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	<title>Mónica Unterberger - Sección Clínica de Madrid (Nucep). Estudiar psicoanálisis en Madrid España.</title>
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	<description>Formación en Psicoanálisis Lacaniano Madrid España. Instituto del Campo Freudiano. Centro de estudios de psicoanálisis en Madrid. Estudiar psicoanálisis en Madrid. Cursos de psicoanálisis lacaniano.</description>
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	<title>Mónica Unterberger - Sección Clínica de Madrid (Nucep). Estudiar psicoanálisis en Madrid España.</title>
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		<title>Comienzos de análisis</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mónica Unterberger]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 May 2021 14:47:55 +0000</pubDate>
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<p>&nbsp;La actualidad del estado de la civilización me inclina en esta intervención sobre&nbsp;<em>Comienzos de análisis</em>&nbsp;, a interrogar&nbsp; a qué sirve el uso que se hace&nbsp; hoy de los diagnósticos y las clasificaciones.&nbsp; Sin dudas, son los estados de la civilización y su incidencia sobre la subjetividad, los que&nbsp; llevan a que cada vez , se trata de la revisión del “momento actual de la clínica del síntoma”. (E.Laurent,&nbsp; “El Otro que no existe y sus Comités de ética”)</p>



<p>Entrar en “Los inicios del tratamiento” de Freud (1912)(1) es encontrar no sólo indicaciones relativas a la definición de lo que es psicoanálisis, lo que no lo es, sino también de hallar advertencias relativas a no “errar el diagnóstico”. Para ello, nos dice, hace falta un “tiempo de entrevistas ya que éstas son el único medio de prueba de que disponemos (…) para llegar a conocer el caso y&nbsp; decidir si le es aplicable el psicoanálisis”. Estas tienen además una “motivación diagnóstica”.</p>



<p>Este tiempo de prueba,- breve para Freud- con Lacan serán las entrevistas preliminares a toda entrada al análisis. No tienen una duración previa fijada, incluso pueden prolongarse, como de hecho sucede. Esa motivación diagnóstica&nbsp; también está presente&nbsp; en Lacan.</p>



<p>En una larga cita en ese texto, Freud&nbsp; nos advierte del valor del que dota al diagnóstico y las clasificaciones :&nbsp; no todo síntoma,&nbsp; equivale a la estructura. El hecho&nbsp; de que haya identificaciones histéricas u obsesivas, nos dirá, no hacen a&nbsp; la neurosis como estructura. Es una indicación preciosa porque esta advertencia tiene en nuestra época actual, toda su vigencia.</p>



<p>Es ésta la cuestión a la que estamos irremediablemente enfrentados en nuestra época y no debemos desatender en estos tiempos donde, a una velocidad de vértigo insospechado, se han producido cambios de discurso en los discursos que nos bañan.</p>



<p>Cambios que inciden en la subjetividad y se presentan&nbsp; bajo nuevas formas sintomáticas que nos llevan a interrogar el estado de la teoría de la clínica del síntoma, a los fines de la dirección de la cura.</p>



<p>No es nueva esta preocupación. Hace ya tiempo que el psicoanálisis de orientación lacaniana&nbsp; estudió en los encuentros&nbsp; dedicados a ese fin, lo que encontrábamos como “casos raros”, casos que no entraban en las clasificaciones ni en los diagnósticos , cuya elucidación de esa zona de la práctica desembocó en “<em>Los Inclasificables de la clínica psicoanalítica” (1999)&nbsp;</em>&nbsp;y en esa aproximación que no se pretende una categoría cerrada y que J.A.Miller llamó “<em>Las psicosis ordinarias</em>&nbsp;“.</p>



<p>De hecho es una preocupación que hoy nos concierne aún más, al no ser ajena a la realidad inédita que atravesamos: ese&nbsp;<em>real</em>&nbsp;de un virus que, además de poner patas arriba&nbsp; el&nbsp; lazo social, la economía, tiene efectos mortíferos sobre la vida, sobre el cuerpo que se tiene y nos tiene. Instantes de conmoción que sin dudas traerán, por las variables presentes durante su actividad, mutaciones sobre el parlêtre, que aún desconocemos.</p>



<p>Presencia de un real que ya ha incidido sobre una de las condiciones&nbsp;<em>sine qua non&nbsp;</em>de encuentro entre analizante y analista como lo es la presencia de los cuerpo en la experiencia analítica. En efecto, nos enseña que toda clínica&nbsp; implica el encuentro con lo real, de lo que hay que dar cuenta</p>



<p>Eso que Freud, en un momento intenso de presencia de lo real, descubrió como el malestar en el corazón de la civilización, nos sirve para afirmar&nbsp; y no desconocer que cada civilización tiene su síntoma al que la clínica del síntoma del momento., debe responder.</p>



<p>Eric Laurent (2) al respecto comenta: “Ante este estado de la civilización, no sabemos cuáles serán los nuevos síntomas que organicen la distribución del goce en nuestra civilización”.</p>



<p>Aunque podemos poner en serie los hechos que la atraviesan: 1. Las consecuencias de un desvanecimiento de la función del padre; 2. La emergencia de los movimientos feministas&nbsp; en toda su diversidad; 3. La incidencia de esto en la relación entre los sexos y 4.&nbsp; Estar afectados por los discursos que están en el mundo como agentes de producción de sentido y de ofertas de goce: la ciencia, el capitalismo, la técnica.</p>



<p>Verificamos día a día la insaciable, cambiante emergencia de nuevos semblantes- no anclados a lo real del cuerpo- , que sirven a tratar el real, sin ley, que les escapa.&nbsp; Esos semblantes, no son los mismos que encontramos en la neurosis. En ese cruce, es en el que conviven los síntomas antiguos con los síntomas nuevos, a los que nos toca interrogar qué función cumplen,&nbsp; a qué sirven , sin desconocer las incidencias de la época y sin que podamos acoger sus clasificaciones y sus diagnósticos rápidamente.</p>



<p>Constatamos que éstas , conllevan un uso ético que conviene, al menos no dejar&nbsp; de destacar. A veces se usan como “abuso de saber” (2) para alojar ahí lo que las descargue de un no-saber clínico, además de estigmatizar al sujeto por un trastorno o un síntoma de la estructura. Pero también tiene otra vertiente, la buena:</p>



<p>La de establecer una dirección de la cura, o bien, rectificar la posición del analista (3). Incluso , un uso decisivo como marco que inscribe diferencias .</p>



<p>En nuestra época,&nbsp; nos encontramos con casos que se situan en la frontera entre neurosis y psicosis – ya no tenemos las “boquitas de oro” y los obsesivos de la época de Freud-&nbsp; y son estos casos, los que agujerean las clasificaciones y los diagnósticos. Es uno de los problemas con los que nos enfrentamos en nuestra clínica y no se trata de que no haya un limite como el que establece neurosis, psicosis. Incluso perversión, sino que en ellas siempre hay algo que o bien desborda ese límite o falta. En la práctica, encontramos que lo que escapa a los protocolos es justamente lo que atrapa lo singular y&nbsp; concierne al caso por caso</p>



<p>Miller lo dice muy claramente:” toda clasificación bien hecha, debe incluir la clase de los inclasificables”. (4)</p>



<p>Son esos inclasificables los que los convierten en una zona de la práctica que ofrece dificultades en la dirección de la cura, en la maniobra de la transferencia.</p>



<p>Recordemos que&nbsp; tiempo atrás, a esta zona de la práctica y desde distintas escuelas, se llamó&nbsp;<em>Borderline, estados frontera, estados límites.</em>&nbsp;Justamente por entrar en una zona, en un borde que&nbsp; se acercaba a veces a la neurosis&nbsp; y otras, a la psicosis, y ponía a prueba al máximo el&nbsp;<em>deseo del analista&nbsp;</em>además de hacer límite a la teoría psicoanalítica.&nbsp;</p>



<p>Abro tan solo el problema, sin avanzar,&nbsp; por lo que nos interesa respecto a los comienzos de análisis en esta época.&nbsp;</p>



<p>J.A.Miller caracteriza el modo de goce contemporáneo, en términos de “estamos ante un nuevo régimen del Otro”.&nbsp; De eso, tenemos que estar advertidos en nuestra práctica. &nbsp;</p>



<p>Lo dejo ahí.</p>



<p>Abierta esta problemática, vamos a los Comienzos del Análisis.</p>



<p>Al principio de las entrevistas partimos de la idea que el síntoma que&nbsp; trae a un análisis, está hecho de sustitutos de lo olvidado y que tiene sus raíces en la historia de sus identificaciones y fijaciones de goce allí enlazadas.&nbsp; La tarea a la que un analista está presto es a la regla de oro de la asociación libre del analizante.</p>



<p>Que es la menos libre, dado que la materialidad del lenguaje y sus leyes sirven al enmascaramiento del punto traumático configurado en al menos dos tiempos primeros: uno el traumatismo del encuentro con la lengua, sin sentido; el otro,&nbsp; el acontecimiento de goce localizado en el cuerpo como impacto de ese encuentro.</p>



<p>Esas experiencias y marcas es lo que reencontramos en el síntoma mudo, bajo la forma del modo en&nbsp; que el sujeto goza de su inconsciente. Sin saber que goza. Sin saber de qué está hecho ese nudo.</p>



<p>Cuándo viene a consultar? Cuando algo se abre, se desestabiliza. Momentos de crisis. De pérdidas.&nbsp; Viene por algo que no va bien en su vida, en el campo de su realidad, en su cuerpo. Desconoce cómo salir de ese “estado de malestar” y su embrollo.</p>



<p>Eso que lo trae puede ser un síntoma, pero también un fenómeno, un trastorno.&nbsp; Formas que toma el malestar&nbsp; y que en el dispositivo analítico se enmarcan bajo los efectos de la transferencia y&nbsp; pueden alcanzar el estatuto de síntoma analítico, al descifrar el sentido que porta y conmover el goce que le da soporte.</p>



<p>Pero ese paso que va de las entrevistas preliminares&nbsp; con las que comienza un proceso, no sucede por sí sólo. Es un paso que dará, o no, lugar a una entrada en análisis. &nbsp;</p>



<p>Los comienzos son tan variados como diversas son las demandas. Pero ciertamente que sin demanda, no hay comienzo. La oferta de hablar, recordaba Lacan, crea demanda. Y es la intervención del analista, en su acto quien&nbsp; la produce.</p>



<p>Aún habría que añadir que la entrada en el dispositivo analítico no asegura ni su continuidad ni su paso a la entrada al análisis .</p>



<p>Las entrevistas sirven de manera esencial para situar la posición del sujeto en la estructura y establecer la relación que los síntomas mantienen con lo real de la estructura. Más aún hoy que cada vez con más frecuencia vemos casos en los que no es fácil decidir de qué lado se inscriben: si en la neurosis, en la psicosis o más bien en una zona NI.(5)</p>



<p>Las entrevistas sirven en ese tiempo inicial al establecimiento de la transferencia&nbsp; cuyos signos son brújula que orienta. “ Es un&nbsp;</p>



<p>instrumento epistemológico”!., afirma E. Laurent</p>



<p>En el comienzo está la transferencia. Mejor dicho: la transferencia&nbsp;<strong>es</strong>&nbsp;el comienzo, sin&nbsp; la cual no hay ninguna posibilidad de tratamiento de lo real, en los casos graves, y siempre en todos los casos , de la neurosis.</p>



<p>Sin reglas que fijen normas pero no sin principios: el de responder al tiempo que hace falta para producir una entrada en análisis.</p>



<p>Un tiempo en el que se muestre cuáles son los partenaires del sujeto, con qué cartas juega su partida y si esos semblantes que lo representan, se enganchan a lo real del cuerpo o bien son simulacros que hacen “como si” lo fueran.</p>



<p>El “estado de malestar” con el que alguien llega a un analista y del que se queja, aún no es idéntico al síntoma tal, que sirve a saber algo de ese no sabido, conjurado en una equivocación que se conjugó sin estar al alcance del sujeto, pero del cual él resulta instituido.</p>



<p>Sin embargo hay algo que se da en el comienzo: es la oportunidad del encuentro con un saber que se distingue del conocimiento, un saber no sabido&nbsp; que exigirá, en su paso al discurso del inconsciente un largo recorrido hasta conseguir, vía el deseo del analista, otros posibles anudamientos, otro modo de gozar del inconsciente.</p>



<p>Del lado del analista, sirven a desvelar la posición ética del sujeto que consulta y permite sostener otra ética : la del psicoanálisis cuando como ocurre a veces,&nbsp; no&nbsp; hay que escucharlo todo&nbsp; ni se puede sostener una escucha ante cualquier posición subjetiva&nbsp; si ésta&nbsp; desvía la ética del psicoanálisis.</p>



<p>Subrayemos por último&nbsp; que el comienzo, por todo lo que venimos diciendo, si bien no coincide con la entrada en análisis , a la vez,&nbsp; las entrevistas pueden&nbsp; continuarse bajo un modo terapeútico si, como afirma Lacan “se trata de permitirle a un sujeto una supervivencia”, un poco menos tonta , más amable.</p>



<p>Finalizo.</p>



<p>Los casos célebres de Freud son la mostración paradigmática de los síntomas propios de la época de una función del Nombre del Padre y sus efectos de sintomatización, de la cual hemos aprendido todo lo que sabemos de la histeria, de la obsesión, la fobia y de aquellos que también en esa época, se escapan de ese marco preciso.</p>



