tanto dura y despiadada: se trata de una mujer que tiene un bebé y debe morir. Será lapidada. Ella pide, como una gracia antes de su muerte, que hagan un agujero en&nbsp; el muro para que pueda sacar el pecho y la nodriza lleve al niño dos veces al día para que pueda seguir amamantándose. Así se hace. Luego se descubre que aunque la mujer había muerto hacía ya tiempo, los pechos continuaron dando leche mientras el niño la necesitó para vivir.</p>



<p>Por la vía del alimento el ser humano es introducido en la dimensión de la relación con los otros, especialmente con ese Otro fundamental que es la madre y también es introducido en la dimensión de la satisfacción que le procuran tanto el alimento como la propia relación con la madre. Ambas cosas lo satisfacen. La curiosidad y el afán investigador del niño también se ponen en juego por primera vez con el alimento.</p>



<p>La madre, aunque no sea consciente de esto, está cumpliendo una función fundamental que es la de introducir al niño en un mundo que tiene un cierto funcionamiento, donde las cosas deben  ser de una determinada manera, donde hay días y noches, horarios, momentos para el juego, para el sueño, para la comida. Es decir, la madre cumple una función simbólica. Evidentemente el pecho tiene una función nutricia, pero «mucho más importante que el objeto de la necesidad es la mano que lo da». Si la madre interpreta el grito o el llanto del niño transformándolo en demanda, lo que se pone en juego entre ellos trasciende absolutamente el campo de la necesidad, porque el objeto de la necesidad se transforma en un pretexto para que circule la demanda, que es demanda de amor.</p>



<p>La demanda, en tanto demanda de amor, resulta siempre frustrante, porque en última instancia la demanda es intransitiva, no es la demanda de esto o aquello, es demanda del Otro, de su presencia. Por ejemplo, cuando los niños al irse a la cama piden un vaso de agua, y luego otra cosa y luego  otra, es evidente que lo que piden es que les den algo, que <em>esté </em>su padre o su madre dándoles algo, cualquier cosa.</p>



<p>Es decir que la madre alimenta (o abriga o asea) pero en realidad se trata de otra cosa. La función simbólica de la madre es desplazada a los objetos que se transforman en símbolos, en dones de la madre, dones de su amor. Con lo cual, el valor del objeto no depende tanto de la necesidad que satisfaga sino del hecho de ser dado por el Otro. Esto también es fácil de ver en la vida cotidiana, cuando guardamos con gran cariño un objeto inservible, una hoja seca, por ejemplo, que no tiene valor en sí misma sino por la situación o la persona que evoca.</p>



<p>Aquí es necesario introducir una distinción a nivel del amor. Podemos considerar dos aspectos del amor: el amor en el sentido del enamoramiento, de la fascinación, de la completitud que se realiza&nbsp; con el objeto amado (un buen ejemplo es la imagen de la madre y el niño que conforman una unidad «sin falta») y el amor en el sentido que plantea Lacan como «dar lo que no se tiene», un amor&nbsp; generoso que introduce la falta.</p>



<p>La madre debe poder operar en los dos niveles del amor: en el nivel donde el niño toma imaginariamente el lugar del falo, de lo que completa a la madre; y en el nivel donde su deseo no se satisface con el niño y la lleva a estar en otro lugar, a faltar ella misma introduciendo la dimensión de la falta que es inherente al deseo. Esto puede permitir al niño «preguntarse» por su lugar en relación a la madre y por lo tanto al mundo, pasando así del lugar de ser objeto de amor o de cuidados a una posición más activa.</p>



<p>Hay una cita de Jacques A. Miller que resulta interesante en este punto: «lo determinante para cada sujeto es la relación de la mujer, su madre, con su propia falta» porque, según lo que venimos viendo, la manera como la madre pueda operar con estos dos niveles del amor que comentamos, dependerá de su propia posición en relación a la falta.</p>



<p>El niño come por la frustración de la demanda de amor. El destino de la demanda de amor es la frustración porque la dimensión del amor es, por estructura, decepcionante. El objeto de amor nunca está a la altura de lo que se espera de él. Extremando, Lacan plantea que el niño come, toma el objeto real comida, para compensar la frustración amorosa. Efectivamente, la frustración de la demanda lleva a la incautación del objeto como compensación, esto se verifica con la comida, la bebida, las drogas, etc.</p>



<p>Lacan lo explica en términos de la confusión del lado de la madre entre el alimento y el don de amor, la madre que está más preocupada por dar alimento que por dar «nada», que cree que lo que verdaderamente necesita el niño es el alimento. Esto no es algo que se manifieste sólo a nivel del alimento. Creo que la posición materna de la que hablamos se puede definir en términos de un sujeto que sabe lo que es bueno para el otro y que lo impone, obstaculizando que el otro, en este caso el niño, tenga la posibilidad de hacer sus propias experiencias.</p>



<p>En otros términos, se trata de un sujeto que no puede transmitir la falta, que obtura imaginariamente su propia falta con el niño y por ese motivo no puede transmitirla. Es la madre que tiene que estar siempre presente o si no puede hacerlo, tiene que suplir esa ausencia con un plus. Pero eso es algo que le pasa a ella. En ese sentido dice J. A. Miller que lo determinante es la relación de la madre con su propia falta. Por ejemplo, cuando venía hacia aquí, vi a una mujer negra, aquí hay un componente cultural que es difícil valorar, con un niño; el niño comenzó a llorar pero ella no lo dejó, lo puso al pecho, tapándole la boca y lo llevó prendido como si fueran uno solo.</p>



<p>En otros términos, del lado de la madre, hay una dificultad para dejar que el niño abandone ese lugar de ser el falo, es decir, de ser algo de su mamá, lo que la completa imaginariamente.</p>



<p>Esto es vivido subjetivamente por la madre, como una dependencia amorosa, más como una dependencia del niño que de la madre. Se trata de una dependencia que crean entre los dos. Recuerdo en este sentido una persona con la que estoy teniendo una serie de entrevistas, es una madre joven, tuvo una baja maternal al nacer su niño, luego pidió una excedencia porque el niño comía mal, le costaba dejar al niño para ir a trabajar pero debía retomar el trabajo, la madre retomaba el trabajo y el niño se enfermaba, finalmente el pediatra la mandó al psicoanalista.</p>



<p>Del lado del niño, se trata de un niño que queda muy capturado en el lugar narcisístico de ser el sustituto de la falta, el objeto del Otro.</p>



<p>Decíamos que el niño, desde el primer instante de su vida, por la vía del alimento es introducido en toda una serie de dimensiones humanas en las que deberá encontrar su forma particular de estar: la relación con la madre y con los otros, el juego, la satisfacción, las normas, el orden, etc.</p>



<p>El niño pequeño es impotente frente al adulto, pero tiene un arma para jugar su propio juego: la aceptación o el rechazo de lo que le viene del Otro. Es decir que el niño puede invertir el orden establecido y ser él quien, en determinadas circunstancias, se haga omnipotente, caso que&nbsp; la cuestión de la alimentación y los niños ilustra muy bien. En las familias y en las escuelas de niños pequeños el tema de la comida es fundamental y muchas veces constituye un verdadero problema difícil de resolver.</p>



<p>El alimento es un objeto que se puede constituir en un lugar ideal para estar pegado al Otro materno&nbsp; o sus sucedáneos, o para intentar despegarse, dando una batalla contra ese Otro. Esto es algo que se ve con toda claridad en los niños y también en algunos adultos.</p>



<p>Decíamos al comienzo que la anorexia y la bulimia son dos caras de una enfermedad de origen psíquico, así como los llamados en general “trastornos de la alimentación”.</p>



<p>Decíamos también que el síntoma se produce como consecuencia de un problema emocional. Ahora podemos agregar que el origen y el fundamento de ese problema emocional está en la infancia y que generalmente surge en un momento posterior, como respuesta a un conflicto afectivo.</p>



<p>Es decir que aunque la anorexia o la bulimia se desencadenen en la adolescencia, que es el caso típico de nuestra época, o en otro momento de la vida, siempre tiene sus raíces en la infancia.</p>



<p>En el recorrido anterior hemos explicado que para cada persona la relación con el alimento tiene un lugar fundamental en su subjetividad. Resulta evidente, más allá de cualquier psicopatología, que los estados emocionales alteran la relación normal con la comida. Hay casos en que esta relación ha&nbsp; sido más problemática y ha dado lugar a dificultades o síntomas desde la infancia. Es importante saber distinguir las alteraciones normales de los síntomas, que se pueden manifestar ya en la infancia.</p>



<p>La anorexia surge en un determinado momento de la vida frente a un conflicto psíquico. Como todo síntoma de origen psíquico indica la existencia de un conflicto que acontece en otro lugar y, si es detectado a tiempo, tiene buenas posibilidades de tratamiento y curación. Es decir que el verdadero problema no es con el alimento, está desplazado. Aún cuando no es detectado a tiempo, en los casos más graves, siempre existe la posibilidad de hacer rectificaciones a nivel subjetivo, lo cual incide no sólo en la relación con el alimento sino en los otros aspectos de la vida. Hay pacientes anoréxicos muy graves, con los que se ha intervenido demasiado tarde para lograr una verdadera curación pero que, no obstante, logran cambiar algo de su posición. Por ejemplo, el caso de una paciente&nbsp; anoréxica, que el hecho de haber podido reconstruir algunos fragmentos fundamentales de su historia vinculados con el desencadenamiento de la enfermedad, y haber podido pensar ciertos aspectos del complejo entramado familiar en el que está inmersa, le ha permitido cuestionarse su posición subjetiva y pasar de ser alguien que estaba por morir a ser alguien que se pregunta por algunas cosas de su vida y por su relación con la muerte.</p>



<p>De nuestra concepción de la enfermedad se desprende una forma de abordarla: no se trata de dirigirse al problema con el alimento sino de invitar al paciente a hablar de lo que le pasa, de lo que lo hace sufrir. Trataré de justificar brevemente este procedimiento.</p>



<p>Decíamos antes que el síntoma surge como expresión de un conflicto, en ese sentido, si permitimos que el síntoma se despliegue por medio de la palabra, tenemos la posibilidad de que apunte a los problemas que están en su base. Por ejemplo, cuando un paciente nos dice que «no quiere comer porque siente que cuando come está dando su brazo a torcer», podemos indagar una serie de cuestiones: ¿por qué el brazo a torcer? ¿frente a quién?, que nos irán conduciendo al verdadero lugar del conflicto.</p>



<p>El síntoma, así concebido, tiene dos aspectos.</p>



<p>Por una parte tiene un valor de mensaje, quiere decir algo sobre ese conflicto que representa, y pide ser escuchado. Cuando se permite el desenvolvimiento del síntoma surgen distintos aspectos que están como encerrados dentro de él y que son desconocidos inclusive para aquel que lo padece. Este recorrido por los vaivenes del síntoma produce alivio y permite al sujeto ubicarse en una posición diferente frente a sus propios conflictos.</p>



<p>El síntoma, por otra parte, encierra una satisfacción paradójica. Digo paradójica porque no se trata de ningún placer, pero sí de una satisfacción inconsciente que es la que le da al síntoma su fuerza, y por eso es tan difícil desembarazarse de los síntomas. En el ejemplo que tomaba antes, en ese «no dar el brazo a torcer» hay evidentemente una satisfacción, un triunfo sobre una situación que no se ha podido resolver de forma mejor. Desde luego que la solución sintomática, sobre todo en estos casos, no es una gran solución pero es la que el sujeto ha tenido a su disposición para resolver algo.</p>



<p>Volviendo a lo que comentaba al comienzo sobre la relación entre la madre y el niño, si el niño siente que no puede elegir decir «si» porque la autoridad o la insistencia del otro se manifiestan de tal manera que decir «si» supone someterse totalmente a su omnipotencia, probablemente elija decir «no» y disfrute de ese «no» como de un ejercicio de afirmación personal, de potencia. Pero esto es una trampa, es una elección forzada, porque el niño pierde la posibilidad del «si» y de todas las modulaciones posibles hasta llegar al «no».</p>



