Escritura y locura, la pista de Joyce


 
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En la prolongación de su síntoma

Miriam L. Chorne

Conferencia pronunciada en el marco de las Jornadas de la Otra Psiquiatría, en el Colegio de Médicos de Valladolid, el 22 y 23 de mayo de 2015.

Freud y Lacan se interesaron por la relación entre locura y creación, en particular, la escritura. Freud, al comienzo de su artículo sobre las Memorias de un neurópata llamaba a Schreber, el maravilloso Schreber, y lo consideraba “un hombre de inteligencia superior, entendimiento singularmente agudo y precisas dotes de observación”(1).  Eran los rasgos de su personalidad intelectual proporcionados por el propio Schreber. Mostraba de esta manera no sólo el interés por su escrito, sino además su gran aprecio – hasta el punto de que al final del mismo texto, Freud afirma, que muchos detalles “en la estructura del delirio de Schreber parecen casi percepciones endopsíquicas de procesos cuya existencia postulo en el presente artículo”. Incluso pretende defender su prioridad, él habría elaborado su teoría antes de haber tomado conocimiento del contenido del libro de Schreber, para lo cual ofrece el testimonio de un amigo y colega.

No cabe duda de que entre Schreber y Joyce hay un mundo. La distancia y las diferencias son enormes, sin embargo tanto para Freud como para Lacan la escritura de uno y otro muestran con claridad que no hay en la psicosis déficit, que no se trata de ningún desorden mental.

Lacan escribe en “De nuestros antecedentes” (2) que fue su fidelidad a la envoltura formal del síntoma, que es la verdadera huella clínica a la que le tomó gusto,

la que lo llevó a ese límite en el que (esa envoltura significante) se vuelve, retorna en efectos de creación. En el caso de su tesis, Aimée, efectos literarios -y de suficiente mérito para haber sido recogidos, bajo la rúbrica (de reverencia) de poesía involuntaria, por Eluard.

La idea de que la falla en lo simbólico produce no sólo efectos desorganizadores resumidos bajo el término de “pérdida de la realidad”, sino que también funciona empujando producciones inéditas, que la forclusión libera un efecto que bien podemos denominar “empuje a la creación”, y que estas creaciones algunas veces pueden alcanzar lo supremo del arte, alcanza un nuevo desarrollo en el encuentro de Lacan con la obra de Joyce.

Lacan reconoce a Joyce como aquel que condujo ese empuje a la creación hasta su límite, hasta el sinthome, haciendo ¡de la escritura! un tratamiento de lo real. Joyce fue el artesano de sí mismo, de su nombre, lo que le permitió no estar clínicamente psicótico. Se convierte con Finnegans Wake en amo de la letra, demiurgo de un lenguaje sin Otro, de un arte en el que el lenguaje neológico brilla ocultando un goce extraño, impuesto y ajeno al sentido.

¿Joyce estaba loco?

La pregunta de Lacan – con la que Jacques-Alain Miller dio título al capítulo V, del Seminario El sinthome (3), es en mi opinión una pregunta verdadera, no retórica. Contrariamente a como suele interpretarse en la comunidad psicoanalítica, Lacan no zanjó la cuestión, sin más. Al contrario mantuvo en suspenso la respuesta, lo cual le permitió un trabajo mucho más interesante, mostrando la diferencia entre sucumbir a la psicosis o conseguir a pesar de la estructura psicótica liberarse del parásito de la palabra, cifrar mediante el arte una parte importante del goce. 

Lacan se la formula con el suficiente rigor como para dejar, casi por completo, de lado los llamados por la psiquiatría “rasgos paranoicos” para apoyar su presunción diagnóstica. Menciona los sentimientos de persecución de Joyce, su querulancia, manifiesta en su clara inclinación a entablar frecuentes procesos judiciales, e incluso su carácter particularmente difícil, pero es sobre otro tipo de fundamentos que explora finalmente el diagnóstico.