<p>Hoy, el nuevo régimen del Otro que caracteriza nuestra civilización,&nbsp; nos convoca a elucidar los síntomas nuevos emergidos de la incidencia de lo que opera como discurso del Amo, sin el Nombre del Padre o con sus “simulacros” o suplencias.</p>



<p>Este es y&nbsp; ha sido el motivo de mi intervención, apretadísima, a los que se interesen en el discurso del psicoanálisis de orientación lacaniana,&nbsp; un discurso que como lo expresara Lacan “ es aún un discurso por descubrir”.</p>



<p>Mónica Unterberger</p>



<p>Intervención en el debate “Comienzos de análisis” celebrado online el 25 de septiembre 2020.</p>



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<ol class="wp-block-list"><li>Freud, S. <em>Los inicios del tratamiento</em>, 1912</li><li>Laurent, E. <em>El Otro que no existe y sus comités de Ética</em>, 1999</li><li>Soler, C. <em>La querella de los diagnósticos</em></li><li>Miller, J.A. <em>Los inclasificables de la clínica psicoanalítica</em></li><li>Soria, N. <em>¿Ni neurosis ni psicosis?</em>, 2011</li></ol>
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		<title>El amor en la neurosis. 3 preguntas a Mónica Unterberger</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Mónica Unterberger]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 06 Mar 2010 09:25:47 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Conversación Clínica del ICF 2010 Texto original aquí 1) Cada sujeto a lo largo de un análisis, formula su condición de amor. ¿Cuál sería la transformación del amor al final del análisis, una vez conocida su condición? Lacan se ha ocupado a lo largo de toda su enseñanza de examinar en sus diversas articulaciones el [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Conversación Clínica del ICF 2010</h3>
<p><a href="https://www.redicf.net/textos/3p_barna0310.pdf">Texto original aquí</a></p>
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<p><strong>1) Cada sujeto a lo largo de un análisis, formula su condición de amor. ¿Cuál sería la transformación del amor al final del análisis, una vez conocida su condición?</strong></p>
<p>Lacan se ha ocupado a lo largo de toda su enseñanza de examinar en sus diversas articulaciones el fenómeno del amor y su naturaleza. Tenemos ahí ese exhaustivo tratado del amor y sus dramas, esa perla que es “<em>La Transferencia</em>” donde analiza los mitos del amor en <em>El Banquete</em>, en el cual no sólo acentúa lo estructural del fenómeno sino que lo lleva a construir ese espléndido mito del amor en esa mano que al tenderse encuentra otra mano que le sale al encuentro, subrayando que lo que ahí se produce es el amor. Es en tanto metáfora, sustitución del eromenos por el erastes, que se engendra la significación del amor. También subraya que, en su naturaleza profundamente narcisista y por tanto, vinculada a la dialéctica imaginaria en la que se funda el nacimiento del objeto estrechamente ligado a sus investimientos libidinales, no debe desconocerse el objeto que tras el amor pero distinto a él, opera.</p>
<p>Allí se ocupó de esclarecer que la transferencia era la puesta en escena de ese amor cuyas condiciones era el objeto del deseo quien las imponía. Condiciones que a lo largo de un análisis podían ser descifradas en tanto sujetas al inconsciente estructurado como un lenguaje. Dice allí que el deseo, definido a partir de la falta, produce el amor. Pero no hay que confundir que “lo que le falta a uno, no es lo que está escondido en el otro. Ahí está todo el problema del amor”.</p>
<p>Mas tarde en <em>Aún</em>, empieza separando el goce y el amor mientras establece la afinidad del objeto pequeño a con su soporte imaginario, y se pregunta si el amor es hacerse Uno a la vez que afirma que el amor ignora que no es más que el deseo de ser Uno, por la imposibilidad de establecer la relación de los dos sexos. De allí su impotencia.</p>
<p>Constatamos cuantas demandas de análisis resultan formularse en términos de las variantes de las modalidades del amor y sus dramas, por ese deseo de ser Uno, y alcanzar el ser del otro. En ello se sostiene esa creencia, cuya función es la de velar la hiancia entre goce y amor, con la correlativa impotencia que esta empresa conlleva y la clínica verifica. Lo que se llega a obtener en el trayecto de un análisis es lo que resulta de ir hasta lo que condiciona ese goce, opaco al sujeto, debido a ese objeto que es causa, y sostén de la imagen narcisista en la que se ama aquello que el sujeto mismo desconoce de su deseo. Extracción posible por la operación del discurso analítico sobre los significantes amos que configuran el semblante en que se soporta lo más real que tiene cada uno.</p>
<p>Desde esta perspectiva, entonces, la transformación al final del análisis una vez conocida la condición es relativa al saber en tanto éste se revela en su condición de goce y de división del sujeto. Condición, sea cual sea, que el amor se ocupa de velar, suplir la inexistencia de la relación sexual. Es ese efecto de coalescencia entre el amor y el objeto la que sirve de ocasión, frecuentemente, a hacer de pendiente a lo peor.</p>
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<p>Me parece importante subrayar que si en la clínica se constata cómo lo que condiciona al amor es correlativo de la modalidad imaginaria del escenario fantasmático, singular y siempre decidido a partir del particular encuentro de cada sujeto con el Otro, en su función de velar la hiancia, su transformación comporta saber qué goce se satisface bajo esa modalidad de significación.</p>
<p>Al transformarse el traje, lo que viste, los semblantes del ser al que se dirige el sujeto en el amor, lo que aparece es un nuevo amor esta vez definido como aquel que establece una inédita articulación con aquello que en el sujeto, es causa y no en lo que lo unifica. No es lo mismo.</p>
<p>Captar la hiancia irreductible entre goce y amor, y saber hacer ahí, no hace desaparecer al amor. Todo lo contrario le da una renovada dignidad.</p>
<p><strong>2) ¿El amor solo puede existir en tanto engañado o el saber es compatible con el enamoramiento? ¿De qué se enamora un sujeto? El amor se dirige al semblante, al que se le supone un ser.</strong></p>
<p>Lacan en “<em>Aún</em>” creyó “deber sustentar la transferencia en cuanto no distinguible del amor mediante la formula del sujeto supuesto saber: aquél a quien supongo el saber, lo amo”. Es interesante que sea el discurso analítico el único que revele y testimonie de un saber que a la vez que se escapa al ser que habla, sea un saber que testimonia del inconsciente, un saber que se articule como un lenguaje y que hace nacer el amor. Y que el estatuto de este saber, que solo se pone en movimiento por esa vía que inaugura la transferencia, se efectúa en tanto que el que viene no sabe lo que tiene y supone que aquel a quien se dirige sabe de eso que él no sabe. Esa suposición de saber produce el amor, con el que nos encontramos en el análisis. Condición que hace posible entredecir las condiciones de amor a las que cada sujeto está subordinado, sin saberlo. De este modo, el saber, se sepa o no lo que allí articula, se presenta desde el inicio afectado, embrollado por la atracción que ejerce el Otro del amor, lugar desde el que se postula el significante y sin el cual “nada nos indica que haya en ninguna parte una dimensión de verdad”.</p>
<p>Pero a ese enamoramiento del cual se desprende un saber hay que hacerle decir lo que lo provoca, provocar la producción de los significantes amos bajo cuyo sentido toma asiento una verdad que conviene indicar como no-toda a los fines de conmover lo que allí se apresa como fijación de un goce que se traduce como malestar, incomodidad, sufrimiento o tantos otras modalidades fantasmáticas de satisfacción a las que sirven. Lo que el discurso analítico en su operación sobre el síntoma muestra en el trayecto de la experiencia, es justamente cómo a partir del saber sobre la verdad del goce, se esclarece el amor en tanto suple como decía antes, la ausencia de relación sexual. Si hay un amor engañado, lo es respecto al desconocimiento de su estatuto mismo de suplencia.</p>
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<p>Y si lo tomamos en sentido inverso, el saber que es compatible con el enamoramiento resulta de la elaboración del “ser supuesto al semblante” (<em>Aún</em>).</p>
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<p><strong>3) En estos tiempos de la elevación del objeto al cenit social y de la obsolencia de los semblantes ¿se podría pensar que por tratarse del “amor verdadero” del Seminario <em>Aún</em>, el que apunta al objeto pero, ahora, sin mediación de la palabra, nos vemos abocados a ser testigos de la violencia dentro del vínculo que debería ser amoroso?</strong></p>
<p>La cuestión de la violencia tiene muchas y complejas aristas, que evidentemente no se reducen a la cuestión del vínculo amoroso. Pero si hacemos el ejercicio de reflexionar sobre ello, en vista de lo que nos convoca me gustaría abordar la cosa por lo que sigue.</p>
<p>En “<em>La Tercera</em>” nos advertía Lacan que la ciencia nos iba a dar para ponernos en la boca lo que nos falta en la relación, es decir, la ciencia nos iba a dar los gadgets y afirmaba que el porvenir del psicoanálisis dependía de lo que ocurriera con ese real, a saber, de que los gadgets se impongan verdaderamente “que verdaderamente lleguemos a estar animados por los gadgets”. Sin embargo, Lacan mismo se contestaba que lo creía poco probable y que en el fondo, no dejaríamos de considerar el gadgets como un síntoma. En efecto, es un hecho que el discurso del psicoanálisis es un discurso que denuncia las consecuencias sobre la subjetividad del Otro que no existe, y los efectos procedentes del imperio de la ciencia en el horizonte actual.</p>
<p>Es cierto que en estrecha relación con esos objetos “a” que vienen a taponar la falta en todas sus formas, encontramos una multiplicación de los semblantes. No faltan los semblantes, sin los cuales está claro que no habría discurso. Lo singular será el estatuto de estos semblantes. Ya que con lo que nos encontramos en estos tiempos es la proliferación de su pulverulencia, de su fragilidad para hacer de soporte del ser. Y eso se observa en las diferentes formas actuales del síntoma. Hay sujetos que buscan angustiosamente aferrarse a una cuerda que haga la función de lo que anuda lo real, lo simbólico y lo imaginario a los fines de orientar el real imposible de conocer .Y en ese empeño, se abrazan a todo aquello que en el espectáculo del mundo, parece prometer un arreglo a su irreductible división, incluso a su angustia. Es justo allí donde éstos se demuestran en tanto que “falsos” semblantes para organizan el ser, y por ende no pueden sino fracasar en cumplir esa función estructural de sostener el ser, y regular el goce. En este preciso sentido, se produce algo como la rasgadura del velo que protege de lo real. Uno de los nombres de esa rasgadura es la violencia.</p>
<p>Por contra, es la metaforización, operación propia que da lugar a la emergencia de la significación del amor, la que introduce en el lazo con el otro la mediación de la palabra, a partir de la cual puede alojarse la interdicción constituyente que puede hacer no solo nacer el sentimiento amoroso, sino mentir, bajo esa mentira verídica, como figura a partir de la cual se puede saber algo de lo que suple y a la vez, apuntar a lo que no tiene otro modo de acceder al discurso: porque esta irreductiblemente perdido y por su aversión al semblante.</p>
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<p>De estos efectos subjetivos, el discurso de una paciente muestra que lo que hizo soportable una durísima ruptura amorosa no fue sino el significante “leal” que al operar como un S1, equivalente en su función a un nombre del padre, ordenaba su relación al deseo, impidiendo la violencia de la deriva pulsional, en tanto ésta tenía un buen refugio en el goce cifrado de su fantasma.</p>
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<p>Es un ejemplo de cuando el S1 anuda de la buena manera, haciendo de borde inscrito por el orden simbólico, y sintomatizando un real. Mientras que la violencia es más bien, el signo del fracaso de la palabra, indica el límite del discurso, que deja paso a una punta de real y cuyo nombre es paso al acto. Sin olvidar que bajo lo incondicional de la demanda de amor, que pide más y más, y no deja de pedir, se desliza una deriva pulsional que, si no encuentra la marca significante que organiza su trayecto, desemboca en el paso al acto, o en el acting, por el cual hace pasar a la escena lo que no sabe. En cualquier caso, importa subrayar que hay violencias y violencias, matiz diferencial que conviene mirar de más cerca y hacerle decir las variables que la enmarcan.</p>
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		<title>El furor de la ciencia</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/el-furor-de-la-ciencia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Mónica Unterberger]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 23 Nov 2007 19:36:48 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Uno de los más últimos embates que ponen en guardia a los psicoanalistas por parte del discurso de las tecnociencias, es la Campaña contra la Depresión, promovida por radio, televisión, afiches por el Instituto Nacional de prevención y de educación para la Salud de Francia, quien ha editado un Boletín en el que mantienen que [&#8230;]</p>
