PUBLICACIONES DE PSICOANÁLISIS DE ORIENTACIÓN LACANIANA

Inconsciente y sexualidad: sobre la cuestión trans

Hay algo que no va en las relaciones entre los sexos. No es una novedad, lo sabemos desde siempre y sin duda lo sufrimos también desde siempre. ¿Pero desde cuándo nos quejamos? Es difícil saberlo. Lo que sí sabemos, y eso es una novedad en la historia de la civilización, es de la invención por parte de Freud  de un discurso, el discurso psicoanalítico, que inaugura  un nuevo tipo de lazo social, el que se teje entre un sujeto y  un Otro, que está especialmente  diseñado para  escuchar, interpretar y tratar esa queja. Esa queja que, más allá de lo que los sujetos puedan expresar conscientemente, se dice fundamentalmente a través de sus síntomas. 

Como es sabido, lo que Freud descubre en el corazón del síntoma es la sexualidad. Antes de la invención del psicoanálisis  ¿quién habría podido imaginar una relación entre las producciones del inconsciente, los síntomas, y la vida sexual?  En principio no parece que exista ninguna y, por  referirme a aquellas primeras mujeres histéricas que fueron tratadas por Freud,  una completa heterogeneidad parecería caracterizar un fenómeno como el miedo de Emma a entrar  en una tienda o la afonía de Dora  y los gajes del sexo y el  amor.   

¿Pero cuál es la causa  de este malestar? ¿Por qué la sexualidad hace síntoma? ¿Está  afuera la causa cuando la sentimos adentro?  Esta pregunta atraviesa de un extremo a otro la obra de Freud. Al principio, en La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna  Freud hace responsable de los síntomas,  a la moral victoriana de su época que  impone fuertes restricciones a las pulsiones sexuales. El resultado es que estas pulsiones reprimidas  retornan bajo la forma de síntomas, es la nerviosidad moderna. Pero  al final,  en  El malestar en la cultura llega a la conclusión de que la perturbación en la sexualidad  es inevitable, que hay algo  inherente a la pulsión sexual  que hace que esta nunca encuentre el objeto que sería el adecuado para proporcionar una satisfacción lograda  y que las relaciones entre los sexos están condenadas  irremediablemente a fallar, a hacer síntoma.

Hoy ya no vivimos, como en la época de Freud, en una cultura que prohíbe el sexo,  al contrario  el discurso del hiper-capitalismo  promociona el sexo  hasta la saciedad, lo impone casi como un mandato. Y  Sin embargo el malestar entre los sexos no cesa en su insistencia. Es por eso que Lacan formuló  el axioma “no hay relación sexual”.  Es la  forma  en que él tradujo  eso que Freud terminó por advertir, que el trastorno entre los sexos es esencial, que no es el destino de ciertos sujetos que serian los enfermos, los nerviosos, sino que es inherente al ser humano  en tanto que ser de lenguaje.   El lenguaje desnaturaliza el cuerpo, y  lo afecta de  una  pérdida irremediable: la del instinto o, como lo expresa Lacan, la del goce natural de la vida. De ahí que  pueda formular el axioma “no hay relación sexual”. Esto no quiere decir  que no haya relaciones sexuales, al contrario de estas  hay cuantas se quiera, pero lo que falta es una relación fija e invariable, como esa correspondencia entre un sexo y otro sobre los rieles del instinto  que observamos en el animal. Que no hay relación sexual significa que, perdido el instinto, no hay  en  el   inconsciente  una cláusula que le diga al hombre  qué es  ser hombre para una mujer y a la mujer qué es  ser mujer para un hombre. En el fondo,   el “no hay relación sexual” de Lacan da cuenta del tan malentendido pansexualismo freudiano. Si es cierto que el inconsciente habla siempre de lo mismo, de lo mismo del sexo, es porque hay algo  del sexo en el inconsciente que no puede ser dicho.  Es porque falta la cláusula que diga  que es ser hombre o  qué es ser mujer por lo que el inconsciente no cesa de fabricar esas respuestas repetitivas, monótonas, que son los  fantasmas y los síntomas.

Por eso hay, como afirma Foucault, una historia de la sexualidad, justamente porque, como no hay relación sexual, hay lugar para las invenciones sociales de la relación sexual en el interior de las cuales el sujeto debe situarse, hay lugar también para que el sujeto haga su  invención propia, más o menos  desplazada respecto de la invención social.  