Se interroga, por ejemplo, sobre el elemento megalomaníaco ligado a su cualidad de creador, que tenía casi el carácter de una certeza: se consideraba el artista, “the artist” con el particular matiz que tiene el artículo definido inglés. Y ello mucho antes de contar con una obra. De ello testimonia W. B. Yeats quien lo conoció cuando aún no había publicado y se refirió burlonamente a su extremado narcisismo, sin ningún motivo, añadió. En esto último evidentemente se equivocaba

Quiere asimismo saber sobre la identificación de Joyce con un redentor con una misión: dar nacimiento a la “conciencia increada de su raza” -según las palabras puestas en boca de Stephen al final del Retrato del artista adolescente (4). Lacan se lo pregunta a Jacques Aubert, uno de esos muchos universitarios que Joyce había predicho que se ocuparían de estudiar su obra. Aubert  mantenía con Lacan una larga e intensa relación centrada en Joyce. No sólo le enviaba desde Lyon, indicaciones sobre las novedades que aparecían sobre el autor del Ulises, sino que fue un fuerte estímulo al estudio del autor y su obra, al invitar a Lacan a abrir el 5º Symposium sobre Joyce, en 1975, en la Sorbonne (5).

Dice así “No veo por que no pedirle a Jacques Aubert (que asistía a su seminario) su opinión sobre el asunto,(¿Joyce se construye a sí mismo como un redentor?) opinión que vale tanto como la mía. En este punto, nos vemos reducidos a la opinión porque Joyce no nos lo dijo, lo escribió y en esto radica toda la diferencia. Cuando se escribe, se puede tocar lo real, pero no lo verdadero.” Me parece muy interesante esta reflexión de Lacan, que limita lo que podemos decir de un autor que no hemos recibido en nuestra consulta. Lo escribió y además por mucho que conjeturemos la identificación de Joyce con Stephen, éste no deja de ser un personaje literario, una creación narrativa.

Lacan busca sustentar el diagnóstico, como decía antes, en elementos estrictamente psicoanalíticos que provienen o se apoyan en la singularidad del caso Joyce, mas que en criterios clasificatorios -como no dejan de serlo, en última instancia cualquiera de las categorías psiquiátricas mencionadas hasta ahora.

Los síntomas analíticos en Joyce

El interés por la relación de Joyce con Lucía como una prolongación de su síntoma, aunque sólo es apuntada, en la clase VI del Seminario 23, podría ser uno de esos elementos precisos psicoanalíticos que Lacan procuraba tener para sostener el diagnóstico. Como sabemos, la carencia paterna (a la cual Lacan hace referencia una vez más en este capítulo, al mencionar que es por querer darse un nombre que Joyce consiguió compensar la radical carencia paterna), es una condición esencial de la psicosis pero precisamente por ello, por ser condición, no es un fenómeno. No es un observable. Es por sus efectos que deducimos la forclusión  del Nombre-del-Padre. Es un punto importante concerniente a la cuestión del diagnóstico. Si la forclusión no forma parte del fenómeno, no es por la forclusión que se diagnostica la psicosis.

Lacan considera que un síntoma fundamental de Joyce que sí permite el diagnóstico es su manejo del lenguaje, y por eso encuentra que la presentación de enfermos del viernes anterior a la sesión del seminario, resulta particularmente intere-sante. El paciente había comenzado con un síntoma, que él mismo nombraba como palabras impuestas, es decir, palabras que se inmiscuían en su pensamiento más íntimo y de las que el enfermo no podía reconocerse como su enunciador. Podemos decir que el enfermo asistía al discurso del Otro, pero bajo una forma directa, sin el pacificante desconocimiento de la inversión que nos hace creer que hablamos, cuando somos en verdad, hablados.

Y el comentario de Lacan es que le parece una articulación sensata en términos lacanianos. Con la inversión sensacional que ya había planteado desde el Seminario Las Psicosis (6), Lacan se pregunta “¿Cómo es que no sentimos todos que las palabras de las que dependemos nos son, de alguna manera, impuestas?