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<p>Uno de los más últimos embates que ponen en guardia a los psicoanalistas por parte del discurso de las tecnociencias, es la Campaña contra la Depresión, promovida por radio, televisión, afiches por el Instituto Nacional de prevención y de educación para la Salud de Francia, quien ha editado un Boletín en el que mantienen que “todo puede ser medicalizado y curado”: el dolor de existir, el sufrimiento moral, hasta el duelo. Han celebrado el 9 de octubre el Día de la Depresión, que ya fuera establecido hace algunos años en EE.UU. Ante ello, J.A. Miller ha iniciado una campaña para oponerse a ésta y a las nuevas utopías sociales autoritarias, a la utilización del antidepresivo como médicamento genérico de síntomas diversos. Manaña 24 de noviembre se realizará el Forum Extraordinario de Le Nouvel Ane, en París, bajo la fórmula:”No al todo-cuantificable! No al fanatismo de la cifra!”.</p>
<p>En franca resonancia con ello, es que aprovecho esta reunión no prevista, para tomar la cuestión del síntoma, en esta época, atravesada por el superyó social, para dar una pequeña vuelta sobre la cuestión del sujeto que comporta el psicoanálisis, a diferencia de aquel con el opera la ciencia.</p>
<p>Hay distintas maneras de acercarse a la concepción psicoanalítica del síntoma. Pero siempre se hace necesario, en primer lugar, esclarecer de qué sujeto hablamos y cómo queda éste definido.</p>
<p>El sujeto del que trata el psicoanálisis es el sujeto del significante, transportado por el significante en su relación con otro significante , sujeto articulado formalmente por Lacan a partir del descubrimiento del inconsciente hecho por Freud. Debe distinguirse “severamente tanto del individuo biológico como de toda evolución psicológica subsumible como sujeto de la comprensión”, vuelve a insistir Lacan en el año l965, en el seminario “El Objeto del psicoanálisis”, en su primera clase, para recordarnos la singularidad de este sujeto.</p>
<p>En las páginas anteriores se había ocupado de definir cada uno de los diferentes campos en donde está en juego una particular relación del sujeto con el saber y la verdad, como causa.</p>
<p>Por ello, puede afirmar que -en su aspiración a hacer del psicoanálisis, a acercar el discurso que lo incluye al orden del mathema- “en cuanto a sujetos de la ciencia psicoanalítica, es a la solicitación de cada uno de estos modos de la relación con la verdad, como causa, a la que Uds. tienen que resistir”.</p>
<p>No me voy a detener en la caracterización de la causa, en la religión, en la magia, pueden ir a un texto que está en los Escritos, “Ciencia y Verdad”, donde desarrolla exhaustivamente esta problemática de la relación del sujeto, dividido entre un saber, inconsciente y una verdad, que esta como causa y a la que desconoce.</p>
<p>La ciencia, no se ocupa del sujeto que sufre. Justamente para operar, debe “saturar al sujeto que implica” (El objeto del Psicoanálisis, l965. 1ª clase), en otros términos Lacan habla de que el sujeto de la ciencia es un sujeto forcluido, al modo en que adscribe ese mecanismo como especifico de la psicosis. Ese sujeto que deja fuera la ciencia, es aquél del que se ocupa el psicoanálisis. La ciencia, no quiere saber nada de la verdad que causa el síntoma que presenta el sujeto, no quiere saber nada de su sufrimiento subjetivo. Lo reduce, como se da a ver en esa promoción de la medicalización para acallar lo que el síntoma grita, a un organismo, a lo más a un individuo que psicologiza, desconociendo eso que allí se hace oir.</p>
<p>El discurso dominante en nuestra época de la ciencia y del discurso capitalista, no es sin consecuencias. Eso le hace decir a J.A.Miller, hace algunos años, que “así como el capitalismo crea los síntomas que entonces, lo acompañan, también este furor de la ciencia, trae los suyos impensables en otro horizonte subjetivo, en otro momento histórico.</p>
<p>Vaya como otro ejemplo vivo, lo que se puede leer en la portada del periódico, como nuevo descubrimiento de la ciencia: “Un nuevo hito permitirá crear tejidos sin usar embriones”. Se podrán crear células madres a partir de piel de adultos y niños. Los investigadores han logrado darle la vuelta al reloj del desarrollo biológico y, a partir de la manipulación de varios genes, convertir una célula de piel en otra, que se comporta y actúa como si fuera embrionaria, capaz, por tanto de transformarse en cardíaca, o sea, neuronal o de cualquier otro tipo. ¡Se crea vida en el laboratorio!</p>
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<p>A la vez, este hallazgo desmonta el debate sobre la clonación terapeútica. El ciéntifico creador de la ovejita “Dolly” ya ha anunciado que va a abandonar sus experimentos de clonación por transferencia nuclear que desarrolla en su laboratorio de la Universidad de Edimburgo, en Reino Unido. Y a la vez, deja obsoleto el debate sobre si es ético o no usar embriones humanos. Seguro que esta nueva forma de vida, no va sin el inicio de nuevos interrogantes acerca de su uso.</p>
<p>Ello no será sin un nuevo impacto sobre la subjetividad, y una nueva manera de anudarse el sujeto como respuesta a este Otro que bajo la promesa de una eternización, lo subordina a una mayor alienación a un discurso amo, que le sustrae lo más propio, íntimo: su deseo.</p>
<p>Son – y serán- lo que debemos llamar las nuevas formas del síntoma. Son las que ponen a trabajar el saber del psicoanálisis para permitirnos leer y saber hacer con esas nuevas formas en que se hace presente el sufrimiento subjetivo. La orientación que efectua JAM de la enseñanza de Lacan, sobretodo de la muy última enseñanza de Lacan, tiene efectos sobre la definición misma del síntoma, que sufre modificaciones en relación a como lo presentaba en su primer momento. Es el trabajo sobre la propia reflexión de Lacan en el encuentro con la clínica la que conmueve y comporta una nueva articulación y concepción del inconsciente, del síntoma, del goce, solidaria con los pasos que da.</p>
<p>A esto se refiere Lacan en la cita que traía cuando decía “es a la solicitación de cada uno de estos modos de la relación con la verdad como causa, a la que Uds. tienen que resistir”.</p>
<p>¿Cómo se resiste a los síntomas que la cultura misma presenta? Creando un nuevo síntoma. En su “La tercera” del año 1975, en Roma, Lacan advertía sobre el avance de lo real al que había que hacer frente. El modo en que el psicoanálisis puede resistir, no es sino como síntoma en la cultura.</p>
<p>Y ahora vamos a la clase de introducción al síntoma, en tanto los primeros puntos de partida para abordarlo.</p>
<p>Mónica Unterberger</p>
<p>* Clase dictada en el curso de Introducción a la Orientación Lacaniana (23 de noviembre 2007)</p>
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		<title>Neurosis Obsesiva. Descripción y estructura</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/neurosis-obsesiva-descripcion-y-estructura/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Mónica Unterberger]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 17 Dec 2004 19:42:31 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Freud, lector de la obsesión La primera cuestión a esclarecer respecto a la obsesión, es que lo que ella nos enseña está estrechamente vinculado con el descubrimiento freudiano del inconsciente y de los términos y las leyes que allí supo articular. Si bien la podemos encontrar mencionada, antes de Freud, en la historia de la [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="page" title="Page 1">
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<p><strong>Freud, lector de la obsesión</strong></p>
<p>La primera cuestión a esclarecer respecto a la obsesión, es que lo que ella nos enseña está estrechamente vinculado con el descubrimiento freudiano del inconsciente y de los términos y las leyes que allí supo articular.</p>
<p>Si bien la podemos encontrar mencionada, antes de Freud, en la historia de la psiquiatría, descripta por distintos autores, aquella de la que vamos a ocuparnos, es la neurosis obsesiva, tal como Freud la encontró.</p>
<p>Para decirlo con toda claridad, el «obsesivo freudiano» estabilizó de modo aparentemente duradero a partir de su aislamiento por Freud en los años 1894-96, un significante del cual ninguna clínica- lo reconozca o no lo reconozca -lo sepa o no lo sepa- puede desde entonces prescindir.</p>
<p>Antes de Freud y según la feliz expresión de Georges Lantéri-Laura, «la palabra obsesión flotó realmente mucho». Si bien la obsesión es un asunto ya antiguo, podemos encontrarlo en Pinel, Esquirol y autores más modernos, reducido a la presencia extraña de un pequeño número de elementos que sitian al enfermo, a una convivencia de lo extraño con la lucidez del enfermo, o inclusive, encontramos el acento puesto sobre la «lucha obsesiva», tan dolorosa como ineficaz y reconocen allí mil y una «artimañas» y mil y un «hallazgos» del combatiente impotente.</p>
<p>Se aisló también como el «delirio de contacto» y «la locura de la duda»(Falret), y ligada a una enfermedad mental separada, insistiendo en el hecho masivo que lo esencial está constituido por las obsesiones.</p>
<p>Esta somera pincelada histórica, que pueden examinar más exhaustivamente en los textos de Psiquiatría, viene a corroborar que la obsesión, tal como Freud la encontró, es una invención que no estaba antes.</p>
<p>Si seguimos la pista de la investigación freudiana de la obsesión, encontramos un primer momento a situar en «<em>La Herencia y la etiologia de las neurosis</em>» (1896), » <em>El Hombre de las Ratas</em>» (1909) e «<em>Inhibición, sintoma y angustia</em>» (1926).</p>
<p>En 1896, en un contexto donde domina la concepción de la herencia como causal de las enfermedades mentales, Freud pone en evidencia la fuerza de un recuerdo que actua como si fuese un acontecimiento actual. Un recuerdo que tiene la caracteristica de relacionarse con la vida sexual, concernir a la primera infancia, e implica una abuso infligido por un otro. Caracteristicas que comparte con la histeria, pero con una diferencia condicionada por la naturaleza de los síntomas: si la histeria tiene como etiología especifica una experiencia de pasividad sexual, una experiencia sufrida con indiferencia, con despecho o temor, en la obsesión se trata, por el contrario, de un acontecimiento que generó placer y en el cual el sujeto fue activo.</p>
<p>Esta es una de las notas que se convirtio en un clásico: el más de goce experimentado en el encuentro con lo sexual.</p>
<p>Esta primera investigación freudiana permitio que se volviesen inteligibles los rituales y las obsesiones proponiendo una lectura, un desciframiento posible de los síntomas, tras el abandono de la teoria de la seducción infantil.</p>
<p>En «<em>El Hombre de las Ratas</em>«, que examinaremos y también en «<em>Las lecciones Introductorias al psicoanálisis</em>» (1916-l917), Freud descubre la regresión en la obsesión, que, a diferencia de lo que ocurre en la histeria, que muestra una regresión a los primeros objetos sexuales pero no una regresión hacia una fase anterior de la organización sexual, que sí se halla en la obsesión.</p>
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<p>Esta regresión hacia la fase preliminar de la organización fálico-anal, es a la que responsabiliza de las «manifestaciones sintomáticas como son: que el impulso amoroso se presenta entonces bajo la máscara del impulso sádico» y es a ese efecto en el que reconoce, lo que hace que no solo se vuelva un neurótico, sino un neurótico «horrorizado» por las representaciones que surgen en él y apresado en una lógica del deber pagar por esos síntomas. Si se fijan, estamos de lleno en el historial del Hombre de las Ratas.</p>
<p>El obsesivo de la segunda tópica, de «<em>Más Allá del Principio del Placer</em>» y de «<em>Inhibición, síntoma y angustia</em>«, revela más profundamente el papel del erotismo anal, afina los rasgos obsesivos y van a aparecer cuestiones como el masoquismo primario o la compulsión a la repetición.</p>
<p>No es en modo alguno arbitrario afirmar que es el examen de la neurosis obsesiva lo que abre el descrubrimiento de la compulsión de repetición, incluso lo empuja a introducir en la doctrina psicoanalitica, la segunda tópica y lo que allí se articula en relación a la pulsión de muerte, dada la singular presencia y valor que toma la figura de la muerte, en la estructura de la obsesión. Es la exigencia, entonces, de responder a las preguntas que se habría planteado Freud a raíz de los problemas en zigzag de la «<em>zwangneurose</em>»</p>
<p>Ligado a esta cuestión, aparece la formación de un superyo feroz, como resultado de un «desarrollo que no se opera normalmente&#8230;» Para Freud, como él lo explica, la neurosis obsesiva sigue siendo «el objeto más interesante y fecundo de la investigación analitica». Cuestión que Lacan no cesa de subrayar, cada vez que puede, y especialmente, cuando al referirse a la observación del Hombre de las ratas dijo, en 1969, que «es el caso de donde proviene todo lo que sabemos de la neurosis obsesiva» (Reseña de enseñanza de «El Acto analitico», Ediciones Manantial, p. 57)</p>
<p>Desde el punto de vista de Lacan, la descripción del síntoma obsesivo fue hecha por Freud, de modo ejemplar y completo y no tiene nada que agregarle. Es decir, no hay nuevos sintomas que añadir a la obsesión.</p>
<p><strong>Lacan, lector de Freud</strong></p>
<p>Conviene acentuar, a la vez, que la actualización de la clínica lacaniana de la obsesión, se muestra como más importante que la de la histeria en un punto preciso: el de que la estructura de la histeria fue trabajado muchas veces en los seminarios de Lacan, hasta finalmente ser elevada a la altura de un discurso.</p>
<p>En la actualidad, es necesario reconocer que si se dejan de lado los aportes de Lacan para estructurar, articular los fundamentos de la clínica freudiana, el resto del movimiento analítico da mas bien la impresión de saber más bien poco de lo que Freud descubrió allí.</p>
