PUBLICACIONES DE PSICOANÁLISIS DE ORIENTACIÓN LACANIANA

El sujeto anoréxico y el Otro. La soledad del anoréxico.

Pliegos nº 10. Anorexia y Bulimia. “El sujeto anoréxico y el Otro. La soledad del anoréxico”. ISSN:1135-9471. Edita Sede de Madrid de la ELP.

La anorexia nos plantea un enigma, ¿cómo es posible que un sujeto llegue al límite de dejarse morir por no querer alimentarse?, en este enigma vemos perfilarse la cuestión de la muerte y del querer, de la muerte y del deseo. Freud nos habló de este síntoma, sobre todo referido a la estructura histérica, y Jacques Lacan nos aporta una importante guía cuando aborda su Seminario de la Relación de Objeto, año 1956/57.

Para desentrañar este síntoma tan actual, recorreremos una serie de conceptos que nos faciliten su comprensión y que nos sirvan de orientación en la clínica. Lo que separa al psicoanálisis de otras terapias tiene que ver con las concepciones que tenemos del sujeto y su constitución, de la necesidad, la demanda y el deseo; del amor, de los registros Imaginario, Simbólico y Real etc.

Nos interesa enumerar las cuestiones que nos separan de otros abordajes terapéuticos, pues estas diferencias son justamente las que nos permitirán desentrañar algunos aspectos del síntoma anoréxico. En primer lugar tenemos que desprendernos del ideal de armonía, que nos venden desde todos los discursos y de la definición de individuo que se deriva de este ideal. Ya se dijo en la primera charla que el ser que habla ha perdido la posibilidad de que en la búsqueda del objeto le oriente el instinto, como si ocurre en el mundo animal. Por el hecho de que el ser vivo llega a un mundo donde el lenguaje es fundante, su relación con la necesidad, con su autoconservación queda afectada. Lacan nos muestra la importancia del orden simbólico, pues es la estructura del lenguaje, en la cual  el niño se baña nada más nacer, o dicho de otra manera, la afectación del ser vivo por el significante, lo que permite explicar la falta en el corazón mismo del objeto y el cuestionamiento radical de lo que Marx denomina “satisfacción de necesidades materiales”. Por todo esto, podemos deducir, que las terapias regidas por el ideal de armonía tienen como fin la adaptación de los sujetos en su relaciones con los objetos del mundo, quedando forcluido, repudiado lo que implica la incidencia de lo  Simbólico.

Freud desde sus primeros textos en Tres Ensayos para una teoría sexual, nos muestra como la experiencia de las relaciones del hombre y la mujer, contradice que exista un objeto armónico, que por su naturaleza permita consumar la relación del sujeto con el objeto. Siempre para Freud se presenta el objeto como búsqueda del objeto perdido y lo que une al sujeto con el objeto perdido es una “nostalgia”. Lo que el sujeto busca nunca es lo mismo que encuentra, se buscan “las condiciones de una satisfacción pasada”.

Entonces, podemos decir que la importancia de lo Simbólico determina por un lado la ruptura con el ideal de la complementariedad y con la psicología de la adaptación, y a la vez y siguiendo a Freud, nos lleva rápidamente a pensar el “objeto” como “falta de objeto”. Esos objetos con las que el ser hablante se relaciona, son objetos afectados por lo simbólico. Es una manera de decir que la Necesidad ha quedado tachada, sustituida para nosotros los hablantes en demanda, y esto ha dejado un resto el deseo. No toda la necesidad ha podido sustituirse por los significantes de la demanda, algo corre y se desliza entre ellos.

¿Cómo podemos dar cuenta de esta incidencia de lo Simbólico con respecto a los objetos que por ahora llamaremos reales? En relación a esta pregunta Lacan va a valerse del concepto de frustración, de gran utilidad para los problemas clínicos que nos plantea el síntoma anoréxico.

Vamos a constatar la importancia del matema del Otro como Otro simbólico. Si el niño tiene hambre, se produce la llamada, entonces la madre presentará el objeto de necesidad bajo la forma  de su pecho o biberón, (ya que el objeto no es indiferente pero no tiene porqué ser específico). La llamada siempre se da cuando el objeto está ausente, y así en función de la alternancia entre la presencia y la ausencia, la madre va introduciendo un orden opuesto al caos en el que se encuentra el infans. La llamada se haya articulada a la presencia-ausencia que introduce la madre, por ello la escansión de la llamada nos da un esbozo del orden simbólico. Si como hemos dicho la llamada se produce cuando el objeto se encuentra ausente, el sujeto tendrá la posibilidad de establecer una relación con un objeto real a través de las marcas y huellas que deja esta alternancia. Esta matriz de la frustración, hace que tanto el lugar de la madre, Otro primordial, como el del “objeto real” sufran un vuelco.

