PUBLICACIONES DE PSICOANÁLISIS DE ORIENTACIÓN LACANIANA

La cara oculta de S.Dalí

Si llamaran psicoanálisis aplicado al trabajo que hace Luis S.López Herrero en este libro, habría que aclarar de entrada que más bien de lo que se trata es de aplicar al texto el método del psicoanálisis. No es una obra de psicoanálisis aplicado. A la vez, sin el psicoanálisis este libro no sería el mismo. Y el autor sabe sacar buen partido de ello y llevar su carga a buen puerto.

No es una obra de psicoanálisis aplicado, ya que el psicoanálisis solo se aplica, en sentido propio, como tratamiento, y por tanto a un sujeto que habla y oye. Entonces, fuera de eso, sólo se puede tratar de método psicoanalítico; ese método que procede al descifrado de los significantes sin consideraciones por ninguna supuesta existencia del significado.

Es así que lo que el libro presenta de un modo cristalino es que «toda investigación, en la medida que observa este principio y en tanto que hace como se debe , lee un material literario: es decir , que encuentra en la ordenación de su propia exposición, la estructura misma del sujeto delineado por el psicoanálisis».(1)

El libro que dedica Luis L.Herrero al análisis de la invención del método paranoico crítico y, a la obra pictórica de Salvador Dali, encuentra en lo particular de su objeto, la ocasión para destacar sus méritos.

La seguridad de la escritura, es el instrumento de ese placer en que se sentirá el lector, de alguna manera, absorbido.

El hilo del que tira, sin abandonar su argumento, se alterna con las perspectivas, los documentos, las referencias, comentarios y reconstrucciones, que sólo retienen la atención que, al parecer, una y otra vez, ofrecen un descanso.

El tono que en él se mantine, asombra por lo sostenido de su naturalidad y por la modulación en la que se continúa.

La disposición que denota el autor , participa de lo que prefiero llamar como la atención entre prudente, valiente y tierna.

El logro de este trabajo es alcanzar el mayor rigor sin caer en el dogmatismo que fuerza a hacer entrar el objeto de análisis en los rieles de una concepción que le antecedería.

Es así que la materia ofrecida al presente libro sobre la que Luis L.Herrero hace su lectura, son los textos mismos de Salvador Dalí, y la obra como traducción donde plasma esas imágens peligrosas que había que dominar, pero también los encuentros fecundos que apoyan o precipitan aquello en lo que deviene.

La obra de Dalí tanto como el contenido de sus escritos no dejan duda que subsisten como lo que puede ser llamado: un mensaje a descifrar, como lo que entrega , al modo si me permiten, de un legado, homólogo pero diferente a aquél de Schreber y del que Freud supo extraer en su análisis, los elementos esenciales de los que se compone la paranoia. Punto en el que acuerdo con el Dr. Roumeguère , citado por Luis, en su comparación y similitud- pero también sus diferencias- con Schreber.

No es secundario que Luis se hiciera destinatario, y a la vez, resultara concernido por estos escritos. No le es ajeno si consideramos, tal como nos lo hace saber el autor, el encuentro con Dalí, provocado por una curiosidad que le antecede.

Luis López Herrero le aplica a los escritos de Dalí su lectura clínica y vemos con asombro ir ordenándose, en todo su rigor , los signos bajo los que se presenta la posición del sujeto, el sujeto del psicoanálisis en la estructura: psicosis, es lo que allí lee.

Un libro que sin el psicoanálisis no sería lo que es, decía antes. Doblemente, me parece. Ya que como muy bien apunta Luis, la invención del método paranoico crítico, no sería tal sin el encuentro de Dalí con el psicoanálisis. El encuentro con los escritos de Freud da apoyo y solución a ese otro encuentro, primordial , con la experiencia de la tragedia de la infancia, reconstruido en su lógica, al decir de Luis, a partir del desamparo angustioso al que lo arroja el encuentro con el deseo de la madre, sin mediación del Nombre que pone fin, vela el horror y lo inscribe simbólicamente, haciéndolo vivible.