<p>Por eso, Lacan, lector de Freud, nos enseña con su lectura sobre la observación freudiana del Hombre de las Ratas, a extraer de allí cuestiones esenciales en lo que respecta al deseo, al goce y también todo aquello que atañe a la clínica misma de la obsesión.</p>
<p>Se sabe que dos años antes de comenzar su seminario en Saint-Anne, en 1953, Lacan reunía regularmente en su casa a sus alumnos. Uno de esos años fue consagrada al Hombre de las Ratas, es decir, muy pronto en la enseñanza que empezaría Lacan, y fue de ese trabajo que va a surgir lo que se conoce como «<em>El mito individual del neurótico</em>«, que fue pronunciado en el Colegio de Filosofía de Jean Wahl y que evoca, sin lugar a dudas a «<em>La Novela familiar del neurótico</em>» de Freud (1909).</p>
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<p>¿A qué apunta allí? Pues bien, al proponer la noción de mito individual -donde toma el mito en referencia explicita a los trabajos de Lévi-Strauss, antropólogo estructuralista a partir de quien la antropología encuentra su rigor- introduce éste como el único modo de expresar, bajo una forma discursiva ese punto de fractura, de desgarramiento entre las generaciones y a la vez, de continuidad, lo que no se puede decir y a la vez, solo se puede decir por el medio de mito. Es algo del orden discursivo que organiza la constelación familiar para el sujeto desde antes de su nacimiento.</p>
<p>Y la usa para leer el Hombre de las Ratas, es decir, hacer un seguimiento de los distintos reordenamientos de las fórmulas en las que está preso el sujeto, hasta la gran obsesión de las ratas. Nos ofrece así, a través de esos reordenamientos, desde la prehistoria del sujeto hasta su trance obsesivo, los diferentes términos y escenas que intervienen, produciendo esos efectos en esa estructura. La desarrollaremos en ocasión de trabajar el caso.</p>
<p>Lo que es un hecho, es que para Lacan, la referencia a la clínica freudiana de la neurosis obsesiva recae en los «<em>Escritos</em>«, sobre el caso del Hombre de las Ratas. La encontramos en «<em>Función y campo de la palabra y el lenguaje, en las variantes de la cura.tipo</em>» (1953) y en 1958, en «<em>La Dirección de la Cura</em>«.</p>
<p>Destaca en esos tres textos, entre otras cosas, ocupado como está por precisar y fundamentar la relación del sujeto con la palabra y el lenguaje, y en lo que ésta se vincula con la verdad, el modo de operar de Freud en tanto nos dirá, que no se trata de imitar a Freud sino de volver a encontrar el efecto de su palabra, en tanto que Freud recurría -y las interpretaciones que hace a su paciente lo muestran- a los principios que gobiernan esa palabra y es en eso, dirá, que la interpretación freudiana, es portadora de un efecto de verdad que se traduce en la resolución del enigma del suplicio de las ratas.</p>
<p>Una vez hecha esta pequeña presentación de la obsesión en la historia, antes de psicoanálisis , y con el psicoanálisis, es decir, la invención que hace Freud a partir de su encuentro en la experiencia clínica de los síntomas bajo los que se presenta, vamos a introducirnos, con los instrumentos que nos aporta Lacan a tratar de situar una particular relación que establece el obsesivo con el deseo. En este sentido, y a diferencia de la histeria, la relación que el sujeto de la obsesión mantiene con el deseo se presenta con la modalidad de lo imposible.</p>
<p>Si en la histeria el deseo se caracteriza por ser un deseo insatisfecho, como una manera de mantener en reserva el deseo, lo cual es bien ilustrado por el sueño de la bella carnicera que Freud examina en la «<em>Interpretación de los Sueños»</em>, lo que más bien encontramos en la obsesión, es un deseo evanescente . Tanto en un caso como en el otro, lo propio de la relación con el deseo en la neurosis, en ambos se trata de dos modos de sostener el lugar del deseo como tal, en la medida en que aproximarse a esa zona amenaza al sujeto con la propia desaparición.</p>
<p>Propongo que lo investiguemos a partir de lo que Lacan desarrolla en el seminario 5 «<em>Las formaciones del Inconsciente</em>«, en el apartado que dedica a la dialectica del deseo y de la demanda en la clinica de la neurosis.</p>
<p>Durante ese seminario Lacan va construyendo lo que será el grafo del sujeto, que alcanza su culminación en el texto «<em>La Subversión del Sujeto</em>«.</p>
<p>Como uds. saben, la escritura del grafo del deseo escribe unas relaciones muy precisas y cuya compleja articulación es lo que el seminario de las <em>Formaciones del inconsciente</em>, va a articular.</p>
<p>En este seminario Lacan va a estudiar la relación entre demanda y el deseo, en términos de una relación diálectica. Tema que estructura el grafo del deseo y da título a su escrito <em>Subversion del Sujeto y diálectica del deseo</em>. En este momento de su enseñanza, el deseo se articula en una relación diálectica, en la medida que está debidamente concebido a partir de lo que se introduce como diálectica en la función de la palabra. Y lo continua con una interrogación clínica sobre la relación entre el deseo y la demanda, estrictamente articulada a partir de problemas clínicos. Y es interesante considerar como opera Lacan: es a partir de diferencias teoricas con otros analistas con el fin de establecer una demarcación esencial entre lo que es psicoanálisis y lo que no lo es.</p>
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<p>Es decir, diferenciarlo de esa enorme marea de prácticas de la palabra, que, en el fondo, desconocen esta radical diferencia entre lo que implica la demanda y lo que es el deseo, tal como lo definió Freud.</p>
<p>Recordemos esa afirmación, célebre, que el deseo no es articulable, es decir , no es posible enunciarlo bajo el modo de «yo deseo esto o aquello». Esta formulación responde más bien a la expresión de anhelos que son formulados, articulados en la demanda, sienda ésta sí articulable. Y es justamente en la articulación de la demanda donde el deseo puede articularse. Entre lo que se dice, entre significante y significante, es donde el deseo encuentra el lecho donde se desliza, repta como un hurón, al decir de Lacan. No es articulable pero está articulado a la demanda.</p>
<p>Si Uds. observan el grafo, el lugar de la demanda que escribe el cruce entre los significantes que inscribe al sujeto en el lugar del Otro, y la pulsión, sujeto tachado losange D, no se confunde con el lugar del deseo, que escribe con una d minúscula. Pero tampoco debe confundirse ese lugar , el que escribe la relación con el Otro de la demanda, ese Otro primordial de la dependencia, con ese otro plano del grafo que podemos ejemplificar con la serie sin fin de demandas que por ejemplo, piden los niños: dame agua, quiero una golosina, vamos a jugar, quiero ese juguete&#8230; etc. Tras esa suma de demandas de objetos, se abre, en otro plano, el que escribe en el lugar de la pulsión, una demanda incondicional, es decir, que ningún objeto podrá colmar. Es la demanda de amor. Es una indicación muy precisa.</p>
<p>Pero volviendo a cómo opera Lacan, en este momento el debate es con Bouvet, un representante de una corriente de la «relación de objeto», en relación a un caso de una neurosis obsesiva, en una mujer, a partir de cuya crítica sistemática, no sólo de la dirección de la cura, sino de las preguntas que el autor mismo se va haciendo a medida de los obstáculos que encuentra, Lacan va a terminar mostrando que no se trataba de interpretar la envidia al pene, la posesión del falo, sino más bien tratar el estatuto del deseo, que en ese caso, se declina como un deseo de muerte.</p>
<p>Un análisis que no ha tocado para nada lo que estaba en el fantasma de la paciente y por tanto, en sus identificaciones. Un análisis cuya dirección de la cura es correlativo de la concepción que se tiene del inconsciente, según una afirmación de Lacan y que en este caso, reduce el deseo al plano de la demanda, de las demandas.</p>
<p>Los valores del grafo, que Lacan exhaustivamente trabaja a lo largo del seminario, nos permiten considerar lo que nos ofrece al nivel de la clínica de la neurosis obsesiva.</p>
<p>Encontramos que en el obsesivo se trata de una relación con el deseo que traduce lo que Freud llamo un desligamiento de las pulsiones y que hace que el obsesivo esté en su relación con Eros, en serias dificultades, en la medida que esta relación está amenazada por el aspecto destructivo. Uno debe preguntarse por qué el obsesivo tiene que presentarse ante todo, como no deseando nada.</p>
<p>Es paradigmático: el que desea siempre es el otro, el semejante, pero eso mismo, es de aquello de lo que se queja y se traduce en síntoma. En todo caso, la clínica lo muestra cada día, presenta su deseo bajo una forma negativa: «no es que yo quiera tal cosa» o el típico » no vayas a creer tú que quiero tal cosa» o aún , otra versión más sofisticada «no es eso lo que quiero, pero debo hacerlo». En esta última versión, se hace evidente como el imperativo -ya sea que responda a la moral que dice sostener o que se imponga como una fórmula de mandato- ocupa de un modo disfrazado, el lugar que no es sino el del deseo, y así, escabulle esa responsabilidad que implica su relación con el deseo, con el objeto de su deseo.</p>
<p>Esta denegación que no apunta sino a lo que Lacan llamó la anulación del deseo, es lo que Freud muy pronto reconoció y examinó en su trabajo «<em>La Negación</em>«, donde nos trae un formidable ejemplo, justamente de un obsesivo quien cuenta un sueño y le dice: «no vaya a creer ud. que la mujer de mi sueño es mi madre.» A lo que Freud inmediantemente agrega que la afirmación en el obsesivo se presenta bajo el modo de la negación.</p>
<p>En ese justo lugar donde algo del deseo puede presentarse, el obsesivo coloca el significante que lo anula, el significante que intenta borrar toda emergencia de los signos del deseo. Es eso lo que acentuó Freud y que Lacan precisa: esa anulación por medio de la negación, supone en la suspensión simbólica que afirma -» no es eso»- la plaza simbólica de lo que es negado, ya que poner entre paréntesis es indicar que hay algo escrito.</p>
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<p>Cuando Lacan, en la pág. 477 , si no me equivoco, habla de la histérica y nos dice cómo se las arregla para sostener su deseo enigmático -deseo x-, pues bien: emplea el a minuscula, como artificio para ese sostén, es decir, construye por un lado un ideal y por otro, se identifica con un otro (i(a). En el caso de Dora que ya han visto: se identifica al Sr. K. porque el deseo es fundamentalmente deseo del Otro y ella no sabe que valor tiene ese deseo.</p>
<p>Como no sabe el valor que tiene su deseo, tiene que pasar por el circuito de un deseo masculino, para resolver la ecuación de lo que una mujer vale.</p>
<p>El obsesivo no toma, nos dice ahí, el mismo camino pero entonces ¿cómo se las arregla con el problema de su deseo? Bueno, es el caso que parte de un lugar distinto y con otros elementos. En primer lugar Lacan señala una «precoz y particular relación con su demanda (SlosangeD) para que sea posible, y desde lejos, asegurar ese deseo que está, en el fondo, anulado, devaluado pero esa es su manera de mantenerlo». El lugar del deseo está instituido. Esa es una diferencia estructural con la psicosis.</p>
<p>Esa relación precoz con la demanda es «un primer rasgo de la relación del obsesivo con su deseo.» Es decir, que privilegia la demanda para asegurar el deseo. Y ¿cómo se presenta esta modalidad? Si el deseo esta directamente vinculado a la demanda, esto lo observamos en ese no pedir nada, es necesario que el Otro le pida y esta condición se liga a que hacer de la demanda del Otro un objeto, le evita el encuentro con ese punto de entre los significantes, ese intervalo vacío que es el deseo quien lo ocupa, para que nada del Otro venga a molestar como índice del deseo. Se trata de un verdadero tormento en el que se embrolla: ni puede pedir ni permite que le pidan, porque esa demanda del Otro lo transforma en un objeto, que supone que el Otro quiere destruir, hacer desaparecer. Bajo estas maniobras, se defiende amurrallandose en su yo.</p>
<p>Este parapeto que constituye su yo, es lo que hace dificil hacerlo entrar en análisis, pues ello implica una cesión por un lado del goce que no sabe y una división, entre un S1 y un S2, y también por eso es quizás que se aviene mejor a las prácticas de la palabra que no convocan el sujeto del inconsciente, porque consolidan esa plaza fuerte del yo al precio de dejar anulado su deseo.</p>
<p>Esto es lo que hace que el circuito del deseo sea más complejo de tratar en la neurosis obsesiva, aunque Lacan nos indica que éste está mejor parado respecto a su deseo. ¿Por qué? porque el partenaire no es el otro de la identificación imaginaria como sucede en la histeria, sino que el partenaire con quien juega la partida es directamente el gran Otro. No es que no tenga juego con el otro imaginario, todo lo contrario este toma una función central en cuanto al papel que juega en su economía.</p>
<p>Pero en relación al deseo , que estamos examinando, en vez de tener que jugar con un deseo enigmático, el obsesivo tiene que ver con un deseo que está indexado con un cero, es decir, es un deseo anulado. No es el enigma, la pregunta, es fundamentalmente desaparición, anulación. Pero una anulación que comporta una destrucción. Aunque es a la vez, el modo de preservarlo. Esta es su complejidad.</p>
<p>Ahora viene lo que Lacan nos dice como segundo lugar, en relación a ese camino diferente que toma respecto a la histeria.</p>
<p>Lo introduce preguntando ¿qué es la obsesión? De entrada, destaquemos que es un síntoma y como tal, comporta un ciframiento de sentido y porta un goce.</p>