La madre que es un ser parlante, por tanto, un ser deseante, no puede mantener esta “alternancia de presencia-ausencia ajustada a la llamada”, es por ello que la madre puede no responder, ¿entonces esto que significa para el niño? Se convierte en real, “la madre responde a su arbitrio”, se convierte en una potencia, pues de ella depende que el niño acceda a los objetos. El Otro primordial puede negarse, “dar calabazas” y detenta lo que el sujeto necesita, el Otro queda marcado por la arbitrariedad. Y si en esto se convierte la madre, ¿en que se convierten los objetos que ella porta?, pasan de ser objetos reales, puros de satisfacción, a ser objetos de don. A partir de este momento en el objeto se reúnen dos aspectos: por un lado el objeto posibilita la satisfacción de la necesidad, pero esta satisfacción está marcada, lleva la marca del valor de esa potencia que puede no responder.

La omnipotencia, no queda del lado del niño como pretenden algunos teóricos, sino que es lo que caracteriza a la madre, a su función. Lo que cuenta en la constitución subjetiva son las carencias, las decepciones que afectan a la omnipotencia materna. Para el niño será fundamental que la madre sea deseante, es decir, que algo haga mella en su potencia, esto será lo más decisivo para el sujeto pues marcará y jalonará su historia.

El vuelco que se produce, de Otro simbólico a potencia, omnipotencia de la madre; y de objeto real a don, nos hace considerar que el Otro como simbólico y el objeto como real en realidad funcionan como un “a priori”. Desde el principio queda afectada la satisfacción de la necesidad por el carácter de don que adquiere el objeto, por la incidencia de lo simbólico. ¿se puede hablar en un sentido estricto de objetos reales, no afectados para los seres hablantes por el espíritu de lo simbólico? ¿Lacan se llega a preguntar incluso por el estatuto de la moneda como objeto del mundo?

En la frustración, se trata del daño imaginario que el sujeto padece, como un perjuicio que se le inflinge, que conlleva la  reivindicación y las exigencias desenfrenadas y sin ley. La frustración no  se produce cuando se niega el objeto de la satisfacción, sino con la negación de un don, en la medida en que el don es el símbolo del amor. El don se manifiesta con la llamada, ya que esta se hace oír cuando el objeto no está. Cuando está, el objeto se manifiesta esencialmente sólo como signo del don, es decir, como nada a título de objeto de satisfacción.

Podemos preguntarnos entonces ¿cómo satisface el ser que habla sus necesidades vitales, después de lo que venimos hablando?. Al tratar de dar cuenta de lo simbólico, hemos puesto de manifiesto su carácter decepcionante, ¿como afecta esto a la satisfacción de la necesidad? Aunque podamos pensar que el niño cuando se aferra al seno de la madre o al biberón con más fruición, satisface una necesidad biológica, Lacan muestra como la satisfacción de la necesidad para el ser hablante es sucedánea, es compensatoria. Ante la frustración, que como hemos dicho es la negación de un don, se trata del registro del amor, el niño responde y despista, aferrándose al pecho para aplastar lo decepcionante del juego simbólico mediante la incautación oral del objeto real.

Pasemos ahora a pensar la satisfacción en el caso de la anorexia. Frente a la omnipotencia materna y al intento de confundir el objeto real de satisfacción, la comida, con el don, marca del valor de esa potencia que puede no responder, don de nada, el sujeto anoréxico no niega la actividad, sino que negativiza el objeto. Así devuelve al objeto su valor simbólico convirtiéndolo en nada. Es por ello que no decimos “del sujeto anoréxico que no come, sino que come nada”. Es por esta vía que asesta un duro golpe a la omnipotencia materna e invierte la relación de dependencia, es el sujeto anoréxico el que mantiene al Otro a merced de las manifestaciones de su capricho, a merced de su omnipotencia. Es un sujeto que está en posición de dominio. Frente a esa omnipotencia ávida de hacerle vivir, responde con la muerte.

Antes señalábamos que a partir de la incidencia simbólica, el objeto que va a satisfacer las necesidades vitales no puede reducirse a ello, pues tiene el valor de ser un don, pero tampoco es un puro don de nada. Si la madre del anoréxico confunde la comida con el don, como signo de amor, aplasta y reduce el carácter decepcionante de lo simbólico. Dando lo que tiene para dar, no permite mostrar los signos de su falta, de su posición de sujeto deseante. El Otro materno en la anorexia parece interesado en no mostrar la importancia de la incidencia del significante en lo que concierne a la Necesidad, ella tiene para dar al niño lo que necesita y esto que necesita es siempre algo y por  eso el objeto comida, no se ve afectado por la falta que introduce el significante en lo Real. El sujeto aquí no responde como el anterior, sino que para preservar lo que de la falta y el deseo están en juego, negativiza absolutamente el objeto, el sujeto anoréxico niega en el objeto su capacidad sucedánea de satisfacción. Y esto, ¿cómo funciona del lado del sujeto?, es un sujeto en posición de dominio, en “plena actividad” pues come continuamente nada. Además de esta incidencia sobre el objeto real de la necesidad, esta posición del Otro primordial que es la madre, en este caso, tiene una incidencia fundamental en el orden de la imagen del cuerpo. El sujeto anoréxico al erigirse en  baluarte de la falta en lo simbólico, de la nada del don, que el Otro materno repudia, da a ver su cuerpo como la imagen de la muerte. Si hablamos de tres registros Simbólico, Imaginario y Real es para poder dar cuenta de lo que venimos diciendo. Si hay algo que hemos querido mostrar es que lo simbólico afecta de una manera tajante y sin retorno al ser vivo, pero esta operación es de entrecruzamiento y no de recubrimiento. No podemos pretender que todo lo vivo en nosotros, pase a ser significante, siempre estará la falta como central en ese Otro del lenguaje que la madre  vehiculiza.