<p>Cuando hablamos con el sujeto anoréxico vemos que se trata de una trampa en nombre del amor.&nbsp; Del lado del Otro materno se quiere forzar un tipo de relación en nombre del amor, cuando tal vez se trate para la madre de otra cosa (miedo, inseguridad, obsesión porque las cosas sean de una determinada manera, etc). En cuanto al paciente, se queja de falta de amor o de cuidados insuficientes pero agobiantes, cuando el verdadero problema es una dificultad para poder desear, es decir, para encontrar su propio lugar, un lugar que no sea ni el asignado por el Otro ni el que se&nbsp; opone al Otro, sino un lugar elegido y construido lo más libremente posible. El sujeto anoréxico confunde el deseo, la posibilidad de elegir, con el no, con el rechazo.</p>



<p>En relación al problema con el alimento, como pasa con la mayoría de los síntomas, cuando pierde&nbsp; su fundamento como expresión de un conflicto y cuando la satisfacción que encierra se puede situar en otro lugar, pierde su fuerza y cae, como un huracán que ya ha descrito su trayectoria y&nbsp; desaparece.</p>



<p>Para concluir, quisiera hacer un comentario sobre la anorexia como una enfermedad característica de nuestra época, situándola dentro de un marco histórico. Si bien desde la Edad Media existieron mujeres ayunadoras, y hace más de un siglo fue descrita la anorexia como una entidad clínica, es a finales del siglo XX cuando el número de casos se incrementa de una forma alarmante, tanto que se comienza a hablar de epidemia. Debemos pensar de qué manera la época, con su oferta incesante de objetos de satisfacción inmediata, determina la aparición de una anorexia con características diferentes, y el gran aumento del número de casos.</p>



<p>Porque la anorexia que fue descrita por Lassegue y por Gull en el siglo pasado no es la misma que encontramos hoy en día. Por ejemplo, la delgadez como ideal estético no estaba presente en la descripción de aquellos casos clínicos. Ese es un componente actual. Desde nuestro punto de vista&nbsp; la moda de la delgadez no es suficiente para producir sujetos anoréxicos, no cualquiera desarrolla una anorexia. La moda de la delgadez puede producir sujetos que se pasen toda la vida atormentándose con dietas para tener un cuerpo ideal o que sufran por no tenerlo, pero eso no es ser anoréxico. De todas maneras es muy importante poder pensar de qué manera los ideales estéticos inciden en la economía psíquica.</p>



<p>Hoy en día la mayoría de los casos se producen en la adolescencia, se desencadenan frente a los cambios físicos y psíquicos que supone la pubertad y el encuentro con la sexualidad. El deseo se pone especialmente a prueba a la hora de poner en juego la identidad sexual y la relación con el partenaire sexual. La enfermedad, sobre todo cuando se agrava, es una forma de retirarse de la vida social, es una coartada mortífera para no entrar totalmente en las relaciones y aislarse para vivir una vida espiritual o intelectual, más allá de las vicisitudes del cuerpo. También debemos preguntarnos qué ocurre con la posición femenina en esta época, porque resulta bastante más problemática que lo que el discurso social y la publicidad permiten suponer.</p>



<p>Para finalizar, quiero recordar que es importante prestar atención a las primeras manifestaciones de&nbsp; la anorexia porque es mucho más fácil y más fructífero intervenir en los primeros momentos. Cuando pasa mucho tiempo, si la enfermedad se cronifica, el coqueteo con la muerte que tiene el anoréxico puede resultar peligroso.</p>
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		<title>Síntomas de nuestra época. Trastornos de la alimentación</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/sintomas-de-nuestra-epoca-trastornos-de-la-alimentacion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Graciela Sobral]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:17:30 +0000</pubDate>
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<p><strong>CICLO DE CONFERENCIAS</strong></p>



<h2 class="wp-block-heading">INTRODUCCION</h2>



<p>Nuevamente me encuentro con Massimo Recalcati, acogidos por Angelo Guerrini, Agregado&nbsp; Científico de la Embajada de Italia, y en este caso, por el Liceo Italiano de Madrid. Muchas gracias a todos.</p>



<p>Nos convoca el tema de los trastornos de la alimentación en el contexto de los síntomas contemporáneos.</p>



<p>La semana pasada, en la prensa nacional y local se publicaron una serie de artículos en los que se hablaba de la actualidad de la epidemia anoréxico-bulímica, y se hacía el diagnóstico de que éstas serían algunas de las enfermedades típicas del siglo que está comenzando.</p>



<p>¿Por qué es esto así? ¿Qué es lo que hace que determinados síntomas o enfermedades de origen psíquico aparezcan vinculados a una época? ¿Las enfermedades son inherentes a las personas o a las características socioculturales de un momento histórico determinado?</p>



<p>Por ejemplo, hoy en día “stress” es el nombre que recibe ese cajón de sastre que alberga los síntomas de origen psíquico actuales. Vamos a tratar de ir un poco más allá.</p>



<p>Como decíamos en el texto que invitaba a este ciclo de conferencias, siempre ha habido sufrimiento subjetivo, dolor del alma o del corazón. El ser humano padece, ese padecimiento tiene un lugar en su estructura psíquica, si bien, obviamente, no todos los seres humanos padecen de la misma manera ni con la misma intensidad.</p>



<p>El ser humano padece porque es incompleto, porque necesita de los otros para satisfacer sus necesidades y sus deseos, y esa satisfacción, aún en el mejor de los casos, nunca es completa ni para siempre. Hay en el horizonte la añoranza de una completitud, una satisfacción mítica que nunca se alcanzará. Pero veremos cómo este padecimiento propio del ser humano cambia según las épocas.</p>



<h2 class="wp-block-heading">EL MUNDO MODERNO</h2>



<p>Vivimos en un mundo organizado por el discurso científico y tecnológico, que ha introducido grandes cambios en la subjetividad. Sin caer en una idealización del pasado, podría decir rápidamente que hemos pasado de un mundo que estaba más orientado por la dialéctica del deseo y la palabra o lo simbólico a uno en el que impera la tiranía del goce.</p>



<p>El desarrollo científico-tecnológico ha dado lugar a la proliferación de objetos tecnológicos, gadgets, que abastecen incansablemente nuestra sociedad de consumo. El consumo de objetos es una actividad a la que el hombre se aboca afanosamente. Tanto, que aunque aparentemente es el&nbsp; hombre el que consume los objetos, no está claro si finalmente no son éstos los que consumen al hombre. Esto es decir que el objeto tecnológico tiene un valor determinante en relación a la subjetividad.</p>



<p>El hombre tiene dos vinculaciones fundamentales: con los otros y con ciertos objetos de satisfacción. En conferencias anteriores nos hemos detenido más en estos puntos, que podemos resumir muy brevemente.</p>



<p>Desde que nace, el hombre encuentra su lugar y su satisfacción en relación al Otro (primero el Otro materno y luego otros “Otros” sucesivos que toman un lugar importante en su vida) y a los objetos que satisfacen, en primer lugar su necesidad, pero que inmediatamente se transforman en objetos de satisfacción, de goce más allá de la necesidad. Podemos poner como ejemplo de lo primero al niño amamantado por su madre y luego al niño que juega con sus juguetes o que come sus chuches, donde la dimensión de la necesidad&nbsp; ya se ha perdido.</p>



<p>En relación al objeto, debemos tener en cuenta dos vertientes. El objeto puede  estar al servicio de la relación con el Otro, puede ser un objeto de intercambio con el Otro (puede ser un objeto de don, de disputa o de deseo); o puede ser un objeto de satisfacción pulsional, autista, como los objetos tecnológicos a los que nos vamos a referir.</p>



<p>Decía que hemos pasado de un mundo que estaba más orientado por la dialéctica del deseo a uno&nbsp; en el que impera la tiranía del goce. Es decir que en este mundo caracterizado por el predominio del discurso científico y la proliferación de objetos de consumo, estos objetos se van constituyendo en objetos de satisfacción inmediata, y funcionan como una especie de tapón que procura al sujeto un goce solitario, fácil y autista.</p>



<p>Si el sujeto de deseo se constituye a partir de una falta estructural que empuja a una búsqueda incesante, hay en el ser humano otra dimensión, la de la satisfacción pulsional, que conduce a una inercia de goce.</p>



<p>El sujeto moderno se vincula con objetos de goce más que con objetos de deseo. El objeto de deseo es un objeto más buscado que encontrado, es un objeto prometido que nos hace andar por la vida, que nos hace vivir. La función del deseo está en decadencia, hoy funcionan más los imperativos y exigencias. La diferencia entre ambos sería la diferencia entre el “quiero” y el “debo”, que es muy grande.</p>



<p>Nuestro mundo favorece que las personas encuentren satisfacción en circuitos integrados por el propio cuerpo y los objetos, donde el propio cuerpo funciona como otro objeto que se intenta cultivar&nbsp; y embellecer. El culto al cuerpo joven y bello es uno de los valores de la sociedad occidental actual que se torna un imperativo tremendo. Este es uno de los lugares en que se manifiesta el predominio de lo imaginario en nuestra cultura. El mundo simbólico, de los relatos, de las relaciones, de las grandes gestas ha dado lugar a otro donde lo que está vinculado a la imagen se destaca en primer lugar. Hoy se trata de las apariencias y del dar a ver.</p>



<p>Todo esto es muy importante porque configura las formas de sentir, de pensar, inclusive, como veremos más adelante, las formas de padecer.</p>



<p>Entonces, el mundo moderno es un mundo de consumo, y la relación del hombre con los objetos de consumo y satisfacción toma un lugar destacado, tanto que determina una modalidad de goce que es propia de esta época. Es más fácil pasar todo un día sin ver a nadie o sin hablar con nadie que sin tener algún tipo de contacto con objetos tecnológicos. El hombre y su objeto forman&nbsp; circuitos cerrados de satisfacción que determinan las formas actuales predominantes de goce. Esto se verifica también en relación a los síntomas, que tienen un aspecto novedoso, propio de esta época: se trata de una satisfacción autista, que no perturba al sujeto ni requiere al Otro para que lo acoja. Es un tipo de satisfacción que se aparta de la dimensión del Otro. Uno de los perfiles que se ven actualmente, con mucha frecuencia, es el del joven “que pasa”, que no tiene interés ni por los estudios, ni por ningún hobbie, que se entretiene con su video-consola o haciendo nada con sus amigos. Son casos que cuando llegan a las consultas lo hacen por demandas de los padres o los educadores, pero ellos no están preocupados por esta situación ni tienen nada que decir.</p>



<h2 class="wp-block-heading">EL SINTOMA</h2>



<p>Nosotros, los psicoanalistas, trabajamos con los síntomas, nos aprovechamos de ellos para nuestra tarea porque entendemos que el síntoma es expresión de un conflicto psíquico, que nos habla de él si estamos en condiciones de escucharlo. Los casos que presenta Freud en “Estudios sobre la histeria” son un ejemplo perfecto de esto: Isabel de R, es una mujer cuya parálisis en las piernas conduce directamente al corazón de su conflicto amoroso y moral: “quiero estar con mi cuñado, pero por mi hermana no puedo hacerlo, no puedo dar un paso más” este es su drama, que el síntoma expresa muy bien.</p>



<p>Pero éstos no son los que llamamos síntomas contemporáneos o de nuestra época. Los síntomas propios del comienzo del siglo XX no son idénticos a los que encontramos en el comienzo del siglo XXI.</p>



<p>¿Cuál es la diferencia? ¿A qué se debe? ¿Hay alguna equivalencia entre la parálisis histérica y el trastorno de la alimentación, el hecho de querer no comer, o comer y vomitar, o no poder parar de comer?</p>



<p>Podemos diferenciar dos aspectos en el síntoma que son opuestos entre sí.</p>



<p>En un sentido freudiano clásico, podemos entender el síntoma del mismo modo que las  formaciones del inconsciente (sueños, lapsus, actos fallidos), es algo interpretable porque constituye la expresión de una verdad subjetiva, habla, quiere decir algo que no se puede decir por otros medios. El síntoma es un mensaje cifrado que se da al Otro para ser descifrado. Por ejemplo, a Patricia le duele mucho  el estómago cada vez que tiene que examinarse, aunque finalmente aprueba. Que ella sea una buena estudiante es el máximo deseo de su madre, pero Patricia no le perdona que se ocupe más de su propia carrera de médico que de su propia hija. El dolor de estómago le permite aprobar aunque consigue, con su malestar físico que su madre no comprende, hacerla sufrir tanto o más que si no aprobara.</p>