Encuentro con el nombre que Freud comporta para Dalí y que se sella en la visita que le hace a Viena acompañado por S. Zweig.

Pero Dalí tampoco sería lo que devino sin el encuentro con el surrealismo: un movimiento , animado profundamente en la certidumbre de la relación del hombre con el deseo y la letra, de la que cada uno de sus miembros dio pruebas de eso que Lacan pudo llamar «el estilo es el objeto», invirtiendo la fórmula de Buffon.

Lacan mismo, contemporáneo del Surrealismo, no es ajeno a la influencia que éste ejerce sobre su orientación e inclinaciones teóricas.

Notable resulta esa descuidada vinculación que Luis reestablece respecto a la deuda poco enfatizada que el psicoanálisis tiene con el surrealismo, en tanto , si bien equivocada, supieron aportar con su modo de vida, lo que Freud descubrió en los sueños, las formaciones del inconsciente y el síntoma: el juego del significante que trabaja, opera en una Otra escena distinta que la del Yo y la conciencia.

Es de agradecer la evocación rigurosa y oportuna de las citas de los autores surrealistas que entonces tienen la fortuna de dar cuerpo y estatura a lo que fue, en la cultura, ese movimiento que atrajo en su estela los que hoy pueblan museos e imprimen con su marca a la literatura.

Movimiento que , conviene acentuar, atravesó fronteras y cuya semilla, que no era avara, germinó haciendo de sus marcas en la subjetividad, historia.

Algo que me importa subrayar es el título. El autor tendrá sus motivos para titularlo así -y es , desde ahora, una pregunta que le hago-. Sin embargo, y como él mismo lo indica en algún lugar del texto, se trata de un estudio psicoanalítico. Pero además, es primordial enfatizar que lo que ahí se destaca es la contribución al psicoanálisis que nos ofrece la publicación de lo privado en lo que en gran parte se convierte lo escrito por Dalí, y sobre la que planea, como lo resalta Luis, su preocupación por la gloria y por «salvar a la pintura de la mediocridad».

Es la experiencia misma del escritor lo que allí esta concernido y sobre la que Luis opera, llevándola a su empleo de material.

Ya que esa es la materia ofrecida al presente libro: autobiografía, diario, entrevistas, memorias. En resumen: obra escrita. Y que como ya Lacan lo señalara respecto a Gide, ese esfuerzo y preocupación del autor Dali,»van destinadas al biografo, sin que importe cual».

Luis se hace destinatario de esos papeles y de esa obra. No como biógrafo, sino aplicando a la letra de los papeles el método psicoanalítico de descifrado de los significantes y su lógica.

Es así que hace surgir de esa familia en la que nace Dalí, la incidencia de ese hermano muerto que planea en el horizonte de su vida como una sombra o un doble que lo acompaña. Situa el árbol del que se desprende, vía paterna, con ese Salvador que nombra al padre y al que le antecede otro Salvador, abuelo paterno que sufrió de paranoia y, finalmente se suicida, en pleno delirio de persecución.

La muerte del hermano sume en una honda depresión a la madre, durante la cual transcurre el propio embarazo del cual nacería Dali y de quien recibiría el mismo nombre: Salvador.

Esa marca se convertirá en «la trágica obsesión de su vida».

Luis nos guía en el camino: ¿ de qué manera se habitó el espacio en que pasea el niño Dalí? ¿Qué fue -evocando la fórmula que Lacan nos ofrece para Gide?- qué fue para aquél niño su madre? surge a través de ese mapa en que se señalan las formas en que el encuentro con la madre se dibujó como el encuentro traumático con un goce -Luis lo llama en la p. 124. «goce del Otro», -pero lo que importa subrayar es que cerró las puertas al sujeto Dalí para alcanzar una posición sexual e inconsciente.

¿Con qué se pobló ese encuentro? ¿Qué vino al lugar de ese vació con que se designa el sujeto del psicoanálisis, a ocupar lo que vela y marca a todo sujeto en su advenimiento como tal?.

De qué modo está ocupado el lugar del sexo? de la muerte? del deseo?.