Frente  al agujero de la no relación sexual las invenciones, aunque siempre singulares en cada sujeto, no dejan de estar conectadas a la subjetividad de la época. Y es así que nuestra época actual  admite invenciones que en otros tiempos era  impensable que pudieran ser toleradas socialmente. Admitido ya el matrimonio homosexual, hoy  lo que está levantando un auténtico huracán es la cuestión trans. De un lado, asistimos a  las reivindicaciones de  los colectivos LGTB que una parte de la izquierda se propone recoger en una nueva ley, la denominada “ley trans”. Del otro,  los  líderes de la ultraderecha erigidos en Padres higienistas se han propuesto, en  nombre de la ley natural y de la ley de Dios  limpiar el mundo de estos goces sucios y degenerados.

Qué podría decirse desde el psicoanálisis?   El psicoanálisis sabe que no hay ley natural ni tampoco ley del Padre-Dios que pueda remediar el carácter inevitablemente traumático de la sexualidad humana. En el  agujero traumático de la no relación sexual pueden colocarse las más diversas formas de sexualidad, desde la heterosexualidad a la homosexualidad por lo que hace  a la elección de objeto sexual y desde la transexualidad al sexo fluido de los Queer  en lo que se refiere preferentemente  a la cuestión de la identidad

 Lo que hoy se engloba bajo el término bastante  vago  de Trans engloba un abanico de posiciones muy diferentes  en cuanto a la identidad sexual: desde lo que a partir de los años 50 con  Benjamin y Stoller se entendía  por transexualismo  en el sentido estricto de la palabra, es decir  aquellos sujetos que tienen la convicción  de pertenecer al sexo contrario de aquel con el que han nacido, pasando por los que no se sienten ni mujeres ni hombres y aspiran a un tercer sexo neutro, hasta los que  apuestan  por romper el binarismo y creen que siempre sería posible  transitar de un género a otro.  Lo que tienen en común  estas posiciones diferentes es que evidencian  de forma muy clara que  la sexualidad del ser hablante nada tiene  que ver con la sexualidad animal, natural o instintiva.  Como subrayó Freud, en el ser humano existe  una hiancia entre el sexo biológico  y la subjetivación del sexo a nivel del psiquismo.  En El Malestar en la cultura Freud lo decía con estas palabras: “Solemos decir que todo hombre presenta tendencias, necesidades y atributos, tanto masculinos como femeninos, pero sólo la Anatomía más no la Psicología puede revelar la índole de lo masculino y lo femenino”(1). Es decir si en la Anatomía  hay macho y hembra en el psiquismo no está inscrito que sea lo masculino y le femenino. Hay una hiancia entre lo anatómico y lo psíquico. Tenemos aquí, a mi juicio, a un Freud que anticipa la distinción establecida por  Stoller, hoy tan cacareada como si fuera una novedad recién descubierta, entre sexo y género,  es decir  entre el sexo biológico  y el   sentimiento de identidad de género, el sentimiento del sujeto de pertenecer o no al mismo género  de aquel que correspondería al sexo biológico. En algunos casos esta hiancia llega al extremo de que el sujeto tiene la certeza de pertenecer al sexo opuesto de aquel con que nació biológicamente. Es evidente que  desde el psicoanálisis no se puede considerar  la transexualidad como una aberración degenerada, ni tampoco – creo- habría que  adscribirla necesariamente a una estructura clínica determinada como la psicosis, sino que es una de las posibilidades de situarse ante la hiancia introducida en el cuerpo  por el lenguaje. Tampoco se puede negar  la necesidad de una legislación que  permita a  los  colectivos LGTB  ponerse a resguardo  del odio y  la presión  que se  ejerce contra ellos.

