PUBLICACIONES DE PSICOANÁLISIS DE ORIENTACIÓN LACANIANA

Nacionalismo y posición subjetiva

El profesor David Little, en una conferencia pronunciada en el Instituto de los Estados Unidos para la Paz(1) , introduce una cuestión muy pertinente, a saber, si el nacionalismo es en esencia un fenómeno religioso. Es indudable que la respuesta es negativa si se considera desde el punto de vista histórico, es decir, si se toman uno a uno los casos de nacionalismo que existen o han existido desde la creación y la puesta en práctica del concepto de estado. El caso irlandés es sin duda un ejemplo afirmativo, que perpetua una antigua lucha iniciada desde la implantación de la Reforma en Gran Bretaña. Pero no lo es en el caso del nacionaljusticialismo, la doctrina liderada por el General Perón en la Argentina de los años 40, que por el contrario amenazó frontalmente a los poderes de la Iglesia en ese país.

No obstante, para nosotros la pregunta mantiene todo su interés si la orientamos en la perspectiva de la psicología de las masas, y más específicamente, si tomamos en cuenta los mecanismos subjetivos que constituyen los resortes activos del fenómeno nacionalista. Desde ese punto de vista, como interrogación de las relaciones que vinculan a lo colectivo con el ser, es posible encontrar rasgos comunes que avalarían la hipótesis de un sentimiento religioso en la base del nacionalismo, aun cuando dicho sentimiento no se articule a representaciones extraídas del discurso de las religiones reconocidas. El psicoanálisis ha demostrado que el fenómeno de  la  creencia encierra una complejidad tal, que Jacques Lacan llegó en una ocasión a afirmar que la religión es la realidad psíquica, lo que significa que el ser hablante no es ateo por el sólo hecho de declarar que lo es.

En un artículo titulado “El odio inconsciente y el lazo social”(2), M. Zafiropoulos recordaba el fracaso del movimiento social que, a partir del materialismo histórico, había decretado “un poco rápidamente la muerte de Dios, o más bien su ausencia”, creando el espejismo de un “hombre nuevo”, un hombre sin Dios. Como escribe este autor, “el fracaso del hombre sin Dios es menos el fracaso de un régimen político, como la sorprendente resistencia de la estructura del deseo neurótico, que reproduce el odio, el parricidio, y de las instituciones que socializan la relación al padre inconsciente”. El nacionalismo  es un discurso y un fenómeno colectivo que pone de manifiesto un modo singular de alianza y sojuzgamiento al Padre Ideal. La indestructibilidad de Dios se debe al enraizamiento del Padre en el inconsciente, y sus mandamientos son tanto más feroces cuanto que su deseo se oscurece. La llamada “conciencia nacional” es un modo de interpretación del deseo del Otro, y el líder nacional es el intérprete y el mediador de una alianza a ese deseo, una alianza que anula la división subjetiva, lo que explica la defensa cínica de los medios para alcanzar el proyecto y la autolegitimación de las acciones que se deban llevar a cabo.

Si para Lacan el verdadero ateísmo sólo puede conquistarse como término final de la experiencia analítica, ello implica un nudo entre fantasma, religión y realidad, un trípode sobre el que se asienta el sujeto del inconsciente, y que no puede explicarse por el mayor o menor influjo de una ideología. Por el contrario, es probable que la ideología que un sujeto adopta esté fundada inconscientemente en su posición fantasmática. Esto puede demostrarse fácilmente cuando sometemos al análisis a sujetos que se reconocen, por ejemplo, bajo los postulados de una determinada orientación política. Al cabo de un tiempo, y sin que por ello deba desmerecerse la legitimidad de su elección, podemos comprobar las determinaciones que la rigen, incluso su vinculación con los significantes claves de su vida sexual.

Esto nos conduce, a su vez, a una interesante cuestión que ya formulé en otra oportunidad a propósito también del nacionalismo(2bis) , y es la referida a las convicciones políticas del psicoanalista, al hecho de si el psicoanálisis -me refiero a la huella que el análisis personal y la práctica trazan en un psicoanalista- ejerce o no, debería ejercer o no, una incidencia en sus aficiones políticas. Me limito a dejar señalado este problema, recordando a lo sumo la imposibilidad de situar tanto a Freud como a Lacan en una posición política. Es evidente que la obra de ambos autores no admite una clasificación en ese sentido.

