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	<title>Javier Garmendia - Sección Clínica de Madrid (Nucep). Estudiar psicoanálisis en Madrid España.</title>
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	<description>Formación en Psicoanálisis Lacaniano Madrid España. Instituto del Campo Freudiano. Centro de estudios de psicoanálisis en Madrid. Estudiar psicoanálisis en Madrid. Cursos de psicoanálisis lacaniano.</description>
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	<title>Javier Garmendia - Sección Clínica de Madrid (Nucep). Estudiar psicoanálisis en Madrid España.</title>
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		<title>Verdad y lenguaje</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Javier Garmendia]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:30:31 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="page" title="Page 1">
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<p>Es inadmisible decir que la ciencia es un único sector de la actividad del espíritu humano y la religión y la filosofía otros, equivalentes por lo menos, en los cuales no tiene por qué intervenir la ciencia; que todos aspiran por igual a la verdad, y que cada hombre puede escoger libremente de dónde extraer sus convicciones y en qué poner su fe. Tal concepción pasa por ser muy distinguida, tolerante, comprensiva y libre de angostos prejuicios. Desgraciadamente, no es sustentable; participa de toda la nocividad de una concepción del Universo completamente anticientífica y equivale prácticamente a ella. Lo cierto es que la verdad no puede ser tolerante, que no admite transacciones ni restricciones, y que la investigación considera como dominio propio todos los sectores de la actividad humana y tiene que mostrarse implacablemente crítica cuando otro poder quiere apropiarse parte de ellos.</p>
<p><em>El problema de la concepción del universo<br />
</em>Sigmund Freud</p>
<p><strong>1. Con Rorty</strong></p>
<p>En la obra de Rorty aparecen, como personajes de una obra de teatro: J. Dewey, Nietzsche, Heidegger, Freud, &#8230; interpretando sus diferentes papeles, modulando sus voces, entran en escena en el momento justo para retirarse entre bastidores cuando el libreto lo requiere. La representación es tan lograda que puede llegar a producir en el espectador cierta irritación, quedándose con la sensación de que su director, como ventrílocuo experimentado, ha utilizado distintas voces, en ocasiones tan divergentes entre sí que parece casi un milagro que haya logrado hacerlas converger en un diálogo comprensible.<br />
Este diálogo comprensible no le ha evitado ser el protagonista de diversas controversias en el ambiente universitario norteamericano y hay que decir en su descargo que tal vez sea el pensador contemporáneo anglosajón que más en cuenta ha tenido el pensamiento europeo, tendiendo un puente no siempre bien visto por sus colegas. Son muchos los aspectos de su obra que pueden interesar a un psicoanalista, sólo su artículo “Freud y la reflexión moral” en <em>Ensayos sobre Heidegger y otros pensadores contemporáneos</em> ya merece una lectura atenta, entre estos aspectos es destacable su concepción del lenguaje y la idea de verdad que se desprende de dicha concepción.</p>
<p><strong>1.1. Los Léxicos</strong></p>
<p><em>Contingencia, ironía y solidaridad</em> es el texto en el que se despliega esta noción del lenguaje. Su punto de partida será la contingencia, y la verdad el concepto que dividirá las aguas desde la revolución francesa hasta nuestros días, entre utopistas políticos y poetas románticos. Para los primeros la verdad es algo que se construye y no algo que se encuentra, los segundos encontrarán en el arte o la política el medio en el que hallar esta verdad y no en la religión, la filosofía o la ciencia. Así en nuestros días podemos distinguir dos tipos de filósofos, unos que fieles a la ilustración consideran que el arte o la política son irrelevantes para la verdad y otros para los cuales la ciencia se ha convertido en la esclava de la tecnología y se han alineado con los utopistas políticos y los artistas innovadores, considerando que la verdad no puede separarse del arte o la política.</p>
<p>Para sostener esta alianza del pensador contemporáneo con el utopista político y el artista, alianza que define un nuevo perfil para este pensador, Rorty tiene que defender una teoría de la verdad que no encuentre su fundamento ni en la ciencia ni en la religión. Esta teoría encuentra su razón en la distinción entre “el mundo que está ahí afuera” y la afirmación de “que la verdad está ahí afuera”. Podemos admitir, siguiendo el sentido común, que el mundo que está ahí afuera no es una creación nuestra, sin embargo la verdad no puede estar ahí afuera. Cuando decimos que la verdad no puede estar ahí afuera, estamos diciendo que donde no hay proposiciones no hay verdad, pero estas proposiciones son elementos de los lenguajes humanos y por lo tanto creaciones humanas. Por lo tanto las descripciones del mundo que podamos hacer no serán nunca verdaderas o falsas, pueden existir proposiciones sometidas a verdad o falsedad, pero estas proposiciones no nos dirían</p>
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<p>nada del mundo que está ahí afuera, porque el lenguaje es un lenguaje hecho por los humanos, y como las proposiciones tienen que ver con el lenguaje, esa verdad de la proposición no tendría ninguna incidencia sobre ese mundo que está ahí afuera.</p>
<p>Mundo y creación humana aparecen entonces como líneas paralelas que nunca se encuentran, ¿cuál es la propuesta de Rorty frente a lo irrelevante de la verdad o falsedad de la proposición? Los léxicos como conjuntos, los juegos de lenguaje alternativos que hablan del mundo. El léxico de la política de Atenas versus Jefferson o el léxico moral de Juan Pablo versus Freud&#8230; Estos léxicos se oponen unos a otros, son redescripciones del mundo, pero no sabemos cual de ellos es el verdadero, es difícil que el mundo pueda decidir entre ellos, ya que el mundo no habla, sólo lo hacemos nosotros, por lo tanto la verdad es una propiedad de entidades lingüísticas. De aquí se sigue lógicamente que la verdad misma se construye como un léxico, pero no tenemos ningún léxico que sea más verdadero que otro, para dar cuenta de lo que está ahí afuera.<br />
Esto implica necesariamente desembarazarse de la idea de correspondencia, de la idea de que el mundo o el yo tienen una naturaleza intrínseca. No es una verdad que se pueda adecuar al mundo que está ahí afuera, por lo tanto no hay una correspondencia entre esos léxicos y el mundo, y no hay una naturaleza intrínseca ni del yo ni del mundo, por lo tanto si no hay una naturaleza intrínseca ni del mundo ni del yo, no hay un léxico que se pueda ajustar o dar cuenta de esa naturaleza del mundo o del yo. Por eso para Rorty nuestras teorías no pueden justificarse diciendo que se “ajustan al mundo” o que “expresan la naturaleza humana”. Si no tenemos una verdad por fuera del propio lenguaje y por el contrario sí hay un mundo que está por fuera del propio lenguaje, el problema será la relación de ese mundo con ese lenguaje.</p>
<p><strong>1.2. Mundo y lenguaje.</strong></p>
<p>Aparece ahora en la escena Davidson para explicarnos como prescindir de la naturaleza intrínseca de las cosas y hacer frente a la contingencia del lenguaje que empleamos, lenguaje que no se adecua ni da cuenta de una verdad que está en el mundo.<br />
Davidson rompe completamente con la noción del lenguaje como algo que puede mantener una relación de adecuación o de inadecuación con el mundo o con el yo y con la noción de que el lenguaje es un medio de representación o de expresión. Esta tesis, que el lenguaje no es un medio de representación o de expresión, resulta necesariamente familiar al lector de Lacan, ya que para éste la representación significante lo es de un sujeto para otro significante, el lenguaje por lo tanto tampoco supone una representación de algo que podamos llamar mundo.</p>
<p>No concebir el lenguaje como medio de expresión o representación implica abandonar la idea de que tanto el yo como la realidad poseen una naturaleza intrínseca, la idea de que hay cosas no lingüísticas llamadas significados y que es tarea del lenguaje expresar, así como la idea de que hay cosas no lingüísticas llamadas hechos y que es tarea de lenguaje representar. No es función del lenguaje representar hechos ni expresar significados. El lenguaje no hará más que prestarse para conformar los léxicos más como herramientas alternativas, ahora caminan juntos Davidson y Wittgenstein, que como piezas de un rompecabezas, ya que los léxicos no se complementan unos a otros, un nuevo léxico no corrige los errores del anterior, un léxico nuevo es una nueva invención.<br />
Así las creaciones de Hegel o Galileo “no son el resultado de la acertada reunión de las piezas de un rompecabezas. No consisten en el descubrimiento de una realidad que se halla tras las apariencias, de una visión sin distorsiones de la totalidad del cuadro con la cual reemplazar las concepciones miopes de sus partes. La analogía adecuada es la de la invención de nuevas herramientas destinadas a ocupar el lugar de las viejas. El alcanzar un léxico así se asemeja más al hecho de abandonar la palanca y la cuña porque se ha concebido la polea&#8230;” (1). Un léxico nuevo barre con el anterior, no lo corrige. Pero así como el artesano piensa la labor que va a realizar y entonces busca la herramienta eficaz, el pensador no puede prever el trabajo que va a realizar y buscar después el léxico apropiado, sino que en el desarrollo del mismo va inventando un léxico que de alguna manera le sirve como herramienta. Un pensador entonces en la medida que desarrolla su trabajo, inventa un nuevo léxico. De esta forma, subrepticiamente, la tarea del pensador queda en realidad reducida a la invención de un léxico, su tarea de pensar no es otra cosa que la invención de un lenguaje, el descubrimiento es la herramienta misma y no lo que con ésta pensábamos descubrir.</p>
<p>La idea de que el lenguaje no sirve como medio, está en relación con la idea de que el lenguaje tampoco tiene propósito alguno. ¿Cómo podemos, a partir de la idea de que la verdad no está</p>
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<p>afuera, de que el lenguaje no es un medio, de que el lenguaje no tiene propósito, concebir la idea de progreso intelectual? Gracias a la metáfora. Viejas metáforas se desvanecen constantemente en la literalidad para pasar a servir de base y contraste de metáforas nuevas. Este progreso metafórico nos permite concebir nuestro lenguaje como el producto de un gran número de meras contingencias. Esto permite a Rorty coincidir con Mary Hesse en la idea de que las revoluciones científicas son redescripciones metafóricas de la naturaleza antes que intelecciones.</p>
<p>El progreso no se da entonces porque hayamos descubierto la naturaleza intrínseca de las cosas, sino porque la hemos redescrito con una nueva metáfora. La distinción que hace Davidson entre lo literal y lo metafórico es lo que nos permitirá aceptar esta idea de progreso intelectual. La literalidad conforma el conjunto de enunciados en los que nos acomodamos, que nos definen, entre los que nos movemos con cierta soltura, ordenan nuestro mundo, por el contrario la irrupción de la metáfora hace tambalearse esta acomodación, este orden de cosas, imponiéndose una nueva redescripción de las mismas.</p>
<p>La metáfora no se asocia a un contenido cognitivo que un autor desea comunicar y que el interprete debe captar para llegar al mensaje, no recurrimos a la metáfora para expresar una idea que no podemos expresar de otro modo. Estamos lejos de las teorías clásicas, lejos de la teoría de la comunicación y mucho más cerca del concepto de metáfora que Lacan desarrolló a partir de la noción freudiana de condensación, por eso me voy a permitir una cita algo extensa, pero que tal vez un psicoanalista pudiera firmar: “En su opinión lanzar una metáfora en una conversación es como interrumpir súbitamente ésta, lo necesario para hacer una mueca, o extraer una fotografía del bolsillo y exhibirla, o señalar algún aspecto del entorno o abofetear al interlocutor, o besarlo. Introducir una metáfora en un texto es como utilizar bastardillas, o ilustraciones, puntuación o diagramación inusuales&#8230; Todos ésos son modos de producir efectos en el interlocutor o en el lector, pero no modos de transmitir un mensaje. A ninguno de ellos es apropiado responder diciendo: ¿Qué es exactamente lo que usted está intentando decir?”(2).</p>
<p>El uso de la metáfora, en un sentido davidsoniano, es el de producir un efecto y no expresar un significado, no se trata exclusivamente de sustituir unas palabras por otras para encontrar una mejor representación de algún tipo de contenido, el peso recae aquí sobre la producción en detrimento de la transmisión, la metáfora es producción de efecto sobre el sujeto y suspensión de la transmisión. Si bien hay una literalidad del lenguaje que está sometida a la verdad o falsedad de sus enunciados (transmisión), hay también una irrupción en esa literalidad que prescindiendo de la expresión de contenido, produce un efecto en el sujeto precisamente por situar esta irrupción por fuera del criterio de verdad o falsedad del enunciado.<br />
Lo importante de la metáfora no será su verdad o falsedad, lo fundamental de la metáfora es el efecto producido, será entonces por <em>après coup</em> que podremos constatar que ha surgido una metáfora, de la que sería redundante decir que es nueva, pues bajo esta forma de concebirla todas lo son. No hay metáfora si no es nueva, por eso es más correcto hablar de metáforas vivas o muertas en lugar de nuevas o viejas, ya que una metáfora vieja en realidad ha pasado a engrosar las filas de los enunciados transmisibles, de los enunciados sometidos a los criterios de verdad o falsedad, es por tanto una metáfora que ha dejado de ser tal, y está a la espera de que otra venga en su lugar para reiniciar el proceso.</p>
<p><strong>1.3. Verdad: interior y exterior</strong></p>
<p>Llegados a este punto es necesario huir de la tentación de solapar la transmisión con lo exterior y la producción de efecto con lo interior. Rorty llamará ahora a positivistas y románticos para advertirnos de esta tentación, para señalar que el camino no pasa ni por unos ni por otros. Para los primeros hay algo exterior de lo que debemos dar cuenta, entonces si la metáfora no consigue representar la realidad es inservible y para los segundos se tratará de algo interior de lo que valga la pena dar cuenta, algo que se encuentra oculto en nuestro interior y que la metáfora debe expresar. Para los positivistas el lenguaje debería expresar una realidad que nos es desconocida, y que está fuera de nosotros, en esta medida el lenguaje es un medio para expresar esta realidad, y para los románticos el lenguaje sería un medio para expresar algo que está dentro de nosotros. Sin embargo la concepción davidsoniana de la metáfora, está por fuera de ambos sentidos. No es ni reduccionista ni expansionista, ni representa ni expresa una realidad oculta esté fuera o dentro de nosotros, ya que el lenguaje para Davidson no es un medio, no expresa los significados ni representa los hechos.</p>
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<p>Huir de la tentación de positivistas y románticos es ir fundamentando la contingencia; lenguaje sin propósito, construcción de metáforas que carecen de un fin, que no persiguen la superación, son metáforas que se crean ciegamente que surgen del azar y de la contingencia. Azar y contingencia ocuparán el lugar de la teoría de la verdad como correspondencia, desembarazarse de esta teoría es la verdadera apuesta rortyana, la idea de correspondencia como una armadura medieval nos habría impedido inventar nuestro propio lenguaje, cambiar nuestra forma de hablar, pensar sobre nuestro hacer y ser.</p>
<p>La verdad entonces no se corresponde ni con una realidad exterior ni con una realidad interior, ni con el mundo externo ni con nuestro propio mundo interno. Es un cambio en nuestra forma de hablar, un cambio sobre lo que queremos hacer, sobre aquello que creemos que somos, cambio que no podemos remitir ni a la naturaleza intrínseca de las cosas ni a la naturaleza intrínseca del yo. Tendremos que ingeniárnoslas para saber cómo obtenemos eso que creemos que somos o eso que queremos hacer, pero en ningún caso lo podremos extraer de la adecuación a la naturaleza humana o de la convergencia con una idea del yo, ni la naturaleza ni el yo pueden orientar nuestra búsqueda. “Una percepción de la historia humana como la historia de metáforas sucesivas nos permitiría concebir al poeta, en el sentido genérico de hacedor de nuevas palabras, como el formador de nuevos lenguajes, como la vanguardia de la especie”(3).</p>
<p>La ausencia de adecuación convierte al poeta, al hacedor de palabras en la orientación a seguir, en el guía que nos mostrará con nuevas palabras como desprendernos del lenguaje de nuestros ancestros dejando de venerar “los cadáveres de sus metáforas”. Nietzsche, Freud, y Davidson formarán parte de esta vanguardia que nos sugiere que ya no veneramos nada, que a nada tratamos como a una cuasidivinidad, que tratamos a todo como producto del tiempo y del azar. Alcanzar ese punto, le hace decir a Freud sería ‘tratar al azar como digno de determinar nuestro destino’.</p>
<p>La contingencia se soporta en los siguientes pilares: hay un mundo que está ahí afuera pero no una verdad que esté ahí afuera. No hay verdad de la naturaleza intrínseca de las cosas o del yo. Verdadero o falso sólo puede decirse de los enunciados, no de los juegos de lenguaje o de los léxicos. La importancia de los léxicos es la redescripción metafórica a partir de la literalidad, pero esa misma redescripción metafórica no se puede postular como una Verdad. Cabe preguntarse entonces que sentido tiene esa redescripción metafórica de las cosas, esos nuevos léxicos que nos permiten pensar el mundo de forma distinta y que nunca presuponen una adecuación al mundo o al yo como tal.</p>
<p><strong>1.4. Contingencia del yo. Philip Larkin</strong></p>
<p>La última parte de un poema de Philip Larkin, poema que habla del temor a la muerte, de la identificación de las ciegas marcas, fundamentará la contingencia del yo.<br />
Y una vez que has recorrido la extensión de tu mente, lo que<br />
gobiernas es tan claro como un registro de cargas;</p>
<p>no debes pensar que alguna otra cosa<br />
existe<br />