Así en esta asfixiante relación con el Otro materno, el sujeto anoréxico, por un lado se defiende con este síntoma del intento de reducción de la falta por parte de la madre, pero por otro su posición frente a la falta y a la castración, por tanto frente al deseo está totalmente perturbada. El sujeto anoréxico padece, de una percepción de su propio cuerpo, profundamente distorsionada, siempre hay algo de más, algún michelín, algún gramo de más, una anoréxica decía que quería llegar a pesar cero; y también de toda una serie de desarreglos con respecto a las menstruaciones etc, cuanto más se trata de una anorexia en sentido estricto, es decir no acompañada de ataques de bulimia, comprobamos que en el cuerpo del sujeto se intenta borrar los rasgos, en el caso de las mujeres, de lo femenino.

¿Cuál es la soledad de la anorexia, si según lo que hemos comentado parecería estar siempre jugando una dialéctica con el Otro materno?, pero justamente este juego que mantiene con  el Otro nos hace ver que es alguien demasiado a solas con este Otro materno. Lacan nos mostró en los primeros años de su enseñanza que se trata de un ternario: niño, madre y falo. En la mayoría de los casos de anorexia encontramos que el padre se caracteriza por no intervenir en esta relación entre la madre y la hija, y no conviene confundir la intervención a la que se alude con que el padre se ocupe de los cuidados con la alimentación, sino que se trata de una intervención de otro orden. Lo que nos parece fundamental es que su lugar tenga un valor frente al deseo de la madre y pueda aportar cierta significación a este deseo. Que la madre, como mujer pueda desear el falo y que esta aspiración se dirija hacia un hombre. En general observamos que en muchos casos de anorexia, este padre no es para la madre un hombre del que se espera nada en este sentido. Incluso, podríamos plantearnos si este deseo materno, cuyo motor es la falta no se obtura en esta madre con el niño y sus cuidados, que ponen en primer plano el objeto oral.

De este recorrido que solo esboza uno de los posibles caminos que la enseñanza de Jacques Lacan nos abre para entender el síntoma anoréxico, y así permitirnos orientar adecuadamente  nuestra intervención analítica, se desprende que cualquier terapia que centre su intervención en  como la madre tiene que cambiar su manera de alimentar a la hija, “está alimentando”, valga la redundancia,  la posición del sujeto anoréxico, frente al Otro materno. Así el terapeuta, quedará frente a la anorexia, en la más absolutas de las impotencias, que en último termino se resuelven con internamientos hospitalarios que implican ciertas intervenciones extremas. Así el Otro institucional recoge el guante, y se convierte en el Otro que quiere hacer vivir al sujeto a toda costa, sin considerar que en último término el sujeto encontrará la manera de responder a este interés del Otro con su  acto, generalmente intentos de suicidios, a veces muy efectivos.

Para terminar, siempre considerando esto como apuntes de trabajos futuros, cierta hipótesis a la luz del Seminario IV, La Relación de Objeto, sobre la actualidad del síntoma anoréxico.  El desarrollo de la técnica y sus objetos, que se proponen permanentemente al sujeto como tapones de la falta, el auge de la genética que intenta explicar e intervenir sobre el cuerpo considerándolo solamente como un organismo, no aceptando así que el organismo como tal se ha velado por la intervención de la palabra, dejando como resultado el cuerpo erogeneizado, son perfectos compañeros de este Otro materno de la anorexia. Se reduce la falta, el deseo se tapona con objetos, en el campo singular del sujeto, orales, en el más extenso de lo social, técnicos, y así el síntoma anoréxico y el sujeto que lo padece va a llegar a ser esa nada que el Otro le ha escatimado. Es por eso que el síntoma tiene un valor de verdad en cuanto a la posición del sujeto con respecto a su deseo, por lo cual no es muy recomendable desafiarlo, ridiculizarlo, considerarlo falso etc. Más el  Otro intenta repudiar la hiancia, la abertura que implica la incidencia de lo simbólico, más el síntoma  la muestra para quien como Lacan supo leer, de la mejor manera, la herencia que Freud nos dejó.

Cuando hablamos de reducción de lo simbólico, no queremos decir con esto que no haya un indudable despliegue del símbolo, ya que todas las aportaciones científicas, técnicas, no podrían darse sin este desarrollo, sino que lo que se quiere reducir, lo que se quiere tapar es que la incidencia de lo simbólico, por una parte afecta a lo real, pero por otra no puede hacer pasar todo lo real al campo del lenguaje del símbolo, es esta imposibilidad, la que se intenta repudiar. El psicoanálisis es una práctica que se orienta alrededor de esta imposibilidad.

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