<p>Desde otro punto de vista, el síntoma en sí mismo constituye una solución y eso comporta una satisfacción. Esta satisfacción es lo que la teoría lacaniana denomina goce: una satisfacción que no se debe confundir con el placer porque normalmente atraviesa la frontera del placer, va más allá. Se trata de lo que se repite en el síntoma. La repetición es consustancial al síntoma y al goce, de hecho, el goce no es observable sino por la repetición. Es lo que la sabiduría popular dice en términos de  que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. El síntoma comporta una satisfacción (paradójica), que es lo que le confiere su fuerza y su durabilidad. Para ejemplificar este aspecto podemos tomar un síntoma actual: el sujeto vomita y no puede dejar de hacerlo. No le da placer, sino más bien, displacer, pero hay algo que lo vincula estrechamente con el vómito, por ejemplo, porque el vómito lo alivia subjetivamente y encuentra un goce en la relación con ese “nuevo” objeto.</p>



<p>Jacques-Alain Miller en alguna ocasión ha dicho que el síntoma es armónico con la castración (con este término nos referimos al hecho de la incompletitud estructural del ser humano, a lo que lo hace ser faltante y estar condenado a buscar algo fuera de sí, a lo que lo transforma en un ser de deseo). Es decir, que el síntoma es consustancial con la falta estructural que comporta el ser humano.</p>



<p>Pero, en relación a lo que estábamos planteando, entre el aspecto comunicativo, el aspecto del síntoma como expresión de una verdad inconsciente y el goce del síntoma, introduce la noción de “funcionamiento”, que resulta muy útil para lo que queremos comentar.</p>



<p>El síntoma puede presentarse como una falla en el funcionamiento o como un funcionamiento, según la posición que tenga el sujeto en relación a él.</p>



<p>Si el sujeto cree que el síntoma quiere decir algo, si lo divide, si lo interroga, quedará del lado de la falla en el funcionamiento. Esto, desde el punto de vista clínico, nos da buenas perspectivas porque abre la posibilidad de un trabajo analítico con el síntoma.</p>



<p>En cambio, si el síntoma se presenta como un funcionamiento, es decir, como una solución que no sólo no cuestiona sino que permite un cierto funcionamiento, como algo que viene bien, entonces el problema es otro.</p>



<h2 class="wp-block-heading">LOS SINTOMAS CONTEMPORANEOS</h2>



<p>En los llamados síntomas contemporáneos, tan difíciles de tratar, nos encontramos con un&nbsp; predominio del último caso que comentábamos: el síntoma se sitúa más del lado del funcionamiento, el síntoma es egosintónico (encuentra una sintonía, una afinidad con el yo), el síntoma se confunde con el ser del sujeto o lo nombra: soy anoréxica, soy toxicómano. Cuando el síntoma funciona para el sujeto, éste no lo pone en juego en la experiencia de la cura, o no inmediatamente.</p>



<p>Quisiera tomar un aspecto muy importante en relación a este punto. Estamos hablando de trastornos de la alimentación, de anorexia y bulimia. Pero no podemos generalizar porque no todos los sujetos anoréxicos y bulímicos son iguales. Quiero decir que hay sujetos neuróticos que presentan síntomas anoréxicos o bulímicos y hay sujetos psicóticos que también los padecen. Y, sobre todo, hay sujetos cuya estructura no está clara y podemos sospechar que se sostienen en el síntoma que es el que permite su “funcionamiento”, es decir que funcionen como si no fueran psicóticos, aún siéndolo.</p>



<p>Esta es una cuestión muy delicada, la del diagnóstico diferencial y la decisión sobre la estructura clínica. En el funcionamiento del que hablamos, el síntoma puede estar tomando el lugar de una suplencia, es decir de lo que evita el desencadenamiento psicótico. Cuando estamos frente a una psicosis debemos ser muy cuidadosos, pero aún más, cuando ésta no está declarada, cuando no se trata de una psicosis clínica. Son esos casos en los que se trata de una estructura psicótica que no  se manifiesta como tal porque el síntoma hace de suplencia y evita el desencadenamiento. <em>Sería el paradigma del funcionamiento del síntoma</em>. Estos casos son muy comunes en las anorexias y en las toxicomanías, donde muchas veces el síntoma estabiliza al sujeto, con la consiguiente dificultad en la dirección de la cura, porque sería una cuestión muy riesgosa el ir “en contra” del síntoma teniendo en cuenta la función estabilizante que tiene.</p>



<p>Pienso en el caso de una paciente anoréxica psicótica que cada vez que sube de peso se descompensa y que, además, su manera de soportar lo que le resulta insoportable en relación a su vida familiar es mediante el vómito. El análisis le ha procurado una estabilización pero no puede pasar de ciertos límites que le impone la propia enfermedad. Es decir, no puede sobrepasar cierto peso ni, en ocasiones, puede dejar de vomitar. Se trata de una especie de callejón con pocas salidas, pero es donde hay que moverse si no se quiere producir un desencadenamiento psicótico o un paso al acto totalmente indeseable.</p>



<h2 class="wp-block-heading">ANOREXIA-BULIMIA</h2>



<p>Esto nos introduce directamente en el perfil del sujeto anoréxico que podemos hacer equivaler con el sujeto patológico de esta época. Es un sujeto que no pide nada, no demanda nada, no quiere nada o podemos decirlo afirmativamente: <strong>quiere nada</strong>. Esto llevado a su máxima expresión. Es, eso sí, un sujeto que exige, pero que no quiere poner en cuestión el goce comprometido con su síntoma.</p>



<p>“Mis padres me controlan, no me dejan vivir en paz, yo sólo quiero que me respeten y me dejen vivir mi vida”, dice Susana, una joven de 19 años que pesa 40 kg, y consulta por indicación del médico endocrino al que la ha llevado su madre porque no tiene la regla. Sus aficiones son chatear por internet y los juegos electrónicos y su mayor preocupación es no engordar. Se pesa todos los días y se somete a dietas muy estrictas para no coger ni un gramo más del peso que ella considera soportable, y si es así, si tiene más peso, vomita. Le cuesta mucho hablar, no está acostumbrada a hacerlo ni con su familia ni con sus amigos, y no considera que tenga ningún problema particular, salvo el riesgo de engordar y lo pesados que son sus padres.</p>



<p>El sujeto anoréxico, agobiado por una demanda asfixiante y habitando un mundo demasiado pleno de objetos, quiere lo que no tiene, “nada”, y se aboca al circuito cerrado de su goce pulsional que se alimenta de comer cada día un poco más de nada. Se trata de un circuito verdaderamente cerrado donde la única dialéctica es comer-no comer-ser comido, porque así como decíamos que finalmente los objetos nos consumen a nosotros, también el sujeto anoréxico-bulímico, en un cierto sentido, termina siendo objeto de su particular relación con el alimento.</p>



<p>Dice Ana: “comencé haciendo una dieta hipocalórica, eso me hizo sentir muy bien, luego quité las frutas, luego los cereales, y cada semana tenía que quitar algo más. No puedo parar de quitar porque así me siento bien”</p>



<p>Antes caracterizábamos la época actual en relación al predominio de los ideales estéticos que devienen imperativos. Éstos tienen un lugar fundamental en la lógica anoréxico-bulímica: el cuerpo delgado toma un lugar primordial y su consecución es la medida de las consecuciones posibles. El sujeto “resuelve” o intenta resolver sus problemas de otros órdenes por el camino que le lleva al cuerpo delgado, como si ahí se localizaran todas las aspiraciones posibles. Uno de los aspectos fundamentales en la dirección de la cura en estos casos es cuestionar el valor del cuerpo delgado, en el sentido de indagar qué es lo que condensa. Para el sujeto anoréxico-bulímico el cuerpo delgado es un lugar de satisfacción y de omnipotencia, sobre el que se desplazan toda una serie de conflictos y de aspiraciones que ni siquiera llegan a manifestarse como tales.</p>



<p>Dice Inés, joven bulímica de 19 años: “cualquier cosa que me pase, necesito verme delgada, si no, tengo que imponerme ejercicios físicos hasta que considero que he perdido el peso que me sobraba.” Si tiene un problema con una compañera de facultad, necesita verse delgada; si le va mal en una asignatura, necesita verse delgada; si discute con sus padres, necesita verse delgada. Es muy difícil para ella reconocer la importancia de esas cosas que la empujan a tener que verse delgada. Es como si lo único que estuviera valorado subjetivamente fuera verse delgada y el resto de las cosas carecieran de importancia. El cuerpo delgado condensa todas las aspiraciones del sujeto. Esto sería también un ejemplo de lo que comentábamos antes en relación al síntoma. Este desplazamiento de&nbsp; la importancia de las cosas hacia el cuerpo delgado es sintomático, pero “funciona” para el sujeto (no para la familia). Es necesario un trabajo previo importante para que sea cuestionado.</p>



<p>Hemos hablado del goce autista, ese goce donde el sujeto se satisface solo, con su objeto, por fuera de la dimensión de la alteridad, sin el Otro.</p>



<p>Francisca, una joven bulímica que vomitaba 5 o 6 veces por día, describía su goce autista con toda claridad: “sólo me interesan las cosas que puedo hacer a solas: comer, vomitar, apretarme granos o chatear. Cuando tengo que estar con gente me siento incómoda, no sé que decir ni cómo comportarme”. Inclusive sostenía sus relaciones amorosas por internet.</p>



<h2 class="wp-block-heading">LA DIRECCION DE LA CURA</h2>



<p>Debemos decir, hemos dicho más arriba, que hay cosas comunes entre los anoréxicos o los bulímicos, pero en rigor hay que hacer distinciones. Hay sujetos neuróticos y sujetos psicóticos, y cada caso individual es distinto y tiene un pronóstico diferente.</p>



<p>Hay sujetos para los que la anorexia o la bulimia son un episodio de su vida, un episodio que seguramente se manifestará no sólo en ciertas particularidades en relación con el alimento: hay una relación con la demanda, con el deseo, con el Otro, con el goce oral que son propias del sujeto anoréxico-bulímico. Pero todos los sujetos tienen particularidades.</p>



<p>Hay casos graves de los que se puede esperar, como máximo, una cierta cronificación. Que pueden llegar a convivir con el síntoma y organizar su vida con él. Estos también son resultados terapéuticos importantes.</p>



<p>En cualquier caso, se puede decir que el sujeto anoréxico-bulímico tiene dificultades importantes en relación al deseo, que le cuesta darse un lugar como sujeto deseante y la anorexia resulta un recurso. Esto es así también con el sujeto toxicómano o con el sujeto depresivo. Se trata de una dificultad con el deseo y con el valor que tiene el sujeto para el Otro.</p>



<p>Para concluir quiero hacer un breve comentario en relación a nuestra concepción de la cura y hacer una ilustración clínica.</p>



<p>Como se desprende de todo lo dicho hasta ahora, entendemos que se trata de escuchar al sujeto, de permitir que se despliegue el síntoma en todas sus dimensiones y si esto no es así, de llevar al sujeto hasta un lugar donde tenga algo que decir sobre su posición subjetiva. Se trata de escuchar y cuestionar, no de consentir ni de luchar en contra, porque eso lleva a un callejón sin salida. Tanto el no comer como el atracón o el vómito pierden fuerza a medida que el sujeto puede elaborar los conflictos que sostienen el síntoma. Quiero concluir con el relato de un fragmento clínico que da cuenta de la elaboración psíquica que permitió a una paciente dejar de vomitar.</p>



<p>Es una joven de 25 años que consulta por bulimia y lleva un año de tratamiento.</p>



<p>Se trata de un drama que acontece en un escenario fundamentalmente imaginario. Mónica vive mirándose en el espejo, que le devuelve una imagen que la hace infeliz</p>



<p>Le va mal en todo: con la familia, con las amigas, el trabajo y los estudios</p>



<p>El trabajo realizado en las sesiones permite la construcción de un síntoma analítico: una interrogación sobre su posición de estar tan pendiente de la mirada aprobatoria o no del Otro.</p>



<p>En cierto momento, la posición de Mónica comienza a cambiar, se siente menos sujeta a la mirada de los otros: puede participar más libremente de las reuniones familiares sin estar tan pendiente del&nbsp; lugar que le dan a los demás y, por lo tanto, puede estar más atenta al tema de conversación y participar; en ocasiones puede disentir con su amiga sin que eso la perturbe y comienza a orientarse mejor en su trabajo, donde conoce a un grupo de gente que le gusta y que se interesa por ella.</p>