¿Y cuál es el beneficio? Sólo que, con el tiempo,<br />
identificamos a medias las ciegas marcas<br />
que todas nuestras acciones llevan, podemos hacerlas remontar a su origen. Pero confesar<br />
en aquel descolorido atardecer en que nuestra muerte empieza,<br />
lo que era, difícilmente satisfaga,<br />
porque se aplicó sólo a un hombre a la vez,<br />
y, a ese hombre, agonizante.(4)</p>
<p>Hemos podido tomar conciencia de las cargas de nuestra vida, de las ciegas marcas que sellaron nuestras acciones, pero en la tarde en que agonizamos difícilmente eso nos satisfaga, porque en el mejor de los casos se aplicó sólo a nosotros y cuando agonizamos. Este poema de Larkin le sugiere a Rorty una reflexión sobre las huellas en el lenguaje. Uno puede haber dejado su huella en el lenguaje o pasarse la vida arrojando “monedas ya acuñadas”, si uno arroja monedas acuñadas su yo y sus creaciones no serán sino repeticiones de tipos ya conocidos. La creación que no es repetición, dejar una huella, conformaría entonces un auténtico yo, pero el poema sugiere algo más, sugiere que esta huella debe poder aplicarse a todos los hombres y en todos los tiempos y no a un sólo hombre a la vez. Uno no puede morir satisfecho si la huella dejada en el lenguaje no es más que la huella de sus propias contingencias. El interés por el poema se debe a la evocación de la disputa clásica entre poesía y filosofía, a la tensión entre dejar una huella producto de nuestras contingencias o el esfuerzo por alcanzar la universalidad yendo más allá de nuestras ciegas marcas.</p>
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<p>Esta tensión habría invadido a la propia filosofía. Nietzsche (5) marcará este punto de inflexión señalando un antes y un después con su definición de la verdad como un ‘ejército móvil de metáforas’. A través del poema, Rorty, divide a los pensadores en prenietzscheanos y posnietzscheanos. Lo que Larkin propone es que podemos hallar una mayor satisfacción si descubrimos una ciega marca que se aplica no a un hombre a la vez sino a todos los seres humanos. Supongamos el hallazgo de una marca así, una marca que afectara a todos los hombres, estaríamos hablando del ‘descubrimiento de las condiciones universales de la existencia humana’, esta marca se convertiría en clave universal de la especie humana condicionando no sólo las discontinuidades, sino lo permanente y ahistórico.</p>
<p>¿Qué sucede si el poeta ha dado con esta clave? Si el poeta encontrara esta clave desmoronaría los pilares de la contingencia, el edificio se vendría abajo. Al no ser esta clave una marca ciega, producto del azar, se tornaría necesaria, esencial, final, definiendo lo que un ser humano es o debe llegar a ser, meta a la que llegar. Si efectivamente el poeta consigue imprimir al lenguaje esa marca, que no es una marca ciega y contingente, sino una marca necesaria que implica a la humanidad, las contingencias individuales son absolutamente banales. Pero esto sería así en una concepción prenietzscheana, porque Nietzsche introduce para Rorty una diferencia fundamental; es el primero en mostrar explícitamente la exclusión de la idea de ‘conocer la verdad’. Definir la verdad como un ‘ejercito móvil de metáforas’ equivale a la afirmación de que hay que abandonar la idea de ‘representar la realidad’ por medio del lenguaje y, con ello, la idea de descubrir un contexto único para todas las vidas humanas. Es entonces esta exclusión de la idea de conocer la verdad el pilar básico del edificio, es porque no podemos conocer la verdad que no podemos hallar la clave universal, es una imposibilidad lo que nos hace optar por nuestras contingencias particulares y no una elección caprichosa.</p>
<p>Por tanto después de Nietzsche sólo podremos llegar a conocernos a nosotros mismos, enfrentándonos a nuestras propias contingencias, inventando un nuevo lenguaje, ideando nuevas metáforas. Nietzsche rompe con la idea de que se pueda imprimir en el lenguaje algo más que la marca particular, esa marca ciega que el individuo posee en sus contingencias. La única manera, después de Nietzsche, de hacer remontar a su origen las causas del propio ser sería la de narrar una historia acerca de las causas de uno mismo en un nuevo lenguaje. Narrar una historia acerca de nuestras causas en un nuevo lenguaje, será para Rorty el aporte fundamental de Freud.</p>
<p><strong>1.5. Freud y la moral</strong></p>
<p>Freud cerrará el acto como abanderado de la contingencia, podremos comprender el papel de Freud en nuestra cultura como el del moralista que contribuyó a desdivinizar el yo, si el yo no es más que el producto de las contingencias de nuestra educación, podemos considerar la posibilidad de que no haya un yo central, una facultad central llamada razón, podemos ver la consciencia moral como algo históricamente condicionado, como producto del tiempo y del azar y por lo tanto dejar de venerar la idea platónica y kantiana de racionalidad que nos obliga a colocar nuestras acciones particulares bajo principios generales. Será sólo aferrándonos a algunas contingencias decisivas de nuestro pasado como seremos capaces de hacer algo de nosotros mismos que valga la pena y no sometiendo estas contingencias a los principios generales.</p>
<p>¿Qué hacer con estas contingencias decisivas? ¿Cómo hacer algo de nosotros mismos que valga la pena? Cada uno deberá crear su propia metáfora, metáfora que si bien no es la expresión de algo que existía previamente, sí es causada por algo que existía previamente. Se trata entonces de saber qué hacer una vez descubiertas nuestras marcas, cómo hacer de nuestro pasado algo que no sea una mera repetición. Cada uno afrontará de diferente formas esta marca ciega, la coincidencia accidental de una “obsesión privada” con una “necesidad pública” tendrá como resultado la creación poética o artística, el progreso científico o filosófico, cada uno desarrollará una estrategia para afrontar estas marcas, pero ninguna de ellas ostentará el privilegio respecto de las demás en el sentido de que exprese mejor a la naturaleza humana.</p>
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<p><strong>2. Con Searle</strong></p>
<p>En <em>La construcción de la realidad social (</em>6), John R. Searle defiende la idea de la verdad como correspondencia, oponiéndose a las tesis rortyanas, y defiende esta idea suponiendo que tenemos una intuición sobre la verdad como correspondencia. Para ello es en primer lugar necesario admitir la existencia de un mundo por fuera del enunciado, el enunciado no hará otra cosa que intentar describir las cosas de este mundo y será verdadero o falso según sean realmente las cosas en el mundo tal y como el enunciado dice que son. Si digo mi perro está en el jardín, será verdadero si mi perro está en este momento en el jardín. La verdad se ve reducida a la corrección de una determinada clase de representaciones lingüísticas, aquí la idea de representación es inseparable de la idea de verdad. A esta teoría es a la que suele llamarse teoría de la verdad como correspondencia y presenta así la explicación del término “verdadero”: <em>un enunciado es verdadero si y sólo si se corresponde con los hechos.</em></p>
<p>Se dice a menudo, nos recuerda Searle, que cualquier elucidación de la verdad tiene que satisfacer la siguiente condición: Para cualquier sentencia s, s es verdadera si y sólo si p. Donde “s” es alguna especificación de una sentencia, por ejemplo “la nieve es blanca” y “p” es la sentencia misma. “La nieve es blanca” es verdadera si y sólo si la nieve es blanca. A este criterio de verdad se le llama en ocasiones “descomillación”, porque repetimos la sentencia entrecomillada de la parte izquierda en la parte derecha, pero sin comillas. Este ejemplo le sirve para apuntalar las nociones de “hecho” y “correspondencia”; “hechos” serán todas aquellas condiciones que hacen verdaderas a las sentencias, todos aquellos marcadores de verdad especificados en el lado derecho de las sentencias, en virtud de los cuales las sentencias son verdaderas si lo son, la palabra “hecho” ha llegado a convertirse así en marcador de verdad; y “correspondencia” no es sino un término general para nombrar los diversos modos en que las sentencias se hacen verdaderas en virtud de los hechos. A lo que queda por fuera de las comillas lo podemos llamar “hecho” y si la sentencia entrecomillada de la izquierda es verdadera, entonces tiene que corresponder al hecho enunciado por fuera de las comillas. La comprensión adecuada de estas nociones implica la teoría de la verdad como correspondencia.</p>
<p><strong>2.1. La polémica entre Austin y Strawson</strong></p>
<p>Searle retoma la polémica entre Austin y Strawson, de la que admite que Strawson salió vencedor al criticar la teoría de la verdad como correspondencia. Strawson determinó que la teoría de la verdad como correspondencia no necesitaba ser enmendada, necesitaba simplemente ser eliminada, ya que una vez que hemos definido el hecho, hemos establecido ya la verdad del mismo y no necesitamos por tanto dos enunciados, no hay dos enunciados independientes; el enunciado verdadero y el hecho. Los hechos, por lo tanto, no son cosas en el mundo independientes del lenguaje, por el contrario como las mismas palabras “enunciado” y “verdad”, son deudores de cierto tipo de discurso que relaciona mundo y palabra.</p>
<p>Los hechos no son entes extralingüísticos, llevan incorporadas las nociones de enunciado y de verdad, ya que es el enunciado verdadero el que determina el hecho, el que le da su existencia. No es entonces que las sentencias se hagan verdaderas en virtud de los hechos, noción de correspondencia, sino que la sentencia verdadera determina el hecho. Esta crítica ha transformado a la teoría de la verdad como correspondencia en teoría de la verdad como redundancia: la descomillación sugiere que la palabra verdadero no añade nada al enunciado original, sugiere que ‘es verdadero que el perro está en el jardín’ no es sino otro modo de decir ‘el perro está en el jardín, de modo que la palabra “verdadero” es redundante.</p>
<p><strong>2.2. Verdadero, confianza y fiabilidad</strong></p>
<p>Si Strawson tiene razón, por qué insistir en la teoría de la verdad como correspondencia. Searle insiste sobre dos cuestiones, la necesidad y la adecuación, quiere demostrar por qué nos es</p>
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<p>necesaria esta teoría de la verdad. La demostración recorre el siguiente argumento; si la verdad se reduce a la redundancia, por qué deberíamos preocuparnos por la verdad, cómo nos explicamos por qué nos importa tanto la verdad. Podemos responder a Searle que disentir de la teoría de la verdad como correspondencia no conduce necesariamente a la teoría de la redundancia y por otro lado no está claro tampoco de qué modo nos importa la verdad o cómo estamos concernidos por ella. Pero continuemos con su argumentación, se propone explicar por qué seguimos preocupándonos de la verdad. Para ello, parte de la etimología entre verdadero (<em>true</em>), confianza (<em>trust</em>) y fiable (<em>trustworthy</em>), todas ellas tienen la misma raíz etimológica y todas derivan de la raíz indoeuropea “deru”, que quiere decir “árbol”, lo que sugiere derechura, y en general, fiabilidad.</p>
<p>La conexión entre verdad, confianza y fiabilidad, nos obliga a preguntarnos, ¿bajo qué condiciones diríamos que un enunciado es fiable o confiable? Obviamente, cuando hace lo que pretende que hace, esto es, cuando enuncia adecuadamente cómo son las cosas (adecuación). Se trata ahora de un enunciado fiable o confiable, no ya verdadero, se ha producido un desplazamiento sobre el criterio de verdad que le permite reintroducir la noción de correspondencia con el nombre de adecuación. El término “verdad”, será entonces, aplicado a enunciados, un término estimativo que implica confianza, y la descomillación un criterio de confianza. Necesitamos (necesidad) un término general, “verdadero”, para el rasgo de confianza aplicado a los enunciados, así también necesitamos un término general para aquello que hace a los enunciados verdaderos, para aquello en virtud de lo cual éstos resultan fiables. Si es verdad que el perro está en el jardín, tiene que haber algo en virtud de lo cual sea verdad, algo que lo haga verdad. Los hechos son entonces, de alguna manera, los que nos hacen ver si podemos confiar o no en los enunciados. Bajo este prisma los hechos no son entidades lingüísticas, son condiciones del mundo que satisfacen las condiciones de verdad expresadas en los enunciados. Una vez restablecida la relación entre enunciado y hecho sólo necesitaremos un verbo para describir estas relaciones: corresponder será el verbo que satisfaga esta necesidad.</p>
<p>Searle ha mantenido intacta la teoría de la verdad como correspondencia, sirviéndose de Strawson. En realidad no ha admitido ninguna enmienda y a través del argumento etimológico pretende haber demostrado la necesidad de está teoría. ¿Pero, hasta qué punto, la verdad se relaciona con la confianza, qué nos hace pensar que verdad y confianza tengan algo en común, más allá del parecido familiar que le otorga su raíz etimólogica? ¿Quién puede asegurarnos que la verdad nos importe tanto como él afirma? ¿Y en cualquier caso, qué verdad es la que nos concierne?</p>
<p><strong>3. Con Lacan</strong></p>
<p>Cada teoría de la verdad esconde en su interior una forma de concebir el lenguaje, una forma diferente de pensar el lenguaje. En Rorty el acento recae sobre las redescripciones que seamos capaces de hacer partiendo de nuestra propia contingencia, la importancia del lenguaje no estriba en la posibilidad de representar las cosas del mundo. Sin embargo, Searle nos ha llevado a la necesidad de admitir la existencia de un mundo por fuera de los enunciados, en este caso el lenguaje no haría sino intentar describir con mejor o peor fortuna las cosas de este mundo. Para Lacan, la verdad también será inseparable de los efectos del lenguaje.</p>
<p><strong>3.1. Significante</strong></p>
<p>Lacan, en <em>El reverso del psicoanálisis</em>, dedica dos capítulos a la cuestión de la verdad. En el capítulo IV afirma que la verdad no es un término que deba manejarse fuera de la lógica proposicional, aunque su uso desprovisto de esperanza sea lo que tiene de sano.</p>
<p>En la misma lógica que Strawson, sostiene que cuando decimos algo no hay necesidad de añadir que es verdad, este es el punto alrededor del cual gira la problemática del juicio. Realiza con Frege la misma operación que Strawson realizaba con la teoría de la verdad como correspondencia. Frege escribe la pregunta con un trazo horizontal y cuando se afirma que es verdad se añade un trazo vertical en el lado izquierdo, convirtiéndose entonces en una afirmación. La diferencia está en que para Lacan carece de importancia que esto sea redundante, la pregunta pertinente será ¿qué es verdadero?, para responderse que lo verdadero es lo que se ha dicho y lo que se ha dicho es la</p>
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<p>frase. Para que la frase sea verdadera por el mero hecho de decirse, Lacan tiene que adelantarnos su propia concepción del lenguaje; ¿en qué puede sostenerse la frase para cumplir con esta condición?, se sostendrá en el significante, pero en tanto no concierne al objeto sino al sentido. Entre la parte comillada y la parte descomillada o entre el trazo horizontal y trazo vertical está el sentido, sólo el sentido es el sujeto de la frase.</p>
<p>Pero el sentido no dará el “peso de la existencia”, por el contrario el sinsentido “sí que pesa”. El significante en tanto no concernido por el objeto nos arrastra inexorablemente a la psicopatología de la vida cotidiana, ahí Freud en el chiste, el lapsus, el sueño, encuentra “la palabra sin pies ni cabeza”. Y es en esta palabra sin pies ni cabeza donde pretende hallar la verdad, verdad que como señala Lacan se va volando precisamente cuando uno ya no quiere pescarla. Valga como ejemplo el sueño del que despertamos en el momento justo en el que podría soltar la verdad. ¿Cuál es, entonces, nuestra relación con la verdad y dónde hallarla? ¿Nos importa y preocupa tanto como a Searle? De ser así, ¿por qué no querer pescarla? No estará ni en el interior como pretendían los románticos, ni el exterior como pretenden los positivistas. ¿Por qué no a un lado? <em>Heimlich</em>, <em>unheimlich</em>, nos recuerda la lectura de Freud y la ambigüedad que encierra el término, ya que al evocar el interior sin estar en él, acentúa todo aquello que es extraño. <em>No estamos sin</em> una relación con la verdad -afirma- y nos advierte de la ambigüedad de las raíces en inglés, para señalar la excepción casi exclusiva de los ingleses al llamar <em>without</em> al <em>sin-con (que está) fuera</em>. Concluye en este punto que la verdad es para nosotros una extraña, al menos nuestra propia verdad, que está con nosotros sin duda, pero sin que nos concierna tanto como suele decirse.</p>
<p><strong>3.2. La proposición</strong></p>
<p>¿Cuál sería el resultado de plantear que no hay más verdad que la que se inscribe en una proposición y articular lo que del propio saber puede funcionar con todo rigor como verdad? ¿Cuáles son las verdaderas consecuencias de admitir la teoría de la verdad como correspondencia? Un tal Wittgenstein, dirá Lacan en su Seminario, fue el que extrajo las auténticas consecuencias de esta maniobra al formular que lo único verdadero sería una proposición compuesta de modo que comprendiese la totalidad de los hechos que constituyen el mundo. Si efectivamente contáramos con una proposición que contiene la totalidad de los hechos que constituyen el mundo, ya no habría más que decir, todo lo que pudiéramos añadir a esa proposición no sería más que sinsentido y la verdad, que se escribiría con mayúsculas, estaría definida por esta proposición. Ahora bien para sostener estas conclusiones tenemos que acordar con Searle que hecho y proposición se corresponden o como observa Lacan, que nada es verdadero, más que a condición de partir de la idea, en la vía de Wittgenstein, de que el hecho es un atributo de la proposición bruta. Proposición bruta le llama Lacan a la proposición que Searle ponía entre comillas.</p>