En este aspecto, lo que llamamos un enfermo llega a a veces más lejos que aquel que se llama un hombre con buena salud. Se trata más bien de saber por qué un hombre normal, llamado normal, no percibe que la palabra es un parásito, que la palabra es algo aplicado, exterior, que la palabra es la forma de cáncer que aqueja al ser humano. ¿Cómo hay quienes llegan a sentirlo? Ciertamente Joyce nos permite conjeturar algo.”

¿Qué nos permite conjeturar? Lo que es una relación de imposición de la palabra. Lo que le hacía, y cada vez más, en el proceso de su obra, triturar el lenguaje, destrozar la palabra, hasta el punto de terminar disolviendo el lenguaje mismo, como tan bien había observado -dice Lacan- otro asistente al seminario, Philippe Sollers. Joyce termina imponiendo al lenguaje mismo una especie de quiebre, de descomposición, que hace que se pierda incluso la identidad fonatoria. Incluso si para ello llevó a su escritura hasta los límites de lo legible. Joyce introduce el escrito como “no-para-leer”, dice Lacan.

La poética de Joyce

Creo, sin embargo, que en este punto es necesario marcar la diferencia entre el paciente, el Sr. Primeau, y Joyce. Diferencia que no hago yo, sino el propio Lacan. Aunque habla de imposición del lenguaje en ambos, al mismo tiempo considera que hay en Joyce una voluntad de ciframiento, un uso de toda clase de recursos para liberarse del cáncer de la palabra o para jugar con ello.  Lacan enfatiza, como lo hacen también muchos estudiosos de Joyce, que es él quien impone al lenguaje la ruptura, el quiebre. Y con métodos enormemente trabajosos.

Así por ejemplo Umberto Eco (7) ha subrayado la búsqueda consciente de esta deconstrucción del inglés, lo llama su técnica, incluso la poética de Joyce.

Es precisamente interesante el contraste entre la entrega sistemática de Joyce a la descomposición del lenguaje -en la que hay, como dice Lacan, una reflexión sobre la escritura- y la lucha que comunican ciertos psicóticos por mantenerse apegados a la unicidad del enunciado. Recuerdo los esfuerzos de un paciente paranoico por quedarse en la letra de lo dicho. Su dificultad le hacía cada vez más imposible la relación social. Sobre todo si había más de un interlocutor. Y la dificultad aumentaba más aún si se agregaba el humor en la conversación.

Joyce se presenta a si mismo, en cambio, como un desabonado voluntario del inconsciente, diligente y consciente de serlo. En Stephen el héroe (8), pone en boca del protagonista su propósito de rechazar lo evidente, lo que indica consenso social. Es una posición radical de odio e incluso de asco a los convencionalismos lo que lo lleva a mantener un tono constante de irreverencia y burla hacia todas las creencias e instituciones. Dice “Estaba decidido a luchar con todas las fuerzas del alma y del cuerpo contra todo lo posible de consignar en lo que ahora consideraba el infierno de los infiernos -la región, expresado de otro modo- en que todo resulta obvio.”

Pero esta afirmación surge precisamente en un pasaje en el que Joyce está hablando del tesoro de las palabras y del lenguaje y en el que nos transmite su sorpresa, hipnotizada, por las conversaciones más banales. Son las llamadas epifanías, que tanto han dado que hablar a los especialistas y también a los psicoanalistas lacanianos, y que se utilizan en general casi como prueba de psicosis.