El nacionalismo -debo decir aquí todo nacionalismo, dado que históricamente se verifica lo que sigue- es la ejecución organizada de una figura de la subjetividad que Ezra Pound desarrolló bajo el concepto de provincianismo. Encuentro que este concepto, tal como Pound lo emplea y lo hace funcionar, es de extrema utilidad para la inteligencia del nacionalismo, en particular si tomamos en cuenta que la genialidad del poeta consiste en mostrar que la matriz de esa enfermedad se revela en ciertos hábitos triviales que acompañan lo cotidiano, lo aparentemente superfluo e inofensivo.

El 12 de julio de 1917, Pound publicó en el semanario inglés The New Age el primero de cuatro ensayos sucesivos bajo el título general de El enemigo provincianismo(3) . Define al provincianismo como a)”la ignorancia de los hábitos, costumbres y naturaleza de las personas que viven fueran de nuestro pueblo, parroquia o nación” y b)”el deseo de coaccionar a los demás a la uniformidad”. Es evidente que del paso a, que puede considerarse una indiferencia pasiva, al paso b, que alude a un imperativo, una coacción que puede ejercerse de distintos modos, pero que no excluye la violencia, sino que más bien la sugiere y la invoca, entre uno y otro, decía, hay un eslabón intermedio y necesario: la elevación de lo propio, de la particularidad, al estatuto de universal. Cómo se fragua y se legitima esa universalidad, es lo que nos corresponde argumentar.

Pound cita un ejemplo interesante y terrible: en una novela de Galdós, los políticos de Orbajosa acaban matando a un joven ingeniero de Madrid “por el sólo hecho de ser de la capital y tener estudios”. Y lo más impactante es que sus propios parientes dirigen la intriga para su aniquilación. ¿En qué consiste la admirable rotundidad de lo que Ezra Pound quiere trasmitir? En  algo que él va a buscar, en primer lugar, no en la política ni en las grandes gestas históricas, sino en las repugnantes miserias de los ambientes endogámicos, en la atmósfera asfixiante de la aldea: “ignorancia más apetito de uniformidad”, “malevolencia latente, a menudo malevolencia activa”. El triste caso de la guerra de los Balcanes lo puso de manifiesto una vez más: los mayores actos de crueldad, los que revelan la emergencia patológica de los fantasmas edípicos, son ejercidos con frecuencia contra los vecinos más próximos, los que siempre encarnan la proximidad rechazada del goce.

Pero Ezra Pound no se detiene en lo ejemplos de la literatura, sino que avanza y nos sorprende con algo nuevo: la crítica al sistema universitario alemán. El ataque de Pound es feroz: “ el único sistema en el que cualquier don nadie de la aldea se imagina que es alguien”. Definición fulgurante, perfectamente aplicable al nacionalismo: el método mediante el cual un colectivo  y quienes lo componen pueden imaginarse ser algo. Podemos incluso abreviar: “imaginarse ser”. El General De Gaulle visita Quebec, y enciende la chispa: “¡Por un Quebec libre!” grita en su discurso, y al invocar la libertad activa el mecanismo de esclavitud al significante amo.

Pero volvamos al sistema universitario que Pound fustiga. ¿En qué consiste? En producir en el estudiante una desconexión. Se lo encierra en un tema, separándolo del contexto, de los valores  de la vida, lo que podríamos traducir como:

S1//S2

Sucede entonces lo más grave: el estudiante, “enterrado en el detalle” está impedido de comprender su acto. Es la perfecta definición del sujeto petrificado bajo una identificación que lo determina, capturado en un significante amo al que ha dado su consentimiento, obteniendo a cambio un semblante de identidad: un nadie que se cree alguien:

S1 S

Agreguemos aquí que el nacionalismo nos interesa por partida doble, como fenómeno en sí mismo, y por lo que puede enseñarnos acerca de la teoría de las identificaciones, especialmente en  lo referido a su destitución al final del análisis.

La fuerza magistral del análisis de Ezra Pound consiste en articular la servidumbre política a un estado de la subjetividad que comienza con “toda suerte de pequeñas tiranías y pequeñas coerciones”. Qué mejor crítica de la identificación que señalar, como él lo hace, que “la tiranía es siempre algo normal, y que la tiranía es un efecto del lenguaje, de un lenguaje compuesto de “eslóganes, frases para magnetizar y mecanizar al hombre”.(4)

El nacionalismo no surge jamás de un modo natural. Como cualquier discurso político, debe concebirse como una operación de lenguaje, un tratamiento programado de ciertos significantes que bajo determinadas condiciones sociales e históricas, son capaces de inducir un efecto hipnótico en la subjetividad, un modo de respuesta unaria que sutura la división. Un estudio del nacionalismo, como subconjunto de las especies totalitarias, debería comenzar con la indagación del modo en que el

registro del malentendido, de la equivocidad del significante, queda anulado por el imperio de los signos que se autodefinen y se imponen como certidumbre en los efectos de significación. La conciencia nacional es “el cumplimiento de un significante catapultado al rango de excepción a la ley del significante, ya que se postula capaz de asumir por sí solo una significación total de la historia”(5)

