Mujer y Madre


 
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INTRODUCCIÓN

Voy a empezar parafraseando a Lacan al final de su enseñanza. En 1973, en su seminario número 20, titulado “Aún”, Lacan afirma que “hombre”, “mujer”, “niño”, no son más que significantes. “Mujer” y “madre” tampoco son otra cosa que significantes (1). Sencilla afirmación, que si se piensa despacio no puede ser más verdadera. Antes que cualquier “esencia femenina”, antes que cualquier “esencia materna”, “mujer” y “madre” son palabras.

Esto no es obstáculo, sin embargo, para comprender que los significantes hacen un discurso y que el discurso hace vínculo, de manera que no podemos afirmar que las palabras “mujer” y “madre” no quieran decir nada y no hagan referencia a aspectos fundamentales de la existencia de los seres humanos. Al contrario, si existen como significantes, si han llegado a existir y se mantienen en el discurso corriente es porque son necesarias para dar cuenta de una dimensión importante del ser hablante.

La condena de vivir en el lenguaje es que no se puede vivir sino diciéndonos a nosotros mismos, a los otros, al mundo, buscando permanentemente una identidad entre el mundo y las palabras, entre nuestro ser y las palabras. Mientras que a su vez todas esas palabras tienen efectos en el ser, “hacen ser” (2), dice Lacan.

Esta peculiaridad de la naturaleza humana conlleva la existencia de una distancia entre ser y lenguaje que tendemos a olvidar. Una distancia que implica una ausencia de solapamiento entre ser y lenguaje. De esta manera, una parte de la existencia puede ser dicha, mejor o peor, pero puede ser dicha; mientras que otra parte de la existencia queda siempre del lado de la experiencia, se trata de algo real que afecta, que acontece, pero lo cual, sin embargo, nunca podemos llegar a poner en palabras. En el psicoanálisis tratamos precisamente de intentar conquistar para el bien decir, tanto teóricamente como en la experiencia singular de un análisis, la mayor parte posible de esos territorios que tienden a ser mal dichos o a quedar del lado de lo no dicho. Pero también en el psicoanálisis tratamos de respetar, de tener en cuenta y poder llegar a asumir esa parte que nunca va a poder ser dicha, pero que, por lo menos, a partir de la experiencia de un análisis puede ser localizada y circunscrita para poder ser sostenida sin transformarla en sufrimiento, sin convertirla en una “maldición”.

Veamos que tiene esto que ver con el tema que nos ocupa esta noche, qué desarrollos significantes ha producido el psicoanálisis hasta ahora alrededor de “mujer” y “madre”.

FREUD

1.- En 1908, en su artículo “Teorías sexuales infantiles” Freud plantea que para todo infantil sujeto en un momento determinado aparece la pregunta fundamental acerca de dónde vienen los niños, de dónde ha venido su hermano, de dónde viene él mismo. De esta pregunta, nos dice Freud, se derivan a su vez otras cuestiones: la cuestión de la diferencia sexual; la pregunta sobre el coito, sobre el comercio sexual; la cuestión sobre la gestación y el parto. Todas ellas son asuntos fundamentales en los que los sujetos necesitan estar orientados y necesitan del lenguaje para ello; pero también son cuestiones, como comprobamos en análisis, donde aparece un máximo de dificultad para estar bien orientado. A partir de estas preguntas, todo niño va desarrollando sus investigaciones y sus teorías al respecto, acompañado por los avatares de su existencia singular, entre los que no podemos obviar los acontecimientos de goce (de excitación, de placer, de displacer) en su propio cuerpo en la relación con las personas cercanas. Seguro que cada uno de nosotros, por poco que pensemos, podemos recordar unas cuantas anécdotas al respecto.

En esta investigación los significantes “mujer” y “hombre”, los significantes “madre” y “padre” cobran inusitado interés.