Joyce, en cambio, nos relata cómo se construyen: toma una frase escuchada y la extrae de lo que de modo habitual se llama su contexto y que le proporciona un sentido, que es un sentido banal. Se trata de una técnica que va del dos, el dos necesario en la escritura mínima para definir un contexto, es decir S1-S2, hacia el uno solo aislado. Ese fragmento de discurso así aislado empieza a revelar algo, más o menos inefable. Las epifanías no dejan de evocarnos ciertos fenómenos elementales de la psicosis, por ejemplo las frases interrumpidas de Schreber, pero aquí no se trata de fenómenos elementales sino de una técnica literaria. El hecho de que lo imaginario permanezca ausente, que el sentido se ponga en suspenso es sostenido por Joyce con una teoría estética: relaciona las epifanías con la claritas, la tercera cualidad de lo bello según Santo Tomás de Aquino, lo que permite que la cosa se revele en su esencia, en su quididad.

Aunque muestran cierta carencia en cuanto a la significación, sin embargo la ruptura con lo imaginario no se ha consumado. Es similar al episodio del castigo tomado por Lacan para hablar de la peculiar relación de Joyce con su cuerpo “no pide sino marcharse” – escribe Lacan – lo mismo ocurre en las epifanías, la significación queda en suspenso, sin embargo algo la retiene. Por otra parte de su carácter enigmático se deposita para Joyce una nueva significación: su convicción de ser, de devenir un artista.

También los estudiosos nos hablan del modo de “construcción” del texto por parte de Joyce. Por ejemplo el profesor Francisco García  Tortosa (9) nos dice que el capítulo 8 de la Parte I pasó por 17 fases o versiones diferentes suponiendo cada una de ellas la revisión, por ampliación de la anterior.

En el mismo sentido se pronuncia C. Jung (10)  “Esto que en los dementes es involuntario, es en Joyce intención artística preconcebida, mediante la cual la riqueza y el profundo sentido grotesco del pensamiento onírico llega a las superficies sensibles, con exclusión de la fonction du réel, es decir, de la adecuada conciencia. De aquí la preponderancia de los automatismos espiritual e idiomático y el completo descuido de comunicabilidad y de sentido correspondiente.” Y añade “Incluso para el profano sería fácil advertir la analogía entre el estado mental de la esquizofrenia y el Ulises (…) si bien cabría resaltar que falta un indicio característico de los enfermos mentales: la estereotipia. (…) La exposición es lógica y fluida, todo se mueve, no hay nada rígido. El conjunto es arrastrado por un río subterráneo y vivo que muestra una tendencia a la unidad y una elección rigurosa: signo inequívoco de que existe una voluntad personal unitaria y una intención que se dirige a su meta.”(subrayado mío)

Podría citar más extensamente o a más autores en apoyo de la afirmación que estoy considerando de que hay elaboración consciente y consecuente en el trabajo de Joyce sobre el lenguaje. Incluso, podría citar a Lacan mismo, cuando propone la pregunta de si la disolución del lenguaje en Joyce constituía una manera de dejarse invadir por las propiedades esencialmente fonéticas de las palabras, por su polifonía o más bien era un modo de liberarse del parásito de la palabra.

Si sostenemos, con Lacan, que Joyce consigue con su arte y al darse un nombre construir un sinthome que le permite mantener unidos los tres registros ¿Podemos en igual medida, ver en su modo de escribir, la huella de lo que su escritura busca dominar? ¿Es la relación con Lucía, y la manera en que Joyce busca maniobrar con ella, un revelador de lo que en Joyce está presente -aunque regulado por su esfuerzo creador?

La prolongación de su síntoma

Lacan dice a continuación en las misma página del seminario (p.93), que durante la última presentación de casos recordó que Joyce creía en la telepatía de su hija Lucía. Lo recordó porque el paciente de la presentación que había padecido durante algún tiempo la imposición de palabras, se había agravado -es decir había visto “prolongar” su síntoma- bajo la forma de telepatía. Se creía telépata emisor. No era, nos dice Lacan, lo que se suele llamar de ese modo, es decir, estar al corriente de cosas que les suceden a los otros. Era que todo el mundo estaba al corriente de lo que él mismo se formulaba en su fuero íntimo. Sus reflexiones más ocultas y muy especialmente las reflexiones que se hacía sobre las transformaciones de las palabras impuestas. “Lo que lo enloquecía completamente era la idea de que todos los demás también conocieran las reflexiones que él se formulaba.” Más que de telepatía, pues se trataba de fenómenos de transparencia. Lo que sumió al sujeto en tal desesperación que intentó quitarse la vida.