La composición del serparlante tal como la encontramos al final del recorrido infantil, a la hora en que Luis puntúa cómo eso se muestra en la adolescencia, con esas primera manifestaciones (huidas, desapariciones en la Residencia de Estudiantes, crisis febril o alucinación? en París, terror a los insectos) tan precisamente indicadas por Dalí mismo en sus descripciones minuciosas, se revela bajo la forma de esos distintos fenómenos que lo invaden.

Hay en el libro múltiples articulaciones y desarrollos que a la vez que interrogan el testimonio de Dalí, fundamentan la función que cumplen en la estructura, esa invención del método paranoico critico, o su escrito sobre El Angelus de Millet, su obra pictórica y ese encuentro crucial con Gala. El autor, hace un examen exhaustivo y sumamente esclarecedor de estos soportes, a partir de los que se pueden deducir la suficiencia y la insuficiencia que cumplen estas invenciones para sostener un ego, a falta de esa mediación del Nombre del Padre, que como operación simbólica, inscribe lo real e imaginariza el goce. Dicho de otro modo, fabrica un marco con el cual lo real, sirve al deseo, es decir, permite la obtención de un goce, sexual y posible con el Otro sexo.

Ahora bien, si la estructura es una en la psicosis, cada caso es uno y diferente y tiene una particularidad a enseñar. Y en eso Dalí, en el testimonio que su experiencia subjetiva nos ofrece, es ejemplar.

Con esa voluntad de dominar el goce, y de aportar esa preocupación por la locura y la paranoia hasta hacerla un «método de investigación y una fuente de construcción artistica» y llevarla hasta sus últimas consecuencias, como muy bien lo señala López Herrero (p. 76). En esa voluntad a «ultranza del paranoico», traducido en sus escritos y obra pictórica, nos lega una extraordinaria contribución al psicoanálisis. Y López Herrero lee allí lo que, en mi opinión, puede considerarse como el Caso Dalí.

Y que, podemos, es una propuesta, incluir en la serie que se abre con el Caso Schreber, y se continua con el Caso Gidé.

Como particularidad que nos enseña el Caso Dalí, extraigo algunas que me parecen de singular relevancia. La Certeza daliniana.

La inédita interpretacion de El Angelus de Millet, adjudicando a «los efectos del matriarcado absoluto sobre el niño, el asesinato del hijo a manos de su propia madre», cuestión que ya nos introduce de un modo estremecedor en lo que fue para ese niño su madre, y que le hace perseguir, como bien señala Luis, «en el lienzo de Millet ese supuesto lugar en el que manifiestamente estaría enterrado el hijo muerto». La certeza daliniana percibe en el apacible El Angelus de Millet, una «tragedia donde el tema mítico es el del asesinato del hijo a manos de su madre y no «de su padre tal como lo había propuesto Freud».

La certeza que gobierna la interpretación de esa campesina en posición de oración, muestra la experiencia de Dalí, en la que la ausencia del padre como función de separación, anuncia la tragedia de esa devoración y muerte del hijo a manos de su propia madre. No es, sin lugar a dudas, una madre del deseo la que asi se presenta, frente a la cual las propias tendencias amorosas y eróticas, deberán ser reprimidas. Se trata de otra cosa. La madre daliniana se presenta en su texto del Angelus, bajo la figuración de una boca repleta de dientes, bien afilados, prestos a devorar a su partenaire.» (p. 110)

Hay que ir al texto para seguir los precisos rodeos y articulaciones por medio de los cuales López Herrero busca explicar la «especial versión que trae Dali del canibalismo materno», que denota la vertiente imaginaria en la que está preso y a la que la producción delirante, intenta dar un sentido.