<p>Esta proposición elemental, bruta, entre comillas, es la que nos permitirá salir de las conclusiones de Wittgenstein, ya que al ser esta la proposición de la que podemos afirmar que es verdadera o falsa tiene que ser necesariamente la que asegure la verdad de la proposición compuesta. Analicemos con Lacan nuestra proposición, ‘el perro está en el jardín’, que el perro esté en el jardín sólo se convierte en hecho por el hecho de que sea dicho, hasta aquí con Strawson, pero lo verdadero sólo depende de nuestra enunciación, o sea si lo enunciamos oportunamente. Lo verdadero, por tanto, no es interno a la proposición, en ella sólo se anuncia el hecho. Aquí comienza la diferencia que podemos leer como una revisión de la teoría de la redundancia; que sea verdad no es un hecho, si no añadimos expresamente que, por otra parte es verdad. Lacan nos recuerda que como bien observó Wittgenstein, precisamente, añadirlo es superfluo. Es superfluo o redundante que digamos: que el “perro está en el jardín” es verdad si y sólo si el ‘perro está en el jardín’, lo que no es superfluo es que tenemos que tener una razón para decirlo.</p>
<p><strong>3.3. El goce</strong></p>
<p>Una razón para decirlo, <em>Pegan a un niño (</em>8), ¿qué razón para decir ‘pegan a un niño’? y sin embargo lo que constituye esta frase del fantasma es una proposición, proposición que si bien no puede designarse en términos de verdadero o falso no deja de tener efectos sobre el sujeto. No podemos</p>
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<p>dejar de recordar ahora la importancia de la producción de efectos cuando hablamos de la metáfora. Si esta proposición tiene efecto, señala Lacan, es por sostenerse en un sujeto dividido por el goce, tal como Freud lo analiza. Un sujeto divido por el goce indica aquí a un ser nacido del plus de goce como resultado del empleo del lenguaje. El empleo del lenguaje hace del ser humano, en realidad, un empleado del mismo, este empleo tiene como efecto que del goce no obtengamos más que su plus, el resto permanecerá como goce imposible, prohibido. Sostener, al mismo tiempo, que la verdad es inseparable de los efectos del lenguaje implicará necesariamente concebir una ‘verdad afectada’, una verdad podríamos decir tocada. Es en esta medida que Lacan puede decir que la verdad es hermana del goce prohibido, es como hermana de este goce que se puede decir de ella que es “no toda”. Si una estructura lógica, ‘pegan a un niño’, puede vincularse con el plus de goce, se pregunta entonces; por qué no plantear a qué goce responden las conquistas que hacemos en la lógica.</p>
<p><strong>4. Con Ricoeur</strong></p>
<p>¿Qué verdad concierne al sujeto? ¿De qué forma es concernido el sujeto por esta verdad? Paul Ricoeur dedica dos capítulos a la cuestión del sujeto en <em>Hermenéutica y estructuralismo</em>, dos capítulos escritos de la mano con Heidegger y Freud para escudriñar esta relación entre verdad y sujeto.</p>
<p><strong>4.1. Crítica de las filosofías del sujeto</strong></p>
<p>Ricoeur arranca con el <em>cogito</em> de Descartes, lo primero que hace es poner en cuestión su supuesto ahistoricismo. El <em>cogito</em> no puede ser una verdad inmutable por encima de la historia, tiene sus antecedentes en Sócrates o en el <em>cogito</em> agustiniano y se continúa con Kant, Fichte o la “egología” de Husserl. Por lo tanto Descartes deberá ser situado en esta serie, que no se reduce exclusivamente a estos pensadores, su cogito sería tal vez la cima más alta, pero sólo una de las cimas, que conforman la tradición reflexiva que pretende la afirmación de una verdad sin sujeto. En esta misma tradición podemos también situar, aunque desde otra posición, las tesis sostenidas por Searle. Lo que Ricoeur pondrá en tela de juicio, en nombre del psicoanálisis, será la pretensión de esta tradición de considerar la reflexión del sujeto sobre sí mismo como un acto que pueda ser original, fundamental o fundante.</p>
<p>¿Por qué de la reflexión, del sujeto sobre sí mismo, no puede surgir la certeza que Descartes creyó encontrar? Precisamente porque Freud socavó los efectos de sentido que conforman el campo de la conciencia, porque sacó a la luz el juego de fantasmas donde se oculta nuestro deseo. Nuestra conciencia se torna sospechosa, poco fiable para comprender el sueño, el síntoma, nuestros fantasmas, dicha inteligibilidad es inaccesible a la conciencia por la distorsión producida por la barrera de la represión. Una instancia, el inconsciente, produce unos efectos que llegan distorsionados, condensación y desplazamiento freudianos, a la conciencia, de ahí la necesidad de la interpretación para hacer inteligibles estos efectos.</p>
<p>La reflexión sobre sí mismo no podría conducir a ninguna certeza, porque esta reflexión estaría enturbiada por la barrera de la represión, necesitaría del filtro de la interpretación para aclarar las aguas y beber de una certeza no contaminada. Esta diferencia entre consciente e inconsciente le impone ya al cogito una primera rectificación. Esta primera rectificación anticipa, para Ricoeur, el divorcio entre el psicoanálisis y las filosofías del sujeto.</p>
<p><strong>4.2. Apodicticidad y adecuación</strong></p>
<p>Freud en su segunda tópica nos muestra que no solamente es inconsciente la parte más profunda del Yo, también su parte más elevada lo es. La explicación de la génesis del superyó freudiano es como una genealogía de la moral en la órbita de Nietzsche, el seguimiento de esta génesis haría cuestionable la idea de Rorty sobre la moral en Freud, pero no es este desarrollo el que ahora nos ocupa. Lo que ahora nos importa destacar es que para Ricoeur, este “inconsciente de arriba”, el superyó, no es menos irreductible a la constitución del <em>ego cogito</em> que el Ello. Ni la conciencia ni el yo son reducibles a esta autoconstitución del <em>ego cogito</em>. La conciencia intenta cuidar la casa; vigila,</p>
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<p>percibe, ordena y aprehende la realidad, mientras el yo se debate entre diferentes amos sin acertar nunca en su satisfacción, entre los mandatos superyoicos y las exigencias pulsionales el yo aparece siempre desorientado.</p>
<p>La primera rectificación del cogito no evita que tengamos que seguir utilizando los términos de conciencia y Yo a la hora de pensar el sujeto, estos términos acompañan al sujeto. La idea del inconsciente y sus efectos, no reemplaza al sujeto no lo elimina de nuestro ámbito de pensamiento, lo que produce es un desplazamiento de la problemática en la medida en que ni la conciencia ni el Yo estarán en la posición de principio u origen. En el lugar de la <em>reflexión del sujeto sobre sí mismo</em> estará la <em>Subversión del sujeto</em> (9), desde esta subversión habrá que pensar el cogito; ¿qué modificaciones sufrirá éste, al verse afectado por esta subversión, al postular esta subversión en el origen ocupando el espacio de la reflexión? ¿Cómo pasará esta prueba? El cogito que atraviese esta reformulación crítica ya no es el mismo que reivindicaba la filosofía en su “ingenuidad prefreudiana”, sentencia Ricoeur.</p>
<p>Esta ingenuidad se daba antes de Freud por la confusión de dos momentos: el de la apodicticidad (10) y el de la adecuación. De acuerdo con la apodicticidad el <em>pienso-soy</em> está <em>verdaderamente</em> implicado, no admite contradicción. Dudemos, nos dejemos llevar de la ilusión, nos invada el error o nos dejemos engañar por el genio maligno, es igual porque al pensar, somos, no podemos dejar de ser. Sin embargo esto que es incuestionable, <em>que soy</em>, esta apodicticidad del <em>pienso-soy</em> se confunde con el momento de la adecuación según el cual <em>soy tal</em> como me percibo. Lo que oculta la apodicticidad es la pregunta por el <em>qué soy</em>, por el <em>ser del soy</em>, ¿qué soy, yo que soy?, es lo que, tras haber pasado esta prueba, ahora ignoro. ¿Qué soy?, es entonces la pregunta que el <em>cogito</em> deja sin respuesta.</p>
<p><strong>4.3 Implicación positiva. La pulsión</strong></p>
<p>¿Se ha destronado al cogito de su reinado con estas críticas? se pregunta nuestro autor. No, no es suficiente con esta crítica abstracta para destronar al <em>cogito</em>, será necesaria una implicación positiva, un paso más que sólo una meditación sobre el psicoanálisis, a falta de un paso efectivo por el mismo hará posible. El enraizamiento de la existencia subjetiva en el deseo permitirá pensar esta implicación positiva superando la tarea negativa de la de-construcción del falso <em>cogito</em>. Una verdadera reformulación tiene que situar en el origen la anterioridad del deseo, su arcaísmo, su subversión y sus consecuencias.</p>
<p>Esto quiere decir que antes de que el sujeto se piense consciente y voluntariamente, antes de su autoreflexión, ya existía en el ser en el nivel pulsional. El registro pulsional es anterior a la toma de conciencia, la pulsión es anterior a la volición, lo que implicaría la prioridad del ser pulsional sobre el <em>pensar reflexivo</em>. Concluye, entonces Ricoeur, que el acto puro del <em>cogito</em> no es más que una verdad abstracta y vacía, tan vana como invencible. <em>Pienso-soy</em>, es también un <em>hecho</em>, un hecho indudable, salvo que es <em>superfluo</em> sino añadimos <em>qué soy</em>. Inconsciente, deseo y pulsión se perfilan como términos imprescindibles para cualquier reflexión sobre la verdad que no pretenda verse reducida a lo superfluo.</p>
<p><strong>5. Con Wittgenstein</strong></p>
<p>Debo esta lectura de Wittgenstein al magnífico libro de Cyril Barrett <em>Ética y creencia religiosa en Wittgenstein (</em>11). Vimos con Lacan que fue Wittgenstein quien formuló que lo único verdadero sería una proposición compuesta de modo que comprendiese la totalidad de los hechos que constituyen el mundo. Wittgenstein intenta encontrar un concepto general de proposición que dé cuenta tanto de las proposiciones elementales como de las complejas.</p>
<p><strong>5.1. La solución simple</strong></p>
<p>La solución encontrada por Wittgenstein está recogida en su <em>Diario filosófico 1914-1916</em>; “¡El concepto general de proposición conlleva también un concepto muy general de la coordinación de</p>
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<p>proposición y estado de las cosas: la solución de todas mis cuestiones ha de ser <em>extremadamente</em> simple!.. En la proposición es compuesto un mundo a modo de prueba.” (12) Para un observador sin prejuicios, dirá, está claro que una proposición es una representación lógica; recuerda, en esta misma anotación del 29.9.14, como en una de las salas de los juzgados de París se representan los accidentes automovilísticos con muñecos para reproducir la situación, esto debería haberle revelado la esencia de la verdad si no estuviera ciego.</p>
<p>Explica a continuación como funcionan los escritos jeroglíficos, en los que cada palabra representa su referencia. Da como ejemplo dos figuras que al parecer están haciendo esgrima, una a la derecha el hombre A y otra a la izquierda el hombre B, el todo podría decir por ejemplo, “A combate con B”, la proposición así representada puede ser verdadera o falsa, pero tiene sentido con independencia de su verdad o falsedad. Entonces; podemos afirmar que A y B están haciendo esgrima, esta afirmación puede ser verdadera o falsa –pueden estar haciendo otra cosa- pero también pueden estar haciendo esgrima, sea verdadero o falso lo representado por la imagen, ésta tiene lo que Wittgenstein llama sentido y este sentido es independiente de la verdad o falsedad, es la posibilidad de la verdad o falsedad y por último está la seguridad de Wittgenstein de que esta analogía puede determinar cuanto es esencial para la naturaleza de la proposición. Estas reflexiones de la anotación del 29.9.14 constituyen, para Barrett, los ingredientes esenciales de la teoría figurativa del lenguaje.</p>
<p>Sobre el sentido volverá después en el <em>Tractatus Logicus-Philosophicus</em> (13) (en adelante TLP) cuando afirma que “la proposición es una figura de la realidad, pues yo conozco el estado de cosas que representa si yo entiendo el sentido de la proposición. Y yo entiendo la proposición sin que me haya sido explicado su sentido” (TLP 4.021). Presupone por tanto que sabemos lo que es una representación, la representación no requiere ser explicada, comprendemos la proposición sin necesidad de que su sentido sea explicado, pero, y esto es lo destacable, tiene que tener un sentido. Esta es la razón de que no necesitemos proposiciones explicadas (al menos en los lenguajes que conocemos) ya que: “La proposición <em>muestra</em> su sentido. La proposición, si es verdadera, <em>muestra</em> cómo están las cosas. Y dice las cosas están así” (TLP 4.022). Esta claro que una proposición muestra su sentido mostrando lo que pudiera ser una situación o estado de cosas real, pero Barrett pone en duda que la proposición diga (en el sentido de afirmar) que algo es. Y lo duda con el mismo Wittgenstein, “Cada proposición debe ya tener un sentido; la aseveración no puede dárselo, pues lo que asevera es el sentido mismo&#8230;” (TLP 4.064). Lo afirmado por tanto dice simplemente que el sentido de la proposición corresponde a como son las cosas, no dice cómo son.</p>
<p>Si la crítica al <em>cogito</em> dejó abierto el interrogante sobre el <em>qué soy</em>, la corrección de Barrett dejará abierta la pregunta por el <em>cómo son</em> las cosas que se corresponden con la proposición, la correspondencia no resuelve este interrogante.</p>
<p><strong>5.2 Las seudoproposiciones</strong></p>
<p>Decir y sentido imponen dos distinciones fundamentales; por un lado entre lo que puede decirse y lo que puede proferirse y por otro, entre proposiciones genuinas y proposiciones aparentes o seudoproposiciones. En ocasiones las proferencias adoptan la forma de una proposición, ‘el verde-vaca es más dulce que el cuadrado de la hipotenusa’, estas proferencias, aunque carentes de sentido, se dicen aunque no digan nada, nada se ha aseverado aunque las palabras hayan sido proferidas. El dicho esquizofrénico ilustraría esta tipo de proferencias, mientras que el decir paranoico muestra una proposición que tiene sentido más allá de su verdad o falsedad; ‘Juan me persigue’ es una proposición que <em>muestra</em> su sentido más allá de que Juan efectivamente me persiga.</p>
<p>Pero también existen para Wittgenstein las llamadas seudoproposiciones, que aparentemente dicen algo cuando de hecho no dicen nada, sea porque no pueden decir nada o sea porque no hay nada que decir. Parecen representar algo profundo cuando, en realidad, no representan nada y carecen de sentido al no poder ser aseveradas o negadas, por lo tanto no pueden ser dichas, son lo indecible. Para Barrett, igual para Lacan, Wittgenstein es preciso, demasiado preciso y restrictivo en lo que considera decible, es la “ferocidad psicótica” (14) que encarna su discurso en este punto: “La</p>
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<p>totalidad de las proposiciones verdaderas es la ciencia natural total (o la totalidad de las ciencias naturales)” (TLP 4.11). Estas proposiciones, que parecen profundas, pero no están sometidas al criterio de verdad o falsedad y carecen por tanto de sentido, no pueden ser dichas, son las proposiciones de las que se nutren la filosofía, la ética, la creencia religiosa o la estética.</p>
<p>Wittgenstein va a utilizar tres palabras distintas para describir estas proposiciones aparentes, usa tres términos: <em>bedeutungslos</em> (“sin significado”), <em>sinnlos</em> (“sin sentido”) y <em>unsinnig</em> (“sinsentido”). Las proposiciones aparentes podrían describirse por alguno de estos tres términos. Las proposiciones <em>bedeutungslos</em> no pueden ser consideradas propiamente seudoproposiciones.</p>
<p>Las sinnlos son tautologías y contradicciones no dicen nada; son <em>sinnlos</em>. No tienen condiciones de verdad, al no poder ser verdaderas o falsas. La proposición muestra aquello que dice; la tautología y la contradicción muestran que no dicen nada. La tautología no tiene condiciones de verdad, pues es incondicionalmente verdadera; y la contradicción, bajo ninguna condición es verdadera. La tautología y la contradicción carecen de sentido&#8230; (Yo no sé, por ejemplo, nada sobre el tiempo, cuando yo sé que llueve o no llueve)” (TLP 4.461). Por lo tanto no serán para Wittgenstein figuras de la realidad, no podrán representar el estado de las cosas.</p>
<p>También son <em>sinnlos</em> los principios <em>a priori</em> de la ciencia, por ejemplo, el principio según el cual cada evento tiene una causa no nos dice nada de los eventos o las causas, se puede traducir sin pérdida al simbolismo ‘si p entonces q’, representan la estructura formal de la realidad, pero un hecho y menos la totalidad de los hechos.</p>
<p>Las tautologías, las contradicciones y los principios a priori de la ciencia no son sin embargo <em>unsinnig</em>, “sinsentido”; pertenecen al simbolismo, del mismo que cero es parte del simbolismo de la aritmética.</p>
<p>¿Cuáles son entonces las proposiciones <em>unsinnig</em>? Serán las que corrresponden a la filosofía y a las expresiones valorativas. El final del <em>Tractatus</em> dicta la sentencia sobre la filosofía al decir que su método verdadero sería propiamente no decir nada, sino aquello que se puede decir, es decir las proposiciones de la ciencia natural. Este rigorismo conduciría inexorablemente a silenciar aquellas proposiciones aparentemente profundas de la ética, la religión, la estética, la filosofía o el psicoanálisis.</p>
<p><strong>5.3. Límites del lenguaje</strong></p>
<p>¿Qué sucede entonces con su propia obra, el <em>Tractatus Logico-Philosophicus</em>? Por ser filosófica no dice nada ni del mundo, ni de la lógica, ni del lenguaje, su método no es el correcto, él mismo admite que su obra es <em>unsinnig</em> “sinsentido”. Pero entonces se pregunta Barrett, con toda pertinencia, ¿por qué molestarse en escribirlo y dedicar entre 75 y 95 páginas (según la edición) a no decir nada? La respuesta de Wittgenstein en la penúltima entrada del libro es elegante aunque algo misteriosa: “Mis proposiciones son esclarecedoras de este modo; que quien me comprende acaba por reconocer que carecen de sentido, siempre que el que comprenda haya salido a través de ellas fuera de ellas. (Debe, pues, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido.) Debe superar estas proposiciones; entonces tiene la justa visión del mundo” (TLP 6.54).</p>