Es mi hipótesis que Lacan trae al paciente de la presentación porque le evoca la relación de Joyce con Lucía. Piensa que comparten la enfermedad, aunque de una manera escindida. Él padece de una suerte de imposición de la palabra que consigue regular mediante su arte, allí donde ella se sume de modo irreparable en la enfermedad. Lo que Jung formulaba, con una metáfora precisa y justa -y tantas veces citada- que ambos, padre e hija, “se deslizaban al fondo de un río, sólo que él sabía bucear donde ella se hundía irremediablemente.” 

La dificultad de Joyce para aceptar la enfermedad de Lucía fue testimoniada por numerosos testigos. Durante mucho tiempo creyó que su hija era “un ser fantástico”, veía en ella “la maravilla natural”, con su propio lenguaje privado. “Yo lo entiendo” decía respecto de ese lenguaje, “o al menos la mayor parte”. Richard Ellman (11), habla de la preocupación permanente de Joyce por la condición de Lucía, sobre todo a partir de 1932, cuando se volvió imposible ignorar los signos claros de esquizofrenia. Presumiblemente ya había mostrado indicios de su enfermedad en la infancia, aunque sus padres los habían negado tildándolos de signos de excentricidad infantil. A partir de esa fecha, febrero de 1932, “los siguientes siete años de la vida de Joyce estuvieron inficionados por un frenético, infeliz y fútil esfuerzo por curarla.” Sin reconocer, al mismo tiempo, la enfermedad. “A él le parecía que la mente de ella era como la suya y pretendía encontrar evidencia en sus escritos y dibujos de un talento no reconocido.” Joyce afirmaba, de manera conmovedora: “Cualquier chispa o don que poseo ha sido transmitido a Lucía y atizó el fuego de su cerebro”. Le confesó a J. Mercanton (12), que lo entrevistó durante mucho tiempo, “A veces me digo a mí mismo que cuando yo salga por fin de esta noche oscura (se refiere a la escritura del Finnegans Wake que le llevó quince años), ella también se curará.

Otro estudioso de Joyce, Francisco G. Tortosa, que ya he citado, escribió que Joyce hacía suya la enfermedad de Lucía. Relata que cuando Jung quiso mostrarle los rasgos esquizofrénicos de una de las cartas de Lucía, Joyce le rebatió cada una de las aseveraciones, diciéndole que las contradicciones y distorsiones en el lenguaje de Lucía no eran sino el reflejo de las que él mismo empleaba en su Work in progress. Eran en su opinión, una muestra de la profunda intuición de su hija sobre los mecanismos y juegos de la lengua. Joyce creía que Lucía había heredado su genialidad y que ese era el motivo de su comportamiento peculiar.

Lacan dice que “Joyce tuvo la creencia de que Lucía podía conocer – milagrosamente es la palabra sobreentendida, aclara Lacan, todo lo que le ocurría a cierto número de gente, que para ella esas personas no tenían secreto”. Y Lacan añade, que ve en el hecho de que Joyce “le confiera esta virtud a partir de algunos signos, algunas declaraciones que él entendía de cierta manera, que para defender, si puede decirse así, a su hija (del diagnóstico de psicosis que podrían hacer los médicos) le atribuyera algo que está en la prolongación de lo que por el momento llamaré su propio síntoma” (el subrayado es mío).

Esta creencia de Joyce en la facultad paranormal de Lucía constituye un claro indicio de locura. Es una idea avanzada por José M. Alvarez, en su artículo “Las locuras de Joyce y Lucía” (13), en el que afirma: “si hay algo verdaderamente loco en Joyce es su convicción respecto de la clarividencia de su hija.”