Existen cuatro grandes temas míticos que constituyen el conjunto de representaciones en las que se apoya la ideología nacionalista: la tierra, la raza, la sangre y la lengua. Esos temas poseen un tronco común, puesto que se enlazan fácilmente a la estructura fundamental revelada por el psicoanálisis: el Edipo y el Parricidio. La maestría del ideólogo consiste en seleccionar, conforme a la coyuntura histórica y política determinada, los significantes propicios para movilizar el registro mórbido de los fantasmas edípicos y producir su excitación catártica. Es por ello que, a diferencia de la función mítica, del soporte simbólico constituyente del lazo social de una determinada cultura, el discurso nacionalista apela a la implantación, al injerto calculado de un mito sobre el origen, tematizado en base a los significantes que pueden conmover las representaciones edípicas inconscientes.

Sangre, raza, tierra y lengua, constituyen insignias(6) , marcas significantes que localizan un goce, y promueven el mito de una satisfacción común, legitimada por el Padre Ideal. Ese goce fantasmático, anudado a un significante unario, actúa como ruptura de la cadena significante, como rechazo del intervalo de la cadena, y por ende como anulación de toda interrogación subjetiva sobre el deseo del Otro. La manipulación del lenguaje producida en las campañas de agitación de masas se dirige a promover la identificación imaginaria de los individuos entre sí, basada en la sustitución de aquello que ignoran de sí mismos por significantes amos. Lo ignorado reaparecerá así proyectado en el rechazo al enemigo, que se convierte en portador de lo que el discurso deniega.

Por último, quisiera destacar la necesidad de profundizar en el problema de cómo se promueven esos significantes a la subjetividad. En su seminario sobre las psicosis(7) , Lacan introduce una perspectiva que podría resultar fecunda para el estudio de la propaganda de masas, cuando se refiere a la función de la “segunda persona”, al empleo del significante “tú”. Me refiero al análisis de las frases “tú eres el que me seguirá” y “tú eres el que me seguirás”. De ellas se deduce el carácter cautivante e intimidatorio del significante “tú”, y su papel en la operación de alienación. Siguiendo a Isakower, Lacan compara la función del a las limaduras de hierro que en el interior de un organismo permitirían, con ayuda de un imán, arrastrarlo a cualquier parte. Un análisis lingüístico de los discursos destinados a inflamar las representaciones nacionalistas debería atender a la importancia y al empleo de la segunda persona como procedimiento para engancharle al otro la significación. “¡Alemanes!” es ya un modo de corporificar al otro(8) , de constituirlo en una totalidad, separándolo de los que no poseen ese rasgo. La respuesta correlativa a esta fabricación deliberada de identificación, es “yo soy lo que tú me designas, yo te sigo”. En el nivel más primario, el “es el otro tal como lo hago ver mediante mi discurso, tal como lo designo o lo denuncio, es el otro en tanto está captado en la ostentación en relación a ese todos que supone el universo del discurso”(9).

Queda por indagar las articulaciones entre el análisis estructural del discurso que Lacan propone sobre la función del , y la metapsicología freudiana sobre el yo y las masas.

Notas

  1. Publicada en Peace making: Moral and Policy Challenges for a New World. Washington D.C., 1994
  2. En La haine, la jouissance et la loi. De. Anthropos. París, 1995
  1. (2 bis) Cf. Nacionalismo y posición subjetiva (primera parte). Publicado en “Uno por uno”, número 35, abril/mayo 1993. Ediciones Eolia, Barcelona.
  1. Publicados en castellano en Bitzoc. Revista trimestral de literatura. Mallorca, abril 1992. Número 11-12.
  2. Cf. las enseñanzas de Lacan acerca del discurso del amo en su seminario XVII El envés del psicoanálisis.
  3. Nacionalismo y posición subjetiva (I).
  4. En el sentido en que este término es ampliamente desarrollado por Jacques-Alain Miller en su curso de 1986-87 Ce qui fait insigne (no publicado).
  5. Jacques Lacan, Las psicosis. 1955-56. Véanse especialmente las lecciones XXII, XXIII y XIV.
  6. A propósito de la importancia que cobra la corporificación de la masa en el discurso nacionalista, piénsese en las movilizaciones, concentraciones y desfiles colectivos que adquieren un protagonismo fundamental como mecanismo simbólico  de unificación imaginaria.
  7. Jacques Lacan, op.cit.
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