<p>Destaca como de gran importancia, la fórmula verbal. La obsesión está siempre verbalizada, por la cual la conocemos y es posible llegar a descifrarla. Participa por tanto de las leyes del lenguaje y sometida a las condiciones de la palabra: significante y emergencia del significado.</p>
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<p>Freud lo demuestra en el desciframiento del deliro del Hombre de las Ratas. Es más, una estructura obsesiva, solo se revela cuando adquiere la forma de una obsesión verbal. De lo que se trata en todas las fórmulas obsesivas, es de una destrucción completamente articulada, como lo muestran, ya lo veremos, todas las fórmulas de anulación en el Hombre de las Ratas. Y Lacan, acentúa algo que es a considerar:  que «todo lo que le da ese valor angustiante para él sujeto, es que se trata de una destrucción mediante el verbo, mediante el significante. En la clínica de la obsesión, encontramos el temor de hacerle daño al otro. ¿Con qué? con pensamientos, que es lo mismo que decir con palabras, ya que son pensamientos hablados»(479). Basta aquí evocar la tesis freudiana, muy temprana de la época del Proyecto de Psicología cuando investiga qué es el pensamiento, a raíz justamente de esa aparición absurda y «patólogica» de las obsesiones que no ceden ni a la voluntad ni a lo razonable, y dice que el pensamiento es el resultado de algo anterior que son las marcas del lenguaje, donde no interviene una voluntad. Es decir, el trabajo, la acción misma del significante sobre el viviente, de acuerdo a como nos lo formula Lacan.</p>
<p>Es muy ilustrativo el episodio del paciente de Freud, quien a los 4 años es presa de un ataque de cólera hacia su padre. Se tira por el suelo mientras lo llama: «Tú mantel , tú lampara, tú plato, etc». Se trata, nos dice Lacan, de una verdadera colisión del Tu con el Otro, «que trae ese efecto venido a menos que se llama un objeto que toma el valor de equivalencia. Lo importante, continua Lacan, es que (&#8230;) en esa cólera se trata de hacer descender al Otro a la categoría de objeto y destruirlo».</p>
<p>Esta es la trama y el drama del mundo del obsesivo, porque estas maniobras por las que rebaja al Otro a la categoria de un objeto y además, a destruir, al primero al que apunta, es a sí mismo ya que como sujeto, por lógica, no puede tener sustento si el Otro desaparece. Así que lo vemos en esa empresa angustiante- ya que ahí es donde se presenta la angustia- de destruir al Otro, para volverlo a reconstruir ya que depende de él. Y esto lo hace con significantes, por eso Lacan dirá que el «obsesivo vive en el significante» (p. 480) allí está solidamente instalado, por eso no hay que temer nada en cuanto a la psicosis. En todo caso, conviene distinguir la estructura obsesiva de la fachada obsesiva, bajo la que a veces se presenta la psicosis.</p>
<p>En la obsesión, se trata de una relación obsesiva con el Otro. Por eso a ese lugar puede advenir tan comodamente el objeto de amor, al que dirige su devoción que no es sino esa faz de su maniobra de reconstruir al Otro, pero siempre a condición de que esté a distancia, inaccesible, para preservar su deseo.</p>
<p>Es en esa maniobra que funda la relación y que al mismo tiempo que la cierra con la destrucción, es con la que la hace subsistir.</p>
<p>Como se puede observar, es un continuo no y sí, construir y destruir, el de separar y de unificar. Escabullir todo aquello que podría atentar contra su unidad imaginaria, su plaza fuerte.</p>
<p>Ahora bien, en la enseñanza de Lacan, el Otro que en principio es el lugar del tesoro de los significantes al que, por una elección forzada, el sujeto debe alienarse -como primera operación de constitución de la subjetividad- implica una segunda operación: la de la separación y éste momento lógico, implica que el sujeto debe experimentar la falta de un significante para absorber todo lo que no pertenece al campo del significante, de lo simbólico.</p>
<p>Es por tanto un Otro al que le falta. Punto donde debe apostar su deseo, donde cada sujeto debe admitir que si algo se inscribe, es algo del orden de una falta, donde falta un significante. Sin duda, es este Otro difícil, complejo con el que tiene que vérselas el obsesivo. Es el lugar donde estamos obligados a admitir que no hay una verdad única y universal, sino distintas versiones de la verdad.</p>
<p>Y es esto lo que el obsesivo, que es un cruzado de la defensa del Uno y del Todo, sin división, sufre. Por eso, se lo ve en esa tarea de hacer pasar la inconsistencia del Otro del lado de la consistencia, del lado de lo que Lacan en la última enseñanza, ha denominado la logica del Uno y del Todo, ligada a la logica que extrae de las fómulas de la sexuación donde pone en juego el Todo y el No-Todo, que dice de la sexuación femenina. Es una indicación que no voy a desarrollar.</p>
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<p>Respecto a la relación precoz que el sujeto mantiene con su demanda, como nos señala Lacan, quizás convenga recordar que el valor que tiene ese lugar que se escribe como el lugar de la demanda, es que allí justamente es donde sitúa la pulsión. Conviene enfatizarlo ya que esa singular relación con la demanda, vehicula algo que no es sin relación a la pulsión. Lo insoportable, que el obsesivo liga a los pensamientos que lo horrorizan, no es en verdad asunto de representaciones, sino más bien, como Freud lo reconoce en las primeras entrevistas con el Hombre de las Ratas, lo insoportable es la emergencia de un goce, que el sujeto experimenta en su cuerpo y procede de esas pensamientos, o que esos pensamientos portan. No es lo mismo.</p>
<p>Sin la aparición de esos pensamientos, nada sabríamos del goce. Por eso, cuando Lacan en el seminario 5 nos dice «el conjunto del comportamiento neurótico, se presenta como una palabra, como una palabra plena, pero enteramente criptográfica, y desconocida por y para el sujeto en primer lugar en cuanto al sentido, aunque lo repita cien veces y con todo su ser, no entregará su cifra sin esa intervención llamada análisis».</p>
<p>Y sigue «es una palabra pronunciada por el sujeto tachado, tachado para sí mismo y que llamamos el inconsciente» (p.485).</p>
<p>Respecto a las estrategias del obsesivo en relación al deseo, decíamos que una de ellas es la de colmar la demanda para anularla, para hacer callar en la medida que toda palabra , es una demanda. Querer colmar la demanda, no para complacer al Otro, sino para que no encontrarse con el vacío del intervalo.</p>
<p>Es decir, encontrarse con lo que no se aviene a la palabra, al significante cuando él «vive en el significante», es decir, pretende que todo pueda decirse.</p>
<p>Si permitimos que crea que todo puede decirse ¿qué alentamos? alentamos que anule su deseo y se pierda en los laberintos, -que es justamente uno de las formas más tipicas que toma su síntoma- hechos para escabullirse del hecho estructural, de que hay falla en el Otro. De allí, esa anulación permanente del intervalo entre un significante S1 y otro significante S2. La operación analítica, por el contrario, interviene para hacer aparecer este intervalo, o lo que dicho de otro modo, corta este inflamiento del sentido, desnuda esta articulación. Es una manera de romper el sentido que petrifica al sujeto, pero tambien petrifica al Otro y empuja a la repetición.</p>
<p>El acto analítico de Lacan implica esta desunión del lazo entre S1 y S2. Implica producir la equivocidad que es propia del significante, y solo a partir de la cual ese sentido, petrificado, puede presentarse en su sinsentido y hasta en su contingencia.</p>
<p>Mientras la histeria, que se presenta dividida entre entre un S1 y un S2 y la encontramos plegándose a cuantos significantes encuentra que le permitan encontrar un refugio a esa falta en ser que exalta, ¿que encontramos en la obsesión? un sujeto aferrado a un S1, a punto de querer hacer coincidir, petrificándose, el significante que lo representa en su división para otro significante, con el sujeto tachado. Es decir con ese lugar, que no es sino un vacío.</p>
<p>Por ello, la operación analitica, al apuntar al corte entre un significante y otro, contrariamente a lo imaginariza el obsesivo, conmueve esa relación con el Otro.</p>
<p>Esto es lo que permite que ese esfuerzo en dar consistencia, -un significante más, y otro y otro &#8211; deje paso al predominio de la inconsistencia, a partir de la cual el obsesivo pueda deshacerse de esa defensa con respecto al deseo y al Otro, y pueda ir articulando cual es el verdadero imposible que está en juego.</p>
<p>Si en la histeria, su relación al deseo es más bien del orden de una pregunta por el deseo, en la obsesión encontramos que toda la cuestión del deseo queda bajo la forma de preservarlo de la amenaza de destrucción y por eso, ese discurso al modo de fortificaciones amuralladas que impiden todo acceso a él.</p>
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<p>En el afán de sostener esta consistencia del Otro, el obsesivo se impone una serie de proezas para demostrar lo que es capaz de hacer, con lo cual volvemos a encontrar esa exigencia de hacer existir un Otro que tiene que reconocer las proezas: se hacen para alguien .</p>
<p>No es caprichoso decir alguien, ya que supone que es un pequeño otro quien va a oponerse a su afán. Lo que caracteriza a este pequeño otro, es como nos dice Lacan, «que el acento recae en la imagen del otro, siendo este otro de más prestigio, de mayor potencia. Formas que responden a lo imaginario y que cumplen toda su función a nivel del narcisismo. Porque a la vez, el engaño en el que se sostiene es que con esa imagen más fuerte que él mismo &#8211; imaginariamente- el obsesivo se complementa».</p>
<p>(Viñeta clínica del paciente y su socio, más potente y todo el retorno del odio , a la vez que esa dependencia a la autorización que espera de allí)</p>
<p>Allí nos advierte Lacan es fundamental tener en cuenta la función que adquiere la relación fantasmática del sujeto con el otro imaginario que es su semejante, pero sin olvidar que este juego, esta pantomima imaginaria no es sin la presencia del Otro, con mayúsculas. Dicho de otro, modo es con un otro pequeño con quien juega estas proezas, pero que encarna el valor del Otro absoluto de la muerte.</p>
<p>Mientras está tan ocupado con la muerte, no vive, todo toma la dimension de un trabajo forzado y queda excluido toda una dimensión del amor. Porque el amor lo confronta, nuevamente con tener que dar lo que no tiene, según una de las definiciones del amor que nos ofrece Lacan.</p>
<p>La clínica nos enseña cómo el obsesivo erige un Otro cruel, quien no reconoce ni sus sacrificios ni sus méritos y que se interpone, impidiéndole gozar.</p>
<p>Pero lo paradójico que este Otro cruel, de quien se queja, al mismo tiempo es él quien va a ser el cruel de los crueles, especialmente con su partenaire y ante el cual, se experimenta como una víctima sacrificial que exige su pérdida y que no le deja vivir. Es en ello que el caso de Freud es ejemplar.</p>
<p>De manera tal que hace existir un Otro a quien dota de una demanda que es una demanda de muerte. Lo dota de una demanda de desaparición.</p>
<p>Por eso Lacan, cuando en el Seminario de las Formaciones del Inconsciente, cuando analiza la diálectica del deseo y la demanda en la neurosis y se dedica a explorar cuál es la modalidad del deseo en el obsesivo, nos machaca con este esfuerzo de parte del sujeto, quien para evitar el encuentro con ese vacío del intervalo, que no es sino el lugar donde va alojarse el deseo, se afana en intentar colmar la demanda. Trabajo que, por lógica, está destinado a saturar el intervalo entre un significante y otro, de escapar , en el fondo , del encuentro con la angustia que implica un encuentro con un deseo fabricado de este modo.</p>
<p>Colmar la demanda, para no encontrarse con aquello que, en el Otro no conocemos y que nos separa de él, de ese lugar Otro, «es lo que se llama su deseo. No es sino esto.» (p.485).</p>
<p>Esta indicación es clave, porque aquello que del Otro no responde &#8211; en el momento de la constitución de la subjetividad &#8211; a la satisfacción de nuestra demanda, no solo torna opaco ese lugar del Otro -¿qué soy para el Otro?-, sino que devendrá, como marcas del sujeto, en una relación que el sujeto mantiene con su propia demanda.</p>
<p>Toda esta cuestión, relativa a la presencia que toma la figura de la muerte no es sino para apuntar, a lo que en otro momento de su enseñanza cuanto va a empezar a formalizar lo real, lo pulsional, &#8211; que comienza con el Seminario de La Ética, el seminario 7- y va a ser articulado como el goce. La muerte no es sino las distintas figuras imaginarias que toma el goce. Es una indicación que hago.</p>
<p>Hay dos cuestiones que no quiero dejar de considerar y que encontramos en la clínica de la obsesión, ya señaladas por Freud. Una es la presencia de la figura del padre y que lo llevó a Freud , en su encuentro con el síntoma de la obsesión y esta modalidad del deseo, a escribir <em>Totem y Tabú</em>, investigando que relación tiene el deseo con la prohibición y, más fundamentalmente, esa pregunta que atraviesa toda su reflexión y su pensamiento y que no es otra que la ¿qué es un padre?.</p>
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<p>Es lo que Lacan formaliza precisando que en el mito freudiano ese padre de la horda primitiva, ese padre gozador es el que volvemos a encontrar en la obsesión. Pero ese no es, logicamente, el padre simbólico.</p>
<p>El padre simbólico es aquél, que, cumpliendo la función de nombrar el goce, le da un significante para pasarlo al inconsciente y desde allí operar, marcando el goce, es decir, subordinándolo a la ley del deseo, y por ese mismo acto, permitiéndo un goce fálico posible.</p>
<p>Es el padre en tanto que opera poniendo de acuerdo la ley misma con el deseo, es decir, aceptar que hay falta.</p>