<p>Wittgenstein nos está diciendo en primer lugar que la filosofía muestra algo que es un “sinsentido”, que es tratar de decir lo que no se puede decir, traspasar los límites del lenguaje, al traspasar los límites del lenguaje no nos dice nada del mundo, de cómo son las cosas o de por qué las cosas son como son. Pero paradójicamente al mostrar el “sinsentido”, al mostrar que es un sinsentido intentar hablar de eso, la metafísica, la filosofía del lenguaje o la filosofía de la lógica manifiestan cómo habría que interpretar sus aparentes proposiciones, como indicadores, peldaños de una escalera que señalan una intuición de algo que no puede enunciarse. Muestran el tipo de andamiaje que se precisa para entender el mundo y decir algo de él. Esta es la idea Rorty sobre la filosofía y el lenguaje, en este punto es solidario de Wittgenstein, la intuición y la creación son indicadores de lo que no puede enunciarse.</p>
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<p>Las expresiones valorativas; ética, estética y creencia religiosa cumplirán para Wittgenstein la misma función, ya que una proposición genuina tiene un único valor, el de ser verdadera y no falsa. Decir ‘el perro está en el jardín’ o ‘el lunes se desplomó la Bolsa’, si son verdaderas tienen como proposición el mismo valor, enuncian un hecho que es la función de la proposición. Sin embargo las proposiciones de las expresiones valorativas no enuncian un hecho, expresan un valor añadido que por estar fuera de la posibilidad de ser verdadero o falso, se convierte en valor trascendental. De ahí que la ética no se pueda expresar, que sea trascendental, como dice en la entrada 6.421, y esto porque ha afirmado un poco antes (TLP 6.41) que; “El sentido del mundo debe quedar fuera del mundo. En el mundo todo es como es y sucede como sucede: en él no hay ningún valor, y aunque lo hubiese no tendría ningún valor&#8230;” Tenía razón Rorty, el <em>sentido</em> del mundo no puede estar en el mundo, en el mundo las cosas suceden como suceden y punto, y además como cualquier tipo de valor queda por fuera del mundo y no es un hecho entre otros, no puede ser representado figurativamente y por lo tanto no puede ser expresado en una proposición genuina. Por eso dice también de las expresiones valorativas que son “sinsentido” y en su intento por expresarse fuerzan los límites del lenguaje.</p>
<p>Este “sinsentido” que trata de ir más allá de los límites del lenguaje, no es el “sin sentido” que forma parte de la estructura formal, es el “sinsentido” de la filosofía y las expresiones de valor que para encontrar su expresión tienen que despojarse de la camisa de fuerza con la que el lenguaje nos somete. En un momento Wittgenstein piensa si no será un déficit no haber encontrado una forma de representar los valores, no haber sido capaces de encontrar una proposición que ajustándose al sentido de la representación expresase este tipo de valores. Pero las últimas palabras de su Conferencia sobre ética le sacan de dudas, ve claramente que estas expresiones carentes de sentido (sinsentido) no carecen de sentido porque no hayamos encontrado aún las expresiones correctas, sino que es su falta de sentido lo que constituye su esencia misma. “Porque lo único que yo pretendía con ellas era, precisamente, <em>ir más allá</em> del mundo, lo cual es lo mismo que ir más allá del lenguaje significativo. Mi único propósito&#8230; es arremeter contra los límites del lenguaje. Este arremeter contra las paredes de nuestra jaula es perfecta y absolutamente desesperanzado. La ética, en la medida en que pretende decir algo sobre el sentido último de la vida&#8230;, no puede ser una ciencia. Lo que dice la ética no añade nada, en ningún sentido, a nuestro conocimiento. Pero es un testimonio de una tendencia del espíritu humano que yo personalmente no puedo sino respetar profundamente y que por nada del mundo ridiculizaría.”(15)</p>
<p>Me he permitido esta cita, algo extensa, en primer lugar porque recoge el testimonio personal de Wittgenstein, pero además señala perfectamente un más acá y un más allá del lenguaje. La frontera queda establecida por la “proposición genuina” que controla el paso, vigila y decide los contornos del mundo y se desentiende de los osados que pretenden ir más allá. Pero admite que una tendencia del espíritu humano nos empuja a ir más lejos, a traspasar estas fronteras, a salir de la jaula del lenguaje, a encontrar la verdad en “otra escena”, a decir lo que no se puede decir y a expresar lo inexpresable; a encontrar precisamente en la falta de sentido, no entendido como déficit, el sentido.</p>
<p>La escalera de Wittgenstein como la metáfora de Davidson, muestran lo que no se ha dicho a través de lo que se dice, como el poema o la interpretación, son irrepetibles, tal vez por eso hay que tirarla después de haber subido, pues sus peldaños ya han hecho su trabajo.</p>
<p><strong>5.4. Más allá del lenguaje</strong></p>
<p>En el segundo capítulo que Lacan dedica a la verdad en <em>El reverso del psicoanálisis</em> se entrevé este más allá, haciendo más comprensible la desesperación de Wittgenstein al final de su <em>Conferencia sobre ética</em>. Lacan define aquí lo real por lo imposible y lo sitúa en la etapa donde el registro de una articulación simbólica se encuentra definido como imposible de demostrar. Esta articulación simbólica imposible de demostrar indica el agujero en el muro por donde vislumbrar lo real, no la verdad, pues precisamente ésta se interpone entre nosotros y lo real. Por eso, si algo debe inspirarnos la verdad no es ciertamente amor, como pensaba Freud al decir que la relación analítica debía fundarse en el amor a la verdad. Lacan corrige al Freud del amor a la verdad con el Freud de la repetición; será el carácter radical de la repetición en su insistencia lo que definirá la realidad psíquica del ser inscrito en</p>
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<p>el lenguaje, este es el rostro de la verdad. Es a través de la repetición que podemos experimentar algo de la verdad. Esta experiencia, es una experiencia con el lenguaje y su franqueamiento, con la travesía por sus límites.</p>
<p>Para unos es suficiente con decir lo que saben, para otros es siempre necesario decir algo más.</p>
<p><strong>6. Con Gracián y Russell</strong></p>
<p>Enfrentar los riesgos de la verdad, hacer esta experiencia, ¿es algo que todo sujeto anhela, como pensaba Searle? ¿Es seguro que todos queramos habitar en su reino? En un capítulo de El Criticón, el llamado “La verdad de parto”, Critilo y Andrenio se acercan a una ciudad en que la verdad está de parto y de la que todos huyen:</p>
<p>“&#8230; Estos sin duda vienen huyendo del reino de la verdad, donde nosotros vamos.- No le llames reino, replicó uno de los tránsfugas, sino plaga, y con razón, pues así lastima, y más hoy que tiene alborotado el mundo, solicitándose la ojeriza universal. &#8230; ¿No sabéis que la verdad va de parto estos días?_ ,Cómo de parto. &#8211; Sí, aun con la barriga a la boca, reventando por reventar.- ¿Pues que importa que para?, replicó Critilo; ¿por eso se inquieta el mundo? Haced que para en buena hora, y el cielo que la alumbre.- ¿Cómo que qué importa?, levanto la voz el cortesano; que linda flema la vuestra, mucha alemania gustáis: si ahora con una verdad sola no hay quien viva, ni hay hombre que la pueda tolerar, ¿qué será si da en parir otras verdades?&#8230;. con una verdad que le digan a un hombre tiene para toda la vida, ¿qué será con tantas?&#8230;Pasaron un tanto a los sabios: éstos sí decían, que toda su vida hacen estudio de averiguarla: mas ellos tan presto como la conocieron, la arrimaron diciendo: que tenían harto con la teórica, que sólo la querían en especulación y no en ejecución” (16).</p>
<p>Y termina Gracián advirtiéndonos “que la verdad en la boca es muy dulce, pero en el oído es muy amarga; para dicha no hay cosa más gustosa; pero para oída no hay cosa más desabrida”.</p>
<p>“Con todo, hay una voz interior -dotada de una autoridad absoluta que no menguan las palabras vanas- que nos impulsa a seguir la Verdad aunque nos destruya, aunque arruine la vida de los que amamos, aunque marchite las flores de la alegría y agoste con su aliento reseco la amable primavera de la felicidad” (17). Quien da réplica así a la huida es Bertrand Russell.</p>
<p>Como el pintor que al realizar un retrato imagina color, sombras y luces, figura y fondo, ánimo en la expresión, mirada; el pensador busca entre las proposiciones, el sentido, el lenguaje y sus tropiezos, el sujeto y su certeza, las proporciones que darán rostro a la verdad. Así cada uno contemplará el cuadro con tranquilidad y confianza, desesperación o temor, arrojo y valentía o simplemente con estudiada indiferencia.</p>
<p>Notas</p>
<ol>
<li>R.Rorty,Contingencia,ironíaysolidaridad,Paidós,Barcelona,1991,p.32.</li>
<li>Ibid.,p.38.</li>
<li>Ibid.,p.40.</li>
<li>Ibid.,p.43.</li>
<li>Ver “Introducción teorética sobre la verdad y la mentira en el sentido extramoral”. F. Nietzsche, El libro del filósofo, Taurus, Madrid, 1974.</li>
<li>J.R.Searle,Laconstruccióndelarealidadsocial,Paidós,Barcelona,1997.</li>
<li>J.Lacan,SeminarioXVII:Elreversodelpsicoanálisis,Paidós,Barcelona,1992.</li>
<li>TextodeS.FreudpublicadoenelTomoVIIdesusObrasCompletasenlaedicióndeBibliotecaNueva,Madrid,
<p>1974.</li>
<li>“Subversióndelsujetoydialécticadeldeseoenelinconscientefreudiano”,formapartedelconjuntodeescritos
<p>publicados bajo el nombre Escritos I, en la edición de Siglo Veintiuno, Madrid, 1980.</li>
<li>Sentencia o proposición necesarias que no admiten contradicción.</li>
<li>C. Barrett, Ética y creencia religiosa en Wittgenstein, Alianza Universidad, Madrid, 1994.</li>
<li>L. Wittgenstein, Diario filosófico (1914-1916), Planeta-De Agostini, México, 1986, p. 19 y siguientes.</li>
<li>L. Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus, Alianza Universidad, Madrid, 1973.</li>
<li>Jacques Lacan, Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis, op.cit., p. 65.</li>
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<div class="page" title="Page 15">
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<ol start="15">
<li>L. Wittgenstein, Conferencia sobre ética, Paidós, Barcelona, 1989, p. 43.</li>
<li>B. Gracián, El Criticón, Espasa-Calpe, Madrid, 1980, p. 291</li>
<li>B. Russell, El credo del hombre libre y otros ensayos, Cátedra, Madrid, 1996, p. 40</li>
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		<title>Locura, institución y norma</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/locura-institucion-y-norma/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Javier Garmendia]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:29:06 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>La apuesta de Lacan sobre el tratamiento posible de la psicosis ha tenido como resultado que muchos pacientes encontraran un lugar para su tratamiento. No me cabe duda que la decisión de muchos analistas de continuar con esta apuesta ha hecho que muchos sujetos encuentren una solución digna para su psicosis. La locura necesita de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="page" title="Page 1">
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<p>La apuesta de Lacan sobre el tratamiento posible de la psicosis ha tenido como resultado que muchos pacientes encontraran un lugar para su tratamiento. No me cabe duda que la decisión de muchos analistas de continuar con esta apuesta ha hecho que muchos sujetos encuentren una solución digna para su psicosis. La locura necesita de una institución, investigar sobre ésta es un esfuerzo que hay mantener permanentemente. Durante años de trabajo en instituciones uno de los problemas importantes con los que nos hemos confrontado es la articulación de la norma en la institución. Por esta razón en el presente artículo propongo algunas reflexiones sobre la locura, la institución y la norma.</p>
<p><strong>1. La institución de la locura</strong></p>
<p>Clásicamente pueden distinguirse dos formas distintas de entender la locura: una conciencia trágica, cuyo mejor exponente sería el Bosco, en la que la locura se connota de misterio, revelación de una verdad oculta o destino del mundo, y una conciencia crítica, que con Erasmo y arrastrando la tradición humanista, atrapa la locura en el universo del discurso; constituyendo una relación sutil del hombre consigo mismo, la locura se convierte en una forma relativa de la razón.</p>
<p>Erasmo concibe esta relación sutil, en su Elogio de la locura, situando la irracionalidad en el fundamento mismo de las cosas, ninguna sociedad ni relación humana sería placentera o soportable si no se untara con “la miel de la locura”1. Escribe este elogio en casa de su amigo Moro, cuando una enfermedad le retiene en la cama, lo escribe para divertirse, para ocupar el tiempo de ocio, no tiene intención de publicarlo y lo comparte con sus amigos para que la risa fuera más “jocunda”.</p>
<p>La conciencia crítica comienza su andadura con jocosidad, la irracionalidad es esa pizca de gracia que hace soportable la convivencia y la tolerancia. Pero con Descartes y Galileo la razón se va a constituir en la vía regia de acceso a la verdad, perderá la locura su halo de misterio y revelación y no será ya la compañera que nos haga más agradables nuestras relaciones. Para ello Descartes elimina las pasiones que lo agitan y comienza Meditación primera, si bien admite que los sentidos pueden engañarnos, hay muchas otras cosas, sin embargo, de las que no puede razonablemente dudarse: “¿&#8230; cómo negar que estas manos y este cuerpo sean míos, a no ser que me empareje a algunos insensatos, cuyo cerebro está tan turbio y ofuscado por los negros vapores de la bilis, que afirman de continuo ser reyes, siendo muy pobres&#8230; , o se imaginan que son cacharros o que tienen el cuerpo de vidrio? Más los tales son locos; y no menos extravagante fuera yo si me rigiera por sus ejemplos”2.</p>
<p>No sin ironía, Descartes hace desaparecer el peligro de la locura del campo de la razón, la relación sutil se transforma en relación de exclusión. La locura será precisamente condición de imposibilidad para el ejercicio del pensamiento, el límite que encuentra la duda cartesiana después de haber atravesado por el sueño y la ilusión. Mi propósito, escribirá Galileo, es establecer una ciencia muy nueva que trata de un tema muy antiguo. El tema será el movimiento y la nueva ciencia se definirá por la objetividad frente al hecho y la necesidad de ratificar o rectificar lo observado mediante la experimentación. En este nuevo marco la Naturaleza dejará de ser considerada desde el punto de vista del Ser y en ese instante lo ilógico, al ser calificado de irreal, se rechaza como elemento de conocimiento, mientras lo matemático, guardián de lo cierto y verdadero, las ideas claras, serán lo verdaderamente real3.</p>
<p>El loco al no responder ya a los dictados de la razón, toma su verdadero rango de enfermo y pierde toda connotación trágica. El continuo natural se extiende al hombre, que emerge de él en virtud de su capacidad racional. Lo psíquico se integra a la historia natural. Pero la locura, como agente extraño, altera la naturaleza humana en su esencia. Para estudiarla será necesario objetivarla y sólo se podrá realizar este estudio asimilando la locura a una res-extensa, ya que la enfermedad es algo adquirido y pertenece al afuera, la alteración es “cosa extraña”. La alienación, la situación en que el hombre está fuera de su condición natural, será la contrapartida deficitaria del normal funcionamiento mental.</p>
<p>Así Pinel, al escribir su Tratado, asegura que toda discusión metafísica sobre la naturaleza de la manía ha sido descartada. Se abre así la historia de la alienación mental subsumida en el orden de las ciencias físicas. El prototipo de hombre ilustrado y ciudadano respetable, cuyo ideal aspira a la</p>
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<p>felicidad por una equilibrada ponderación entre Razón y Pasión, será el fondo sobre el que se recorte el aislamiento de la locura. Este afán de Bienestar irá reemplazando el deseo de ilustración filosófico para traducirse en el logro de una cobertura de los riesgos imprevistos. Del ideal de felicidad el hombre transita al de progreso y seguridad.</p>
<p>¿Qué esfuerzo de olvido ha realizado la historia del pensamiento para sostener a la locura en esta res-extensa? ¿Cómo olvidar, en palabras de Lacan4, que la locura es precisamente un fenómeno de pensamiento; que el problema de la locura no es separable del problema de la significación para el ser en general, es decir, del lenguaje para el hombre; que lejos de ser la locura el hecho contingente de las fragilidades de su organismo es la permanente virtualidad de una falla abierta en su esencia? La ciencia, al desconocer que el problema de la locura no es separable del problema de la significación para el ser, se ha empeñado en mantener a la locura en esta res-extensa, estableciendo multitud de tipologías y clasificaciones que varían según el lugar en el que el observador se sitúe, según cuál sea su preocupación y la idea de norma en que se orienta. Tenemos un ejemplo en la clasificación de Pi y Molist5, que en el siglo pasado, dividía a los enfermos en cinco grandes grupos: 1. Tranquilos, sosegados y quietos. 2. Agitados, exaltados o turbulentos. 3. Clinequesas por “pudridores, meones y sucios”. 4. Furiosos, vocingleros o alborotadores. 5. Impúdicos, suicidas y homicidas. Las sucesivas ediciones del DSM no han hecho otra cosa que ir afinando este tipo de clasificaciones ajustándolas a nuestros tiempos.</p>
<p>Ahora, no ser cómplice de lo que se denuncia, exige del psicoanálisis un compromiso respecto de la locura. Freud abrió el camino al tomar el delirio del Presidente Schreber como un intento de restitución del propio sujeto, como un trabajo de la psicosis, y nos hizo tomar distancia de las teorías que sostienen que la reducción del mismo es siempre síntoma de mejoría, de acercamiento a la normalidad. Este compromiso, no siempre asumido por los psicoanalistas, tuvo que esperar a Lacan, a su apuesta bajo la forma del imperativo: las psicosis es eso ante lo cual ningún analista debe retroceder, en ningún caso.</p>
<p>Para que el psicoanálisis no sea cómplice de aquello que denuncia, ha de tener una política respecto a la locura. Es un compromiso que conlleva el cambio de dispositivo previsto para la neurosis y la gestación de nuevos modelos institucionales cuyo modo de funcionamiento posibilite la escucha de la psicosis y su posible tratamiento. Esto nos hizo plantear en Sevilla en la II Jornadas de Campo Freudiano en Andalucía en 1988 la necesidad de que los psicoanalistas crearan sus propias instituciones. Instituciones que permitieran transformar la demanda de internamiento en demanda de tratamiento, que no admitieran la psicosis como déficit, que no hicieran una política de salud mental sino que tuvieran una política sobre la enfermedad mental, pues como nos advertía Lacan6 “si la salud se vuelve objeto de una organización mundial, se tratará de saber en que medida es productiva. ¿Qué podrá oponer el médico a los imperativos que lo convertirán en el empleado de esa empresa universal de la productividad?.” Asumir este compromiso nos llevó ese mismo año a crear nuestra propia institución. Junto con un grupo de colegas del Campo Freudiano creamos el Hospital de Día Madrid7, con la idea de generar un espacio para el tratamiento posible de la psicosis orientado por la enseñanza de Jacques Lacan. Una institución que pudiera invalidar las palabras de Artaud; sobre estos hombres, deben reconocerlo, no tienen otra superioridad que la fuerza.</p>