 Aunque  no se me pasa por la cabeza internarme aquí en la enorme complejidad que entraña la cuestión del transexualismo y la de lo trans en sentido amplio, sin  embargo se pueden cuestionar desde el psicoanálisis varios supuestos  de la llamada “ley trans” la cual, por el contrario,  aborda esto de una forma muy simple, estúpidamente simple, por decirlo con franqueza. Me referiré solo aquí a un punto:  el de la llamada autodeterminación de género. Esta ley se basa en un principio según el cual se “transita” voluntariamente   de un género a otro como consecuencia del acto  performativo de un yo que dice «yo soy  mujer, no hombre» o viceversa. Pero plantear así las cosas, aparte de que- ¡oh paradojas de la izquierda¡-  eso despide un cierto tufillo próximo a la ideología neo liberal que  concibe al sujeto  como un empresario de sí mismo,  supone  regresar a tiempos pre freudianos! Supone ignorar la dimensión de desconocimiento y de engaño narcisista  que  Freud descubrió como siendo  inherente a la  instancia del yo. El yo, decía Freud, no es amo en su propia casa, se cree el dueño  de sus dichos  y de sus deseos, pero  ignora que, en tanto que sujeto, está sujetado al Otro inconsciente y que es desde allí desde donde habla y desde donde desea. En cuanto a la identidad lo que el psicoanálisis plantea es que  el sujeto no tiene identidad sino identificaciones. Las identificaciones del sujeto a algo o a otro dependen del significante. Y estas identificaciones son fundamentalmente inconscientes. «No hay identificación que no suponga una identificación inconsciente y una alienación al Otro lo cual hace imposible la autodeterminación de género»(2). Olvidar la dimensión del inconsciente conlleva   confundir  la demanda con  el deseo. Una cosa es lo que el yo pide y otra lo que se  desea y desde  dónde se desea. Y es siempre en tanto Otro y desde el Otro que el sujeto desea. Así por ejemplo, la demanda   de un niño de transformarse en una niña puede venir de una identificación inconsciente  al  deseo de Otro.  A este respecto es muy ilustrativo  el documental Petite fille recientemente realizado por Sébastien Lifshitz. Este documental pone en escena a una familia, muy en primer plano a una madre y a su hijo Saha, confrontada a la cuestión de lo que hasta hace poco se ha estado llamando “disforia de género”  que define el sentimiento de no estar de acuerdo con el sexo biológico atribuido al nacer.

La  madre cuenta que es a partir  de los tres años cuando Sasha le empezó a decir que cuando creciera  se convertiría en una niña. Si en los primeros tiempos de la vida de Saha  su madre,  le contradecía  un día sucedió algo que cambió las cosas. Saha dice una vez más que cuando sea grande será una niña y la madre le contesta: “No Sasha tú nunca serás una niña”. Fue tal el desasosiego y la tristeza que esta sentencia produjo en el niño que hizo que la madre acudiera con Sasha a una psiquiatra especialista en  “disforia de género”. Cuando la psiquiatra le pregunta a la madre si tiene algo que decir esta le responde que se siente un poco culpable y añade: “Cuando estaba embarazada  de Saha, yo realmente  quería tener una hija, me he preguntado siempre si eso no habrá tenido algo que  …”Antes de que  termine la frase la psiquiatra con voz dulce le interrumpe: diciéndole» no, eso no tiene nada que ver. No se sabe a qué es debida la disforia de género, pero sí se sabe a lo que no es debida». 

Intuitivamente la madre se siente responsable Se interroga en cierto modo sobre el deseo inconsciente entre ella y su hijo. Pero la psiquiatra anula con un corte de mangas toda hipótesis sobre el deseo inconsciente en juego. Tras la buena intención de desculpabilizar a la madre, hay manifiestamente un rechazo del inconsciente. La psiquiatra  responde inmediatamente  a la demanda del niño y de su madre de cambiar de sexo – una demanda inducida a la vez por la propia oferta de la ciencia y de la medicina-   sin dejar  el más mínimo resquicio abierto  para que el sujeto pueda interrogarse (de hecho la madre había abierto una vía)  acerca de qué deseo estaba en juego en su pedido de ser una niña. No se tiene otro objetivo que poner en conformidad el sexo biológico con el supuesto sexo psíquico o mejor dicho, cerebral,  pues es de eso de lo que en el fondo se trata en la oferta médica. El tratamiento con bloqueadores de pubertad y hormonación, como paso previo al bisturí,  es la buena respuesta para que Saha acabe con su sufrimiento.