<p>La neurosis obsesiva quiere decir que algo ha fallado en esa transmisión para que en su lugar veamos aparecer toda esa exigencia del superyo, que ordena gozar, bajo esas formas imperativas, bajo esos mandatos, esa insensatez que tan bien muestra el Hombre de las Ratas: a falta de someterse a la ley del deseo, es entregado a tener que hacer frente a un goce que le retorna, ya sea como modo «delirante» en el suplicio de las ratas, ya sea como obsesiones, ya sea como inhibición o como síntoma en el amor, es decir, en la relación con los objetos de amor.</p>
<p>Dicho aún de otro modo y esto me permite introducir la última cuestión, aunque no la agota, eso que lo podría separar de la relación exclusiva que mantiene con la madre, como objeto primordial, que es la de no poder sino ocupar el lugar del falo imaginario de la madre.</p>
<p>Esa crueldad que se pone en juego, que hace recaer sobre el partenaire imaginario, está vinculada con querer destruir la significación del deseo del Otro y que no reposa sino en la identificación imaginaria a ser el falo de la madre. Por tanto, cualquiera que se interponga allí, se interpone a título de apagar el brillo fálico que se esfuerza por obtener y por tanto, hace recaer, sobre ese otro imaginario, su «agresividad».</p>
<p>Esta es una queja que escuchamos con harto frecuencia, expresada por las mujeres que devienen su partenaire.</p>
<p>En estos momentos de la enseñanza de Lacan, un final de análisis para el obsesivo es concebido en términos de una separación de este ser el falo . No lo es, pero puede asumir la posesión, el tener.</p>
<p>He introducido un poco rápidamente esta cuestión del falo, apoyándome en que Uds. ya han hecho un recorrido por las vicisitudes del falo y la castración en estas reuniones de trabajo.</p>
<p>Mónica Unterberger</p>
<p>Diciembre 17 de 2004</p>
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		<title>La cara oculta de S.Dalí</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/la-cara-oculta-de-s-dali/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Mónica Unterberger]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 24 May 2004 19:41:53 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Si llamaran psicoanálisis aplicado al trabajo que hace Luis S.López Herrero en este libro, habría que aclarar de entrada que más bien de lo que se trata es de aplicar al texto el método del psicoanálisis. No es una obra de psicoanálisis aplicado. A la vez, sin el psicoanálisis este libro no sería el mismo. [&#8230;]</p>
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<p>Si llamaran psicoanálisis aplicado al trabajo que hace Luis S.López Herrero en este libro, habría que aclarar de entrada que más bien de lo que se trata es de aplicar al texto el método del psicoanálisis. No es una obra de psicoanálisis aplicado. A la vez, sin el psicoanálisis este libro no sería el mismo. Y el autor sabe sacar buen partido de ello y llevar su carga a buen puerto.</p>
<p>No es una obra de psicoanálisis aplicado, ya que el psicoanálisis solo se aplica, en sentido propio, como tratamiento, y por tanto a un sujeto que habla y oye. Entonces, fuera de eso, sólo se puede tratar de método psicoanalítico; ese método que procede al descifrado de los significantes sin consideraciones por ninguna supuesta existencia del significado.</p>
<p>Es así que lo que el libro presenta de un modo cristalino es que «toda investigación, en la medida que observa este principio y en tanto que hace como se debe , lee un material literario: es decir , que encuentra en la ordenación de su propia exposición, la estructura misma del sujeto delineado por el psicoanálisis».(1)</p>
<p>El libro que dedica Luis L.Herrero al análisis de la invención del método paranoico crítico y, a la obra pictórica de Salvador Dali, encuentra en lo particular de su objeto, la ocasión para destacar sus méritos.</p>
<p>La seguridad de la escritura, es el instrumento de ese placer en que se sentirá el lector, de alguna manera, absorbido.</p>
<p>El hilo del que tira, sin abandonar su argumento, se alterna con las perspectivas, los documentos, las referencias, comentarios y reconstrucciones, que sólo retienen la atención que, al parecer, una y otra vez, ofrecen un descanso.</p>
<p>El tono que en él se mantine, asombra por lo sostenido de su naturalidad y por la modulación en la que se continúa.</p>
<p>La disposición que denota el autor , participa de lo que prefiero llamar como la atención entre prudente, valiente y tierna.</p>
<p>El logro de este trabajo es alcanzar el mayor rigor sin caer en el dogmatismo que fuerza a hacer entrar el objeto de análisis en los rieles de una concepción que le antecedería.</p>
<p>Es así que la materia ofrecida al presente libro sobre la que Luis L.Herrero hace su lectura, son los textos mismos de Salvador Dalí, y la obra como traducción donde plasma esas imágens peligrosas que había que dominar, pero también los encuentros fecundos que apoyan o precipitan aquello en lo que deviene.</p>
<p>La obra de Dalí tanto como el contenido de sus escritos no dejan duda que subsisten como lo que puede ser llamado: un mensaje a descifrar, como lo que entrega , al modo si me permiten, de un legado, homólogo pero diferente a aquél de Schreber y del que Freud supo extraer en su análisis, los elementos esenciales de los que se compone la paranoia. Punto en el que acuerdo con el Dr. Roumeguère , citado por Luis, en su comparación y similitud- pero también sus diferencias- con Schreber.</p>
<p>No es secundario que Luis se hiciera destinatario, y a la vez, resultara concernido por estos escritos. No le es ajeno si consideramos, tal como nos lo hace saber el autor, el encuentro con Dalí, provocado por una curiosidad que le antecede.</p>
<p>Luis López Herrero le aplica a los escritos de Dalí su lectura clínica y vemos con asombro ir ordenándose, en todo su rigor , los signos bajo los que se presenta la posición del sujeto, el sujeto del psicoanálisis en la estructura: psicosis, es lo que allí lee.</p>
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<p>Un libro que sin el psicoanálisis no sería lo que es, decía antes. Doblemente, me parece. Ya que como muy bien apunta Luis, la invención del método paranoico crítico, no sería tal sin el encuentro de Dalí con el psicoanálisis. El encuentro con los escritos de Freud da apoyo y solución a ese otro encuentro, primordial , con la experiencia de la tragedia de la infancia, reconstruido en su lógica, al decir de Luis, a partir del desamparo angustioso al que lo arroja el encuentro con el deseo de la madre, sin mediación del Nombre que pone fin, vela el horror y lo inscribe simbólicamente, haciéndolo vivible.</p>
<p>Encuentro con el nombre que Freud comporta para Dalí y que se sella en la visita que le hace a Viena acompañado por S. Zweig.</p>
<p>Pero Dalí tampoco sería lo que devino sin el encuentro con el surrealismo: un movimiento , animado profundamente en la certidumbre de la relación del hombre con el deseo y la letra, de la que cada uno de sus miembros dio pruebas de eso que Lacan pudo llamar «el estilo es el objeto», invirtiendo la fórmula de Buffon.</p>
<p>Lacan mismo, contemporáneo del Surrealismo, no es ajeno a la influencia que éste ejerce sobre su orientación e inclinaciones teóricas.</p>
<p>Notable resulta esa descuidada vinculación que Luis reestablece respecto a la deuda poco enfatizada que el psicoanálisis tiene con el surrealismo, en tanto , si bien equivocada, supieron aportar con su modo de vida, lo que Freud descubrió en los sueños, las formaciones del inconsciente y el síntoma: el juego del significante que trabaja, opera en una Otra escena distinta que la del Yo y la conciencia.</p>
<p>Es de agradecer la evocación rigurosa y oportuna de las citas de los autores surrealistas que entonces tienen la fortuna de dar cuerpo y estatura a lo que fue, en la cultura, ese movimiento que atrajo en su estela los que hoy pueblan museos e imprimen con su marca a la literatura.</p>
<p>Movimiento que , conviene acentuar, atravesó fronteras y cuya semilla, que no era avara, germinó haciendo de sus marcas en la subjetividad, historia.</p>
<p>Algo que me importa subrayar es el título. El autor tendrá sus motivos para titularlo así -y es , desde ahora, una pregunta que le hago-. Sin embargo, y como él mismo lo indica en algún lugar del texto, se trata de un estudio psicoanalítico. Pero además, es primordial enfatizar que lo que ahí se destaca es la contribución al psicoanálisis que nos ofrece la publicación de lo privado en lo que en gran parte se convierte lo escrito por Dalí, y sobre la que planea, como lo resalta Luis, su preocupación por la gloria y por «salvar a la pintura de la mediocridad».</p>
<p>Es la experiencia misma del escritor lo que allí esta concernido y sobre la que Luis opera, llevándola a su empleo de material.</p>
<p>Ya que esa es la materia ofrecida al presente libro: autobiografía, diario, entrevistas, memorias. En resumen: obra escrita. Y que como ya Lacan lo señalara respecto a Gide, ese esfuerzo y preocupación del autor Dali,»van destinadas al biografo, sin que importe cual».</p>
<p>Luis se hace destinatario de esos papeles y de esa obra. No como biógrafo, sino aplicando a la letra de los papeles el método psicoanalítico de descifrado de los significantes y su lógica.</p>
<p>Es así que hace surgir de esa familia en la que nace Dalí, la incidencia de ese hermano muerto que planea en el horizonte de su vida como una sombra o un doble que lo acompaña. Situa el árbol del que se desprende, vía paterna, con ese Salvador que nombra al padre y al que le antecede otro Salvador, abuelo paterno que sufrió de paranoia y, finalmente se suicida, en pleno delirio de persecución.</p>
<p>La muerte del hermano sume en una honda depresión a la madre, durante la cual transcurre el propio embarazo del cual nacería Dali y de quien recibiría el mismo nombre: Salvador.</p>
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<p>Esa marca se convertirá en «la trágica obsesión de su vida».</p>
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<p>Luis nos guía en el camino: ¿ de qué manera se habitó el espacio en que pasea el niño Dalí? ¿Qué fue -evocando la fórmula que Lacan nos ofrece para Gide?- qué fue para aquél niño su madre? surge a través de ese mapa en que se señalan las formas en que el encuentro con la madre se dibujó como el encuentro traumático con un goce -Luis lo llama en la p. 124. «goce del Otro», -pero lo que importa subrayar es que cerró las puertas al sujeto Dalí para alcanzar una posición sexual e inconsciente.</p>
<p>¿Con qué se pobló ese encuentro? ¿Qué vino al lugar de ese vació con que se designa el sujeto del psicoanálisis, a ocupar lo que vela y marca a todo sujeto en su advenimiento como tal?.</p>
<p>De qué modo está ocupado el lugar del sexo? de la muerte? del deseo?.</p>
<p>La composición del serparlante tal como la encontramos al final del recorrido infantil, a la hora en que Luis puntúa cómo eso se muestra en la adolescencia, con esas primera manifestaciones (huidas, desapariciones en la Residencia de Estudiantes, crisis febril o alucinación? en París, terror a los insectos) tan precisamente indicadas por Dalí mismo en sus descripciones minuciosas, se revela bajo la forma de esos distintos fenómenos que lo invaden.</p>
<p>Hay en el libro múltiples articulaciones y desarrollos que a la vez que interrogan el testimonio de Dalí, fundamentan la función que cumplen en la estructura, esa invención del método paranoico critico, o su escrito sobre El Angelus de Millet, su obra pictórica y ese encuentro crucial con Gala. El autor, hace un examen exhaustivo y sumamente esclarecedor de estos soportes, a partir de los que se pueden deducir la suficiencia y la insuficiencia que cumplen estas invenciones para sostener un ego, a falta de esa mediación del Nombre del Padre, que como operación simbólica, inscribe lo real e imaginariza el goce. Dicho de otro modo, fabrica un marco con el cual lo real, sirve al deseo, es decir, permite la obtención de un goce, sexual y posible con el Otro sexo.</p>
<p>Ahora bien, si la estructura es una en la psicosis, cada caso es uno y diferente y tiene una particularidad a enseñar. Y en eso Dalí, en el testimonio que su experiencia subjetiva nos ofrece, es ejemplar.</p>
<p>Con esa voluntad de dominar el goce, y de aportar esa preocupación por la locura y la paranoia hasta hacerla un «método de investigación y una fuente de construcción artistica» y llevarla hasta sus últimas consecuencias, como muy bien lo señala López Herrero (p. 76). En esa voluntad a «ultranza del paranoico», traducido en sus escritos y obra pictórica, nos lega una extraordinaria contribución al psicoanálisis. Y López Herrero lee allí lo que, en mi opinión, puede considerarse como el Caso Dalí.</p>
<p>Y que, podemos, es una propuesta, incluir en la serie que se abre con el Caso Schreber, y se continua con el Caso Gidé.</p>
<p>Como particularidad que nos enseña el Caso Dalí, extraigo algunas que me parecen de singular relevancia. La Certeza daliniana.</p>
<p>La inédita interpretacion de El Angelus de Millet, adjudicando a «los efectos del matriarcado absoluto sobre el niño, el asesinato del hijo a manos de su propia madre», cuestión que ya nos introduce de un modo estremecedor en lo que fue para ese niño su madre, y que le hace perseguir, como bien señala Luis, «en el lienzo de Millet ese supuesto lugar en el que manifiestamente estaría enterrado el hijo muerto». La certeza daliniana percibe en el apacible El Angelus de Millet, una «tragedia donde el tema mítico es el del asesinato del hijo a manos de su madre y no «de su padre tal como lo había propuesto Freud».</p>