<p><strong>2. Institución: verdad y norma</strong></p>
<p>En el momento de las revueltas estudiantiles en Francia, que todos conocemos como mayo del 68, los docentes están sorprendidos, sin llegar a saber “qué mosca les ha picado a sus queridos estudiantes”, Lacan quiere encontrar los motivos y hacerlo entender y añade algo revelador: “quisiera que en el mismo momento en que digo que podría hacerlo, entendieran lo siguiente, que, en la medida que llegara a hacerlo, que consiguiera hacerles entender algo, estén seguros de que les habría metido el dedo en el ojo. Ya que, en suma, eso se reduce a esto”8. Y es que Lacan no se engaña en lo referente al discurso universitario; es un discurso del amo pervertido, cuya verdad adormece. Contrapone esta verdad que adormece, que queramos o no adoctrina porque forma parte de un conjunto de saberes que nos esperan para llegar a ser lo que deberemos ser, a otra verdad que no induce al sueño y que no podemos enfrentar con indiferencia. Para ello recurre a uno de nuestros clásicos, Gracián. En un capítulo de “El Criticón”, el llamado “la verdad de parto”, nos encontramos que la verdad está de parto en una ciudad a la que se acercan Critilo y Andrenio y de la que todos huyen. Podemos detenernos en algunos párrafos.</p>
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<p>“&#8230; Estos sin duda vienen huyendo del reino de la verdad, donde nosotros vamos.- No le llames reino, replicó uno de los tránsfugas, sino plaga,&#8230; ¿No sabéis que la verdad va de parto estos días? ¿Pues que importa que para?, replicó Critilo; ¿Cómo que qué importa?, levantó la voz el cortesano; si ahora con una verdad sola no hay quien viva, ni hay hombre que la pueda tolerar, ¿qué será si da en parir otras verdades?&#8230;. con una verdad que le digan a un hombre tiene para toda la vida, ¿qué será con tantas?”. Y termina Gracián advirtiéndonos “que la verdad en la boca es muy dulce, pero en el oído es muy amarga; para dicha no hay cosa más gustosa; pero para oída no hay cosa más desabrida”9. “Con todo, hay una voz interior -dotada de una autoridad absoluta que no menguan las palabras vanas- que nos impulsa a seguir la Verdad aunque nos destruya, aunque arruine la vida de los que amamos, aunque marchite las flores de la alegría y agoste con su aliento reseco la amable primavera de la felicidad”10. Quien da réplica así a la huida es Bertrand Russell. Se la esquive o se la siga se trata de una verdad que tiene consecuencias para el sujeto, no es la verdad del sabio, no es un saber hacer en el mundo, ni con el mundo. ¿Pero esta verdad de la que nos hablan Gracián y B. Russell se puede transmitir, puede una educación soportarse en esta verdad?</p>
<p>Admitamos una hipótesis: que el descubrimiento freudiano del inconsciente, de la sexualidad infantil y de la pulsión de muerte, pertenece al registro de esta verdad, de la que huimos con Gracián o seguimos con B. Russell. Admitida esta hipótesis, veamos que sucede si basándonos en la misma intentamos concebir y penar en lazo social que soporta toda institución.</p>
<p>Si seguimos a Freud no podemos atribuir el carácter conflictivo de la existencia humana a ningún tipo de civilización. Freud insiste con fuerza y claridad en lo irreductible de este carácter conflictivo de la existencia. Esta insistencia freudiana, este carácter irreductible del conflicto ligado a la pulsión de muerte, es lo que se deja de escuchar, lo que hay que transformar inevitablemente para configurar el ideal normativo de las “disciplinas psíquicas”. Wilhelm Reich, Marcuse y Tzvetan Todorov son ejemplos, entre otros, de este tipo de aspiración normopática.</p>
<p>Para W. Reich, la restricción sexual es consecuencia de la estructura patriarcal de la sociedad, que encuentra su más rígida expresión en la sociedad burguesa capitalista. Un cambio de las estructuras sociales que suprimiera la familia de tipo patriarcal haría posible, a su entender, la abolición de la coartación social y la liberación de la sexualidad, vale decir, el despliegue de la plena capacidad sexual del individuo que es condición de toda felicidad. W. Reich vuelca sus esperanzas en la socialización de tipo colectivista que al sustraer al niño de la estructura familiar triangular, le permita de este modo escapar a la fijación sexual y autoritaria de los padres, generadora de la represión.</p>
<p>H. Marcuse, por su lado, afirma su fe en una nueva forma de civilización venidera que sería “libidinosa no represiva”. Asimila esta liberación de la sexualidad a la del principio del placer respecto del principio de realidad. La libido, cuyo sojuzgamiento dejaría de ser necesario, sexualizaría el conjunto de las relaciones sociales; el trabajo se transformaría en un juego erótico, asistiríamos así al renacimiento de la sexualidad polimorfa pregenital y a la declinación de la supremacía genital. Esta civilización se edificaría en torno a la “sublimación no represiva”. A través de su rebelión contra la primacía genital, Marcuse apunta a una civilización, a un orden humano más acá del complejo de Edipo y de la prohibición del incesto.</p>
<p>Todorov11, siguiendo esta oposición naturaleza-sociedad, parte de la distinción que hiciera Rousseau entre “amor por sí mismo” y “amor propio”, para formular una incompletud original determinada por lo social. ¿Pero cuál es la respuesta a la incompletud?. En un capítulo de resonancias freudianas, “Más allá de la pulsión de muerte”, admite que no podemos pensar la estructura psíquica sin Freud, revisa la teoría pulsional freudiana, pero para unirse a Eric Fromm en la conclusión de que la pulsión de muerte tiene que ver con la psicopatología y no como lo suponía Freud con los fenómenos biológicos normales. No se niega la existencia de dicha pulsión, pero se la relega al rincón de lo patológico. La dualidad pulsional freudiana se transforma en Todorov en una trilogía pulsional compuesta de ser, vivir y existir. La pulsión de ser, la compartimos con toda la materia; la pulsión de vivir es común a todos los seres vivos y la pulsión de existir es la específicamente humana. Lo que es aquí destacable es la pulsión de existir, las otras dos, como meras comparsas, tendrán apariciones contingentes, evocando algunos de nuestros raros sentimientos, pero no darán cuenta nunca de lo específicamente humano. Artificio pulsional que nos obliga a admitir que el sujeto sólo comienza a existir por la mirada del otro. Serán, entonces, las diferentes formas de reconocimiento las que permitirán una coexistencia donde la incompletud, si no reducida, sea perfectamente soportable.</p>
<p>Encontramos un común denominador en las “disciplinas psíquicas con aspiración normopática”; reelaboración de los conceptos freudianos en torno a la sexualidad y la pulsión de muerte que haga</p>
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<p>posible aventurar un espacio social más confortable. Reelaboración necesaria, pues efectivamente, la sexualidad, la pulsión de muerte y el inconsciente no son susceptibles de normalización. El intento de normativización de los conceptos analíticos conduce siempre a una reducción presentable de los mismos.</p>
<p>¿Por qué se ve obligado Todorov a recurrir al modelo pulsional freudiano para explicarnos la posibilidad de la vida en común cuando, en realidad para su demostración, podría prescindir perfectamente de dicho modelo? A la pulsión de existir la puede nombrar de cualquier otra manera, sin que por ello el edificio por él construido se tambalee lo más mínimo. Su trilogía pulsional no proviene en absoluto de la teoría de Freud, utiliza la teoría freudiana para mantenerse en los bordes de la estructura psíquica en su abordaje del origen del individuo. Consigue de esta manera, su teoría, pasar a formar parte de las disciplinas psíquicas que tienen ahora como misión pensar la naturaleza humana, desplazando a otras formas de pensamiento.</p>
<p>Este desplazamiento no ha sido sin consecuencias, las disciplinas psíquicas han ido reduciendo la naturaleza humana al control psíquico y psicopatológico del individuo. Es suficiente con valorar el papel que la inteligencia ocupa en al actualidad. Esta tan admirada inteligencia, salida de las entrañas de la psicología contemporánea, extiende su influencia ilimitada en diversidad de áreas; verbal, manipulativa, expresiva, emocional a la que se ven sometidos, en su versión test, sin consentimiento y sin pudor la gran mayoría de los individuos. ¿Cómo no nos sorprendemos y por qué razón admitimos semejante violación de nuestra intimidad? Pero es que la inteligencia alivia hasta de la locura y es muy frecuente escuchar por igual a padres y profesores cuando consultan por un caso de neurosis o psicosis, lo incomprensible del asunto tratándose de un ser tan inteligente. Debe ser la locura de las pocas cosas que se le escapan a la sacrosanta inteligencia.</p>
<p>La institución analítica deberá mostrar su diferencia con estas disciplinas, que pretendiendo hacer de la verdad norma, consignan un modelo de normopatía del que el sujeto queda siempre excluido. La institución analítica podrá marcar siempre una pequeña salida, una rendija por la que escapar del Ideal.</p>
<p><strong>3. Institución: ideal y goce</strong></p>
<p>Encumbrar el ideal supone desentenderse del goce, pero al prescindir de él, el significante queda limitado a sus aspectos más normativos. A través de este significante empobrecido se intentará regularlo cuando no negarlo radicalmente, sin fijarse, como hará Lacan12, en que la clave está en el cuestionamiento de todo lo que se refiere al goce.</p>
<p>La ausencia de este cuestionamiento se puede observar en algunas construcciones significantes llevadas a cabo por ensayistas con “buena intención” que intentan pensar la relación del sujeto con nuestra época.<br />
Alain Touraine13 sostiene que la modernidad no tiene una sola cara, sino dos, vueltas la una hacia la otra cuyo diálogo constituye la propia modernidad: la racionalización y la subjetivación. Todo el peso ha recaído sobre la primera y ahora toca por tanto lo que llama “la vuelta del sujeto”. El pensamiento de la modernidad sólo podrá constituirse en torno a la idea del sujeto, a condición de destruir al mismo tiempo todos los ídolos que los poderes establecidos hacen adorar.</p>
<p>Observamos en este planteamiento un abordaje del sujeto, hecho exclusivamente desde el lado del significante empobrecido, dando como resultado un espejismo simbólico que consiste en la idea de que romper con la esclavitud del ideal conduce inexorablemente a la producción de un sujeto libre. Esto le permite sostener a Alain Touraine que el rechazo de una imagen artificial de la vida social, no hecho en nombre de principios trascendentales &#8211; Dios, la razón o la historia- sino en nombre de la libre producción de sí, afirma al sujeto y sus derechos en un mundo en que el ser humano es transformado en objeto.</p>
<p>Para Lipovesky14 sin embargo la muerte de Dios, la muerte de las ideologías, ha producido un vacío de sentido. Este hundimiento de los ideales no ha llevado como cabía esperar, a una angustia, al absurdo o al pesimismo, sino a la indiferencia y la apatía. La imagen que viene a este lugar es la de Narciso, individuo puro, en busca de sí mismo, y obsesionado solamente por sí mismo, alejado de la res pública está predispuesto a hundirse en cualquier momento. Hoy Narciso es, a los ojos de un importante número de investigadores, el símbolo de nuestro tiempo. Lo que es para Alain Touraine la libre producción de sí, es en Lipovesky la imagen de Narciso en su más pura indiferencia y apatía. Efectivamente la caída de los ideales no ha hecho al sujeto más libre, bien al contrario esta</p>
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<p>desposesión sin franqueamiento de la identificación arrastra al sujeto por la vertiente del goce más autista.<br />
La experiencia freudiana, según el norteamericano Rorty, nos ha ayudado a concebirnos como agregados descentrados y aleatorios de necesidades contingentes en vez de como ejemplificaciones más o menos adecuadas de una esencia humana común, abriéndonos nuevas posibilidades a la vida estética, la vida de una interminable curiosidad, la vida que pretende extender sus límites en vez de encontrar su centro. Saludaría Rorty , en el lugar ocupado por Narciso, una cultura dominada por “el esteta rico, el directivo y el terapeuta, no necesariamente como la meta última del progreso humano, pero al menos como una considerable mejora sobre las culturas dominadas, por ejemplo, por el guerrero o el sacerdote”15.</p>
<p>Desconocer la clave de lo que se refiere al goce genera un sujeto que bajo la forma de producción de sí, imagen de Narciso o agregado descentrado sugiere una idea de autonomía que velando la división subjetiva, no resuelve, como nos dirá Lacan, el problema de la relación actual de cada hombre con su propio deseo, entendido como la articulación propia de lo que nos hace arraigarnos en un destino particular, lo singular y propio de cada sujeto y cuya vía debe encontrarse en el texto inconsciente. Esta falsa idea de autonomía ha estado y sigue estando en el frontispicio de muchas instituciones como su horizonte: “todos autónomos” encubre ese destino particular, que al transformar la idea en Ideal, paradójicamente conduce al sujeto de la autonomía a la normopatía.</p>
<p>Pero el paradigma de lo que supone la exclusión de lo relativo al goce y el consiguiente efecto de normatividad lo encontramos en el Premio Nobel Gary Becker16 cuando realiza su análisis económico de la institución familiar. Para ilustrarlo sirven un par de apuntes. Existen, para él, las mercancías que no pueden comprarse en el mercado pero que los hogares producen. Entre estas mercancías se encuentran tanto los hijos como el prestigio y estima sociales, la salud, el altruismo, la envidia y otros placeres de los sentidos. La división del trabajo según el sexo en las familias se explica porque las mujeres han venido dedicando voluntariamente mucho tiempo y esfuerzo a la crianza de sus hijos, porque desean que las elevadas inversiones biológicas llevadas a cabo en la procreación den su correspondiente fruto. Y no duda en afirmar que los padres se sienten más afectados en las sociedades modernas por la muerte de un hijo y generalmente están más interesados por su bienestar porque han comprometido mayores cantidades de tiempo, dinero y energía en su crianza y educación.</p>
<p>Este es el riesgo que se corre, como veremos más adelante, de situarnos del lado del para todos cuando queremos reflexionar sobre las instituciones, sea ésta familiar, social o sanitaria. Si los hijos son una mercancía que el hogar produce, si la división del trabajo es un efecto de la elevada inversión biológica y si somos capaces de admitir que el dolor por la muerte de un hijo aumenta en proporción a la cantidad de tiempo y dinero invertidos, qué no admitiremos cuando las instituciones se vean sometidas al criterio universal de productividad y eficacia. Que los pacientes no formen parte de un balance dependerá de que la institución sepa separar y sostener la distancia entre el ideal y el goce, sabiendo que al dar la espalda a lo que se refiere al goce nos encontraremos de frente con el horror del ideal y la norma.</p>
<p><strong>4. Tratamiento de las reglas</strong></p>
<p>Cualquier institución de un lazo social está atravesada por el conflicto y la tensión entre las normas y su transgresión, desde el lazo mínimo entre dos personas hasta el grupo social o la comunidad, tal vez por esto Erasmo sugiriera introducir una pizca de locura en las relaciones, sin olvidarnos de la batalla que cada sujeto por su cuenta libra con el superyó. Entre lo que debería ser y lo que es, entre lo que esperamos y lo que obtenemos, entre los propósitos y los resultados queda siempre un resto en discordia, la cuentas no salen y el riesgo que se corre es quererlas cuadrar. Para cuadrar las cuentas es necesario “el contable”, y cada disciplina tiene el suyo. Es el encargado de ordenar el conflicto reduciéndolo a las categorías: conflictos morales y éticos, políticos y económicos, negociables o innegociables, culturales o nacionales, psíquicos o sociales. Estas categorizaciones ocultan su trampa, velan el hecho de que la representación misma del conflicto termina con la disolución del mismo, el conflicto es irrepresentable y como indica R. Espósito17 la exigencia de llevar los muchos al Uno, el conflicto al Orden, la realidad a la Idea desemboca siempre en la experiencia de su impracticabilidad factual, dando la impresión de que algo decisivo queda fuera del campo de acción.</p>
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<p>Y, efectivamente toda institución padece de esta exigencia, soporta de mejor o peor grado la presión del Uno, el Orden y la Idea, para algún tipo de institución es incluso su divisa; iglesia, ejército o partido político. Otras, entre las que deberíamos incluir nuestras instituciones, sin descartar esta presión tienen que ver cómo hacer, saber hacer para que los muchos en su radical singularidad, el conflicto y la realidad no queden reducidos por esta trinidad, que no dudo en llamar la “trinidad del sentido”. Apuntar a lo real en juego en la experiencia, que el paciente en la institución no quede envuelto y enredado por esta trinidad, supone saber manejarse con ella sin eludirla, recortar el campo de acción que debe ser excepcional para cada sujeto.</p>
