Un salvoconducto para el autista


 
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En el marco simbólico que Jacques-Alain Miller ha proclamado en la lucha a brazo partido que debemos librar en defensa de la subjetividad amenazada por el cognitivismo, las dos acepciones que otorga el Diccionario de la lengua española al término salvoconducto nos convienen al referirnos a lo que intentamos poder ofrecer a los niños y a sus padres: 1) Documento expedido por una autoridad para que el que lo lleva pueda transitar sin riesgo por donde aquella es reconocida. 2) Libertad de hacer algo sin temor de castigo. La primera de las acepciones por tratarse de un documento, evoca el valor de la escritura, puede aplicarse al síntoma. El síntoma como la solución subjetiva más particular que puede conceder, que puede validar y legitimar la autoridad analítica para transitar por los lugares en los que se reconoce la importancia de la palabra.

La segunda acepción podemos referirla a los padres, porque les proponemos formar una red en defensa de su libertad de elegir el psicoanálisis para solventar las dificultades subjetivas a las que se enfrentan en su función simbólica. Muchas veces se encuentran amedrentados, amenazados cuando intentan objetar las prescripciones que los “expertos” dictaminan para el diagnóstico y tratamiento de sus hijos. Habitualmente son sometidos a un largo peregrinaje de pruebas neurológicas que finalizan con la indicación de centros “específicos”.

Hemos visto formarse una pirámide del terror cuya principal víctima es el pequeño, sometido a “programas” de estimulación y reeducación que se extienden a la vida familiar. Los padres, desconcertados y desorientados ante una difícil realidad en la que se encuentran desamparados se ven, además, exigidos, puestos a prueba. Si eligen un tratamiento psicoanalítico para sus hijos manteniéndolos en la escolarización ordinaria no lo tienen nada fácil, una lluvia de oposición se pone en marcha y depende de su capacidad de resistencia y de la buena voluntad de algunos directores y docentes el que un niño diagnosticado de autista pueda conservar su legítimo lugar junto a los demás alumnos “normales”.

La presión también se ejerce sobre los maestros de los centros ordinarios que integran a niños con “necesidades educativas especiales” que, frente a situaciones de dificultad se dejan aconsejar por los técnicos, reclamando recursos para la situación extraordinaria que supone un niño con tales características “atípicas”. Pero tal consulta supone que deben ser coherentes, adoptando las medidas sin cuestionar los diagnósticos de los responsables del ministerio de educación, porque la cadena de mando no ve con buenos ojos a los críticos. El temor a las sanciones, a las venganzas de las autoridades es nítido. Parece haberse formado una cadena de sometimiento a un dictat tan ciego como inclemente amparado en las “necesidades pedagógicas” que revela ser una ideología de dominio pura y dura.

En el año 2001 tuvimos el honor y la suerte de invitar a Antonio Di Ciaccia y a Virginio Baio a presentar, en Madrid, la práctica entre varios. De esa jornada inolvidable resultó una publicación cuyo prólogo escribió Judith Miller en el que presentaba el mapa europeo de RI3, las publicaciones, las instituciones, los encuentros de trabajo, la red de los intercambios en el Campo Freudiano.

En el comentario del caso que presenté en esa oportunidad se refería a mi lugar de Sancho, de escudero, para un pequeño Quijote durante el tiempo que duró su tratamiento. El pequeño Juan se nombró a sí mismo como un caballero en el momento en que adquirió relevancia la diferencia sexual en la transferencia. Antiguamente, el escudero tenía la obligación de asistir al caballero en los tiempos y ocasiones que así lo requerían. Un buen nombre, pues, para el partenaire del autista. Hasta hoy no he tenido ocasión de comentar el epílogo de ese recorrido en el que acompañé a Juan y a sus padres en el trabajo de construcción de sus salvoconductos en el terreno minado que ha impuesto el cognitivismo. Acordamos el mantenimiento de Juan en un centro ordinario, la lucha no fue fácil, pero lo conseguimos. En sus sesiones Juan se había interesado de entrada por los números. Gracias a los cuales descubrió la importancia del cero a la vez que construía su cuerpo y sus esfínteres. A la par, diseñaba una topología personal de la consulta en torno al baño, como agujero interior y a una ventana, como agujero exterior. Jacques-Alain Miller ha destacado la articulación estructural entre el lugar y el lazo que se fueron conformando, a la vez, la dimensión del Otro.

Su nacimiento había sido muy traumático, sus primeros meses, extremadamente delicados. Me lo hizo saber a través de sus juegos, convocándome a asistirle en su trabajo de elaboración (durcharbeitung). Construyó una versión de una familia, despertó su curiosidad por las letras y las palabras. Las puertas de lo simbólico se abrieron y él empezó a recorrer distintos senderos, primero fragmentados, trozos de canciones, retazos de relatos, murmullos e invenciones. Cuando sus historias empezaron a regirse por una secuencia empezó a preocuparse por nuestra separación y el tiempo adquirió una importancia desconocida. Durante meses dibujó relojes que recordaban los relojes blandos de Dalí. Los números, que tanto le ocuparon al principio, se transformaron en la medida del tiempo, a la vez que conquistaba el uso de los verbos y del pronombre personal. Y un día se marchó, muy contento. Un año después recibí una llamada de sus padres diciéndome que Juan me recordaba y quería venir a saludarme. En esa visita, con cierta nostalgia, recorrió las estancias en las que se sucedieron sus sesiones. Al final quiso hacer un dibujo, ¡un molino de viento con las aspas sujetas por una cuerda!

Que el autista consiga resignar su desesperada y extrema defensa en la que sólo puede echar manos de sus escudos imaginarios con los que se cubre los ojos y los oídos depende de la delicada respuesta que consigamos dar a sus tenues signos de aceptación, al peculiar diálogo que entabla con “un buen entendedor al que dirige su saludo”.

La respuesta particular que cada sujeto reclama y que el psicoanálisis de orientación lacaniana viene elaborando a través de los años sólo puede gestarse en una comunidad de experiencia. Así definió Lacan a su Escuela. Cada analista, al resignar una soledad autística en favor del lazo social contribuye a dar consistencia a una red de intercambio de experiencias, de entrecruzamiento de lenguas. De este modo puede extenderse la atmósfera que el autista y sus familias necesitan para salir adelante sin tener que recurrir a luchas estériles y lacerantes con molinos de viento.

En la preparación on-line de estas jornadas se ha podido apreciar, día tras día, el sólido amarre de los redondeles de cuerda lacanianos en los que se apoya cada reflexión doctrinal, cada viñeta clínica. A la vez, la diversidad de estilos y perspectivas, nos dan una idea de lo vida, la creatividad, la pluralidad que aporta la formulación de las buenas preguntas que la experiencia del autista suscita en quienes nos ofrecemos a acompañarles durante el trayecto de búsqueda de su alojamiento en el discurso.

Vilma Coccoz

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