<p>En este contexto se produce un cambio importante en relación al síntoma bulímico. Para entretenerse y no estar tanto tiempo comiendo y vomitando, se le ocurre hacer adornos con piedras, telas y abalorios. Hace unos broches y pendientes muy bonitos y los vende, sus compañeros de trabajo los compran y ella siente que la valoran por lo que hace. La confección de broches, que introduce una dimensión fálica, marca un antes y un después no sólo en relación al aspecto autista del síntoma bulímico sino en su posición con los otros. Comienza a salir con la gente de su trabajo, a los que les vende los broches. Es un grupo nuevo, en el que ella por primera vez no está vinculada a ninguna chica “ideal” que la tiranice y la haga sentirse menos y puede estar con los chicos sin sentirse tonta.</p>



<p>En esos días tiene un sueño: hay unas mujeres árabes con la cara tapada que arrojan piedras azules con líquido amarillo. Relaciona las piedras con la bisutería que fabrica y el líquido con el vómito: en lugar de vomitar ella ahora hace bisutería, ha cambiado algo asqueroso por algo valioso afectivamente. Ella va tapada por sus temores, igual que esas mujeres que llevan la cara tapada,</p>



<p>¿Podrá alguna vez destaparse?</p>



<p>Se produce una transformación del vómito, objeto degradado, que le procura una satisfacción autista y la aparta de los otros, en bisutería, objeto valioso y bello, que le da un valor y un lugar entre los&nbsp; otros a ella misma.</p>



<p>He querido concluir con este fragmento porque muestra el destino que puede tener un síntoma en el curso de un análisis, con un tratamiento diferente del que sostienen otras terapias al uso.</p>
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		<title>Políticas del síntoma</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/politicas-del-sintoma/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Graciela Sobral]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:16:34 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Frente a la anorexia, una política de la falta Aprovechamos la ocasión que nos brindan estas Jornadas para tratar de transmitir algunas ideas que eminarioe desprenden de nuestra experiencia en relación al tratamiento psicoanalítico de la anorexia-bulimia y de nuestro trabajo en el grupo de investigación del NUCEP sobre el tema. En este terreno encontramos [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Frente a la anorexia, una política de la falta</strong></p>



<p>Aprovechamos la ocasión que nos brindan estas Jornadas para tratar de transmitir algunas ideas que eminarioe desprenden de nuestra experiencia en relación al tratamiento psicoanalítico de la anorexia-bulimia y de nuestro trabajo en el grupo de investigación del NUCEP sobre el tema.</p>



<p>En este terreno encontramos políticas desacertadas, tanto a nivel de los gobiernos como en los principales centros públicos y privados que se ocupan del problema. Se observa una gran desorientación en la búsqueda de una política tanto por parte de las autoridades, como de los responsables de la salud. La mayoría de las prácticas terapeúticas que tratan estos problemas, apoyándose en teorías de las funciones psíquicas, de la personalidad, del comportamiento, etc., resultan muchas veces contraproducentes.</p>



<p>Dentro de este panorama, se echa en falta una teoría del sujeto como la que ofrece el psicoanálisis para alumbrar lo central de la cuestión.</p>



<p><strong>El problema de la imagen</strong></p>



<p>Hay tratamientos que intentan curar la anorexia-bulimia por la vía de una rectificación de la percepción de la imagen corporal, como si se tratara de una dismorfofobia y ésta pudiera ser reducida por una didáctica o por una confrontación con “la realidad”. Estas técnicas no tienen en cuenta la subjetividad.</p>



<p>Ante las quejas de las anoréxicas y las bulímicas de “verse o sentirse gordas”, hay hipótesis que sostienen que en la anorexia habría una especie de alucinación en lo que concierne a la imagen del cuerpo. Esto introduce una cuestión muy importante en relación al diagnóstico estructural.</p>



<p>Hay anorexia y bulimia en las neurosis, fundamentalmente en las histerias, donde el síntoma puede debilitarse en el transcurso de un análisis, e inclusive desaparecer, o reducirse a una posición del sujeto frente al Otro, a la demanda y al goce.</p>



<p>Pero, cuando hablamos de síntomas contemporáneos no nos referimos a las anorexias de las que hablaba Freud. Se trata de síntomas que encontramos en estructuras clínicas difíciles de situar, que son neurosis muy graves o psicosis no clínicas, donde el síntoma puede cumplir una función de anudamiento o suplencia. Los últimos años de la enseñanza de Lacan nos permiten orientarnos en la investigación de este problema: el suelo pantanoso entre la neurosis y la psicosis.</p>



<p>En ese sentido, la clínica de los síntomas contemporáneos constituye una investigación porque nos obliga a movernos en un terreno nuevo y a tratar de situar los fenómenos con los que nos encontramos.</p>



<p><strong>La experiencia del cuerpo: “sentirse gorda”</strong></p>



<p>Como decíamos más arriba, las anoréxicas se quejan de “verse o sentirse gordas”.</p>



<p>María come un yogur más que el que “debe” y siente que ha engordado, lo siente en su cuerpo, no necesita verse. Paloma, en cuanto tiene un problema con su madre o con su novio, se ve fea, e inmediatamente se produce la ecuación fea=gorda.</p>



<p>Sentirse gorda es, entonces, la traducción subjetiva de un malestar que para estos sujetos se sitúa fundamentalmente “en” el cuerpo y en la imagen del cuerpo. Es como si se tratara de sujetos con un solo significante para dar cuenta de su malestar.</p>



<p>Desde nuestro punto de vista, el “verse o sentirse gorda” designa lo que podríamos denominar un goce que invade el cuerpo, consecuencia de una regulación pulsional fallida y correlativo de algo particular a nivel de la constitución de la imagen. No se trata del cuerpo invadido por el goce en el sentido de la psicosis (goce en lo real), ni del goce que afecta al organismo como en el FPS.</p>



<p>En la anorexia-bulimia se trata de un goce en el cuerpo que se manifiesta a nivel de lo imaginario. Si bien la imagen del cuerpo está constituida, no está cubierta por el brillo fálico: más que de un cuerpo libidinizado, se trata de un cuerpo que carga sobre sí un goce en el sentido doloroso o mortificante.</p>



<p>Por otra parte, ese cuerpo impregnado de goce suple una falla a nivel simbólico, por la cual el sujeto no tiene palabras para sus cosas y experimenta todo como ocurriendo en el cuerpo.</p>



<p><strong>La Versagung</strong></p>



<p>Consideramos que el correlato estructural de este problema puede estudiarse a la luz del concepto de Versagung, términoque aparece en distintos textos de la obra de Freud y de Lacan traducido como frustración. Sin embargo, en el seminario La Transferencia encontramos una acepción de Versagung que podemos traducir como rechazo. En este sentido, la experiencia clínica nos ha permitido observar en algunos sujetos, una constante en la relación madre-hija, dentro de la neurosis, que toma la forma del rechazo.</p>



<p>La Versagung es, en términos de Lacan, “(&#8230;) algo que está mucho más cerca del rechazo que de la frustración, (&#8230;) que Freud sitúa verdaderamente en una posición (&#8230;) existencial”(1). A partir del Seminario VIII podemos considerar la Versagung como una operación que, en la relación con el Otro Primordial, da cuenta de un rechazo que concierne a lo más propio del sujeto. Se sitúa en el marco del Estadio del Espejo, momento en que el niño ocupa el lugar de objeto que cubre la falta del Otro materno, e instancia de constitución del narcisismo. Este rechazo muestra que el niño no ocupa satisfactoriamente el lugar de objeto fálico para la madre. Para ilustrarlo hemos tomado la imagen de la mueca, que Lacan destaca en el personaje de Sygne, de la trilogía de los Coûfontaine.</p>



<p>Nuestra hipótesis es que la Versagung es una operación que determina cierta posición de goce como efecto de la identificación del sujeto a un rasgo que es una marca del rechazo del Otro. Dicha posición de goce implica un rechazo del deseo, que se verifica en la clínica, particularmente en los síntomas de la época, por la relación del sujeto con el Otro Contemporáneo. Lacan señala que la Versagung es original y que abre “(&#8230;) la vía, ya sea de la neurosis, ya sea de la normal – ninguna de ellas vale ni más ni menos que la otra respecto a lo que es, al principio, la posibilidad de la Versagung”(2).</p>



<p>Lacan desarrolla el concepto de Versagung a partir del “no” del personaje de Sygne que, por salvar al Papa y recuperar su herencia, renuncia al hombre que ama y se ve empujada a casarse con el responsable de la ruina y muerte de su familia. Sygne rechazará, más tarde, al hijo que tiene con Turelure. Su renuncia al amor y al deseo se redobla a la hora de la muerte al rechazar los sacramentos que darían un sentido a su acto y a su vida. Sygne muere con un tic en la cara que Lacan califica de “(&#8230;) mueca de la vida sufriente”(3). La mueca es la metáfora, en lo imaginario, del rechazo del deseo mismo (dentro del campo del deseo).</p>



<p>Si la Versagung empuja a una posición de goce, el estrago materno, en relación al síntoma que nos ocupa, es una de las modalidades en que se manifiesta esta operación, que “(&#8230;.) sólo es posible en el registro del sagen”(4),&nbsp;en el registro del decir, en el campo simbólico.</p>



<p><strong>Versagung y síntomas contemporáneos</strong></p>



<p>Como hemos señalado anteriormente, en relación con los síntomas contemporáneos, la Versagung es la operación que caracteriza la relación entre el sujeto y el Otro en el mundo moderno.</p>



<p>¿Por qué el Otro contemporáneo hace una mueca de rechazo, en lugar de una sonrisa? ¿Por qué, frente a un Otro del acogimiento, encontramos este Otro que no termina de decir “sí”?</p>



<p>El Otro Primordial, más allá de la distinción entre madre y mujer, es un sujeto determinado por el discurso de la época. La madre, atravesada por los imperativos laborales, sanitarios, nutricionales, etc., debe ser una “madre ejemplar” y, más allá de su particularidad, se ve empujada a estar atenta a la satisfacción de las necesidades. El Otro contemporáneo, en lugar de dar amor, juego, tiempo, intenta satisfacer la necesidad, procurando el objeto de goce.</p>



<p>Esta consideración nos permite destacar que las dos acepciones del término Versagung son importantes y están vinculadas. La Versagung tiene dos caras, la frustración y el rechazo. La frustración, que concierne a la relación madre-niño-objeto, implica fundamentalmente la transmisión de la falta, que permitirá la emergencia del deseo en el sujeto. En los casos de anorexia-bulimia, la madre, incapaz de transmitir la falta, confunde el don de amor con la satisfacción de la necesidad y obtura la vía del deseo. Por lo tanto, la Versagung como operación, como marca del rechazo del Otro, tal y como hemos desarrollado a lo largo del trabajo, es el envés de la Versagung como transmisión&nbsp;de la falta.</p>



<p><strong>Conclusión</strong></p>



<p>Para comprender los síntomas contemporáneos que se caracterizan por estar bajo la égida de un no a lo vital y por llevar a los sujetos a una destructividad muy radical, nos preguntamos: ¿Cómo afectan los ideales (el ideal de delgadez propio de la época) a la pulsión? ¿Cuál es la relación entre la mueca del Otro y el ideal monstruoso de belleza de la anoréxica? La mueca, en tanto que rechazo del Otro, obstaculiza la regulación pulsional porque el Otro no pone en juego la demanda (que transmite la falta y el deseo), sino imperativos. El sujeto se ve empujado al ideal monstruoso, y queda atrapado en un circuito de goce sin salida aparente.</p>



<p>Una de las características de la época es la caída de los ideales y una cierta debilidad de lo simbólico, que comporta su aplastamiento sobre lo imaginario. Los ideales devienen imperativos de goce, ya que el mundo moderno está gobernado por unos ideales que no están al servicio de la orientación del deseo.</p>



<p>La tarea del análisis consiste en tratar el goce de la mueca, del rechazo, del ideal monstruoso, por la vía del amor, porque sólo éste puede horadar algo del goce.</p>



<p>Frente a la amplia oferta de tratamientos punitivos o reeducativos centrados en la relación con el objeto, que sostienen el goce, nuestra experiencia clínica y el desarrollo de este trabajo nos orienta a privilegiar la dimensión de la Versagung, en tanto que frustración, en el sentido de que dar lo que no se tiene puede abrir la vía de la división subjetiva y de una correlativa pérdida de goce. Señala Lacan: “(&#8230;) nosotros, analistas, sólo operamos en el registro de la Versagung. Y siempre es así.” (5) El psicoanalista, con los medios propios del dispositivo, tiene la posibilidad de ponerla en juego por la vía de la transferencia, e introducir algo del orden de la falta, en un “preeliminar a todo tratamiento posible” de la anorexia y de los síntomas contemporáneos.</p>