<p>Cada institución tendrá que velar, estar alerta para dejar abierto este espacio, pues si admitimos con J. Culler18 que la fuerza de una teoría depende de las posibilidades de institucionalización –lo que significa que se hace políticamente efectiva mientras pueda informar de las prácticas con las que constituimos y transmitimos un mundo-, sus aspectos más radicales se pueden ver amenazados por la misma, salvaguardarlos surgirá precisamente de una reflexión teórica que se oponga a una institucionalización concreta de un discurso teórico. Transitar esta paradoja, la necesidad que tiene una teoría de instituirse y que en este movimiento lo instituido no lime y pula las aristas para ofrecer una piedra preciosa que deslumbra pero ciega; sostener los rincones de luz y sombra, las opacidades del claroscuro supone resistirse a esa “institucionalización concreta”. A la orientación a lo real que guía nuestra práctica no le puede corresponder un modelo concreto, sino un «saber hacer institucional» que al atravesar las exigencias y las paradojas deje siempre un resto que el contable no pueda integrar, resto en el que el paciente pueda apoyarse para hacer su propia experiencia, encontrar una particular solución a su sufrimiento.</p>
<p>Esta tensión entre lo singular del sujeto y el Ideal universalizante se pone de manifiesto en las diversas experiencias institucionales y, lo más importante, encontramos en cada una de ellas una expresión de este saber hacer. Es lo que nos trae Philippe Lacadée al transmitirnos la experiencia del hospital de día para adolescentes Demi-Lune19, cuando nos habla de esa instancia especial que es el Colegio de dirección, este Colegio es el lugar donde “no cesa de elaborarse este espacio vacío permitiendo autentificar la diferencia necesaria, para mantenerla siempre abierta y en dialéctica con ello, entre la institución constituida por el Otro y la institución constituyente que se elabora a partir de la invención de cada sujeto gracias al trabajo entre varios.” Desde otra perspectiva también lo plantean, en el “388”20, Centro de tratamiento psicoanalítico para jóvenes y adultos psicóticos de Quebec, cuando intentan aliar y articular los conceptos de gestión y deseo, conceptos aparentemente contradictorios; tomando el concepto de deseo de Jacques Lacan como metonimia de un falta (manque-à-être) sugieren que cuando esta falta es central en la concepción de una organización, puede tener un efecto estructurante particular y no ir contra el proceso clásico de gestión, sino que le agrega más bien algo que lo enriquece y le confiere su estilo original.</p>
<p>Algunas puntuaciones de Alfredo Zenoni21 captan nuestro interés al mostrarnos distintas polaridades de este conflicto. De un lado la motivación clínica de la institución no debe desconocer su función social irremplazable, por otro las diversas estructuras institucionales afrontan “cada vez” una misma dificultad: “la de conciliar las exigencias de una solución particular, la que cada sujeto utiliza para tratar el retorno invasivo de la pulsión en lo real, con las experiencias de cada uno de los otros”. Y destaca dos cuestiones, referentes a las reglas y a su tratamiento, que son de especial interés para nosotros. La primera señala una posible confusión entre decir no al goce del Otro y la supresión o prohibición de toda regla, decir no implica encarar la ley o la función paterna y no la supresión de toda regla. La segunda muestra el doble escollo que debe salvar la política del equipo: el de la regla por la regla y el de la regla terapéutica. La regla por la regla introduciría una forma de ferocidad del Otro, mientras la regla terapéutica es la regla sin aplicación. Quizás en Derrida22, si tomamos su ejemplo de la decisión de un juez, encontremos alguna sugerencia para reflexionar sobre este escollo. Plantea que para que la decisión de un juez sea justa, éste no debe “seguir” una regla de derecho o una ley general, debe “asumirla”, aprobarla, confirmar su valor por un acto de interpretación reinstaurador, como si la ley no existiera con anterioridad, como si el propio juez la inventara en cada caso. Esta interpretación hace que la decisión no consista exclusivamente en la conformidad, en la actividad conservadora y reproductora de una sentencia. Tiene en cuenta la ley y al mismo tiempo es capaz de suspenderla para interpretarla de nuevo. De este modo cada caso es siempre distinto, cada decisión es diferente y requiere de una interpretación absolutamente única que ninguna regla codificada puede garantizar.</p>
<p>Jacques-Alain Miller formaliza la diferencia entre la ley y la regla al hablar del padre lacaniano como</p>
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<p>el que dice sí, pero para añadir a continuación que por supuesto hace falta el no, no hay sí sin el no. El sí permite lo nuevo, es la cara amable del Nombre del Padre lacaniano que es transgresor, establece la ley pero también la transgrede; entonces, “en el fondo, el horror es el automatismo, el horror es cuando la regla funciona sola. La ley, intentemos decirlo así, no es la regla. La ley comporta la función de los que hacen la ley. Es de hecho lo que da a la ley, según la expresión de Lacan, su autonomía&#8230; La ley no es un algoritmo que funciona ciegamente&#8230; Si la ley del Otro funcionase ciegamente como el código no habría chiste&#8230; es la ley que tiene en cuenta el caso particular.”23</p>
<p>En De la naturaleza de los semblantes24 encontramos el contrapunto entre norma y excepción en las figuras de Kelsen y Schmitt. Kelsen25 comienza su Teoría pura del derecho advirtiendo que es una teoría del derecho positivo en general y no de un derecho particular, que no es una interpretación de tal o cual orden jurídico, que es una ciencia del derecho y no una teoría política, advertencias que le convierten en el promotor del normativismo jurídico, en el teórico del lado del para todos; su visión del derecho comporta una medida universal de los comportamientos individuales sin ningún contenido material. Esta concepción no se sustenta en ninguna organización social, el derecho equipara la diversidad de la existencia privada logrando una nueva configuración del orden mediante una técnica impersonal y neutra.</p>
<p>Por el contrario Carl Schmitt26 sería el teórico del lado izquierdo de la fórmula, del caso excepcional: existe al menos uno que no es como todos. El planteamiento normativista tiene para él dos errores fundamentales, no tiene en cuenta que para que sea posible el gobierno de la norma es necesario que exista una situación normal y pierde de vista la realidad que es cambiante, supone novedad y por tanto no se ajusta a la norma. Su concepto del derecho está determinado por un “orden concreto”, no se determina en primer lugar por normas pero tampoco por decisiones, ya que la decisión absoluta tiene su origen en una nada en lo que se refiere a la norma y en un desorden en lo que se refiere a la situación concreta. Sería la decisión la que fundara tanto la norma como el orden, pero para Schmitt no hay tal posibilidad, tanto la norma como la decisión quedan enmarcadas en su concepto de orden concreto. Entonces ni siquiera la decisión política soberana, que es para él la del caso de excepción, ¿quién decide en una situación de excepción, cuando ya no hay normas? puede prescindir del orden concreto. Cuando el soberano decide sobre el estado de excepción, su decisión no está orientada por un orden jurídico expresado en normas, sino por el orden concreto de la situación en que decide. El caso excepcional es la situación no prevista en el orden jurídico vigente, lo que no significa que no subsista en ella un orden.</p>
<p>Por tanto, como resalta Jacques-Alain Miller en el texto citado anteriormente, el punto de vista de Schmitt, marcado con un sello de sensatez, es que la excepción es mucho más interesante que la norma y que en ese algo inconmensurable, según las palabras del propio Schmitt, reside la llave del orden político27 y que sigue siendo pertinente su concepción que restablece en una teoría política con mayoría normativista el lugar del al menos uno, siempre que entendamos lo que significa ya que, cuanto más se apunte a la norma, más se pagará el precio del retorno del amo.</p>
<p>El psicoanálisis como reverso del discurso del amo tiene como deber dar lugar a esta excepción y las instituciones que se orienten en la enseñanza de Jacques Lacan tienen como exigencia su invención. La elaboración de un espacio vacío entre la institución constituida y la institución constituyente, dar un lugar central a la falta en la concepción de una organización o salvar el escollo de la regla por la regla y el de la regla terapéutica, son modos de reconocerse en la ley que comporta la función de los que hacen la ley. No agazaparse tras la abstracción universal de la norma, que al operar ciegamente, no puede tener otro resultado que la propia abstracción del sujeto: para todos lo mismo en cualquier momento y lugar.</p>
<p>Ahora bien, todos sabemos que efectivamente en una institución las reglas no pueden suprimirse, cierta reglamentación es siempre necesaria y al mismo tiempo con frecuencia lo reglamentado se vuelve en contra del que establece la reglas pues tiene que tratar continuamente con la excepción a la misma, es el “conflicto de las reglas”. En el Hospital de Día Madrid decidimos asumir este conflicto estableciendo un minimalismo de las reglas, una normativa mínima en lo referente a la agresión y respeto al resto de pacientes, que ellos mismos van modulando semanalmente en una asamblea, lugar en el que se expresa el límite entre las exigencias de cada uno y las de los otros. Por otro lado cada paciente elabora, él mismo, junto con algunos miembros del equipo un programa que incluye los días que asistirá al hospital, los horarios, las actividades, etc., es decir una serie de normas que deberá hacer suyas en un principio y son susceptibles de modificación en el transcurso del tratamiento. Es un intento, permanentemente renovado y cuestionado, de tratar con lo inevitable, es</p>
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<p>tomar a la regla misma como susceptible de tratamiento, tratar con lo que no podemos evitar.<br />
Pero hay otra insistencia de la normatividad que adquiere su forma a través de la demanda del Otro; sea la familia, el instituto, la empresa o las sociedades de seguros, pues esta demanda sí se recuesta en la trilogía del sentido, aspira al Uno, el Orden y la Idea, está ubicada en el lado del para todos y aquí la institución juega una de sus verdaderas partidas, pues igual que el psicoanálisis va a contracorriente de la tendencia del sujeto a identificarse con el Ideal, la institución tiene también que ir a contrapelo de esta tendencia de la demanda a la normatividad, hacer valer la ley que tiene en cuenta el caso particular. Es oponer, como lo hace Lacan y Eric Laurent28 nos trae a la memoria, la falsa universalidad de la regla a lo que hace ley para cada uno, es decir lo particular de la falla. Nuestras instituciones, cada una de ellas encontrando su saber hacer institucional, construirán el espacio, que sin dejar de admitir sus límites imprecisos, proteja a la ley de la regla, a lo real del sentido salvaguardando ese resto, que al contable molesta, pero que es el único sobre el que el sujeto puede encontrar su solución al sufrimiento.</p>
<p>Javier Garmendia</p>
<p><strong>Notas</strong></p>
<p>1. Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura, Sarpe, Madrid, 1984, p. 68.<br />
2. Descartes, Discurso del método / Meditaciones metafísicas, Espasa-Calpe, Madrid, 1970, p. 94. Este párrafo es rescatado por Jacques Lacan en su texto Acerca de la causalidad psíquica.<br />
3. Jorge J. Saurí, Historia de las ideas psiquiátricas, Ediciones Carlos Lohle, Buenos Aires, 1969.<br />
4. Jacques Lacan, «Acerca de la causalidad», Suplemento de Escritos, Argot, Barcelona, 1984.<br />
5. F. Alvarez-Uría, Miserables y Locos, Tusquets Editores, Barcelona, 1983.<br />
6. Jacques Lacan, «Psicoanálisis y medicina», Intervenciones y Textos, Ediciones Manantial, Buenos Aires, 1985. p. 98.<br />
7. En la actualidad formamos parte del Equipo del Hospital de Día Madrid Marisa Sancho, Marisa Múgica, Ricardo Guinea, Marisa Álvarez y yo mismo, miembros de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, junto a otros colegas psiquiatras y terapeutas ocupacionales.<br />
8. Jacques Lacan, Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis, Paidós, Barcelona, 1991, p. 178.<br />
9. Baltasar Gracián, El Criticón, Espasa-Calpe, Madrid, 1980, p. 291 y 296.<br />
10. B. Russell, El credo del hombre libre y otros ensayos, Ediciones Cátedra, Madrid, 1996, p. 40.<br />
11. T. Todorov, La vida en común, Taurus, Madrid, 1995.<br />
12. Jacques Lacan, Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis, op. cit., p. 191.<br />
13. A. Touraine, Crítica de la modernidad, Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1993.<br />
14. G. Lipovetsky, La era de vacío, Anagrama, Barcelona, 1986.<br />
15. R. Rorty, Ensayos sobre Heidegger y otros pensadores contemporáneos, Paidós, Barcelona, 1993, p. 225.<br />
16. G. Becker, Tratado sobre la familia, Alianza Editorial, Madrid, 1987.<br />
17. R. Esposito, Confines de lo político, Editorial Trotta, Madrid, 1996.<br />
18. J. Culler, Sobre la deconstrucción, Ediciones Cátedra, Madrid, 1992.<br />
19. P. Lacadée, «Demi-Lune: una versión de un trabajo entre varios. Una clínica de la orientación en un hospital de día para adolescentes», Freudiana no 36, Barcelona, 2002, p. 101.<br />
20. W. Apollon y otros, Tratar la psicosis, Polemos, Buenos Aires, 1997.<br />
21. A. Zenoni, «Orientación analítica en la institución psiquiátrica», Carretel no 5, Madrid 2003, p. 126 y siguientes.<br />
22. J. Derrida, Fuerza de ley, Editorial Tecnos, Madrid 1997.<br />
23. Jacques-Alain Miller, El Seminario de lectura del libro V de Jacques Lacan: Las formaciones del inconsciente, Colección ECFB no 1, Barcelona 1998, p. 42<br />
24. Jacques-Alain Miller, De la naturaleza de los semblantes, Paidós, Buenos Aires, 2002, p. 58 y siguientes.<br />
25. H. Kelsen, Teoría pura del derecho, Eudeba, Buenos Aires, 1999.<br />
26. C. Schmitt, Sobre los tres modos de pensar la ciencia jurídica, Editorial Tecnos, Madrid 1996. Recomiendo la lectura del estudio preliminar de Montserrat Herrero por ser de gran ayuda para entender algunos conceptos de la teoría de C. Schimtt.<br />
27. Aclara Jacques-Alain Miller que «sin duda extrajo de esto las peores consecuencias: cierta simpatía por un tipo de bigotes que se presentó como diferente –por supuesto lo era- y puso en la calle a la república de Weimar, como Cristo expulsó a los mercaderes del templo. El bueno de Carl Schmitt reconoció de inmediato en él a alguien capaz de encarnar la soberanía en la situación excepcional». De la naturaleza de los semblantes, op. cit. p. 62<br />
28. E. Laurent, Psicoanálisis y salud mental, Tres Haches, Buenos Aires, 2000, p. 85. Sobre las reglas y su alcance se encuentras en este texto diversas reflexiones de gran interés, especialmente en los capítulos «Nuevas normas de distribución de la asistencia y su evaluación desde el punto de vista del psicoanálisis» y «El psicoanalista, el ámbito de las Instituciones de Salud Mental y sus reglas».</p>
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		<title>El objeto de la ética</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/el-objeto-de-la-etica/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Javier Garmendia]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:26:26 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El objeto de la ética, tanto en el sentido del fin como del objeto que se ocupa la ética, fue el problema que Kant intentó despejar y que desde entonces planea siempre sobre todos aquellos que se han ocupado de pensar sobre los fundamentos de la moral. Los teoremas primero y tercero de la Analítica [&#8230;]</p>
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<p>El objeto de la ética, tanto en el sentido del fin como del objeto que se ocupa la ética, fue el problema que Kant intentó despejar y que desde entonces planea siempre sobre todos aquellos que se han ocupado de pensar sobre los fundamentos de la moral. Los teoremas primero y tercero de la Analítica definen la posición kantiana frente a este objeto y por lo tanto es necesario tenerlos presentes. El primero dice: “Todos los principios prácticos que suponen un objeto (material) de la facultad de desear como fundamento de determinación de la voluntad, son todos ellos empíricos y no pueden proporcionar ley práctica alguna”1. El tercero: “Si un ser racional debe pensar sus máximas como leyes prácticas universales, puede sólo pensarlas como principios tales que contengan el fundamento de determinación de la voluntad, no según la materia, sino según la forma”2.</p>
<p>Rigorismo kantiano, que privilegiando la forma, ha sido criticado desde distintas posiciones teóricas y políticas, pero que no cabe duda marcó un antes y un después en el pensamiento ético. El descubrimiento del inconsciente, también supuso un impacto en la moral del siglo XX, como nos recuerda Wallwork3, encabezando a los autores que consideran que determinados hallazgos del psicoanálisis; el determinismo psíquico, el principio del placer o el narcisismo, deben tenerse en cuenta porque tienen consecuencias sobre cuestiones éticas de tanta importancia como la responsabilidad moral, los principios normativos o la autonomía. Este enfoque contrasta con el de los moralistas psicoanalíticos como Erikson4, que considera que la genitalidad, al combinar sexualidad y amor, conforma una mutualidad en la que las potencialidades de los participantes se ven recíprocamente activadas y así una persona genital estaría en mejores condiciones para vivir de acuerdo con la versión kantiana de la Regla de Oro, pues trataría a la humanidad “sea en su propia persona o en otra, siempre como un fin y nunca como un medio”. Hay que leer a Kant y a Freud de forma muy sesgada para hacer corresponder a la persona genital con la máxima kantiana.</p>
<p>Sin embargo, para Lacan el descubrimiento freudiano es ya un descubrimiento ético. Por esto él no habla de ética y psicoanálisis sino de la ética del psicoanálisis y se propone indagar sobre el objeto de esta ética, también en los dos sentidos antes señalados. La indagación sobre este objeto le llevará a leer a Kant con Sade, la <em>Crítica de la razón práctica</em> con la <em>Filosofía en el tocador</em>.</p>
<p>En una de las ediciones en castellano, de la <em>Filosofía en el tocador</em>, los editores nos advierten que la obra erótica de Sade es algo más que una pura narración, que es no sólo una introspección en el mundo de lo incontrolable, mucho antes de la aparición del psicoanálisis, sino también un auténtico tratado sobre las múltiples caras de la moral.</p>