Freud a partir de la observación de los niños y de lo que los adultos que se analizaban con él desarrolló dos teorías que fue matizando a lo largo de tiempo y que han permitido a los psicoanalistas situarse en lo que implican estos cuatro significantes primordiales, primordiales en cuanto tienen que ver con el origen de los niños, con el goce sexual, y con el lugar que cada uno de nosotros ocupamos respecto a estas dos cuestiones fundamentales. Por un lado, Freud concibió el complejo de Edipo; y, por otro lado, el complejo de castración.

2.- Respecto al complejo de Edipo, Freud tomó el nombre de la famosa tragedia de Sófoclés, en la que precisamente un hijo acaba matando a su padre y formando pareja con su madre, cuando tanto él como sus padres querían evitarlo.

Desde el principio de su trabajo, Freud observó que las primeras experiencias de goce, de deseo, de amor, de rivalidad tenían lugar en el ámbito familiar. Las relaciones entre progenitores y vástagos lejos de ser asépticas, temperadas y asexuales, son apasionadas, intensas y en ellas la sexualidad está en juego. Especialmente durante la infancia. Esto es algo que seguimos comprobando hoy en día. Lo que también podemos afirmar es que el cariz de estas relaciones no se debe a que la madre sea la madre y el padre sea el padre. Sino que tiene que ver con lo que ocurre en las primeras relaciones íntimas de los niños con aquellas personas que se ocupan y acompañan su cuidado y su crecimiento en el día a día. La madre es aquí, por un lado, el primer Otro primordial del que depende la vida del infante, con la que mantiene un vínculo corporal profundo a través de la alimentación, el aseo, el cuidado de su cuerpo y que precisamente por ello, se convierte en el primer objeto de amor y deseo. El padre sería entonces aquel que pone un límite a la relación intensa entre madre e hijo, apoyado en la relación singular que tiene con la madre. La cosa se complica cuando Freud a partir de mediados de los años 20, se empieza a dar cuenta de que las cosas son muy distintas para niños y niñas, que la diferencia sexual en el mundo simbólico humano tiene toda su importancia.

3.- En 1925 escribe entonces su artículo “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica”, donde intenta articular por primera vez cómo se ordena la diferencia sexual en la psique a través del complejo de castración. Una vez más desde la observación de los niños y de la experiencia con sus analizantes, Freud constata la importancia de los órganos sexuales, tanto por su pregnancia imaginaria como por las sensaciones que se producen en el cuerpo relacionadas con ellos. Establece la premisa de que tanto para niños como para niñas se da la suposición de que tanto hombres como mujeres tienen pene y resulta una sorpresa para ambos comprobar que las mujeres no lo tienen. El correlato psíquico de este descubrimiento es, para los niños, el temor de perder su pene, lo que Freud bautizará con el nombre de angustia de castración, y, para las niñas, el deseo de tener un pene, que Freud bautizará con el nombre de envidia del pene o Penisneid. Tanto la angustia de castración para el varón, como la envidia del pene para la mujer serán un motor psíquico de primer orden, en principio, para separarse del apego erótico-libidinal a la madre y poder dirigir el empuje libidinal hacia otros objetos fuera del ámbito familiar: el niño por temor de perder su pene de manos del padre como castigo por haber osado desear a su madre, y la niña por el resentimiento contra la madre que la ha hecho castrada como ella y con el anhelo de encontrar un pene o sustituto en otro lugar.

Se ha criticado mucho a Freud desde el pensamiento feminista por dar esta importancia a la tenencia o no de un pene, dejando de lado, por ejemplo, la importancia que tiene poder gestar a un bebe o no, poder dar de mamar o no. Como veremos más adelante, tendrá que llegar Lacan para poder afinar más la cuestión.

Pero también es verdad que no podemos dejar de comprobar en la clínica que existe más apego al tener y angustia de perder en los varones y, que, en cambio, en las mujeres los padecimientos están en relación con el no tener, con la falta propia.