<p>Constanza Meyer<br>Graciela Sobral</p>



<p><strong>Notas</strong></p>



<p>(1) Lacan, Jacques, El Seminario VIII, La Transferencia, Paidós, Buenos aires, 2003, p. 360-361.<br>(2) Ibid, p. 361.<br>(3) Ibid, p. 314.<br>(4) Ibid, p. 361<br>(5) Ibid, p. 361</p>
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		<title>La segunda muerte y el empuje al goce</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/la-segunda-muerte-y-el-empuje-al-goce/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Graciela Sobral]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:15:45 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="page" title="Page 1">
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<p>A comienzos de los años 70, en una de sus canciones más bellas y conocidas, Joan Manuel Serrat pedía que, cuando la parca fuera a buscarlo, lo enterraran “en las laderas de un monte, más alto que el horizonte, para tener buena vista” de su mar Mediterráneo. Si bien el suyo era un anhelo de fusión con la naturaleza: “mi cuerpo será camino, le daré verde a los pinos y amarillo a la genista”, pedía ser enterrado.</p>
<p>Treinta años después nadie pide ser enterrado. Inclusive muchas personas de ideología conservadora o de religión católica piensan que, tras su muerte, lo mejor es la cremación y que luego sus cenizas sean esparcidas en algún lugar que haya sido significativo durante su vida.<br />
¿Se trata de una nueva “moda” vinculada, en este caso, a la relación con la muerte?</p>
<p>Jacques Lacan distingue lo humano de lo animal a partir de la acción de la palabra y plantea la existencia de una segunda vida y una segunda muerte para el ser humano.<br />
La segunda vida se debe al hecho de que el hombre ha perdido su ser natural por estar atravesado y determinado por el significante, ha perdido la primera vida de la naturaleza pero tiene la segunda vida que le otorga el significante. Se trata de la vida afectada por la palabra y el deseo, que lo hace disfrutar o sufrir por los encuentros o los desencuentros, la vida atravesada por los proyectos o las decepciones. Es la única vida posible.</p>
<p>En relación a la muerte, sólo por el significante el ser humano se puede relacionar con su propia muerte, pensándola. No tiene otra forma de conocerla. El significante que hace posible anticipar la muerte permite también eternizar al sujeto. Éste tiene su muerte natural, orgánica, pero es necesaria una segunda muerte que inscriba su nombre o su legado simbólico. El significante eterniza al sujeto más allá de la muerte del cuerpo, en la memoria de los otros, en su obra, y en algo fundamentalmente humano: la lápida.</p>
<p>El Marqués de Sade, que consagró su vida al goce, no quiso la segunda muerte, pidió que no hubiera un nombre que recordara el lugar donde yacían sus restos. No quería relación con lo simbólico, sólo con el goce. Al contrario que Antígona, que eligió morir ella misma antes que permitir que su hermano no fuera enterrado con la dignidad que merecía.</p>
<p>Parece que vivimos en un mundo más afín a Sade que a Antígona.<br />
Hasta no hace mucho las familias tenían sus lugares para ser enterradas juntas y las personas pagaban en vida su lugar para la muerte. Hoy en día se invierte el dinero en una casa para las vacaciones más que en un panteón familiar. El signo de los tiempos ha cambiado, hay un empuje a la vida más que a la trascendencia. “¡A vivir, que son dos días!” es una frase que expresa bien este espíritu.<br />
El mundo moderno, que privilegia el goce en detrimento de lo que concierne a la dimensión simbólica, se manifiesta también en este punto. Ya no es tan importante perdurar, se trata de vivir, y cuando la vida se acabe, que los restos se esparzan por el aire, en una vuelta a la naturaleza.<br />
¿Por qué el hombre actual no quiere la segunda muerte? Se trata de otra manifestación de los efectos del discurso capitalista. Este discurso, según el desarrollo que hace Jacques Lacan, rechaza la castración y, por lo tanto, no pone ningún límite al goce. Lo propio de la castración es una pérdida de goce que permite la constitución del deseo. El discurso capitalista, en cambio, se presenta como una circularidad caracterizada por la reapropiación constante del goce bajo la forma de la relación con el objeto tecnológico. Este empuje al goce supone un desmentido de la castración y también de la muerte. En la aspiración a la fusión con la naturaleza se esconde este intento de negar la muerte.<br />
En el polo opuesto a lo que estamos comentando se sitúa lo que ocurre en los casos de desaparición de personas. Cuando éstas son arrancadas por la fuerza de su hogar y asesinadas no se sabe cuándo ni dónde, los familiares luchan con denuedo por recuperar sus restos y darles la segunda muerte que merecen, la muerte propia del ser humano, la que tiene una inscripción simbólica.<br />
“¡Qué solos se quedan los muertos!” exclamaba Gustavo A. Bécquer en una de sus rimas. Si el hombre actual apuesta por lo fugaz de la vida y quiere consumirse gozándola, los muertos ya no se quedarán solos porque, como en la canción de Serrat, se trasmutarán en camino, en color, y ya nada los recordará para las generaciones venideras.</p>
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		<title>La madre como Otro contemporáneo: madres, anorexia y femineidad</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/la-madre-como-otro-contemporaneo-madres-anorexia-y-femineidad/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Graciela Sobral]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:14:49 +0000</pubDate>
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		<title>Cuerpo y Objeto (a)</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/cuerpo-y-objeto-a/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Graciela Sobral]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:13:42 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Esta intervención se realizó en la sede de Madrid de la ELP, en el Espacio organizado para trabajar el tema del Encuentro Internacional de 2008 “El objeto (a) en la experiencia analítica”, que tomó como hilo conductor la cuestión de “el objeto (a) en la cultura”. En su conferencia de cierre del último encuentro de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="page" title="Page 1">
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<p>Esta intervención se realizó en la sede de Madrid de la ELP, en el Espacio organizado para trabajar el tema del Encuentro Internacional de 2008 “El objeto (a) en la experiencia analítica”, que tomó como hilo conductor la cuestión de “el objeto (a) en la cultura”.</p>
<p>En su conferencia de cierre del último encuentro de la AMP, en Roma, en el verano de 2006, cuando Jacques-Alain Miller introduce el tema del próximo Encuentro dice que “el registro de los objetos de la cultura está hecho de los equivalentes de los objetos naturales (seno, heces, voz, mirada). Al lado de los objetos naturales del cuerpo fragmentado, cada uno da lugar a una fabricación de objetos cesibles que se hace a partir de los objetos naturales”. El listado de los objetos a no incluye al cuerpo, al contrario, se trata de objetos fragmentarios que se desprenden del cuerpo.</p>
<p>¿Podemos pensar el cuerpo total como un objeto cesible? ¿Es posible hacer del cuerpo entero un equivalente del objeto (a)?</p>
<p>Quisiera comenzar planteando mi hipótesis en relación al tema, que trataré de justificar: en la época actual el cuerpo toma un lugar privilegiado, agalmático, pero se produce una deriva por la cual, el cuerpo entero (no el cuerpo fragmentado), en determinadas circunstancias, deviene objeto (a).</p>
<p>Planteo esta hipótesis a partir de cierta forma del arte actual (body-art) y de mi práctica clínica, fundamentalmente, a partir de la clínica con adolescentes y con sujetos anoréxicos y bulímicos.</p>
<p><strong>Body-art, tatuajes, piercing, anorexia</strong></p>
<p>Freud dice que el arte es una vía privilegiada para introducirse en lo que podríamos llamar el inconsciente de una época. En ese sentido, ¿cómo debemos interpretar el body-art?.</p>
<p>A partir de los años 60 se ha realizado un tipo de arte, llamado arte corporal o body-art, enmarcado en el arte conceptual y que ha tenido mucha relevancia en Europa y EE.UU. Se trabaja con el cuerpo humano, pero tiene una característica muy curiosa: el protagonista, generalmente, es el cuerpo del propio artista. El cuerpo del artista es el material plástico. Éste se pinta, se ensucia, se cubre, se retuerce, se tortura. El cuerpo es el lienzo donde se hace el trabajo. Suele realizarse a modo de acción o performance, con una documentación fotográfica o videográfica posterior.</p>
<p>En algunos casos se trata de cuerpos desnudos, inertes, que parecen muertos, como es el caso de la obra de Ron Mueck.</p>
<p>El artista chino Zhang Huan toma su cuerpo como objeto y lo trasviste, haciendo con distintos elementos (granos de maíz, lonchas de jamón, etc.) una segunda o tercera piel.</p>
<p>Nicole Tran Ba Vang es autora de una obra titulada “collection printemps été 2001” que constituye una especie de límite entre la existencia del velo y su rasgadura. Se trata de un cuadro que muestra una mujer bella vestida con una blusa, pero al verlo más de cerca, se ve que no es una blusa sino el torso desnudo, enteramente tatuado.</p>
<p>Las páginas de Internet donde se pueden hacer consultas sobre body-art procuran momentos desagradables ya que algunas fotos de los artistas colgados o atravesados por elementos metálicos y los instrumentos que utilizan para realizar estas prácticas son absolutamente equivalentes a las situaciones de tortura y sus elementos. La mayoría de ellas presenta cuerpos pintados, cortados, castigados, travestidos o maltratados. Cuerpos que, en principio, ya no constituyen un velo frente al horror (i(a)), sino que muestran un agujero en ese velo por donde emerge el horror.</p>
<p>Estos artistas, y en este punto se funden el body-art, el piercing y el tatuaje, intervienen directamente sobre la piel y lo real del cuerpo, cortando, incrustando, mutilando, haciendo incisiones, por ejemplo, para colgarse desde las rodillas.</p>
<p>Podemos citar algunos casos muy conocidos, que resultan escalofriantes: Rudolf Schwartzkogler, realiza una performance automutilándose; Hermann Nitsch participa de escenas orgiásticas con animales muertos; Gina Pane corta su cuerpo, se somete a todo tipo de tormentos físicos, se llena con comida descompuesta y posteriormente la vomita u Orlan, que organiza perfomances en las que se muestra las operaciones quirúrgicas a las que se somete para incrustar objetos en su cuerpo y su rostro.</p>
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<p>En el caso de este tipo de arte, más allá de la intención y la subjetividad del artista, que habría que interrogar caso por caso, podemos preguntarnos si la idea es hacernos partenaires de una escena perversa, masoquista, que quiere mostrar la fragilidad de las apariencias e introducirnos en otra dimensión, más real, de la Cosa. Como plantea Lacan en el Seminario X, donde toma la perversión para mostrar la relación del sujeto con el objeto (a). El sujeto perverso pone en su escena perversa el objeto más allá del velo y de lo especular y muestra la naturaleza del objeto (a).</p>
<p>Otra cuestión que me hace plantear esta hipótesis es una “moda” entre los jóvenes: se trata del cuerpo cortado, agujereado (piercing) o tatuado. (Existe otra versión actual del cuerpo cortado de la que no me voy a ocupar, es la del cuerpo entregado al bisturí estético, en el quirófano).</p>
<p>Normalmente hablamos de “hacerse un cuerpo” a partir de la experiencia de la psicosis. En ella, a falta de la castración, de la pérdida de goce que permite inscribir la falta, el sujeto no puede identificarse a la manera neurótica, según el modelo que muestra el estadío del espejo. Como no pudo hacerse un cuerpo a partir de las marcas significantes, y padece un exceso de goce que experimenta como algo insoportable en el cuerpo, se hace un cuerpo con los cortes en la piel y la carne. En lugar de pérdida simbólica, hay corte en lo real, que la suple. El corte, la quemadura, la sangre que fluye alivia al sujeto psicótico y hace las veces de la castración, de forma efímera.</p>
<p>Esta “tendencia al corte” entre los jóvenes no podemos tomarla como un índice de psicosis. Sin embargo, el corte, que puede tener distintas significaciones subjetivas (hacerse querer, suplir una falta subjetiva, mostrar la pertenencia a un grupo, etc.) muestra un déficit simbólico que empuja a los jóvenes a hacerse marcas reales que producen el tipo de cuerpo cortado o perforado que encontramos hoy en día con cierta frecuencia. ¿Se trata de introducir el agujero en el cuerpo como una suerte de castración en lo real, no psicótica, que supliría la castración que falta en lo simbólico por la marca en lo real del cuerpo?</p>