Es la interpretación del lienzo de El Angelus, devenido escrito el que se plasma en «Atavismo del Crepúsculo» , y en el que López Herrero plantea su tesis: Dalí «anticipa en los años 30 que lo autenticamente enigmático es la mujer y su sexualidad. Si Dalí se «empeña en dotar de importancia al personaje materno, (…) es porque nos muestra, a través de su escrito, su propio drama personal y su falta de salida final»(p. 155). Lo que angustia atrozmente» es el deseo de la madre cuando falta ese significante que le hubiera permitido, a traves de su palito, enmarcar a modo de recuadro ese deseo voraz y embriagado que se cernía sobre él. «Para López Herrero, esa función que» cumple el fantasma, es lo que en caso de Dali, no llega a construirse». Es sin lugar a dudas impresionante esa comparación de la mantis religiosa, objeto de terror para Dali, con la hembra que devora al macho en el acoplamiento y deviene el punto en el que culmina su interpretación paranoica de la relación sexual entre los dos sexos y, como destacará Luis, es también su brillante contribución al psicoanálisis: el lienzo del Angelus nos revela, bajo la aparente imagen insípida y estereotipada de campesinos: «la variante maternal del mito inmenso y atroz de Saturno, de Abraham, del Padre eterno con Jesucristo y del mismo Guillermo Tell devorando a sus propios hijos (Dalí).»

Así, por la vía de la escritura del Mito trágico del Angelus de Millet, Dalí nos ofrece lo que no es sino su certeza trágica.

El examen por parte del autor continua con diversas cuestiones que conforman la complejidad y el rigor en el que se mantiene. Así, hace comparecer el encuentro entre Lacan y Dalí, a propósito de la mantis religiosa y la angustia, pero tambien la función estabilizante que tuvo el fecundo encuentro con Gala y la función que vino a cumplir el personaje del Divino Dalí, que deviene una invención, un ego, un nombre creado para suplir una falla dramática en la estructura.

La escritura

En relación a la función de la escritura, y como lo advierte Luis, sí, la escritura fue un instrumento para ordenar, es decir, la escritura es un ordenamiento de los restos en los que parece confluir algo del goce. Es toda la problemática que en torno a la letra y la escritura ocupa la última enseñanza de Lacan.

Allí donde el sujeto Dalí se encuentra con la angustia ante la Cosa, donde apareció el agujero del vacío, va y se coloca la variante maternal, el mito trágico a articular lo que no tiene nombre y lo que tiene un nombre.

El mito trágico es ya una elaboración del encuentro angustiante con la Cosa. Es una manera en la que se aferra a lo que será su punto de amarre. Y lo que será más relevante, es que esa escritura como modo de marcar el Otro, allí donde hubo la angustia de la Cosa, separa, inscribe un goce por el medio de la letra.

Es una modalidad trágica de desbrozar por medio del trazo lo que es experiencia original traumática.

Y también, en la particularidad de Dalí ¿no es por medio del trazo único del pincel como puede desbrozar, resolver la distinción de esa experiencia de goce y afirmar en la superficie de la pintura una metamorfosis? (2).

En la pintura, ¿no se produciría un añadido que permite abrir un camino y operar trazando una huella?.

El de resolver, en el caso Dali, y modelar la angustia ante la Cosa.

Así, en Dalí tenemos no sólo la escritura, sino también el gesto, que «es portador de la inscripción de esta huella» (3) .

Para concluir, Dali no retrocede ante aquello que lo invade y demuestra su coraje ante la locura: escribe, plasma y crea obras.

Luis López Herrero, por eso de «encuentros tiene la vida», eleva ese trabajo para suplir una falla dramática estructural, en una contribución al psicoanálisis.

Notas

(1) Lacan, Jacques. Juventud de Andre Gide. o la letra y el deseo, Suplemento de Escritos, Editorial Argot, 1984.
(2) Es una cuestión que me ha surgido a partir de la lectura de los comentarios a propósito de los diálogos que Lacan mantiene con Cheng, respecto de la teoría de Shitao. Shitao, escribe en el siglo XVII. Según él, el pintor, el calígrafo procede por lo que él llama «el trazo único de pincel» y que ordena el caos interno, opera trazando una huella. Se puede leer la exposición de Eric Laurent en la pp. 193 del Seminario «La experiencia de lo real en la cura psicoanalitica» de J.A.Miller, Editorial Paidós, 2003.
(3) Laurent, Eric, La experiencia de lo real en la cura psicoanalítica», El Camino del Psicoanalista. Editorial Paidós, 2003.

Madrid, a los 29 días de mayo de 2004.

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