Freud pensaba que el descubrimiento de la castración para la mujer tenía consecuencias trascendentes y que le exigía en ese punto tomar un camino para poder salir de la crisis en la que la sumía tal descubrimiento. Freud planteó tres vías mediante las cuales las mujeres respondían ante la castración: la primera, lleva al rechazo y a la inhibición de la sexualidad, como consecuencia de la herida narcisista y del sentimiento de inferioridad que acompaña el descubrimiento; la siguiente, derivada del rechazo a aceptar el hecho de la castración que lleva a la mujer a asumir una posición masculina, identificándose, en este caso, con el padre, se trata del llamado por Freud complejo de masculinidad, y la tercera, será la vía que Freud denominaba la “feminidad normal”. En esta vía, la mujer debía cambiar por un lado de zona erógena del clítoris a la vagina, y por otro lado, de objeto de amor, de la madre al padre, para así encontrar su camino de recuperación del pene a través de la relación con un hombre con el que tuviera un hijo, preferiblemente varón, en el que encontrar el sustituto del pene ausente.

Lo que más llama la atención releyendo a Freud en esta tercera vía es cómo excluye directamente la posibilidad de que una mujer pueda alcanzar cierta recuperación del pene a partir de la relación con el pene de un partenaire sexual, cómo reduce entonces la mujer a la madre y aunque pueda resultarnos sorprendente al marido a un hijo. En la conferencia 33ª, titulada “La feminidad” dirá: “Sólo la relación con el hijo varón brinda a la madre una satisfacción irrestricta; es, en general, la más perfecta, la más exenta de ambivalencia de todas las relaciones humanas. La madre puede trasferir sobre el varón la ambición que debió sofocar en ella misma, esperar de él la satisfacción de todo aquello que le quedó de su complejo de masculinidad. El matrimonio mismo no está asegurado hasta que la mujer haya conseguido hacer de su marido también su hijo, y actuar de madre respecto de él (3).”

Freud elude así tanto la sexualidad femenina como un vínculo entre hombre y mujer sustentado en la sexualidad o en el amor de pareja. Mucho nos tememos que esta elusión tiene que ver con la dificultad masculina para poder aceptar la sexualidad en la madre, para poder aceptar el ser mujer de la madre, interesada en algo más que el hijo como sustituto del pene. De esta dificultad también nos habló Freud en “Sobre la degradación general de la vida erótica” (1912) donde explica la dificultad para algunos hombres de juntar en la misma persona la mujer idealizada y amada, la madre asexual, podríamos decir, y la mujer deseada sexualizada a la que tienen que degradar para que la sexualidad se ponga en juego.

Durante los años 20 y 30 del siglo pasado, muchos psicoanalistas, especialmente mujeres, anduvieron a vueltas con la cuestión femenina: Ruth Mack- Brunswick, Jeanne Lampl- de Groot, Marie Bonaparte, Joan Riviere, Karen Horney, Helene Deuscht, incluso el propio Ernst Jones, biógrafo de Freud, señalando los puntos ciegos de Freud y abriendo nuevas perspectivas. Lacan fue conocedor de todos estos trabajos y su genio le permitió avanzar un poco más en la conquista de aquello que no es fácilmente “bien dicho” de aquello que rodea a los significantes “mujer” y “madre”.

LACAN

Lacan se tomó en serio desde el principio la dificultad que se deriva para los seres hablantes de la relación con la madre en la medida que es el Otro primordial, en la medida que el niño se apoya en la relación con la madre (y la madre tiene que sostenerlo, claro) para 1) entrar en el orden simbólico, 2) para introducirse en la dialéctica humana del amor y del deseo, y 3) para constituirse como sujeto separado.

1.- La madre no solo se hace cargo de los cuidados del infans, sino que también, en cuanto objeto de su interés, le obliga a introducirse en el orden simbólico. En 1953 Lacan vuelve al juego del Fort-Da del pequeño nieto de Freud, tomado por este como ejemplo del más allá del principio del placer, para mostrarnos una de las tensiones que atraviesa la relación madre-niño. El pequeño niño pronto identifica a aquella persona de quién depende su bienestar, y pronto también va dándose cuenta que este otro, aparece y desaparece a su antojo, responde o no a sus llamados, y cuando lo hace, lo hace con mejor o con peor tino. La crisis que produce en el pequeño niño esta mezcla de dependencia y de impotencia respecto de la madre, le empuja, según Lacan, a introducirse en el lenguaje, a doblegarse al orden simbólico en la medida que necesita recurrir a los significantes Fort-Da o Ven- Vete para intentar dominar las idas y venidas de la madre. Lacan dirá con su peculiar estilo: “el momento en que el deseo se humaniza es también el momento en que el niño nace al lenguaje” (4).