<p>En cuanto al cuerpo anoréxico, bajo un supuesto ideal de belleza, las jóvenes entregan su cuerpo al horror, cual doncellas que se ofrecen para ser sacrificadas a los dioses oscuros. Para ellas el cuerpo nunca está suficientemente delgado y se entregan a una identificación mortífera que exhiben con descaro. En estos días han dado la vuelta al mundo las fotos de una modelo anoréxica, en una valla publicitaria, del italiano Oliverio Toscani, ¿se trata de una variante del body-art?.</p>
<p><strong>La época</strong></p>
<p>Ya en 1970 Jacques Lacan habla del “ascenso al cenit social del objeto (a)”. ¿Cómo debemos entender esto? ¿Se trata de una época no comandada por lo simbólico sino por el goce? Si la sociedad líquida de la que habla Zygmunt Bauman muestra la fragilidad de los lazos actuales, ¿la relación con el cuerpo pone de manifiesto algún aspecto de la posición del objeto (a) en el cenit social?.</p>
<p>Hoy el cuerpo se ha transformado en uno de los objetos privilegiados. ¿Ha devenido algo distinto de lo que era en otra época?.</p>
<p>El movimiento de las sociedades capitalistas, de consumo, avanza en una progresión geométrica. La relación con el objeto tecnológico, que resulta el único partenaire del que no vamos a separarnos, salvo para cambiarlo por otro más moderno, transforma nuestra vida sin que seamos conscientes de ello. Correlativamente a la decadencia del Nombre del Padre, el objeto, subrepticiamente, toma el lugar de nuestro acompañante imprescindible. Pero ya no se trata del objeto de don o intercambio, vinculado al deseo y a la falta; sino que por sus características deviene objeto de goce, de satisfacción inmediata. En las sociedades actuales, el objeto de consumo se constituye en el verdadero partenaire y la relación con él transforma al sujeto en un sujeto más bien autista. Actualmente, el cuerpo joven y bello es uno de los objetos más valorados. No obstante, paradójicamente, esta pregnancia de la imagen del cuerpo, en la época de decadencia de lo simbólico, lleva a tratar al cuerpo como un objeto de goce más. Así, las personas encuentran satisfacción en circuitos integrados por el propio cuerpo y los objetos.</p>
<p><strong>La historia</strong></p>
<p>Gérard Wajcman, en un artículo titulado <em>La casa, lo íntimo y lo secreto</em>, desarrolla una idea muy interesante. A partir de una pregunta inicial, hace un recorrido en el que muestra cómo, entre los siglos XVI y XVIII, se dan una serie de cambios en la sociedad que tienen como consecuencia la constitución del individuo, de la subjetividad. Se trata del viraje de las sociedades premodernas, abiertas, en la calle, a un mundo en el que va a tener un lugar privilegiado lo privado, lo que se oculta. En este punto surgen dos cuestiones: un mundo que se constituye sustrayéndose de la mirada del Otro y una nueva relación pudorosa con el cuerpo, también en el sentido de lo que se oculta y se preserva.</p>
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<p>Dentro del proyecto individualista, que se inaugura entonces y se afianza sin cesar, las dos cuestiones que acabo de nombrar (lo que se oculta y la relación “velada” con el cuerpo) han cambiado fundamentalmente en nuestra época. En ese sentido, echamos en falta un historiador de las mentalidades que nos pueda explicar cómo se da esta nueva transformación de la relación entre la intimidad y el cuerpo.</p>
<p>La mirada del Otro se yergue como un gran ojo que todo lo ve y todo lo controla y, en paralelo, el cuerpo ha devenido el protagonista principal de una sociedad del espectáculo, que se da a ver.</p>
<p>En el siglo XIX la belleza se mostraba en el vestido, las joyas, la calidad de los tejidos. A comienzos del siglo XX, en el período de entreguerras, comienza a darse un cambio muy importante. En esta época convulsa e inquieta entre una y otra de las grandes guerras, comienza a propiciarse la belleza del cuerpo. En el volumen noveno de Historia de la vida privada, de la colección dirigida por Philippe Ariès y Geoges Duby, podemos seguir el recorrido que lleva a este encumbramiento del cuerpo. En la sociedad de la época se impone, cada vez más, un empuje al cuidado y el culto al cuerpo. Comienza a haber una preocupación por la higiene diaria, la gimnasia, se valora la piel bronceada y los productos cosméticos tienen cada vez más lugar en el mercado. La belleza comienza a considerarse, no sólo en función de los vestidos, sino en función del cuerpo mismo (armonía, delgadez, agilidad). No basta con tener buenas ropas, hay que tener un buen cuerpo. Comienza el empuje a “hacerse un cuerpo” a la moda, al gusto del Otro.</p>
<p>En este movimiento subrayamos la función del cuerpo como velo, como imagen, como una buena forma para circular por el mundo, entre otros cuerpos semejantes.</p>
<p><strong>Robar la mirada</strong></p>
<p>Hoy en día, sin embargo, asistimos a un fenómeno diferente.</p>
<p>El cuerpo ocupa el centro de la escena pero, como decía antes, en la escena vemos, en muchas ocasiones, un cuerpo que atraviesa el velo de la belleza y muestra el horror. El “hacerse un cuerpo” se transforma en un hacerse un cuerpo a partir de lo real del corte, del agujero. ¿Para qué?</p>
<p>El sujeto de nuestra época se “hace un cuerpo” para darlo a ver, muestra su cuerpo cortado, agujereado, convertido en un esqueleto animado para robar la mirada del Otro. Lacan, en el Seminario XI, cuenta una historia de su infancia que resulta paradigmática. En ella muestra cómo una mancha, es decir, algo que no tiene ojos, puede producir un efecto de mirada y transformar al sujeto en su objeto. Él iba en una barca, con unos niños pescadores y éstos se ríen de él, un niño de ciudad, al señalarle que un punto luminoso en el mar (una lata de sardinas) lo miraba. Coinciden la burla de los niños, que lo avergüenzan, lo dividen subjetivamente, y el brillo de la lata que “lo mira”, atrapando su visión y reduciéndolo a él mismo a un objeto de esa mirada: es mirado por la lata. Siguiendo este ejemplo podemos pensar que el cuerpo, hoy, se transforma en un “atrapa miradas”, en una lata de sardinas.</p>
<p>El cuerpo devenido objeto (a) atrapa la mirada del Otro, lo angustia, lo captura, a la manera perversa. El cuerpo como lata de sardinas que mira, conmociona, aguijonea, hace tambalear al partenaire y lo transforma en objeto.</p>
<p>En paralelo podemos situar la cuestión del Otro omnivoyeur. En el Seminario XI, Lacan plantea la preexistencia de la mirada, dice que en su existencia el sujeto es mirado desde todas partes. Con el avance de las tecnociencias, este aspecto se multiplica al infinito. Por ejemplo, en algunas ciudades ya hay cámaras en las calles para “proteger” a los ciudadanos.</p>
<p><strong>Para concluir</strong></p>
<p>José L. Pardo, en un artículo publicado en el diario El País, en el mes de marzo de 2007, titulado <em>Cuerpos desnudos</em>, plantea una cuestión muy interesante. Él se pregunta por qué “el cuerpo está en alza” y plantea dos hipótesis no incompatibles. La primera sostiene que el arte y el corte expresan la vulnerabilidad de la carne frente a la indefensión derivada del desmantelamiento progresivo de las instituciones de protección social características del Estado de bienestar. La segunda dice que este fenómeno muestra un nuevo avance del control político sobre la vida de los individuos por parte del Estado y habla de una fase ulterior del higienismo y de un biologicismo totalitario.</p>
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<p>A principios del siglo XX, tener vida y salud era una suerte, luego se transformó en un derecho, actualmente es una obligación. Hemos pasado del Estado del bienestar al Estado de la seguridad (¿de quién?). Frente a la indefensión legal y civil de los ciudadanos en este momento del desarrollo capitalista, los Estados occidentales (en otros continentes esto tiene otros matices, más graves), en lugar de dar protección legal o jurídica, intentan controlar la “salud” de los sujetos: campañas contra el alcohol, el tabaco, la velocidad, la anorexia, la obesidad, etc&#8230; Ese control del goce, llamado cuidado de la salud, tiene dos aspectos. Es una forma de suplir su falta como Estado del bienestar y a la vez, es una intrusión en la vida y en el cuerpo de los sujetos, queriéndolos obligar a estar sanos a toda costa. Con la paradoja de que el Estado quiere proteger a los ciudadanos de lo que el mismo sistema produce (como objeto de consumo incesante). Con la coartada de la seguridad, se trata de un intento de control del goce de los cuerpos.</p>
<p>Frente a esta política, tenemos los otros cuerpos que dan testimonio del horror.</p>
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		<title>Bartleby: Preferiría no</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/bartleby-preferiria-no/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Graciela Sobral]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:12:45 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Bartleby, el escribiente, el relato de Herman Melville, ha sido objeto, a lo largo de este siglo, de numerosos estudios literarios, lingüísticos, filosóficos y psicoanalíticos. Como tantas veces, el poeta se anticipa a su época, en este caso, mostrando la relación del sujeto moderno con la ley, por medio de un personaje que sostiene hasta [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="page" title="Page 1">
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<p><em><strong>Bartleby, el escribiente</strong></em>, el relato de Herman Melville, ha sido objeto, a lo largo de este siglo, de numerosos estudios literarios, lingüísticos, filosóficos y psicoanalíticos. Como tantas veces, el poeta se anticipa a su época, en este caso, mostrando la relación del sujeto moderno con la ley, por medio de un personaje que sostiene hasta sus últimas consecuencias la escisión entre poder y querer. Quisiera señalar fundamentalmente tres aspectos del texto, que obviamente no agotan las lecturas posibles.</p>
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<li>Bartleby sostiene un enunciado muy particular que apunta más allá de cualquier objeto, y lo sitúa del lado de la potencia absoluta.</li>
<li>Ilustra de forma paradigmática una posición subjetiva que llamaré “rechazo de la alienación”.</li>
<li>Entre Bartleby y el abogado, dueño del bufete donde trabaja, se establece una relación muy especial: el abogado encarna la función paterna que es cuestionada, junto con todo el orden establecido, por el escribiente.</li>
</ol>
<p>Contaré brevemente el texto para los que no lo conozcan y para recordárselo a los que ya lo hayan leído.</p>
<p>Se trata de un cuento relativamente corto, que pertenece a un volumen titulado <em>The Piazza Tales</em>. Fue publicado en 1856, en la época de la “decadencia” de Melville en el sentido de su reconocimiento social y sus ingresos económicos. Este cuento es una burla cruel de cierta forma de entender el individualismo, la libertad y el triunfo sobre el mal, valores en alza en aquella época de optimismo trascendentalista.</p>
<p>El narrador, figura que Melville utiliza frecuentemente en su literatura, es también un protagonista. Se trata de un abogado de cierto prestigio, que se presenta a sí mismo como un hombre tranquilo que no quiere ser perturbado. Tiene un despacho en el que trabajan tres empleados que describe al comienzo del relato.</p>
<p>A raíz de un ascenso en su profesión, necesita un copista más y contrata a un joven muy pulcro y educado que cree que podría influir benéficamente en los otros empleados, algo turbulentos. “Para tener a mano a ese hombre tranquilo, en caso de cualquier tarea insignificante”, coloca a Bartleby en una mesa cerca de la suya, junto a una ventana que da a un muro.</p>
<p>Al principio Bartleby escribía extraordinariamente. En un momento dado el abogado necesita cotejar un documento con los originales y pide a Bartleby y a otro de los empleados que lo ayuden en esa tarea. Bartleby dice entonces, por primera vez, su famosa frase: <em>“I would prefer not to”, preferiría no</em>. El abogado más que enfadarse parece sorprenderse y no termina de entender lo que pasa, pero desde luego no consigue que el nuevo copista colabore en la tarea de examinar los documentos. La serenidad de Bartebly lo desarma. La escena vuelve a repetirse. El abogado dice: “había algo en él que me conmovía y me desconcertaba”. La decisión irrevocable del amanuense divide al abogado y lo hace dudar: piensa que es un empleado muy eficiente, que llega el primero a la oficina y se va el último, que hace muy bien las copias e intenta comprenderlo. Finalmente Bartleby gana la batalla: sólo va a copiar, no va a hacer absolutamente nada más.</p>