¿Pero se puede estar tan seguro de que esa es la buena respuesta? No sabemos que hubiera respondido Saha si se le hubiera dado la ocasión de interrogarse acerca  de  su pedido de ser una niña. No sabemos si detrás de su demanda de ser una niña había una identificación al deseo del Otro materno, si se trataba de una creencia pasajera  de ser el objeto que colmaría el deseo de su madre- lo que en psicoanálisis se conceptualiza como la creencia de ser el falo imaginario  de la madre-,  o si se trataba de una certeza inamovible. Es fundamental tener en cuenta que hay una diferencia entre demanda y deseo así como   entre certeza y creencia. Hay tantas niñas que gustan de vestirse de hombre y jugar a juegos de niños  y tantos niños que rechazan los juego masculinos y prefieren jugar con muñecas y vestirse de niñas… sin que eso necesariamente devenga de mayores en la certeza de querer transitar hacia el sexo  opuesto de aquel con el que se ha nacido.   El tiempo de crecer, el tiempo de comprender y el de elegir es tan esencial… Este es el tiempo del que se le privó a Saha respondiendo rápidamente a su pedido  con bloqueadores de pubertad y  hormonación. Pero  el tiempo de comprender necesita de un Otro que pueda escuchar como conviene a un sujeto,  posibilidad que la ley trans elimina  so pretexto de la despatologización. Vivimos en  la época   en  que el Otro del sujeto supuesto saber se ha hecho añicos  y esto no es sin consecuencias. Es fundamental mantener la diferencia entre la demanda y el deseo y entre la certeza  y la creencia, que no es  equiparable a la primera, pero ambas   permiten  abrir un tiempo precioso para que el sujeto pueda desplegar su malestar  en palabras y encontrar su solución singular que no siempre coincide  con  la solución universal propuesta por la medicina.   

Abrir este espacio de tiempo es esencial en los niños, pero también en los adultos. Hay algunos sujetos que están poseídos por una  extraña, absoluta y no menos enigmática certeza de pertenecer al sexo contrario de aquel con el que  han nacido, pero  aparte de que no siempre es fácil distinguir esta certeza de una creencia firme, esto no implica  que aunque  hay  casos en que  la cirugía puede proporcionar un alivio importante,  hay también aquellos  que hicieron la transición por la vía del bisturí, pero que lamentan hoy no haber tenido la oportunidad de haber elegido otras vías. 

Les leeré para finalizar unas breves líneas del   revelador testimonio que  en su libro A la conquista del cuerpo equivocado nos deja Miquel Misé  un transexual  que hizo la transición de mujer a hombre:  

“Siento la extraña sensación de que me han robado el cuerpo. De hecho siento que nos lo han robado a las personas trans en general. (…) Me refiero a que para explicar nuestro malestar se nos ha dicho que no deberíamos haber nacido en este cuerpo, pero que podemos lograr el adecuado con tratamientos hormonales y algunas intervenciones quirúrgicas. He sentido muchas veces que me estaban desvalijando el cuerpo y desde hace un tiempo, he sentido también que quería recuperar lo que pudiera de él si es que aún estaba a tiempo. Ese cuerpo que tanto había odiado, que ría conquistarlo de nuevo, abrazarlo muy fuerte y decirle  que sentía haberlo abandonado. (…) Cuando inicié mi tratamiento no me hablaron de otras posibilidades  más allá del tratamiento médico para modificar aquel cuerpo equivocado, por eso siento que me robaron algo de mi cuerpo, que me arrebataron la posibilidad de vivirlo de otro modo”(3).

Hay una certeza que es importante discutir, decía C. Millot en su ensayo sobre el transexualismo: “la de que el remedio al malestar de los transexuales no pueda consistir más que en el cambio de sexo”(4). Este testimonio de Miquel Missé  y otros varios  vienen a confirmar  la necesidad de discutir esta certeza. No hay duda del  avance que supone  el derecho adquirido de las personas trans  a la modificación corporal,  y el psicoanálisis en absoluto podría oponerse a ello, ni desdeñar el alivio de sufrimiento que puede producir  la operación en algunos sujetos, pero como dice Miquel Missé con la lucidez que le caracteriza  “centrar toda la reivindicación política trans en ese derecho nos aleja de la pregunta que bajo mi punto de vista es más relevante: ¿Cuál es el origen del malestar que sentimos las personas trans y como se puede  combatir?”   Hay que retener la palabra “malestar”. En contraste con el espectáculo festivo, multicolor y carnavalesco  con que los colectivos LGTB  guiados por sus líderes, presentan sus reivindicaciones, en una suerte de utopía sexual,  escuchamos aquí, en  singular, a un sujeto que testimonia de su sufrimiento y que  no considera  en modo alguno que la reivindicación política pueda zanjar  la cuestión del malestar que le afecta.  