<p>La certeza que gobierna la interpretación de esa campesina en posición de oración, muestra la experiencia de Dalí, en la que la ausencia del padre como función de separación, anuncia la tragedia de esa devoración y muerte del hijo a manos de su propia madre. No es, sin lugar a dudas, una madre del deseo la que asi se presenta, frente a la cual las propias tendencias amorosas y eróticas, deberán ser reprimidas. Se trata de otra cosa. La madre daliniana se presenta en su texto del Angelus, bajo la figuración de una boca repleta de dientes, bien afilados, prestos a devorar a su partenaire.» (p. 110)</p>
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<p>Hay que ir al texto para seguir los precisos rodeos y articulaciones por medio de los cuales López Herrero busca explicar la «especial versión que trae Dali del canibalismo materno», que denota la vertiente imaginaria en la que está preso y a la que la producción delirante, intenta dar un sentido.</p>
<p>Es la interpretación del lienzo de El Angelus, devenido escrito el que se plasma en «Atavismo del Crepúsculo» , y en el que López Herrero plantea su tesis: Dalí «anticipa en los años 30 que lo autenticamente enigmático es la mujer y su sexualidad. Si Dalí se «empeña en dotar de importancia al personaje materno, (&#8230;) es porque nos muestra, a través de su escrito, su propio drama personal y su falta de salida final»(p. 155). Lo que angustia atrozmente» es el deseo de la madre cuando falta ese significante que le hubiera permitido, a traves de su palito, enmarcar a modo de recuadro ese deseo voraz y embriagado que se cernía sobre él. «Para López Herrero, esa función que» cumple el fantasma, es lo que en caso de Dali, no llega a construirse». Es sin lugar a dudas impresionante esa comparación de la mantis religiosa, objeto de terror para Dali, con la hembra que devora al macho en el acoplamiento y deviene el punto en el que culmina su interpretación paranoica de la relación sexual entre los dos sexos y, como destacará Luis, es también su brillante contribución al psicoanálisis: el lienzo del Angelus nos revela, bajo la aparente imagen insípida y estereotipada de campesinos: «la variante maternal del mito inmenso y atroz de Saturno, de Abraham, del Padre eterno con Jesucristo y del mismo Guillermo Tell devorando a sus propios hijos (Dalí).»</p>
<p>Así, por la vía de la escritura del Mito trágico del Angelus de Millet, Dalí nos ofrece lo que no es sino su certeza trágica.</p>
<p>El examen por parte del autor continua con diversas cuestiones que conforman la complejidad y el rigor en el que se mantiene. Así, hace comparecer el encuentro entre Lacan y Dalí, a propósito de la mantis religiosa y la angustia, pero tambien la función estabilizante que tuvo el fecundo encuentro con Gala y la función que vino a cumplir el personaje del Divino Dalí, que deviene una invención, un ego, un nombre creado para suplir una falla dramática en la estructura.</p>
<p><strong>La escritura</strong></p>
<p>En relación a la función de la escritura, y como lo advierte Luis, sí, la escritura fue un instrumento para ordenar, es decir, la escritura es un ordenamiento de los restos en los que parece confluir algo del goce. Es toda la problemática que en torno a la letra y la escritura ocupa la última enseñanza de Lacan.</p>
<p>Allí donde el sujeto Dalí se encuentra con la angustia ante la Cosa, donde apareció el agujero del vacío, va y se coloca la variante maternal, el mito trágico a articular lo que no tiene nombre y lo que tiene un nombre.</p>
<p>El mito trágico es ya una elaboración del encuentro angustiante con la Cosa. Es una manera en la que se aferra a lo que será su punto de amarre. Y lo que será más relevante, es que esa escritura como modo de marcar el Otro, allí donde hubo la angustia de la Cosa, separa, inscribe un goce por el medio de la letra.</p>
<p>Es una modalidad trágica de desbrozar por medio del trazo lo que es experiencia original traumática.</p>
<p>Y también, en la particularidad de Dalí ¿no es por medio del trazo único del pincel como puede desbrozar, resolver la distinción de esa experiencia de goce y afirmar en la superficie de la pintura una metamorfosis? (2).</p>
<p>En la pintura, ¿no se produciría un añadido que permite abrir un camino y operar trazando una huella?.</p>
<p>El de resolver, en el caso Dali, y modelar la angustia ante la Cosa.</p>
<p>Así, en Dalí tenemos no sólo la escritura, sino también el gesto, que «es portador de la inscripción de esta huella» (3) .</p>
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<p>Para concluir, Dali no retrocede ante aquello que lo invade y demuestra su coraje ante la locura: escribe, plasma y crea obras.</p>
<p>Luis López Herrero, por eso de «encuentros tiene la vida», eleva ese trabajo para suplir una falla dramática estructural, en una contribución al psicoanálisis.</p>
<p><strong>Notas</strong></p>
<p>(1) Lacan, Jacques. Juventud de Andre Gide. o la letra y el deseo, Suplemento de Escritos, Editorial Argot, 1984.<br />
(2) Es una cuestión que me ha surgido a partir de la lectura de los comentarios a propósito de los diálogos que Lacan mantiene con Cheng, respecto de la teoría de Shitao. Shitao, escribe en el siglo XVII. Según él, el pintor, el calígrafo procede por lo que él llama «el trazo único de pincel» y que ordena el caos interno, opera trazando una huella. Se puede leer la exposición de Eric Laurent en la pp. 193 del Seminario «La experiencia de lo real en la cura psicoanalitica» de J.A.Miller, Editorial Paidós, 2003.<br />
(3) Laurent, Eric, La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica», El Camino del Psicoanalista. Editorial Paidós, 2003.</p>
<p>Madrid, a los 29 días de mayo de 2004.</p>
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		<title>La función de la sesión corta: contrariar al inconsciente-intérprete</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/la-funcion-de-la-sesion-cortacontrariar-al-inconsciente-interprete/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Mónica Unterberger]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 22 May 2003 19:40:06 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Hay dos cuestiones que he tomado para esclarecer lo que hoy nos ocupa: la concepción del inconsciente la temporalidad que está presente en la sesión Previamente, señalar que corta, o breve, es una manera de indicar lo que de entrada, nos lo evoca la concepción del tiempo de la ciencia -introduce la medida- , y [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Hay dos cuestiones que he tomado para esclarecer lo que hoy nos ocupa:</p>
<ol>
<li>la concepción del inconsciente</li>
<li>la temporalidad que está presente en la sesión</li>
</ol>
<p>Previamente, señalar que corta, o breve, es una manera de indicar lo que de entrada, nos lo evoca la concepción del tiempo de la ciencia -introduce la medida- , y del uso cotidiano que la gramática misma ofrece para indicar lo que ha sucedido lo que sucede y lo que va a suceder.</p>
<p>Flecha progrediente del tiempo en la que se le impone al sujeto la estructura del lenguaje, y se la impone a su discurso, en esa serie sucesiva de enunciados por medio de los cuales el sujeto del deseo revela, señala, apunta, indica, el lugar que ha tomado como posición en la estructura, y condena su querer decir a someterse a la dimensión de la temporalidad. Temporalidad a la que estructuralmente está subordinado desde el momento mismo que el sujeto se instituye en una escansión donde se fija la significación al sujeto, en su retorno del lugar del Otro, campo del lenguaje y de la palabra que le precede.</p>
<p>La sesión lacaniana -dado que es Lacan quien rompe con la ortopraxia como bien lo indica Miller en Las Cartas a la Ilustración, y eso es ya bien distinto que el modo en que se la nombra, sin dudas por su comparación con la medida standard que practica tanto la psicoterapia como lo instituido como la medida freudiana, si puedo decirlo así, del inconsciente, por la IPA-, forma parte del concepto mismo de inconsciente y de la puesta en acto de su realidad sexual, retomando esa fórmula que nos ofrece en el Seminario XI. Responde por tanto a un concepto fundamental, mejor dicho aún, a los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis y de su práctica. Una práctica que como podemos recordar &#8211; repetido hasta la insistencia por Lacan- depende estrechamente de la concepción que de ella se tenga. Si Freud justificó su concepción de lo inconsciente en la Metapsicología a partir de esa fórmula, célebre ya de «el inconsciente no conoce el tiempo», ¿qué malentendido desafortunado entre los que lo leyeron les hizo olvidar la temporalidad que funda como propia al inconsciente y el deseo, en su fórmula de la <em>nächtráglichkeit</em> y que deja escapar ese esencial manejo del tiempo del que la sesión, es su marco?</p>
<p><b>Un primer marco para introducir la cuestión.</b></p>
<p>Corresponde a un articulo de Eric Laurent en <em>El Tiempo hace Sintoma (Hacerse al ser), </em>parte de la tesis que hace, de la identificación del sujeto, una función temporal.</p>
<p>Sabemos que a partir de la perspectiva abierta por Lacan en los años 70, que no es el inconsciente quien concluye, es otra cosa.</p>
<p>Lo que verdaderamente va a concluir es el goce (donde la prisa &#8211; Seminario <em>Aún</em>) es puesta en equivalencia con el objeto a (Laurent en <em>Las estructuras freudianas del tiempo</em>). Este segundo punto se aclara así: lo que hay al principio es la sincronía significante. Hay seguidamente identificación, y es por ella que el sujeto se introduce o no, y se identifica en una pulsación primordial «efecto de lenguaje&#8230;. el sujeto traduce una sincronía significante en esta primordial pulsación temporal que es el <em>fading</em> constituyente de su identificación». Así es necesario el tiempo para que los dos significantes se separen y sean marcados. Despues es el tiempo para el sujeto de devenir el significante bajo el cual sucumbe&#8230; «antes de que desaparezca como sujeto bajo el significante en el que deviene, no es absolutamente nada. Pero esa nada se sostiene de su advenimiento, producido por el llamado hecho en el Otro al segundo significante». El sujeto está, por lo tanto, dividido entre dos stes. En el intervalo, la metonimia radical del deseo. Por una lado, falta en ser, a causa de la acción del significante, e , intervalo, que van a proseguir en una tentataiva de recubrimiento imposible de una hiancia. La tesis es que en ese recubrimiento, del sujeto por un site para otro site, se aloja un imposible a recubrir, lo que dicho de otro modo: lo que pierde el sujeto en esa operación, lo recupera en goce, son las fijaciones pulsionales: elección de goce. Hacerse el ser, nos dice Laurent, no es someterse a los imperativos de la pulsión: hacerse ver, hacerse cagar, hacerse entender, hacerse comer, etc&#8230; Hacerse al ser, es saber hacer con ese ser ahí. Con la exigencia pulsional, hace falta que algo nuevo advenga.</p>
<p>Entonces, ¿qué función toma la sesión breve en el camino de hacer que algo nuevo advenga allí donde hubo esa identificación que exige, como falta en ser, el complemento de goce, fijación pulsional, objeto a- como recuperación mentirosa a ese intento de recubrimiento?</p>
<p>¿A que viene a servir, el corte, la escansión y la interpretación, cuando por la puesta en obra del discurso analítico, el sujeto, invitado a decir, despliega en una serie secuencial de dichos, lo que hay allí de esos significantes del <em>fading</em> constituyente de su identificación, si no es a provocar el intervalo allí donde hubo otro (s) significante(s) que viene(n) a dar consistencia, sentido, clausura y es justo aquello que hace al sufrimiento opaco donde el goce encuentra su sintomatización?</p>
<p><strong>El inconsciente freudiano y el inconsciente lacaniano.</strong></p>
<p>Es para resolver ese malentendio que resulte ineludible volver sobre la hipótesis del inconsciente que Freud justifica en la Metapsicología, y esclarecer con los intrumentos lacanianos esa afirmación de que «los procesos del sistema inconsciente, se hallan fuera del tiempo»; de que todo acto psíquico comienza por ser inconsciente; de que el sistema inconsciente tiene sus leyes, diferentes a las que rigen la vida consciente; que se lo puede conocer solo por haber experimentado una transmutación o traducción a la conciencia. Siendo para Freud, el lugar donde se originan los síntomas de la neurosis, el sujeto del inconsciente freudiano no tiene «el menor conocimiento (&#8230;) de las representaciones inconscientes que la causan (&#8230;) pero puede llegar -dice Freud- a hacerlas emerger en su conciencia por los medios de los procedimientos técnicos del psicoanálisis».</p>
<p>Esos procedimientos incluyen el dispositivo de las sesiones regulares, el concepto de inconsciente, de transferencia y de ese intrumento esencial que no es sino la interpretación.</p>
<p>La labor analítica freudiana es correlativa de su concepción del inconsciente: traducir, transmutar lo no conocido a la conciencia y la interpretación es la vía para efectuar esa operación sobre ese inconsciente que es inferido como estando»ya allí escrito» y produciendo efectos. La transferencia también es de otro orden para Freud: es lo que permite tener acceso a este inc. ya allí e introducir transformaciones y que deviene en un saber a disposición del sujeto.</p>
<p>En relación a la interpretación, se sitúa una dificultad que es acentuada por la lectura que Lacan efectúa, y que comienza allí donde Freud concluye: eso sobre lo que opera la interpretación del analista, es estructuralmente, lo que ha resultado de una interpretación. Si Freud descubre el inconsciente en su encuentro con las formaciones del inconsciente, con el síntoma, como dato primero, Lacan ¿qué hace? define el sujeto del inconsciente en su operación misma de constitución.</p>