<p>Un domingo por la mañana, antes de ir a misa, el abogado debe ir a su despacho a recoger unos papeles y descubre que Bartleby vive allí. Pasa por una serie de estados contradictorios, de la lástima al miedo y la repulsión: se da cuenta de que el amanuense es víctima de un mal incurable, que tiene el alma enferma. Quiere despedirlo, le ordena irse, le pregunta si tiene casa, le ofrece dinero, pero no consigue nada. Es más, Bartleby deja de escribir, <em>prefiere no</em>. Ya sólo mira por la ventana que da al muro.</p>
<p>En la oficina, sin darse cuenta, todos comienzan a decir “prefiero”, “no prefiero”; el abogado se preocupa pensando que la relación con el escribiente está afectando su estado mental, pero no se encuentra en condiciones de decir «una palabra dura contra el más triste de los hombres”.<br />
No consigue echarlo y el extraño personaje que vive en su despacho está dando lugar a jocosos comentarios en su mundo profesional; finalmente, es el mismo abogado quien termina yéndose con el pretexto de cambiarse a un barrio de mayor categoría.</p>
<p>Un tiempo después el nuevo inquilino del despacho lo llama para que vaya a recoger un hombre que se ha dejado allí. Ante la negativa del abogado, llama a la policía que lleva a Bartleby a la cárcel por vagabundo.</p>
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<p>El abogado averigua el paradero de su antiguo copista y va a visitarlo, pero Bartleby no quiere hablar con él. Le da dinero al jefe de la despensa de la cárcel para que lo cuide y le dé buena comida (el tiempo que Bartleby estuvo trabajando con el abogado prácticamente no comía, sólo unas galletas de genjibre).</p>
<p>En otra visita a la cárcel, el cuidador le dice que puede encontrarlo en el patio, que es donde pasa los días sentado mirando una pared. Allí va y lo encuentra sentado contra el muro, muerto.<br />
Después de su muerte, consigue un único dato biográfico de Bartleby: había sido empleado de Correos y despedido por una reestructuración. Trabajaba en la oficina que se ocupaba de la correspondencia que era devuelta porque no se encontraba su destinatario. Tengamos en cuenta que el nombre de la oficina en inglés es «<em>dead letters</em>«, término que en castellano significa tanto «cartas muertas» como «letras muertas».</p>
<p><strong>El Enunciado</strong></p>
<p>Bartleby, extraordinario copista, es alguien que vive de las palabras; y sin embargo, sólo pronuncia dos: <em>preferiría no</em>, mínima expresión del lenguaje que evoca el silencio de la pulsión de muerte.</p>
<p>Conviene hacer un análisis más detallado del enunciado: en su lengua original resulta una expresión poco corriente aunque correcta. Él dice <em>I would prefer not to</em>, cuando la usual sería <em>I would rather not</em>. Ambas tienen la misma traducción al castellano, si bien los traductores le agregan un verbo y un pronombre (<em>hacerlo</em>), que la completan para hacerla más literaria (<em>preferiría no hacerlo</em>). En inglés es usual decir «<em>preferiría no</em>«, sin un verbo al final.</p>
<p>G. Deleuze lo llama «la fórmula». Una de las interpretaciones que hace de dicha fórmula es que se trata de un intento de Melville de excavar en la propia lengua una lengua extranjera, o de introducir la psicosis en la neurosis inglesa.</p>
<p>Se trata de una expresión, verdaderamente lograda, que no es afirmativa ni negativa; según G. Agamben, no hay en la cultura occidental otra fórmula que mantenga tal equilibrio entre afirmación y negación, entre aceptación y rechazo.<br />
Tiene otra particularidad: deja indeterminado lo que rechaza, no se refiere a ninguna cosa en concreto, al contrario, apunta más allá de cualquier objeto. De ahí procede su irreductibilidad.<br />
Según la doctrina que Aristóteles desarrolla en La Metafísica, la potencia es tanto potencia de ser o de hacer, como de no ser o no hacer. La potencia de ser o hacer se puede fundir con el acto en que se realiza; por lo tanto, la verdad de la potencia radica en la potencia del no. Bartleby, en tanto escriba que no escribe, constituye una figura extrema de la potencia en estado puro.<br />
Para la escolástica existe la potencia absoluta, por ejemplo, la omipotencia divina, Dios podría hacer cualquier cosa; pero la voluntad es el principio que pone orden en el caos de la potencia absoluta y le permite pasar al acto. Una potencia sin voluntad no puede pasar al acto. Dios no puede hacer lo que no quiere, aunque tenga la posibilidad; sólo puede hacer lo que quiere. La voluntad regula la potencia.<br />
La moral occidental está construida sobre la base de esta relación entre potencia y voluntad: hay una preeminencia de la voluntad sobre la potencia, que rige inclusive para Dios. Es la idea del hombre libre, dueño de sus actos, que se domina a sí mismo por medio de la voluntad. Esto es cuestionado por el psicoanálisis porque el síntoma muestra que el hombre muchas veces hace lo que no quiere y no puede hacer lo que quiere.<br />
Bartleby puede sin querer, se salta el orden de la voluntad y se sitúa del lado de la potencia absoluta, que es una potencia muerta, sin vínculos. Porque no se trata de que él no quiera cotejar o no quiera copiar, <em>él preferiría</em>, su fórmula destruye la relación entre poder y querer, de ahí su carácter radical. Desde otra perspectiva, Bartleby es como un adelantado respecto de la moral de su época, en la medida en que puede sin querer, excediendo su voluntad y la de los otros; es el testimonio de un querer que no es consciente, que lo atrapa a él y, como veremos, atrapa al otro.</p>
<p><strong>Rechazo de la alienación</strong></p>
<p>Lacan explica la alienación, una de las dos operaciones que dan cuenta de la causación del sujeto, por medio de la unión de conjuntos: es un caso particular de reunión que llama elección</p>
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<p>forzada. Forzada porque no se puede no elegir, y porque se trata de una elección que incluye siempre una pérdida, de tal modo que si se elige uno de los términos se pierde todo, y si se elige el otro, también se pierde. El ejemplo clásico es «la bolsa o la vida», si se elige la bolsa se pierde la vida (y también la bolsa) y si se elige la vida, se pierde la bolsa, es decir, se elige una vida sin bolsa. En el caso de la alienación se trata de la elección forzada entre el ser y el sentido.</p>
<p>Hay un caso particular, extremo, que muestra el factor letal inherente a esta operación, según comenta Lacan en Los Cuatro Conceptos. Es cuando el enunciado mismo hace intervenir la muerte como una opción, por ejemplo, «libertad o muerte». Entonces se produce un efecto de estructura diferente: el «libertad o muerte» se transforma en libertad para morir, con cualquiera de las dos alternativas se elige la muerte. Bartleby ilustra este caso extremo. Se trata de un sujeto que rechaza entrar en el juego del Otro, que busca la libertad por fuera de la determinación que le impone el mundo en el que vive.</p>
<p>La constitución del sujeto supone la alienación al sentido y la separación de ese lugar, con la ganancia del poco de libertad que proporciona el deseo. Bartleby tal vez prefiriera no elegir, pero eso no es posible. Él prefiere nada antes que algo, hace del rechazo la forma de su deseo.</p>
<p>Desde la filosofía podemos decir «Bartleby no quiere», pero en nuestros términos, su posición ilustra el rechazo del deseo en tanto es algo que le viene del Otro. Más que un sujeto articulado al deseo es un sujeto que padece el deseo como una imposición del Otro. Su rechazo del deseo como respuesta al Otro pone en juego un deseo de nada en su forma más radical. Encarna la resistencia pasiva.<br />
Como construcción literaria, se trata de un personaje original, paradigmático, de esos que dejan una huella que llevará su nombre para siempre. En ese sentido, Bartleby, con su búsqueda radical de la libertad se pone del lado de la pulsión, que es, como sabemos, pulsión de muerte. Entre el deseo, vital, pero urticante y penoso, Bartleby escoge lo mortífero del goce. Y emprende un viaje sin retorno, porque una vez que ha pronunciado su frase, una vez que ha comenzado a transitar ese camino, la fuerza de la pulsión tiene una inercia que ya no le permitiría volver.</p>
<p>Bartleby se adelanta a su época y muestra, entre otras cosas, dos aspectos de una posición frente al deseo hoy en día muy frecuentes: el deseo como rechazo y la elección del goce en lugar del deseo. El sujeto que dice no a lo que le viene del Otro y, en la medida en que no puede hacer suyo el deseo, elige el goce.</p>
<p><strong>Bartleby y el abogado</strong></p>
<p>Al leer el cuento resulta sorprendente la relación que se establece entre ambos. El abogado cuenta la historia de Bartleby y sus propios pensamientos, sentimientos y vacilaciones a partir del encuentro con ese hombre tan singular. En cierto sentido, relata cómo se vio atrapado, dividido y cuestionado por el escribiente que él eligió y sentó al lado de su mesa.</p>
<p>El abogado no puede enfadarse con Bartleby, intenta comprenderlo, se siente comprometido en esa relación hasta el punto de que en lugar de echarlo, es él quien abandona el despacho.<br />
Hay que tener en cuenta que el abogado elige a alguien que describe en estos términos: «Reveo esa figura: ¡pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada! Era Bartleby», lo sienta a su lado y, además, espera que pueda tener sobre sus empleados la influencia que él no tiene. El abogado lo elige por unos rasgos que podríamos llamar de «moderación», pero lo moderado se torna extremo y siniestro, y le produce pavor.</p>
<p>Al tercer día de estancia de Bartleby se desencadena el «preferiría no», que tiene dos tiempos: primero hay una negativa en relación a cotejar las copias, es decir, a tener cualquier tipo de confrontación, que el abogado, en la medida en que acepta la imposición del copista, logra mantener en un cierto equilibrio.<br />
Hay un segundo momento, que ya no encuentra equilibrio hasta el desenlace final, que comienza cuando descubre que Bartleby vive en su despacho. Esta vez el abogado se encuentra absolutamente dividido entre la piedad y el horror (horror por Bartleby y porque siente que, como esperaba en un primer momento, el escribiente está influyendo en los demás, pero no en el sentido benéfico que él deseaba). Dice «No sé cómo, últimamente, yo había contraído la costumbre de usar la palabra <em>preferir</em>. Temblé pensando que mi relación con el amanuense ya hubiera afectado seriamente mi estado mental». En este segundo momento es cuando Bartleby deja de copiar y ya sólo mira por la ventana.</p>
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<p>Hay seres de una naturaleza primera, ángeles o demonios, y personajes normales, que obedecen a las leyes generales, y se necesitan los unos a los otros. Bartleby, ángel de naturaleza primera, pone en marcha la obstinación que lo lleva a la muerte, para el abogado. ¿Podría haber sostenido su posición sin el lugar que le da el abogado? Ese «preferiría no» es una respuesta al Otro, pero ¿Es un S1 que se dirige a un S2? ¿o es un enunciado no dialectizable?</p>
<p>La relación entre ambos evoca relaciones como la del sujeto anoréxico y su madre. ¿En qué sentido? Tanto en Bartleby como en el sujeto anoréxico hay una lucha, en cuanto a lo que orienta su posición subjetiva, entre el deseo y la pulsión. En ambos casos se trata de la fuerza de la pulsión y un deseo de nada que se constituye en relación al Otro. En los dos podemos suponer que la pregunta «¿puedes perderme?» regula, de forma central, su relación con el Otro. En la medida en que está dispuesto a ponerlo todo en juego, el sujeto se hace fuerte, se hace omnipotente frente a un Otro que queda doblegado, en una posición de impotencia.<br />
Traspasado un cierto límite, desencadenada la pulsión, Bartleby ya no puede parar (como ocurre algunas veces en la anorexia). Por su parte, el abogado que representa la ley, una ley pusilánime, queda desarmado y cuestionado.</p>
<p>El escribiente y su enunciado tienen una fuerza tal que no nos permiten permanecer indiferentes en la medida en que tocan tanto el lado Bartleby como el lado abogado que todos tenemos. Porque este pequeño texto nos muestra que el deseo inconsciente se impone al querer de la conciencia, que este deseo no es natural, que necesita del Otro para constituirse y por lo tanto es sintomático; y que la ley, el orden racional que organiza el mundo moderno, es impotente en relación al deseo.</p>