2.- Unos años más tarde, en 1958 (5), Lacan profundizará un poco más en la compleja relación del niño con la madre en cuanto Otro primordial que le introducirá en la dialéctica humana del amor y del deseo. El binomio necesidad- objeto de satisfacción que parece darse en el mundo animal con toda naturalidad, está totalmente desvirtuado en el mundo humano por el hecho de estar inmersos en el lenguaje. La entrada en el lenguaje que se deriva del desamparo original en el que vive el niño durante un largo tiempo obliga a que el ser humano tenga que hacer pasar su necesidad por la demanda, es decir, a que cuando necesita algo tenga que pedirlo, que hacerlo pasar, dirá Lacan, por el “desfiladero del significante”. El niño tiene que hacer un llamado a la madre para hacer saber sobre su necesidad. Este llamado tiene a su vez que ser interpretado por la madre y conforme a esa interpretación, la madre responderá con un objeto. Como en el teléfono escacharrado, la distancia que hay entre la necesidad y la demanda que se hace, entre la demanda que hace el niño y la interpretación que hace la madre y entre lo que ha interpretado la madre y lo que realmente puede dar al niño para intentar satisfacer su necesidad es tal que se produce una gran grieta entre aquel objeto que parecía poder llenar el agujero que llevaba al niño demandar y el objeto que realmente recibe. Como consecuencia de este desfase producido por el hecho del lenguaje aparecen dos fenómenos netamente humanos: por un lado, la demanda queda escindida en demanda del objeto de necesidad y demanda de amor y, por el otro lado, aparece el deseo.

2.1.- Para el infantil sujeto en su impotencia aparece antes que nada su dependencia de la presencia de la madre para poder satisfacer su necesidad, para el niño es casi tan vital la presencia de la madre, como que la madre pueda darle algo del objeto de necesidad. La demanda de pura presencia de la madre, es lo que Lacan denominó demanda de amor. Esta demanda de amor tiene desde el primer momento autonomía propia y guiará a partir de su aparición la vida erótica del sujeto, más allá de la demanda del objeto que satisface una necesidad concreta. Es una experiencia conocida por todos tanto del lado del lado del niño, del demandante de amor, como de la madre, del objeto de la demanda de amor: “Mamá”, “¿Qué quieres?”, “Nada”.

2.2.- Sobre el otro fenómeno netamente humano que surge al tener que hacer pasar la necesidad por la demanda, el deseo, dirá Lacan muy elegantemente, que no es ni el apetito de la necesidad, ni la demanda de amor, sino que es precisamente el resultado de restar a la demanda de amor, la satisfacción de la necesidad. Es pues ese agujero que nos queda después de que esa persona de la que demandamos amor nos haya dado junto a su presencia algo de eso que pedimos. Este agujero es el gran motor de la vida humana

3.- Las idas y venidas de la madre no solamente empujan al niño a incorporarse al orden simbólico, sino que también agudizan la curiosidad infantil para preguntarse acerca de es lo que va a buscar la madre a otro lado donde él no está ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo para el otro? El niño va a constituirse como sujeto a partir de la pregunta por cuál es el deseo de la madre. Lacan va a partir de la respuesta freudiana, la madre quiere el pene que le falta. Pero va a ir más allá, se preguntará y ¿qué es realmente ese pene que se supone que la mujer- madre busca? Lacan responderá con un cambio de significante: el “pene” con sus resonancias tan cercanas al órgano masculino nos confunde demasiado, lo que la mujer desea es el “falo”, es el pene en cuanto representante del deseo, en cuanto representante de aquello que desea y que se desea, pero que no deja de ser un representante. En este sentido, el pene tumescente, efectivamente es un representante del deseo.