<p>Este ejemplo ilustra perfectamente el párrafo con el que se abre <em>Kant con Sade</em>: “Que la obra de Sade se adelanta a Freud, aunque sea respecto del catálogo de las perversiones, es una tontería&#8230;”5. Si la obra de Sade no se adelanta a Freud, es porque entre la obra del marqués y la del profesor existe una distancia, no exclusivamente temporal; una distancia, que hace que la sexualidad tenga para Freud otro fundamento.</p>
<p>La importancia del tocador sadiano no consiste en ser la primera guía de la perversión, sino en igualarse con los lugares de los que las escuelas de la filosofía antigua tomaron sus nombres: Academia, Liceo, Stoa. En el tocador sadiano se hace filosofía, se discute, se piensa una obligación moral, se justifica un deber ser. En la orgía de los libertinos, Sade alza la voz, para adoctrinar sobre lo que se debe hacer, no se trata de hacer lo que se quiere, sino lo que se debe, en el tocador se está construyendo una moral que en el gabinete se pondrá en práctica.</p>
<p>Este paso inaugural y subversivo, Sade se lo debe a Kant, ésta es la paradoja. El hombre frío y metódico, del que se dice que ajustaban el reloj de la plaza cuando él pasaba, siempre a las cinco, dio sus razones al provocador iconoclasta.</p>
<p>“<em>La filosofía en el tocador</em> aparece ocho años después de la <em>Crítica de la razón práctica</em>. Si, después de haber visto que concuerda con ella, demostramos que la completa, diremos que da la verdad de la <em>Critica</em>”6. Esta es la tesis que el trabajo de Lacan se propone desarrollar. ¿En qué medida esta tesis se inscribe en la crítica de la Ilustración?.</p>
<p>Son muchas y diversas estas críticas, pero quiero llamar la atención sobre la de Adorno y Horkheimer ya que su <em>Dialéctica de la Ilustración</em> supone un antecedente en la relación Kant-Sade7.</p>
<p>Kant define la Ilustración como la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad, minoría de edad que significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía del</p>
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<p>otro; el entendimiento sin la guía del otro, es el entendimiento guiado por la razón, razón que tiene por objeto el entendimiento y su adecuada aplicación al objeto. Para nuestros autores, la obra del Marqués de Sade, va a mostrar precisamente el entendimiento sin la guía del otro, es decir, al sujeto burgués liberado de la tutela.</p>
<p>La perfecta planificación del edificio kantiano, preanuncia así, la organización de toda la vida vaciada de cualquier fin objetivo. Lo que va a importar en adelante no es tanto el placer cuanto su gestión activa y organizada, el esquema de la actividad pesará más que su contenido, lo que cuenta es el plan, y por eso Sade levanta un precoz monumento a ese sentido de la planificación. Al no fijar la razón ilustrada fines objetivos, todos los afectos están igualmente distantes de ella, todos los fines han perdido su carácter de necesidad y el encanto pasa al mero obrar, al medio en suma. La razón deviene así antirrazón, procedimiento implacable y sin contenido, la obra de Sade representa en cambio, la crítica intransigente de la razón práctica.</p>
<p>Contribuyendo a esta crítica, Macintyre se pregunta; ¿Por qué tenía que fracasar el proyecto ilustrado de justificación de la moral?, dando por supuesto este fracaso en cuanto a la justificación8. La respuesta de Macintyre comienza mostrándonos un aire de familia en los ilustrados, un acuerdo entre ellos más allá de sus diferencias, en cuanto al contenido y el carácter de los preceptos morales. El matrimonio, la familia, el cumplimiento de las promesas, la justicia, eran inviolables tanto para Hume como para Kant o Diderot. Estas creencias compartidas provenían de su común pasado cristiano, sin embargo no hay acuerdo en lo referente a qué justifica la moral. Esta divergencia, y siguiendo a Macintyre en su argumentación, surge de la imposibilidad de dicha justificación. Para explicar esta imposibilidad se remonta al esquema moral de Aristóteles.</p>
<p>En este esquema es fundamental el contraste entre “el hombre tal como es” y “el hombre tal como podría ser si realizara su naturaleza esencial”, la ética sería la ciencia que hace a los hombres capaces de entender cómo realizar la transición del primer estado al segundo. Este esquema teleológico se compone de tres elementos -una naturaleza humana inadecuada, los preceptos de una ética racional y la concepción de una naturaleza humana como podría ser si realizara su <em>telos</em>. Pues bien, la causa del fracaso del proyecto ilustrado de justificación moral es precisamente el rechazo de cualquier visión teleológica de la naturaleza humana, cualquier visión del hombre como poseedor de una esencia que defina su verdadero fin.</p>
<p>Esta ausencia de esencia, hace de la moral una moral sin fundamento, de nuevo una moral vacía, una moral de las formas; el abandono de la noción de telos nos deja un esquema moral que cojea, con dos elementos que mantienen entre sí una oscura relación. Por un lado cierto contenido moral, un conjunto de mandatos pero privados de su contexto teleológico. Por otro, una visión de la naturaleza humana inadecuada tal como es. Al faltar el puente entre ser y deber ser, ambos se extravían.</p>
<p><strong>El problema de la justificación</strong></p>
<p>Kant no dejó de ver este escollo, al preguntarse ¿qué nos obliga a aceptar el imperativo categórico?, ¿por qué hemos de admitir la universalidad como criterio de las máximas?, ¿por qué debemos sentirnos vinculados con los principios que representan a toda voluntad exigencias categóricas cualquiera sean éstas? Kant llega a la conclusión de que la validez práctico-objetiva del “principio de moralidad” no se deriva de ninguna premisa ulterior, esto nos enfrenta con lo que se conoce con el término “hecho de la razón”, que podríamos definir así, en palabras del propio Kant: “la realidad objetiva de la ley moral no puede ser demostrada&#8230;; sin embargo, se mantiene firme sobre si misma”9.</p>
<p>De los posibles sentidos de este “hecho de la razón”, &#8211; los estudiosos de Kant coinciden en señalar la dificultad de establecer qué quiso decir realmente con esta expresión- vamos a destacar con José Luis Villacañas uno de entre los seis sentidos que Beck encontró al rastrear este concepto en los textos de Kant.</p>
<p>“<em>La ley moral es meramente la autoconsciencia de una razón pura práctica y así es idéntica con el concepto positivo de libertad (KpV, V, p. 29)</em>. Lo que quiere decir que llegamos a la conciencia de que en nuestra relación con lo que hay, somos mediados por una exigencia de universalidad, estableciendo así una exigencia de racionalidad, exigencia que se nos presenta como algo incondicionado, no impuesto por la realidad, sino por la voluntad libre”10, es decir la voluntad libre impone la racionalidad, que establece a su vez la exigencia de universalidad. “Sin esta</p>
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<p>autoconstitución libre de la razón en la exigencia de universalidad, no habría posibilidad de anular como despreciables <em>las condiciones subjetivas contingentes que distinguen a un ser de otro (KpV, V, p.21)</em>”11</p>
<p>Argumentación circular, que no sólo no da respuestas a la pregunta por el fundamento de la obligación moral, sino que soporta, la exclusión de la diferencia subjetiva en el establecimiento de la ley, como un hecho.</p>
<p>Lo que está aquí eludido, y es sin embargo relevante es algo en lo que coinciden Wellmer12 y Villacañas. Para el primero, que se pueda querer algo como una ley universal, sólo es una condición necesaria pero no suficiente que pueda pensarse como tal ley universal. Para entender el carácter formal del principio moral kantiano, hay que responder aún a la cuestión de cómo un agente averigua si puede querer como ley universal una máxima de su acción. Para el segundo lo que el “hecho de la razón” significa es sencillamente que sólo existe cuando se decide, cuando se atreve a constituirse estableciendo su propia ley. Así su existencia, al no ser deducible ni explicable, como cualquier otra cuestión de existencia, debe “ser puesta”, con la particularidad de ser puesta como incondicionada. Tugendhat13 entiende que el tipo de justificación tradicionalista de la moral, que tenía la autoridad (religiosa o implícita en una tradición) como base de justificación, no pueden ser ya válidas para nosotros. Para no quedar atrapados en el relativismo de las convicciones morales deberíamos buscar una comprensión no trascendente de la justificación de los juicios morales. La diferencia entre convicción moral y juicio moral puede medirse por la distancia entre los juicios empíricos y los juicios morales. Los primeros, siguiendo a Tugendhat, se justifican “desde abajo”, desde sus consecuencias empíricas, es decir a partir de la experiencia; los segundos, por el contrario, sólo pueden justificarse “desde arriba”, desde un principio supremo. El dilema que se plantea, y con el que coincido, es el de la justificación del principio supremo. Este modo de justificación del juicio moral es comprensible si está sujeto a una autoridad, pero en este caso su fundamentación no deja de ser hipotética, puesto que la premisa suprema o el principio de autoridad debe ser algo en lo que se crea. Si sustituimos ahora el principio de autoridad por una norma suprema, que no queremos justificar hipotéticamente y para la que no sea necesaria la fe, nos encontraremos con el problema de cómo justificarla. Esto es lo que Kant intenta resolver cuando propone justificar los juicios morales a partir de la premisa que representa la idea misma de justificación, la razón.</p>
<p>Sólo que esta solución, es para Tugendhat, genial pero ilusoria; la idea de una justificación no condicionada desde arriba así como la idea de un deber moral con un sentido incondicionado es un contrasentido. En su lugar propone la “tesis de la justificación limitada” que tiene que cumplir dos exigencias; a) probar que los intentos por fundamentar la concepción moral de manera absoluta han fracasado y b) considerar el resto de las concepciones morales modernas como no plausibles. Sugiere que comencemos por analizar el uso lingüístico de dos grupos de palabras, sin los cuales no podremos hablar de ética. El primer grupo está constituido por las palabras “tiene que”, “no puede” y “debe” y el segundo por “bueno” y “malo”. Contamos con dos usos del “tener que” uno teórico y otro práctico. El “tener que” de las leyes científicas, ‘la manzana tiene que caer’, pero si digo ‘tienes que marcharte ya, si quieres llegar a tiempo’, esto no tiene que ver con un planteamiento teórico, es una cuestión de orden práctico. El deber sería un “tener que” atenuado, ‘debería llover mañana’ no es igual que ‘tiene que llover mañana’. El lado práctico del “tener que” es susceptible de otra división, hay un “tener que” al que podemos responder inmediatamente y un “tener que” al que no podemos dar una fácil respuesta. Este segundo es el que nos conduce a la cuestión moral. Puedo responder al tener que salir pronto, porque sino lo hace llegará tarde, pero si le digo a alguien ‘no puedes humillar’, es más difícil responder a la pregunta por qué no puede humillar. Lo que podemos considerar juicios morales son estos “tener que” para los cuales no hay una respuesta inmediata.</p>
<p>Ahora bien, ¿qué nos obliga al “tener que”, al “no poder” o al “debe”? Tugendhat responde por las consecuencias, porque su transgresión produce indignación, su incumplimiento nos indigna. La indignación, la vergüenza y la culpa son los indicadores, las luces rojas que nos señalan la transgresión moral, sin embargo, su cumplimiento provoca el elogio. Se introduce así el segundo grupo de palabras, ya que se elogia lo que es considerado como “bueno” y se censura lo que es tenido por “malo”. Hay que observar que el tipo de normas y la sanción correspondiente, a las que se está haciendo referencia, no obedecen necesariamente a la racionalidad, por lo tanto el inmoral no es siempre irracional. De entre todas las habilidades que puede tener un individuo se destaca como habilidad central, habilidad moral, la que tiene el ser humano para acatar las normas morales de una comunidad, para ser aceptado en esa comunidad. Sentiré indignación y culpa si ignoro su cumplimiento o dignidad y elogio si las respeto.</p>
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<p>Podemos someter ahora dos famosas frases, dos sentencias, una de Lacan y otra de Freud, a este razonamiento. La primera de Lacan “Propongo que de la única cosa de la que se puede ser culpable, al menos en la perspectiva analítica, es de haber cedido en su deseo”14. Para Lacan el deseo es nuestro “incondicionado”, el deseo ocupa el lugar vacío del tu debes incondicional kantiano y por lo tanto ceder en el deseo es lo que producirá la culpa. La habilidad central que correspondería a este incondicional lacaniano sería sustraerse al servicio de los bienes, los bienes tejen una tela de araña en la que el sujeto queda capturado sin poder acceder a su deseo. “Donde estaba el ello, el sujeto debe advenir”15 es la sentencia de Freud. El sujeto “tiene que” ganarle terreno al ello, si estamos de acuerdo con Freud deberíamos acatar esta máxima para sentirnos dignos. Pero decimos; si estamos de acuerdo o si admitimos el deseo como incondicional, por lo tanto no eludimos el problema de querer la máxima. Dicho de otra forma, el fundamento moral que va a orientar nuestra vida necesita de nuestro consentimiento, y ésta es tal vez la decisión que mayor responsabilidad comporta, el fundamento, entonces, necesita de nuestro afecto. Sin embargo, el afecto kantiano, el respeto, lo es por la pura forma, por la ley, aunque este respeto suponga el sacrificio del propio ser, satisfacemos con nuestro ser las exigencias que la forma y la ley nos imponen.</p>
<p>Como vemos el problema de la justificación está lejos de resolverse, pero la necesidad de apelar al “querer” o a la “decisión” a la hora de fundamentar la moral, no deja de introducir una paradoja en el rigorismo kantiano.</p>
<p>Contribuye <em>Kant con Sade</em> a esta crítica de la Ilustración. Más bien, lo que Kant con Sade “ilustra” es la estructura misma del sujeto: el rigor del superyo, las paradojas del goce, ¿qué quiere un sujeto?, ¿sobre qué se divide?, ¿cuál es su relación con el objeto?. Al tiempo que despliega una serie de interrogantes; ¿cómo concebir la moral?, ¿en qué consiste la práctica analítica?, ¿cuál es su fin?. Por eso para Lacan, la obra de Sade no es la crítica intransigente de la razón práctica, sino su corolario, o dicho de otra forma no hay superyo sin goce.</p>
<p><strong>Voluntad, deber y ley</strong></p>
<p>Lacan está interesado en tomar de Kant el concepto de bien y el concepto de voluntad para establecer su articulación en la máxima.</p>
<p>En la <em>Crítica de la razón práctica</em>, Kant señala que la lengua alemana tiene dos expresiones muy diferentes para lo que los latinos denominan con una sola palabra. Para bonum; Gute y Wohl, y para malum; Bosë y Übel, de modo que se producen juicios totalmente distintos si consideramos en una acción el Gute y el Bosë, o bien “nuestro” <em>Wohl </em>y<em> Übel</em>.</p>
<p><em>Wohl</em> o <em>Übel</em> significa siempre sólo una relación con nuestro estado de agrado o desagrado, de regocijo y de sufrimiento, y si deseamos o rechazamos por eso un objeto lo hacemos siempre por el sentimiento de placer o dolor que él produce. Por el contrario el bien (<em>Gute</em>) o el mal (<em>Böse</em>) es referido propiamente a acciones, no al estado de sensación de la persona, y si algo debiera ser considerado como bueno o malo (<em>gut</em> o <em>böse</em>), sería solamente el modo de obrar, la máxima de la voluntad, y por consiguiente la persona misma, no es una cosa la que podría ser denominada buena o mala.</p>
<p>De este modo queda vinculado el principio de placer con la ley del bien que es el wohl, el bienestar; y la ley moral con el bien que es <em>Güte</em>.</p>
<p>Pero el peso, que toma este Bien, que podemos escribir con mayúsculas, no aparece, y esto es lo que señala Lacan, sino por excluir, pulsión o sentimiento, todo aquello que puede padecer el sujeto en su interés por el objeto, lo que Kant por eso designa como “patológico”.</p>
<p>La voluntad de la que habla Lacan en <em>Kant con Sade</em>, y conviene precisarlo, sería en Kant la voluntad autónoma. Kant distingue en la <em>Fundamentación de la metafísica de las costumbres</em>, la autonomía de la voluntad como principio supremo de la moralidad, de la heteronomía de la voluntad como la fuente de todos los principios espurios de la moralidad.</p>
<p>La autonomía consiste en que el sujeto se dé a si mismo la ley, “la autonomía de la voluntad es la constitución de la voluntad por la cual ésta es una ley para ella misma (independientemente de todos los objetos del querer). El principio de la autonomía es, así pues: no elegir sino de tal modo que las máximas de la propia elección estén comprendidas a la vez en el mismo querer como ley universal&#8230; este principio de la autonomía es el único principio moral&#8230;”16. Ahora bien, si la voluntad busca la ley, saliendo de sí misma, en la constitución de cualquiera de sus objetos, resulta siempre</p>
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<p>heteronomía, la voluntad que se deja seducir por el objeto sólo puede hacer posibles imperativos hipotéticos: debo hacer algo porque quiero tal cosa. El imperativo categórico es posible, en cambio, sólo en la abstracción de todo objeto, hasta que éste no tenga influjo alguno sobre la voluntad.<br />
Pero será en la primera sección de la <em>Fundamentación de la metafísica de las costumbres</em> donde encontraremos la articulación entre bien, voluntad y deber, que nos permitirá entender porque Lacan lee a Kant con Sade. Comienza Kant esta sección afirmando que: “En ningún lugar del mundo, pero tampoco siquiera fuera del mismo, es posible pensar nada que pudiese ser tenido sin restricción por bueno, a no ser únicamente una buena voluntad”17, así la inteligencia, los talentos del espíritu, el buen ánimo, la solidaridad, la tolerancia podrían ser tomados como buenos en principio, pero nada nos asegura que en determinado momento estas disposiciones sean mal utilizadas por el sujeto, por lo que podemos considerarlas buenas pero con restricciones. Esta buena voluntad que es buena sin restricciones, lo es además “no por lo que efectúe o realice, no por su aptitud para alcanzar algún fin propuesto, sino únicamente por el querer, esto es, es buena en sí”18. Es estimable en sí misma más que todo lo que pudiéramos alcanzar si nos dejáramos guiar por nuestras inclinaciones, aunque a esta voluntad le faltase la capacidad de sacar algo adelante igual sería para Kant una joya que posee en sí misma su pleno valor.</p>