<p><strong>¿Qué debo hacer? Preferiría no</strong></p>
<p>Para concluir, tomaré una de las tres preguntas kantianas que presiden estas Jornadas: ¿Qué debo hacer? Esta pregunta nos introduce en el intento de fundar una moral en la razón, en el mandato del deber, rompiendo con toda inclinación particular, con cualquier obrar que se desprenda de una experiencia.</p>
<p>Ni Bartleby ni el abogado representan la moral kantiana. Ésta estaría, en todo caso, del lado del hombre que manda a Bartleby a la cárcel sin otro miramiento que el cumplimiento de la ley.</p>
<p>El abogado se rige por una moral de la simpatía, hecha de sentido común, razón, sentimientos y experiencia. Es la moral del hombre moderno.</p>
<p>En cuanto a Bartleby, él representa una lógica que no se puede reducir a la razón, una lógica que muestra la frágil línea que separa la vida de la muerte. Ilustra la posición contraria a Kant, no se rige por la ley social ni tampoco por la ley del corazón; se rige por su propia ley, sin tener nada más en cuenta. Como aquellas cartas que no encontraron destinatario, que perdieron su vínculo con el otro, Bartleby resuelve su relación con el mundo en su acto solitario y final, y termina realizándose en la muerte.</p>
<p>Septiembre 1999</p>
<p><em>Graciela Sobral</em></p>
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		<title>Anorexia, angustia y duelo</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/anorexia-angustia-y-duelo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Graciela Sobral]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:11:34 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="page" title="Page 1">
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<p>La anorexia-bulimia tiene como telón de fondo, normalmente, un problema vinculado al encuentro o desencuentro con la sexualidad, pero el desencadenamiento no siempre está relacionado directamente con esta cuestión. Observamos que, en numerosos casos, éste se produce frente a la dificultad para elaborar el duelo por la pérdida de un objeto. Es decir, ante la pérdida de un ser querido, el sujeto hace un síntoma anoréxico en lugar del duelo.</p>
<p>Esta cuestión nos ha llevado a preguntarnos por la relación entre anorexia y duelo, pregunta a la que intentaremos responder pasando por la angustia.</p>
<p><strong>Anorexia y angustia: ¿Por qué las anoréxicas no se angustian?</strong></p>
<p>Es frecuente que el sujeto histérico padezca angustia, pero no es así en el sujeto anoréxico, aunque sea histérico. El Seminario X, La Angustia, nos da una clave para intentar esclarecer la relación de la anorexia con la angustia y también con el duelo.<br />
Jacques Lacan señala la aparición de la angustia frente a dos situaciones aparentemente opuestas, que vamos a referir exclusivamente al terreno de las neurosis:</p>
<p>1- hay angustia cuando falta la falta<br />
2- hay angustia ante la inminencia del deseo del Otro</p>
<p><strong>1- cuando falta la falta</strong><br />
Es el caso paradigmático en la anorexia: la “madre de la papilla asfixiante” que no transmite la falta y pone en juego un deseo devorador, donde el sujeto es tomado como objeto y fijado a una posición de goce que adolece de la falta. Ésta permitiría al sujeto orientarse en relación al deseo. Frente a este Otro, la anorexia es una maniobra para introducir un vacío que da lugar a un falso deseo.</p>
<p><strong>2- ante la inminencia del deseo del Otro</strong><br />
En el encuentro con el deseo del Otro, cuando el deseo se aproxima al goce, el sujeto es reclamado como objeto, en tanto causa el deseo. Si el sujeto puede desprenderse de un objeto, si puede perder algo de su propio cuerpo y ponerlo en juego como objeto causa, podrá utilizarlo como mediación entre él y el Otro, separándose. Si no, se identificará él mismo al objeto, ya no causa, sino objeto resto, desecho, y ofrecerá al Otro su propia desaparición.</p>
<p>Estas dos situaciones, aparentemente opuestas, tienen sin embargo algo muy importante en común: en ambas no hay lugar para el sujeto, o el sujeto está en riesgo. Frente a estas dos coyunturas puede surgir la angustia. Pero la anoréxica tiene la posibilidad de evitarla a partir del recurso que le brinda un objeto muy particular: el objeto nada.</p>
<p>En el caso del estrago materno, la maniobra con el objeto nada permite horadar y poner a distancia al Otro devorador, es decir, crear artificialmente la falta que falta para conseguir un espacio que de lugar a la aparición del deseo, a partir de la falsa premisa que iguala falta y vacío.<br />
En relación al deseo del Otro, puede cederlo como un objeto que hace las veces de objeto separador, si bien no funciona como causa de deseo.</p>
<p>La angustia se produce frente a la emergencia de un real que desestabiliza el fantasma. Cuando el fantasma tambalea, el sujeto pierde el suelo que lo sostiene y la realidad misma queda en cuestión. En la anorexia, frente a esta situación, el sujeto manipula el objeto y realiza una sustitución sintomática que le permite reconstruir la realidad desde la perspectiva anoréxica. Así como podemos decir que el rechazo de la anoréxica abre la vía a un pseudodeseo, diremos que la anorexia misma funciona como un fantasma porque restablece la posición del sujeto con su objeto. Pero este “pseudofantasma” es frágil porque no se trata ni del objeto causa ni del objeto velado del fantasma. El sujeto pone en juego el objeto simbólico nada con el que intenta producir un vacío real, al servicio de restablecer el equilibrio en riesgo.</p>
<p><strong>Relación anorexia-duelo</strong></p>
<p>La pérdida de un ser querido también debemos pensarla en relación al fantasma, al lugar que ocupaba el objeto perdido en el fantasma del sujeto. El duelo es el trabajo de elaboración de dicha pérdida. También en el seminario La Angustia, Lacan nos da una indicación que resulta muy útil en este punto porque especifica que sólo hay duelo por la pérdida de un objeto que nos concierne en cuanto a nuestra propia falta; dice literalmente: “sólo estamos en duelo de alguien de quien podemos decirnos yo era su falta”.</p>
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<p>Frente a la pérdida, igual que en la angustia, hay algo del sostén fantasmático que tambalea. No se trata tanto de lo que el objeto era para nosotros como de lo que nosotros éramos para él en el sentido de la castración: qué clase de objeto (a, falo) éramos para el otro, qué lugar nos daba y hemos perdido. No nos falta tanto el otro como nosotros mismos ¿Qué seremos, ahora, sin el otro? Esa es la clave del duelo.</p>
<p>Frente a la pérdida, la anoréxica realiza la misma operación que hemos descrito en relación a la angustia: no toma nota de la pérdida y por lo tanto no hace el duelo porque sustituye el objeto, tanto el objeto perdido como su lugar en relación a la falta del Otro, por la vía de la manipulación del objeto. Restituye el objeto y no se confronta con la falta, con el hecho de que ella ya no le falta al Otro, sino con el vacío, que no es para nada lo mismo.</p>
<p><strong>Ejemplo clínico</strong></p>
<p>Para ilustrar este desarrollo voy a comentar las coordenadas de un caso que he recibido recientemente y del que ignoro aún algunos elementos analíticos fundamentales. No obstante, lo traigo como ejemplo porque reúne varios de los aspectos que he querido articular: angustia, duelo y fantasma en relación con la anorexia-bulimia. Los padres se dirigen a mí, con una gran urgencia subjetiva: Marta es una joven de 18 años que tomó un frasco de pastillas, en un intento de suicidio. La ingresaron en el hospital para hacerle un lavado de estómago. El intento autolítico lo hizo después de un atracón, desesperada por no poder evitar los atracones (sin embargo, la impronta oral se mantiene en el intento de suicidio mismo). Hace dos años comenzó a padecer una anorexia que fue virando a bulimia, pero dice no tener problemas, salvo la bulimia misma. Sólo sabe que hace dos años su abuelo materno, personaje muy querido para ella, enfermó y, a los pocos meses, murió. Vivió con sus padres en la casa de sus abuelos hasta que pudieron comprarse una casa propia, cuando ella tenía 9 años. De su madre, que tiene una relación difícil con su propia madre, no recuerda nada hasta los 10 u 11 años, porque trabajaba mucho y no estaba nunca (La relación con la madre es un punto esencial que debe ser interrogado en el trabajo analítico. Así, por ejemplo, le hice observar en su momento que esta falta de recuerdos no podía obedecer al poco tiempo que la madre estaba en casa con ella en razón de su trabajo, sino que respondía al trabajo de la represión, ligado seguramente a lo difícil de la relación con la madre). Sí recuerda a su padre, con el que salía los fines de semana y a su abuelo, que la llevaba al colegio y le daba la merienda. Interrogada por su dolor y por el de su madre frente a la muerte del abuelo dice que ella no quiso darse cuenta, ni cuando enfermó ni cuando murió; y que su madre se hizo la fuerte para no causar más dolor ni a su propia madre, ni a su marido, ni a su hija. Se trata de una ausencia de duelo, duplicada en este caso por la madre, que tampoco lo hace y no muestra la falta que supondría estar en duelo.</p>
<p><strong>Algunas conclusiones</strong></p>
<p>La estructura subjetiva, es decir, la coordinación del falo y el objeto a, la construcción del fantasma y la organización del deseo ponen freno a la pulsión de muerte, civilizándola. No obstante, la pulsión se manifiesta en la conducta del sujeto, a través del acto.<br />
En nuestro caso, que tomamos como ejemplo de un desencadenamiento anoréxico a partir de una pérdida y que nos permite mostrar la relación entre anorexia y duelo, vemos que Marta es consciente de la falta que podría dolerle, pero no experimenta ese dolor. Como afirma sabiamente Freud en su Fenomenología de las dificultades del proceso de duelo, en Duelo y Melancolía, en este caso ella sabe que ha perdido un objeto pero no sabe lo que ha perdido subjetivamente con él. Si bien, en nuestro caso, no se trata de una melancolía como en el ejemplo freudiano. Marta hace un síntoma anoréxico que la sostiene hasta que éste se torna bulimia. Podemos observar que cumple la función de mantener oculto para ella lo que ha perdido con él. Todavía no sabemos en qué circunstancias se da el paso a bulimia, pero sí sabemos que ésta la desespera, es decir, la angustia. Marta intenta controlar todo en su vida y no soporta el descontrol del atracón. En lugar de la purgación, habitual en los casos de bulimia, toma un frasco de pastillas. No se trata de vaciarse, como una pérdida de goce, sino de un paso al acto para desaparecer de la escena que la angustia ¿Qué podemos decir de este paso al acto? De entrada podemos decir que pone de manifiesto algo que la anorexia mantenía oculto. Si la anorexia funciona como un fantasma, la bulimia constituye un movimiento que rompe el equilibrio fantasmático porque introduce un empuje pulsional que lo desborda. Si Marta hubiera continuado con el síntoma anoréxico seguramente este paso al acto no se hubiera producido. Frente a la desaparición de su abuelo debía surgir la pregunta tanto por su falta (¿Cómo vivir sin él?) como por el lugar de ella sin el sostén del abuelo (¿Dónde vivir sin la falta del Otro para alojarse? ¿Qué o quién es ella ahora, cuando ya no le falta al Otro?). Como hemos dicho, en lugar de las preguntas propias para iniciar el trabajo del duelo, surge el síntoma anoréxico. Cuando éste vira a bulimia y el atracón la angustia, no soporta la angustia y hace un paso al acto. De la relación de amor con el abuelo que la sostenía en un lugar de privilegio (i (a)), pasa a ser un objeto caído (a) en tanto que ha perdido el lugar que ocupaba en el Otro. Esto desvela un aspecto universal de la relación del sujeto con el objeto a, normalmente velado por (i(a)): el sujeto identifica su ser al objeto caduco, resto de la operación significante, que Lacan nombra con los términos tomados del caso de la joven homosexual de Freud, niederkomen lassen, el sujeto identificado al objeto que se deja caer.</p>
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<p>En el caso de Marta, la dificultad para hacer el duelo la hizo pasar del sostén provisional de la anorexia (pseudofantasma) a devenir un objeto resto, caído del Otro. Como es frecuente en estos casos, el curso de las entrevistas ha llevado la cuestión a su dificultad con el amor en la relación con los chicos, según la lógica histérica y con las marcas provenientes del estrago.</p>
<p>Graciela Sobral</p>
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