Desde esta perspectiva es cierto que, como nos decía Freud, para la mujer que llega a ser madre, en el mejor de los casos, su hijo ocupará ese lugar de lo que se desea, de falo, pero a juzgar por las idas y venidas de la madre, y también en el mejor de los casos, el hijo- falo no la colma del todo y la madre mostrará entonces su cara de mujer que desea otra cosa que no es su hijo (al padre del niño, a otros hombres, a otra mujer, su trabajo, los amigos,…). Lacan vuelve a poner en juego así la líbido materna más allá del objeto niño. Este norte del deseo de la madre será fundamental para orientar la subjetividad del niño y es lo que Lacan denominó el Nombre del Padre. Esta es la versión del Edipo en Lacan: es necesaria una madre que desee algo más que su hijo como falo para que el niño no quede atrapado en su condición de falo compensador de la falta de la madre.

4.- Tenemos que tener en cuenta que todo este complejo entramado que arma la relación madre-hijo se da en un encuentro cuerpo a cuerpo con efectos de goce para ambos. Para la mujer en lugar de madre y para el niño. El dar de mamar, el acunar al niño para que duerma, el atenderle en su aseo, en su vestido, en su juego, el nerviosismo, el placer, la suavidad, la brusquedad, el asentimiento o el rechazo al cuerpo del otro, las palabras que lo acompañan… En fin, hay aquí todo un mundo que deja marcas indelebles en cada uno de nosotros.

5.- Del lado del niño, la intensidad de la relación con la madre hay algo, por un lado, muy deseado, pero, por otro lado, hay algo que causa horror. El Deseo de la Madre tiene dos vertientes, por una parte, en el niño, desde su desamparo original que pervive en la adultez, hay un Deseo de la Madre, un deseo de permanecer unido a la madre en tanto que Otro primordial dispuesto a responder a la demanda del sujeto, tanto con el objeto de necesidad como con el signo de amor, dispuesto a sostener al niño en su constitución como sujeto separado. Este anhelo de la figura maternal trasciende a menudo a la vida erótica de los individuos en la adultez. Pero por otra parte, está el Deseo de la Madre, del lado de la madre que desea. En este caso, tanto si lo que desea es reintegrar al hijo como objeto que la completa, como si desea sexualmente otros objetos que no son el hijo, hace que la madre se vuelva una figura que aterroriza, que angustia: la boca del cocodrilo, que sin el palo que pone el Nombre del Padre para separarla de su hijo, se lo comería, o la loca Medea o la madre de Hamlet, capaces de asesinar a sus hijos o a su marido por el deseo hacia un hombre.

6.- Desde la perspectiva del sujeto femenino que llega a ser madre, no es menor la complejidad, y cada madre se ve abocada encontrar un camino para sostener su complicada función. El hecho de quedar embarazada ya implica todo un acto subjetivo, especialmente en nuestra época, cuando está abiertamente a disposición de todos desde la pubertad la información sobre cómo se concibe un hijo y los métodos anticonceptivos que permiten separar sexualidad y procreación.

6.1.- En el caso más idealizado por nuestra sociedad un hijo debe nacer de una relación de amor entre un hombre y una mujer. En muchos casos no es así y en los que aparentemente es así son innumerables los pliegues ocultos que tiene una relación de pareja basada en el amor. Hasta el punto de que se puede afirmar desde el psicoanálisis que en la concepción de un hijo hay siempre algo sintomático, algo en lo que está en juego aquello que no funciona de los implicados en la concepción. Hasta el punto de que sea pertinente la pregunta de con quién se está teniendo el hijo realmente, más allá del genitor biológico. Una paciente ya adulta habla acerca de las circunstancias de su embarazo adolescente: “Yo sólo quería salir de mi casa familiar, donde mi madre no me comprendía, ni me valoraba. Conocí a un chico que no les gustaba en mi casa, pero él luchaba por tenerme a su lado, a pesar de las restricciones que ponían mis padres, sobre todo, mi madre. Me dejé llevar por las palabras de él y accedí a tener relaciones sexuales. Al poco quedé embarazada. Mi madre quiso que me casara y nos ayudaron a tener un piso. Era imposible la convivencia entre el chico y yo, había riñas, violencia, los dos carecíamos de una mínima madurez. A los 6 meses de convivencia, todavía embarazada volvía a la casa familiar, “condenada” a que mi madre me ayudara con el niño”.