<p>Una interpretación que el grafo del sujeto sitúa como resultado del encuentro con el lugar del Otro y su traducción, en una escansión temporal, como s(A), significación al sujeto.</p>
<p>Desde esta perspectiva, como señala Jacques-Alain Miller en <em>L&#8217;interpretación a la envers</em>, la interpretación del analista es segunda respecto al inconsciente que se constituye bajo el modo de la significación en la relación al Otro, al Otro del deseo. Lacan fundamenta esta constitución del sujeto del inconsciente con el esquema de alienación y separación.</p>
<p>La esencial afinidad del inconsciente con la temporalidad, presente en el modo en el que se constituye el sujeto en esa escansión temporal que lo introduce y subordina al orden simbolico , califica al inconsciente freudiano en tanto «se inscribe como acontecimiento en la trama del tiempo» (Jacques-Alain Miller, <em>La nueva alianza conceptual del inconsciente y del tiempo en Lacan</em>.)</p>
<p>A ese inconsciente freudiano ya allí escrito, que se infiere de los efectos Lacan le opone en el <em>Seminario XI</em>, el inconsciente definido como sujeto, distinto a definirlo como saber que se presenta como automaton.</p>
<p>Tomarlo como sujeto no es exactamente tomarlo como estando ya allí, sino «tomarlo como alguna cosa que se produce y se manifiesta de manera aleatoria». Es en ese sentido que el sujeto es el acontecimiento mismo. Acontecimiento que encontramos en acto en las formaciones del inconsciente: lapsus, chiste, sueño. Allí podemos captar el inconsciente como «sujeto disruptivo»: lo que se produce como imprevisto, como imprevisible sobre el fondo de ese estando ya allí.</p>
<p>La interpretación correlativa a la operación de ciframiento que implica el inconsciente freudiano, no es sin el desciframiento que comporta : añadir saber S2 allí donde había ciframiento. Dicho de otro modo, interpretar es descifrar. Pero descifrar es cifrar de nuevo. «El movimiento no se detiene más que sobre una satisfacción» Y ese es el punto donde Lacan nos dice que el goce está en el cifrado. El problema se desplaza ya que, ¿cómo está el goce en el cifrado? Es todo el problema que ocupa a Lacan para integrar la libido freudiana en la estructura del lenguaje.</p>
<p>Ya que interpretar el viejo inconsciente consistía en añadir saber allí donde habia ciframiento, mientras que ahora se trata de que si el sujeto esta representado entre dos significantes, retener ese S2 a fin de ceñir el S1 solo, para que advenga algo nuevo allí donde ese recubrimiento se opera y se fija el goce, por el S2. Al contrario de la interpretación freudiana que al añadir saber, solo emula al inconsciente como saber y se alimenta el «sentido de delirio que se ha edificado alrededor del S1&#8243;(Jacques-Alain Miller, <em>L&#8217;interpretation al&#8217;envers)</em>, retener el saber, para apuntar a la opacidad del goce, entre los significantes, en el intervalo mismo.</p>
<p>Ese «sentido de delirio», consistente y de una certidumbre inquebrantable es aquello con lo que diariamente nos encontramos en la neurosis, bajo las diversas formas sintomáticas en las que se presenta. Los efectos de significación no se prestan sino a alimentar el inconsciente intérprete. Por el contrario, retener el saber «reconduce al sujeto a los significantes propiamente elementales sobre los cuales el ha, en su neurosis, delirado» (Jacques-Alain Miller, <em>L&#8217;interpretation a l&#8217;envers</em>).</p>
<p>La vía de la interpretación del inconsciente freudiano, es aquella donde el analista cree que interpreta el inconsciente desconociendo que es el inconsciente el que ya interpretó. ¿Comó lo verificamos? Jacques-Alain Miller lo dice con toda claridad: «hacer resonar, hacer alusión, sobreentender, hacer silencio, hacer el oráculo, citar, etc, etc&#8230;». ¿Quien lo hace mejor que (..) el inconsciente mismo?» Y es justamente esa interpretación la que es ofrecida al analista para ser interpretada. Hay, nos dice Jacques-Alain Miller (<em>L&#8217;interpretacion a l&#8217;envers)</em> el deseo de ser interpretado sin lo cual no habría el analista». Deseo de ser interpretado, deseo por tanto de despertar de ese sueño al que el sentido gozado lo empuja. Deseo de conmover lo que el sentido ha fijado, como eterno destino de repetición de la misma interpretación, ya ahí en acto.</p>
<p>La interpretación que Lacan continúa llamando interpretación cuando en su enseñanza ha nombrado el objeto a y la estructura del lenguaje ha sido relativizada y no «aparece más que como una elaboración del saber sobre «la lengua» (idem ant.), y que no tiene ya que ver con el sistema de la interpretación que alimenta el sentido en vez de desinflarlo, es la que contraría al inconsciente intérprete. No es caprichosa la formula que elige Miller para apuntar la interpretación correlativa al inconsciente lacaniano: <em>l&#8217;envers</em>. El reverso, su envés. Lo que sostiene, en verdad, esa interpretación</p>
<p>¿Qué otra cosa sostiene una interpretación del deseo del Otro sino el saber que está en el lugar de la verdad?</p>
<p>¿Qué consecuencias aporta este contrariar al inconsciente intérprete? ¿Es que implica entonces no descifrar? Se trata más bien que si hay desciframiento, sea un desciframiento que no vuelva a dar más sentido, aún.</p>
<p>Apunta a que cuando la interpretación cae sobre la serie de los enunciados que despliega el analizante en la temporalidad de la sesión -el tiempo de la asociación libre-, cada uno de ellos, como un uno semántico y, que produce la unidad semántica de la significación, no hay modo de salir de alimentar el sentido. No se sale del inconsciente-saber, intérprete, que ya está allí, produciendo efectos y que desea ser interpretado.</p>
<p>Sí se puede seguir hablando de interpretación, esta se apoya sobre el corte. El corte que introduce una separación entre S1 y S2, aquellos mismos» que se inscriben sobre la línea inferior del matema «discurso analítico»: S2//S1.</p>
<p>Una consecuencia fundamental de esta operación es la que resulta de lo que como dice Jacques-Alain Miller, «es la construcción misma de lo que nosotros llamamos la sesión analítica».</p>
<p>De allí que esclarezca que no se trata de que una sesión sea silenciosa o charlatana, sino más bien si la sesión es una unidad semántica, donde el S2 sirve a alimentar el sentido o si la sesión analitica es una unidad a-semántica que reconduce el sujeto a la opacidad de su goce.</p>
<p><strong>Ejemplo de una analizante, obsesiva.</strong></p>
<p>Una dolorosa queja, que repite una y otra vez, de la cual hace cargo al Otro como Uno, que ella significa como la causa de su desvalorización y todo el cortejo sintomático organizado alrededor de esa significación, y que ella expresa en una fórmula aplastante: «D no sabe sumar». Mientras despliega la serie de escenas imaginarias que dan consistencia a este S1, súbitamente, introduce una serie de enunciados que conecta con la palabra «más»&#8230; Interrumpo la sesión y le digo, sorprendida: ¡Ah! sabe sumar.</p>
<p>La pobrecita, excluída, rebajada ante la hermana que se lleva todas los agalmas del deseo, identificada a ese no sabe sumar en el que se resume su castración imaginaria, o de otro modo, distintos nombres del goce repetido, es conducida por la interpretación-escansión, a la opacidad de un goce que no sabe. Pero que suspende el S2 al que se demostraba articulado. No se trata aquí de la vía de elaboración, sino como indica Miller, de la perplejidad. A la sesión siguiente, habla de la serie de hombres elegidos por un rasgo del padre al que se identifica y que no es sino aquello que la petrifica en su relación al otro: aguantarse en silencio.</p>
<p>Se opone al inconsciente intérprete que encontramos como ya allí, cifrado en el síntoma, portando el goce, en su repetición. Apunta al intervalo, donde el deseo se desliza en los carriles de la metonimia, allí hace resonar algo que «desmiente» el supuesto saber puesto en acto por la transferencia.</p>
<p><strong>La sesión lacaniana</strong></p>
<p>Ahora un poco de como la llama Miller, doctrina del tiempo de Lacan.</p>
<p>La <em>Erótica del Tiempo</em>, de Jacques-Alain Miller, es un texto complejo y fecundo. Me ha esclarecido, el salto que se produce entre la fórmula de Freud «el inconsciente no conoce el tiempo» y esa afinidad inaugural del inconsciente con la temporalidad que Lacan formaliza, de muchas maneras a lo largo de su enseñanza, y Miller ya había precisado en <em>La Nueva alianza conceptual del inconsciente y del tiempo en Lacan</em>, ocupado como está, por articular justamente ese inconsciente-sujeto, inconsc-acontecimiento al que alojamos en el marco de la sesión analítica, como bastante distinto del inconsciente-saber ya ahí.</p>
<p>Para poner en su lugar el enunciado de Freud, Miller retoma la paradoja del futuro contingente (En un Tn, un acontecimiento puede o no puede suceder en Tn+1. Si de hecho ocurrió, entonces siempre será verdadero que ocurrió. Será necesario que haya ocurrido. Es imposible que aquello que ocurrió no hubiese ocurrido), porque le permite a Lacan un desdoblamiento del tiempo: un tiempo 1 que progresa y un tiempo 2 que se dirige al pasado.</p>
<p>Sin recorrer a fondo las diversas consecuencias que extrae Miller de ello, digamos que está el tiempo 1, que pasa progrediente, y ese tiempo 2, que emerge cada vez que hablamos porque es un hecho cotidiano que hablar es inevitablemente, recordar, evocar, que se dirige al pasado: pasado que se presenta en el acto de recordar, y que es constitutivo de la significación. El tiempo que se dirige al pasado, es el tiempo que retroactúa. Tiempo que, si aguzamos el oído, es el discurso mismo quien lo trae.</p>
<p>Desdoblar el tiempo unidimensional que «progresa con el modelo de la línea», permite captar que todo ser hablante, por su sujeción a la estructura que el lenguaje le impone, está subordinado a este desdoblamiento del tiempo que se hace patente en el pasado, que se evoca y en el futuro, en el que se anticipa. En ese sentido, la transferencia dirigida al supuesto saber es «una relación esencialmente ligada al tiempo» (Jacques Lacan), que es animada por la retroacción de las secuencias significantes, que generan diversos afectos especificos y que marcan el recorrido de la experiencia. Ese tiempo de la retroacción significante analizante, en todo caso es un universal del serhablante y cada uno está sujeto a este efecto de retroacción ste.</p>
<p>Así, en la experiencia analitica, el sujeto es llevado a realizar la experiencia «pura de la reversión temporal» (Jacques-Alain Miller, <em>La Erótica</em>)</p>
<p>¿Pero en qué punto este desdeoblamiento del tiempo nos da la ocasión para ordenar la sesión lacaniana?</p>
<p>El ejercicio al que nos invita Miller es el de escribir un punto fuera de la línea del tiempo que pasa, B fuera de A. Haciendo que quede perpendicular a la línea. Hagamos que este segundo vector sufra una rotación de 45 grados. La línea de la secante B se desliza entonces sobre la línea A. El punto secante se desliza sobre esta línea, podemos decir al infinito. Si proseguimos con la rotación, esta recta alcanza una posición paralela a la primera. Los remito a la continuación del desarrollo en pp. 28-29 de <em>La Erótica</em>.</p>
<p>Lo que evidencia ese ejercicio, que exige como solución, una solución lógica: «la de considerar en la linea A un punto suplementario, un punto al infinito, que la vuelve una linea topólogica, evidencia propiedades topólogicas de inversión de la orientación del vector. Es el principio de la construcción del punto al infinito como punto fuera de la línea. El punto al infinito, a diferencia de la linea al infinito, es que el primero tiene una posición aleatoria sobre la línea: no está necesariamente en su extremidad, está donde se lo quiera poner.»</p>
<p>Si ahora «consideramos la sesión analitica bajo el aspecto de la duración» -que por otra parte es el quid de la ortopraxia-, es decir considerándola bajo la linea al infinito A del tiempo unidimensional que se prolonga al infinito, el final del análisis se practica desde un punto de vista cuantitativo, regulado por un criterio exterior.</p>
<p>Todo lo contrario, la sesión lacaniana debe ser considerada como «un lapso de tiempo con un suplemento de infinito» ¿qué es lo que permite considerarla de esta manera? l. permite pensar los fenómenos de atravesamiento, 2. pensar el término de la sesión como punto de basta, como punto singular con una estructura diferente de los demás puntos, 3. permite ese efecto de inversión de la orientación que demostramos aquí: el cambio de puntuación, de sentido y de modalidad lógica».</p>
<p>Lo que importa, termina señalando Miller, no «es que hagamos sesiones cortas, sino que hacemos sesiones infinitas, sesiones que comportan la maniobra del punto al infinito».</p>
<p>Entonces, y como modo de conclusión de uno de los comentarios posibles al título de esta intervención: no se trata de la función que tiene la sesión corta: contrariar al inconsciente-intérprete ya ahí, indicada antes, sino también de lo que comporta: la temporalidad de la sesión forma parte de la concepción del inconsciente en tanto inconsciente-sujeto, en tanto inconsciente-acontecimiento donde la sesión es el marco que va a alojar, ese elemento aleatorio, ese deseo de ser interpretado al que apela el inconsciente y, cuya lógica, opera la interpretación a l&#8217;envers.</p>
<p>La sesión lacaniana implica como geometrización del tiempo (Jacques-Alain Miller, <em>La Erótica del Tiempo)</em> el lugar donde el acontecimiento imprevisto, imprevisible, se produzca. Como Miller lo precisa claramente, donde lo esencialmente contingente que hay que concebir sobre el fondo de lo imposible, pueda cesar de no escribirse.</p>
<p>Madrid, 22 de mayo de 2003</p>
<p>Mónica Unterberger</p>
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