Una solución: narrador del yo


 
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En el estudio sobre el texto de André Gide, Lacan trabaja las relaciones del hombre y la letra, explora la instancia de la letra en el inconsciente y de qué modo el deseo es correlativo con una letra o carta que falta. Exploración de la escritura y del arte que surgirá en los últimos Seminarios de Lacan con motivo del Síntoma.

Si nos interesa el texto de Gide en la clínica es justamente porque existe un peso del Yo en su obra. Su narración duplica su vida en primer persona. Gide individualista a ultranza, es un narrador del Yo, de la autobiografía, de la indagación de su propia persona, buscando incansablemente su propia naturaleza. La escritura en máscaras es su estilo. «Lo que me inquieta, dice Gide, es sentir la vida (mi vida) separarse de mi obra y mi obra separarse de mi vida. Mis gustos, mis sentimientos, mis experiencias personales, cubren todos mis escritos». «No conozco lo suficiente la vida de los demás para escribir una novela y yo mismo no he vivido aún». «A veces me parece que escribir impide vivir».

Esa Spaltung o división del Yo, es aquí el fenómeno específico. Lacan caracteriza esta división del Yo en “La Lógica del Fantasma” entre un sujeto dividido por el significante y un objeto a. Pero debemos recalcar que el Yo dividido no es el sujeto. El sujeto es lo que permite a Freud conceptualizar el Sujeto del Inconsciente. El Yo está escindido entre la inconsistencia del Otro S (A tachado) y una significación del goce que lo aliena s (A).

En sus narraciones la ficción no consigue enmascarar sus confidencias, aún cuando ellas sean pura ficción. Pero el asunto de Gide es ser deseado. Hay gente, dice Lacan, a quien le faltó eso en la primera infancia. La solución gideana es escribir permanentemente de sí, del yo, escenificando en múltiples desdoblamientos su vida, escritura destinada a un Otro a quién quiere completar, complementar a un destinatario que se releva en su madre, en Jean Delay, en Madeleine, en el Otro de la literatura. Gide vive su vida desde el punto de vista del que será escrita, «No escribo para divertirme. La satisfacción que encuentro escribiendo es superior a lo que podría encontrar viviendo«.

Pero obtener un objeto complementario del sujeto tiene una imposibilidad lógica, en tanto el Otro, lugar de la Uverdrangung, de la represión primaria, no puede responder a la demanda y da paso al S (A tachado), lugar de la castración. El Otro del significante es desierto de goce, con el goce del Otro no es posible identificarse. La identificación es posible con el deseo del Otro.

Lacan retomando de Leonardo la idea de las dos madres, plantea que el deseo de la madre de Gide no captura la función fálica, produciendo una sustracción simbólica. Su madre no simboliza su deseo por el falo. Por ello siempre el deseo es mortífero para Gide y su identificación con su ser de muerte.

He tomado un fragmento del texto, Isabel, en el que podemos leer la disociación entre el amor y el deseo, clave de la construcción lacaniana del caso.

Isabel es la crítica de Gide a una determinada forma de imaginación romántica, en la que narra la historia de un amor idealizado que sucumbe ante la confrontación con la realidad.

La acción se desarrolla en un castillo ruinoso en el que el protagonista quiere desvelar el misterio que rodea a la enigmática Isabel. Se enamora de la imagen de una miniatura enmascarada que tiene la «más angelical de las bellezas», y quiere saber quién es Isabel, «nombre que primero le disgusta», «pero que empieza a revestir elegancia, que se impregna de un encanto clandestino». «Como yo ignoraba el amor, me figuraba que amaba y me escuchaba con complacencia, feliz de estar enamorado».

Dando un paseo se guarece de una tormenta en un pabellón abandonado, destartalado. Tiene sobre sí con qué escribir y «como su correspondencia no está al día», «pretende demostrarse a sí mismo que no es más fácil llenar una hora que llenar un día». «Pero su pensamiento lo lleva incesantemente a su inquietud amorosa». Dice: «si supiera que cualquier día reaparecería por este lugar incendiaría estos muros con declaraciones apasionadas» … «Y lentamente me iba empapando una dolorosa contrariedad, cargada de lágrimas». «Como un niño perdido, lloré». «La palabra ‘contrariedad’ es débil para expresar estas aflicciones intolerables que me invadían en otro tiempo». «De pronto el fondo del alma destila un vapor negruzco que se interpone entre el deseo y la vida».

Saca una navaja para quitar punta al lápiz, la hoja de sus cuaderno sigue en blanco, e intenta grabar su nombre sobre un panel, «sin convicción, pero porque sabía que los transidos del amor acostumbran a hacerlo, la madera podrida cedía en todo momento, en vez de una letra lograba un agujero». «Con los trozos de madera cayó un sobre al suelo, sucio, mohoso, había tomado el color del muro». «No me sorprendió que estuviera allí, ¿qué hacía allí esta carta? Estaba firmada por Isabel. Es una carta de amor dirigida a su amante, muerto hace catorce años y que él descubre».

Gide quiere desvelar el misterio que rodea a la enigmática Isabel. Se enamora de una imagen a quien viste con su ideal de mujer, el ángel, sin sexualidad. En esta identificación encontramos la duplicidad del semejante ya que el ideal de ángel es, el de la madre de Gide hacia él. Isabel como Madeleine lleva esa condición de amor sobreimpuesta, «ángel del amor y bestia del deseo». Tiene también Isabel como todos los objetos de amor de Gide un rasgo de cadáver en su desdoblamiento. Siempre el objeto de amor y su fantasma de muerte se acompañan. El objeto lleva sobre sí la sombra de un objeto muerto.

Isabel es un significante que pasa, igual que el significante fálico, del rechazo a la clandestinidad. Clandestinidad que es la solución imaginaria de Gide, su relación con los jóvenes golfos que se opone al Uno del Amor. Aquí se positiviza el deseo en tanto lo múltiple de los jóvenes a quienes les ha faltado el amor, son susceptibles de deseo.

Su pregunta aquí no es ¿qué quiere una mujer? sino ¿qué es el amor? Su relación al amor no está articulada como dependencia del amor sino como demanda de amor, como presencia-ausencia, en disyunción con el deseo. Su deseo es clandestino, allí aparece el niño Gide, mortificado, llorando, excluido de la relación con el semejante, se hace escuchar la voz de la muerte, «vapor negruzco», su temblor desde el fondo del ser, ese Schaudern, estremecimiento, que lleva a decir «Yo no soy como los otros». Y allí donde aparece el vacío, Gide se propone escribir, escritura que le vuelve a retornar a un vacío, que es donde coloca la carta o la letra que falta, el a. Es en las cartas donde Gide puso su alma, su goce. Allí donde aparece el a, Gide pone la carta y este es su uso fetichista de la letra. El a del fantasma puede aplicarse sobre el sujeto dividido, ese a que toca a lo Real del Yo. Ese a que toca Madeleine en su acto y que deja en él un efecto. «Ya nunca volverá a ser el mismo», sólo quedará de él ese «Yo mutilado, que sólo ofrece en el ardido lugar del corazón, un hueco…».

Marta Davidovich

Enero 1995

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