6.2.- Por otro lado, el real que ocurre en cuerpo tanto en relación con el embarazo, el parto y la lactancia, deja a la mujer conmocionada. Todo lo que rodea a la experiencia del cuerpo en la maternidad se encuentra en ese territorio del que hablábamos al principio, en el que no es fácil poner en palabras lo que ahí ocurre.

Esta experiencia en el cuerpo junto con las exigencias que implica sostener la función de Otro primordial para el niño, la confrontación con la persona y la subjetividad propia del niño que no se acopla necesariamente a sus expectativas y las alteraciones que producen en el arreglo que la mujer podía haber alcanzado en su relación con partenaire antes de ser madre obligan a la mujer-madre a buscar de nuevas vías para hacerse con todo ello. Más en tanto que la función de madre tiende a invadir toda esa parte de la mujer que no se satisface con la maternidad. En esta tensión cada mujer intenta encontrar la solución que puede: madres que idealizan la maternidad, el amamantamiento, la crianza y quedan más o menos cómodamente identificadas a la función de madre; madres que enseguida quieren volver a su lugar de mujer ligada a sus otros objetos (trabajo, pareja) y lo hacen con alivio o con culpa, incluso con arrepentimiento(6), etc.

7.- Lacan, a diferencia de Freud, hace una distinción clara entre “mujer” y “madre”. En un primer momento, basa esta distinción en una relación diferencial con el falo. Nos hablará(7) de dos posibilidades “tenerlo” o “serlo”. Del lado del tenerlo, se sitúa el hombre que tiene el pene-falo y la madre que tiene al niño-falo; del lado del serlo, se sitúa la mujer en su juego de hacer semblante del objeto que el hombre desea, y el niño en su vertiente de ser el falo, aquello que le falta a la madre. En este primer momento, la mujer se pondría en juego como mujer en la medida que juegue el juego de ser el falo, el representante del deseo para un hombre.

Sin embargo, pronto se dará cuenta Lacan(8) de que la feminidad tampoco queda reducida a ser el falo para el hombre o a obtener una compensación fálica por mediación del órgano de su partenaire sexual, sino que hay todo otro tipo de experiencias eróticas o libidinales que también “interesan” a las mujeres tomará como ejemplo el amor, cierto tipo de vínculos con otras mujeres, la experiencia “singular” del órgano vaginal, las experiencias místicas, el enigma de la frigidez.

8.- Será en los años 70 cuando Lacan pueda que dar otra vuelta para avanzar un poco más en el bien decir de lo femenino.

Lacan discernirá que hay otro tipo de lógica en la relación del ser hablante con el lenguaje distinta a la lógica fálica. No todo puede ser ordenado por la lógica binaria del tener o no tener el falo, de tener o de ser el falo, lógica que al fin y al cabo es la lógica del significante, la lógica de las diferencias, del 0- 1, del es o no es. Lacan deduce, entonces otra lógica, la lógica del no todo, la lógica del no todo bajo la ley del falo, la lógica del no todo bajo la ley del significante. Da así carta de naturaleza a esa otra parcela de la experiencia refractaria al orden fálico, pero que existe con sus efectos en el ser hablante. La experiencia del cuerpo en la maternidad o el erotismo femenino se sitúan en ese territorio. Se dibujan así dos formas de situarse en la existencia: la masculina, que entiende que lo que se sale del reino ordenado por el falo es una excepción a un todo siempre susceptible de ser ordenado por el falo; y la femenina, para la que se le impone (y es capaz de reconocerlo) la existencia de ese otro territorio en el que no reina el falo, pero sin dejar por ello de reconocer y habitar también el mundo común del orden fálico. El lenguaje es afín a la lógica fálica, por ello el territorio de la experiencia más allá de la lógica fálica no es fácil de ser puesto en palabras.