 En el nuevo proyecto de ley, que de momento ha quedado aplazado, se reconoce a las personas trans el derecho al cambio de nombre en el registro civil, lo que  sin duda reviste gran importancia para los transexuales,  y para ella no es requerido ni  la transición quirúrgica ni ningún informe psicológico. Ahora bien, pretender  en nombre de una des-patologización malamente y frívolamente entendida, que a las personas trans no les pasa nada, y que  basta con que la sociedad reconozca en el registro civil el nuevo cambio de género  para solucionar su malestar, es cerrar en falso  la  pregunta por  el origen de ese malestar que, no todos, pero sí  algunos sujetos trans, pueden hacerse. Reconocer que más allá de las presiones de origen social, de la transfobia  y de la exclusión, que sin duda aumentan enormemente  el sufrimiento de las personas trans, hay además  un fuerte malestar subjetivo que debería  ser escuchado como conviene  por un Otro, – y digo como conviene, porque no basta con una  simple escucha del tipo “usted dice que quiere esto,  yo se lo doy” –  no es patologizar a los transexuales.  Se puede suponer eso sí, dado, por ejemplo. El mayor riesgo de suicidio entre los transexuales,  que simplemente  son personas más frágiles, más amenazadas  y que sufren más que otras. 

Pero en todo caso, el malestar con el sexo biológico con el que uno ha nacido no es una experiencia minoritaria reservada a las personas trans, sino más bien lo contrario. Ningún ser hablante, puede saber qué es ser hombre o mujer.  Ni siquiera los transexuales, que tal vez son los únicos que se jactan de tener una identidad sexual monolítica, exenta de dudas y preguntas (5), tienen una  certeza absolutamente  inquebrantable  en todos los casos ,  no hay que descartar que una oferta de palabra pueda permitir que se abra alguna grieta en esa certeza. Aquí  sería esencial tener presentes las diferencias entre el transexualismo masculino, el femenino y  el transgénero. Pero sobre todo, hay que tener en cuenta que  si la respuesta del Otro de la Ciencia no les indujese a ello,  no siempre las personas trans  extraerían la consecuencia   de que el único remedio sea la intervención quirúrgica para cambiarse al sexo supuestamente verdadero. Retrasar decisiones que pueden ser irreversibles no es solo una regla de máxima prudencia, es algo imprescindible  en tanto es verdad que aquello que huye de las palabras se experimenta dolorosamente. Freud inventó un dispositivo en el que aquellas mujeres histéricas rechazadas por la medicina como meras simuladoras  tuvieron la oportunidad de poner en palabras su malestar y su pregunta acerca de qué es ser una mujer.  Pese a quienes se empeñan en acabar con él, en  nombre de una des-patologización que curiosamente  no le hace ascos al bisturí, el dispositivo inventado por Freud sigue aún  vivo  para prestar su escucha, uno por uno, a aquellos sujetos- trans o no- que se preguntan por la causa de su malestar, y no se conforman con las soluciones  universales,  pretendidamente válidas para todos, que  les propone la   medicina, la ciencia y   los discursos bien intencionados   de algunos partidos políticos. Frente al agujero traumático de la falta de referentes  para situarse como hombre o mujer en el inconsciente  la escucha analítica, puede permitir que cada sujeto componga con este imposible  su invención  singular que  le haga la vida más llevadera y   -pese a lo que de incurable hay en la sexualidad del ser hablante- más  deseable  de ser vivida. 

Dolores Castrillo


  1.  Freud, S: El Malestar en la cultura. O.C, Madrid, Biblioteca Nueva, 1973 Vol. III p. 3043.
  2. Carbonell, Neus: “La parodia de los sexos” Lacan Quotidien, nº 925.
  3. Missé, Miquel: A la conquista del cuerpo equivocado, Ed. Kindel, 1, 6.
  4. Millot, C: Exsexo. Ensayo sobre el transexualismo. Barcelona, Paradiso, 1983 p. 129.
  5. Véase a este respecto: C.Millot, op. cit p. 129.
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