La preocupación de Lacan acerca de la enfermedad mental compartida por parientes había estado presente desde el inicio de su investigación acerca de la locura, en particular, le interesó la relación entre la psicosis larvada, oculta de un sujeto y su manifestación clara y abierta en la enfermedad de un allegado. Lacan estudió en sus primeros trabajos, esa entidad tan singular que es la folie-à-dux (14). En su tesis (15), afirma que “no puede dejar de impresionarnos la frecuencia de los delirios a dúo que reúnen a madre e hija o a padre e hijo.” Sostiene también que esos delirios “aún esperan su explicación”. En su exposición parece poner más el acento en las condiciones de vida de los dos componentes de estas extrañas parejas, acentuando la proximidad y el aislamiento, la casi exclusividad de la relación, que en la cuestión de herencia, como tradicionalmente lo hacía la psiquiatría. Nombremos algunos de esos casos en sus primeros trabajos. La eclosión del delirio y el encierro en el aislamiento de la madre de Aimée ocurrió justo después del pasaje al acto y encierro (resolutivo del delirio) de su hija. En su análisis del crimen de las hermanas Papin también se interroga sobre la relación de locura entre ambas. Y en el ejemplo princeps del texto “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” (16), el de la injuria “marrana”, también está en juego una pareja de madre e hija.

La idea que la creencia de Joyce en la clarividencia de Lucía era la “prolongacióndel síntoma de imposición del lenguaje de Joyce, supone en mi opinión un paso más por parte de Lacan. Pero ¿cómo entender de un modo preciso y riguroso la noción de la prolongación del síntoma de Joyce en su hija? ¿En que consiste la prolongación?

No está muy claro ya que si Lacan nos entregó con ese término una noción muy sugerente, no fue explícito acerca de cómo la entendía. Es por lo que he buscado una respuesta posible en una distinción que Lacan nos ofrece en su Seminario, Libro 22, RSI, aún inédito en castellano. Lo hace con otros propósitos, se interroga sobre cómo concebir que una mujer pueda ser síntoma de un hombre y a ese fin busca establecer la diferencia de la creencia cuando se trata de creerle a una mujer y de la creencia en la psicosis. Tengo clara la dificultad de utilizar este término en el campo de la psicosis cuando tradicionalmente se ha hablado de Unglauben, increencia, pero creo que se puede sostener la utilización de este concepto con la diferenciación de dos tipos de creencia que hace Lacan.

A partir de la cuestión de la repetición del síntoma, Lacan propone que lo que se repite es la interrogación sobre la no relación, que la búsqueda de que la relación sexual exista hace que una mujer sea en la vida de un hombre algo en lo que él cree. Cree que hay una – y añade, algunas veces dos o tres – “pero lo interesante es que él no puede creer más que en una.”

El problema es que creer que hay una puede a menudo llevar a creer que hay la mujer, La mujer. Es una creencia falsa. En la conferencia sobre el síntoma, en Ginebra (17), Lacan dice “Hay mujeres, pero La mujer es un sueño del hombre”.

Lacan escribe sobre este tema en relación a Joyce y su mujer (páginas 81-82 del Sem. 23) su relación “es una relación sexual, aunque sostenga que no la hay. Pero es una extraña relación sexual.” “Para Joyce, sólo hay una mujer. (…) No solamente es preciso que le vaya como un guante, sino también que le ajuste (serre) como un guante”. Nora es para Joyce, un “límite corporal preciso, ajustado”. Joyce se sostiene de su arte con el que se hace un nombre y de la relación particular que tiene con Nora, su mujer.

Para desplegar el tema de la diferencia entre creerle y creer en ella, Lacan utiliza una distinción que permite la lengua francesa entre “croire à” y “croire y” o “y croire”.  Hay una diferencia que permite el uso del pronombre adverbial “à” y el “y” entre “creer en” y “creerle”. Lacan lo ilustra con la creencia en las hadas, o en los reyes magos, en las sirenas o las ondinas, por una parte y podríamos traducir en cambio el “y croire” como creer en alguien en tanto sujeto, es decir que puede decir algo que sea verdad o mentira. La fragilidad de este “y croire” lleva a que para tapar, velar que la relación sexual no existe -que lo que una mujer dice, al igual que un síntoma, necesita ser descifrado- se le crea. De la misma manera como se cree en las voces añade Lacan. El psicótico cree lo que le dicen.