¿Por qué llamar a la lógica fálica, masculina, y a la lógica del no-todo, femenina? En sentido estricto, tanto los hombres como las mujeres biológicamente, pueden colocarse del lado del todo fálico o del no todo fálico, pero es verdad que algo de las experiencias del cuerpo masculino y femenino hacen más afín la masculinidad a la lógica fálica y la feminidad a la lógica del no- todo. Como ya hemos dicho, la experiencia del cuerpo femenino: los ciclos de la menstruación, el embarazo, el parto y el amamantamiento, así con la experiencia de una sexualidad que no se reduce fácilmente al ciclo excitación- orgasmo, hacen que las mujeres biológicamente hablando tengan la experiencia en el cuerpo de goces que no entran dentro de la lógica fálica. Mientras que la experiencia princeps del cuerpo masculino de la tumescencia-excitación/ detumescencia- orgasmo del órgano, hace que tengan más afinidad con la lógica fálica, aunque obviamente, las experiencias de goce de los hombres también van más allá de esta lógica.

Cuando los sujetos en posición femenina intentan hacer pasar esas experiencias por la lógica fálica, y, por ejemplo, encontrar la completud a través de un hijo, a través de la relación con la madre, con el padre o a través de una relación amorosa y no logran localizar adecuadamente esa parte que se sale sin poder ser puesta en orden por el lenguaje, puede aparecer el estrago, tan característico en las experiencias femeninas.

En la medida que parte de la experiencia femenina de la maternidad y de la sexualidad tiene esta cualidad de no entrar dentro de la lógica fálica, de la lógica el lenguaje, los significantes “mujer” y “madre” son significantes que apuntan a este insoportable de lo que se experimenta y que no puede ser dicho, ese insoportable en el que se juega el cuerpo, el goce sexual, la gestación de un ser humano y el origen de la vida.

9.- Hoy en día, se han multiplicado las formas en las que se puede ser “mujer”, y también se han multiplicado los medios a través de los cuales un sujeto puede llegar a ser madre (adopción, fecundación in vitro, vientres de alquiler, inseminación artificial, donación de óvulos, etc.). En muchos casos, ya no es necesario tener un cuerpo orgánicamente femenino, ni tener un coito con un cuerpo orgánicamente masculino para tener un hijo y colocarse así en el lugar de madre. Hasta la segunda mitad del siglo XX, y por supuesto, en la época en la que Freud desarrolló su trabajo, existía un estrecho vínculo entre relación sexual entre un cuerpo de mujer y un cuerpo de hombre y el engendramiento de un nuevo ser, pero hoy en día no es así. Sin embargo, para todo sujeto que desee llegar a ser madre sigue siendo obligatoria una toma de postura, una elección respecto a tres aspectos insoslayables:
1.-La elección de una madre: del cuerpo que sustentará el real de la gestación y el real del parto de un nuevo cuerpo humano y la función de madre.
2.- La elección de un padre biológico-real y del apoyo o rechazo de la función padre.
3.- La posición como sujeto ante la sexualidad y el amor con un partenaire.

De manera que aún seguirá vigente para todos y cada uno de nosotros la pregunta, ¿de dónde vienen los niños?, como motor de la investigación psíquica en pos de un bien decir del origen de cada uno, del real de la maternidad, de la paternidad y de las relaciones sexuales entre los seres humanos.

 

Esperanza Molleda

 

(1) LACAN, Sem 20, p.44, clase 9 de enero de 1973.
(2) LACAN, Sem 2.
(3) FREUD, Conferencia 33ª La feminidad (1932)
(4) LACAN, Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, 1953, p.227- Sem 1. P. 257.
(5) LACAN, La significación del falo, 1958
(6) ORNA DONATH, Mujeres arrepentidas
(7) LACAN. La significación del falo, 1958
(8) LACAN, Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina, 1960

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