Y Lacan añade que es la misma diferencia que está presente en la cura analítica. Cuando alguien viene a vernos con su síntoma, cree en él (y croit). Si nos pide nuestra ayuda es porque cree que el síntoma es capaz de decir algo que es necesario descifrar. Lacan lo llamó sujeto-supuesto-saber. Constituye la dimensión simbólica de la transferencia, necesaria para que haya apertura del inconsciente. Este proceso es posible si hay división del sujeto, es decir si el sujeto admite que la significación se le escapa y consiente en pedirle a otro, el analista, un saber que existe en su inconsciente, en el del sujeto. En la psicosis la dificultad radica en que quien sabe, quien tiene la certeza es el propio sujeto, precisamente porque las voces se lo dicen (y él croit à les voix).

Volvamos con estos instrumentos a la relación de Joyce con su hija Lucía. Joyce cree en la clarividencia de Lucía. Cree que ella sabe, que puede saber lo que les pasa a otros, o lo que les va a pasar -de manera milagrosa, extrasensorial. Es una creencia próxima a la que el loco experimenta respecto de sus voces. Joyce cree lo que ella le dice. En la relación con Lucía, Joyce muestra ausencia de división y hace existir (imaginariamente desde luego) la relación sexual. Lo que ella dice no requiere interpretación, no hay enigma en sus palabras. Ella sabe y él le cree.

Miriam L. Chorne

NOTAS

  1. Freud, S., “Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia autobiográficamente descrito” en Obras Completas, Tomo 2Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1948.
  2. Lacan, J., “De nuestros antecedentes” en Escritos, Tomo 1, Siglo XXI editores sa, México, 1971.
  3. Lacan, J., El Seminario Libro 23 El sinthome, Paidós, Buenos Aires, 2006.
  4. Joyce, J. Retrato del artista adolescente, existen numerosas traducciones al castellano, entre ellas la de Alianza editorial, Madrid, 1989.
  5. Para ese Symposium Lacan preparó una conferencia “Joyce el síntoma” una versión fue publicada en castellano en Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012.
  6. Lacan, J., El Seminario Libro 3 Las Psicosis, Paidós, Barcelona, 1984.
  7. Eco, U., Las poéticas de Joyce, Editorial Lumen, Barcelona, 1993.
  8. Joyce, J., Stephen el héroe, Editorial Lumen, Barcelona, 1984.
  9. García Tortosa, F., Edición, introducción y traducción en colaboración de Anna Livia Plurabelle (Finnegans Wake, I, VIII) de J. Joyce, Cátedra, Madrid, 1992.
  10. Jung, C.G. “Ulises, un monólogo” en Estudios Psicoanalíticos 2, Locura: Clínica y suplencia, Eolia, Madrid, 1994.
  11. Ellmann, R., James Joyce, Anagrama, Barcelona, 2002.
  12. Mercanton, J. Actes sud et l’aire, París, 1988.
  13. Alvarez, J.M., Estudios sobre la psicosis, Xoroi edicions, Barcelona, 2013.
  14. Lacan, J., “Locuras simultáneas” comunicación a la Sociedad Médico-Psicológica, en colaboración con Claude y Migault, en Annales Médico-Psychologiques, París, 1931.
  15. Lacan, J., De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, Siglo XXI editores, México, 1976.
  16. Lacan, J., “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” en Escritos, Tomo II, Siglo XXI editores, México, 1975.
  17. Lacan, J., “Conferencia en Ginebra sobre el síntoma” en Intervenciones y Textos 2, Manantial, Buenos Aires, 1988.

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