<p>El mismo Kant se adelanta a la extrañeza que esta idea del valor absoluto de la voluntad pueda producir y teme que surja la sospecha de que quizás sirva de fundamento a una fantasmagoría de altos vuelos. Se propone, entonces, someter a examen esta idea. Supone que somos seres organizados y que entre nuestras disposiciones naturales admitimos como principio el encontrar siempre el instrumento más adecuado para nuestros fines. “Ahora bien, si en un ser que tiene razón y una voluntad su <em>conservación</em>, su <em>bienandanza</em>, en una palabra, su <em>felicidad</em> fuese el auténtico fin de la naturaleza, &#8230; hubiesen podido serle señaladas mucho más exactamente por instinto&#8230;”19 Efectivamente Kant demuestra que no es así y que recurrimos por tanto a la razón, por lo que concluye que esto no son fines auténticos. Cuanto más nos ocupemos del disfrute de la vida y de la felicidad, más nos alejaremos de la verdadera satisfacción. Si algo intentó señalar Freud desde el comienzo de su obra es que para el sujeto humano no hay verdadera satisfacción, y no hay verdadera satisfacción porque el sujeto carece precisamente de instintos que orienten su vida. Como ser de lenguaje está habitado por la pulsión que encuentra su satisfacción aun a costa del sujeto y en ocasiones a pesar de su felicidad. Será la pulsión la que se cruce en el camino de la razón y le ponga obstáculos al deber.</p>
<p>Si hemos admitido con Kant el concepto de una voluntad digna de ser estimada en sí misma y buena sin ningún propósito ulterior, sólo nos queda “tal como ya reside en el sano entendimiento natural y no necesita tanto ser enseñado cuanto más bien aclarado&#8230;, poner ante nosotros el concepto del <em>deber</em>, que contiene el de una voluntad buena&#8230;”20. No deja de llamar nuestra atención que el concepto de deber, que contiene el de una voluntad buena, y será el pivote sobre el que gire la argumentación de esta sección, resida en el entendimiento natural, no necesite ser enseñado y sea puesto ante nosotros. A partir de este poner ante nosotros el deber, se desencadena en toda su potencia el rigorismo kantiano. En primer lugar trata de distinguir si una acción conforme al deber ha sucedido <em>por deber</em> o por un propósito egoísta. Conservar la propia vida es para Kant un deber, podríamos disentir con él en este punto y pensar que es una elección que el individuo hace suya, pero bien, consintamos que es un deber y que además la gente en general tiene una inclinación inmediata a mantener la vida. Entonces resultará que el empeño y cuidado que ponen los hombres en prolongar esta vida no tiene ningún valor interior, ni la máxima, conservar la vida, contenido moral. Actúan conforme al deber pero no <em>por deber</em>. Por el contrario si alguien azotado por los avatares de la vida, acumula sufrimientos y contrariedades, crece su desdicha y abatido desea la muerte, pero conserva la vida sin quererla, no por miedo o inclinación, sino por deber, su máxima sí tendrá contenido moral. Lo que quiere decir que para actuar por deber y por lo tanto moralmente, no es suficiente con prescindir de las inclinaciones es necesario actuar contra ellas, no pueden coincidir inclinación y deber.</p>
<p>Todos admitimos que el deber mismo contraría alguna tendencia del individuo, por eso hablamos de deberes y obligaciones. Las sentencias de Freud y Lacan anteriormente comentadas suponen implícitamente que el sujeto está dispuesto a dejarse arrastrar por el ello y a ceder en su deseo, si no por qué formular la sentencia, sin embargo, lo que no pretenden estas sentencias es sustraerse de todo propósito como exige Kant en la segunda proposición: “Una acción por deber tiene su valor no <em>en el propósito</em> que vaya a ser alcanzado por medio de ella, sino en la máxima según la que ha sido</p>
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<p>decidida; no depende, así pues, de la realidad del objeto de la acción, sino meramente del <em>principio</em> <em>de querer</em> según el cual ha sucedido la acción sin tener en cuenta objeto alguno de la facultad de desear”21. ¿Por qué no vale el propósito?, ¿por qué no podemos tener en cuenta el propósito de esa acción?. Porque si hacemos depender a la voluntad del propósito que esta voluntad pueda tener, ya no tendremos una voluntad buena en sí misma sin restricciones. El propósito, cualquiera sea, restringe a la voluntad, si tenemos en cuenta el propósito perdemos la voluntad buena. Sin embargo, “no ceder frente al deseo” necesita de la articulación del querer y desear, se “propone” querer lo que se desea sin culpa ni vergüenza, ya que el deseo, para Lacan, no forma parte de nuestras inclinaciones.</p>
<p>Como consecuencia de lo que viene argumentando en torno al deber, expresa Kant la tercera proposición, que introduce el respeto por la ley y concluye con la primera formulación del imperativo categórico: “el deber es la necesidad de una acción por respeto por la ley. Hacia el objeto como efecto de la acción que me propongo puedo ciertamente tener inclinación, pero nunca respeto”22. Si la acción por deber nos hizo apartarnos del influjo de la inclinación y por tanto de todo objeto de la voluntad, la voluntad estará exclusivamente determinada, objetivamente por esta ley y subjetivamente por el respeto puro por esta ley práctica. Ahora, se pregunta qué ley será ésa que pueda determinar a la voluntad para que podamos seguirla considerando buena sin restricciones y la respuesta es esta primera formulación: “&#8230;no queda sino la universal conformidad a la ley de las acciones en general, únicamente la cual ha de servir a la voluntad como principio: esto es, nunca debo proceder más que de modo que pueda querer también que mi máxima se convierta en una ley universal”23.</p>
<p>La diferencia, entre autonomía y heteronomía, así como la secuencia voluntad, deber y ley aclaran la paradoja a la que se refiere Lacan en <em>Kant con Sade</em>: que sea en el momento en que el sujeto no tenga frente a sí ningún objeto, cuando encuentra la ley, que articulándose como máxima proponga el orden de una razón práctica o voluntad.</p>
<p>Se pueden entonces aislar dos series paralelas, pero cuyo entrecruzamiento pretende mostrar Lacan recurriendo a Sade. De un lado: principio de placer, ley del bien que es el wohl, heteronomía. De otro: ley moral, el bien que es <em>Güte</em>, autonomía. Diferencia que sugiere la pregunta sobre el objeto hurtado a lo largo de la <em>Crítica</em>, para sostener esta estricta división.</p>
<p>División que ya provocó recelo en Freud, forzándole a pensar sobre el origen de la conciencia moral. ¿Por qué Freud no es kantiano? La tesis kantiana de que la razón puede generar máximas gracias a su habilidad, puramente formal, de comprobarlas por medio del criterio de universalidad, es necesariamente extraña a Freud. El dualismo que permitió a Kant distinguir entre el yo trascendental capaz de generar los imperativos categóricos y el yo sensorial sujeto al juego de las inclinaciones, el impulso o el deseo, tiene en Freud otra lectura. Para él, el empeño kantiano por separar a la razón práctica del yo empírico como requisito de la vida moral es sencillamente imposible y contraproducente.</p>
<p>Sus primeras observaciones con la histeria ya le mostraron a Freud la relación entre el juicio moral y el síntoma24. Una paciente tiene una idea amorosa hacia su cuñado cuando su hermana acaba de morir, en el instante en que la idea aparece surge en la paciente la censura moral que la oculta, sin embargo el afecto desplazado ha producido un síntoma. El deber ser deja como saldo un ser sintomático, ésta es la lectura freudiana.</p>
<p>Ahora bien, Kant podría responderle a Freud: su censura moral, nada tiene que ver con la voluntad autónoma, por eso precisamente su paciente tiene síntomaSigmund Freud no está convencido con el argumento y tiene la sospecha de que el imperativo moral no puede ser categórico en el sentido de explicarse por sí mismo; pero ha tenido que admitir que hay imperativos y desde este momento se entrega a pensar su procedencia, no sin antes preguntarle a Kant: ¿qué ha sido de las inclinaciones, tendencias y deseos?, ¿qué hace el sujeto con ellos?.</p>
<p>Admitamos con Freud, que la agresión conforma una parte fundamental de estas tendencias. ¿Cuál es el destino de esta agresión dirigida al mundo exterior? La respuesta freudiana no se hace esperar, y le resulta al propio Freud, sorprendente y natural a la vez; el destino es el propio yo, la agresión vuelve al lugar de donde procede incorporándose al propio yo en calidad de superyo y asumiendo las funciones de “conciencia” moral. ¿Por qué se opera este retorno?, si para Freud como para Kant, la propia sensibilidad no puede llevar al hombre a distinguir lo bueno de lo malo; la explicación podemos encontrarla en el desamparo y dependencia de los demás, en el “miedo a la pérdida del amor”, que hace posible la renuncia pulsional25.</p>
<p>Por eso el imperativo categórico no se explica por si mismo, la versión freudiana de la voluntad es el superyo, al que nada puede ocultarse “ni siquiera los pensamientos”. Miedo y temor están en los orígenes de la conciencia moral, de un lado el miedo que obliga a la renuncia pulsional, del otro el temor al superyo, al que no podemos ocultar la persistencia de los deseos. La renuncia, no es, por lo tanto suficiente, dado que no podemos ocultarnos la persistencia del deseo.</p>
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<p>Así Freud respondería a la primera objeción de Kant: lo que la paciente no puede ocultar es el deseo y lo que usted llama voluntad autónoma sólo podría erigirse bajo el triunfo de una represión lograda.</p>
<p>Para Freud la vía de acceso a lo moral, pasa necesariamente por el reconocimiento de este deseo y no por su exclusión.</p>
<p><strong>El objeto de la ética</strong></p>
<p>En <em>La filosofía en el tocador</em>, la alumna exhausta ya de los excesos a los que se ha entregado pide aplacar sus remordimientos. Es justo, la práctica ha de ser completada con un poco de teoría. Dolmancé acaba de comprar en el Palacio de la Igualdad un folleto que acaba de salir de la imprenta; “Franceses, un esfuerzo más, si queréis ser republicanos”26.</p>
<p>Para Lacan, “el nervio” de este panfleto, está en la máxima que propone, de inspiración kantiana, por plantearse como regla universal; “Tengo derecho a gozar de tu cuerpo, puede decirme quienquiera, y ese derecho lo ejerceré, sin que ningún límite me detenga en el capricho de las exacciones que me venga en gana saciar en él”27.</p>
<p>No es cuestión de plantearse si una sociedad puede sancionar dicha máxima, ni si hay legalidad positiva que pueda decidir sobre su carácter universal, ni siquiera es asunto a dirimir la extensión a todos del derecho que la máxima invoca. Lacan sale al paso de estas posibles discusiones; “todo juicio sobre el orden infame que entronizaría dicha máxima es pues indiferente en la materia, que es reconocerle o negarle el carácter de una regla aceptable como universal en moral, la moral reconocida desde Kant como una práctica incondicional de la razón”28. La respuesta de Lacan es que hay que reconocerle evidentemente este carácter. A partir de aquí tendremos en primer lugar que decidir si estamos o no de acuerdo con este reconocimiento. En segundo lugar, si este reconocimiento condiciona o no, la lectura del fantasma sadiano.</p>
<p>El razonamiento que sigue Lacan es comparativo; la máxima de Sade se instaura sobre el rechazo radical de lo patológico, de todo movimiento manifestado a un bien, a una pasión, o sea el rechazo por el que Kant libera el campo de la ley moral; y la forma de esta ley es también su única sustancia, por cuanto la voluntad sólo se obliga a ella desestimando con su práctica toda razón que no sea de su máxima misma.</p>
<p>Podemos acordar que efectivamente la máxima sadiana no se fundamenta en el bienestar, que se ha constituido en el rechazo patológico, sin embargo la voluntad que está aquí en juego, no parece ser la “voluntad autónoma” que hace posible la formulación del imperativo categórico kantiano. La voluntad de la máxima sadiana, ha encontrado la ley, saliendo de sí misma, ha encontrado su ley en las leyes de la naturaleza, resultando ser así voluntad heterónoma, y la heteronomía permite únicamente formular imperativos hipotéticos.</p>
<p>Si estamos en lo cierto, la máxima sadiana no sería otra cosa que un imperativo hipotético con pretensión de universalidad. Es lo que por otra parte el mismo Lacan admite, al afirmar que la máxima sadiana es más honesta por pronunciarse por la boca del Otro, desenmascarando así la división, escamoteada, del sujeto. División que la razón oculta, bajo otra forma de división: la división práctica, ya que el sujeto tiene que elegir o la vía del placer y el bienestar lo que es propiamente del orden del <em>pathos</em> o la vía de la ley moral.</p>
<p>La maniobra de la máxima sadiana es por tanto poner al descubierto la división subjetiva y si esta división es desvelada en la obligación sadiana, es por haberla hecho recaer sobre el Otro. Es lo que muestra la orientación del fantasma sadiano. El héroe de Sade, el verdugo, es llevado por su deseo a situarse en la posición de objeto del fantasma. En este esquema la voluntad, que no está situada en primer lugar, no está determinada por la subjetividad. Por eso el verdugo se reconoce instrumento de una voluntad de goce absoluto, obteniendo así la certeza que hace que su mano no tiemble nunca. Desde esta posición, ser el instrumento del goce, se dirige a su víctima, en quien ha recaído todo el peso de la subjetividad, al dejarla profundamente dividida entre la sumisión al imperativo y la rebelión contra el dolor.</p>
<p>La aparición de este objeto, que Lacan llama objeto a, en el lugar de la causa, objeto que “se hurta en la <em>Crítica</em>”, permitiría instaurar sobre el pivote de lo impuro una nueva <em>Crítica de la Razón</em>, poniendo sobre el tapete lo que toda ética supone: ¿qué va a hacer el sujeto de la razón con el sujeto bruto del placer?.</p>
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<p>Este objeto a, objeto perdido y causa del deseo, será el objeto de la ética. Por eso es innecesaria la insistencia kantiana en no tener en cuenta objeto alguno de la facultad de desear, si convenimos con Lacan que este objeto estuvo siempre perdido, dejando un lugar vacío que la ley moral presentifica. De ahí que su tesis sea “que la ley moral, el mandamiento moral, la presencia de la instancia moral, es aquello por lo cual, en nuestra actividad en tanto estructurada por lo simbólico, se presentifica lo real – lo real como tal, el peso de lo real”29. La acción moral podrá introducir algo nuevo en lo real, que es la pretensión de Lacan, a condición de mantener este lugar vacío. Dicho de otra forma, el objeto de la ética en el otro sentido que mencionamos al comienzo será que el ideal de la acción moral no recubra nunca el vacío del objeto.</p>
<p>Si el verdugo sadiano somete a su víctima al punto de hacerle elegir la muerte, no es menos cierto que la ética de Kant nos confronta también con la misma elección: “mejor la muerte que&#8230;”.</p>
<p>Kant trae un ejemplo que pretende confirmado por la experiencia. Supone un individuo que excusa su inclinación pasional por ser para él irresistible cuando se le presenta el objeto amado y la ocasión, ahora, si levantamos una horca delante de la casa donde se le presenta la ocasión, para colgarle después de gozado el placer, ¿no resistirá entonces a su inclinación?. A este mismo hombre, podemos preguntarle, “si habiéndole exigido un príncipe, bajo amenaza de la misma pena de muerte inminente, levantar un testimonio falso contra un hombre honrado a quién el príncipe, con plausibles pretextos, quisiera perder, si entonces cree posible vencer su amor a la vida, por grande que ésta sea. No se atreverá quizá a asegurar si lo haría o no; pero que ello es posible, tiene que admitirlo sin vacilar”30.</p>
<p>Podría suceder, sugiere Lacan, que un defensor de la pasión con suficiente pundonor, pusiera en un aprieto a Kant, “obligándolo a comprobar que ninguna ocasión precipita a algunos con mayor seguridad hacía su meta que el verla ofrecerse a despecho, incluso con desprecio del patíbulo”.</p>
<p>Este ejemplo le sirve a Lacan para enunciar su orientación ética: “El deseo lo que se llama el deseo, basta para hacer que la vida no tenga sentido si produce un cobarde” 31.</p>
<p><strong>Notas</strong></p>
<ol>
<li>I. Kant, <em>Crítica de la razón práctica</em>, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1995, p.37.</li>
<li>Ibid., p. 44.</li>
<li>E. Wallwork, <em>El psicoanálisis y la ética</em>, Fondo de Cultura Económica, México, 1994. Sin coincidir plenamente con el tratamiento que el autor da a algunos temas, es preciso reconocer que supone un abordaje serio de las relaciones entre ética y psicoanális.</li>
<li>E. Erikson, <em>Ética y psicoanálisis</em>, Lumen, BuenosAires, 1993.</li>
<li>Jacques Lacan, “Kant con Sade”, <em>Escritos II</em>, México. Siglo XXI, 1980, p. 337.</li>
<li>Ibid., p. 337.</li>
<li>M. Horkheimer, T. W. Adorno, <em>Dialéctica de la Ilustración</em>, Trotta, Madrid, 1994.</li>
<li>A. Macintyre, <em>Tras la virtud</em>, Crítica, Barcelona, 1987.</li>
<li>J.L. Colomer, <em>La teoría de la justicia de Immanuel Kant</em>, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1995, p. 99 s.</li>
<li>J.L. Villacañas, <em>Racionalidad crítica. Introducción a la filosofía de Kant</em>, Tecnos, Madrid, 1987, p. 172.</li>
<li>Ibid., pág. 172.</li>
<li>A. Wellmer, <em>Finales de partida: la modernidad irreconciliable</em>, Frónesis, Madrid, 1996.</li>
<li>E. Tugendhat, <em>Lecciones de ética</em>, Gedisa, Barcelona, 1997.</li>
<li>Jacques Lacan, <em>Seminario VII: La ética del psicoanálisis</em>, Paidós, Buenos Aires, 1988, p. 379.</li>
<li>Sigmund Freud, <em>El yo y el ello</em>, Alianza Editorial, Madrid, 1978.</li>
<li>I. Kant, <em>Fundamentación de la metafísica de las costumbres</em>, Ariel, Barcelona, 1996, p. 211.</li>
<li>Ibid., p. 117</li>
<li>Ibid., p. 119</li>
<li>Ibid., p. 121</li>
<li>Ibid., p. 125</li>
<li>Ibid., p. 129</li>
<li>Ibid., p. 131</li>
<li>Ibid., p. 135</li>
<li>Sigmund Freud, <em>La histeria</em>, Alianza Editorial, Madrid, 1980</li>
<li>Sigmund Freud, <em>El malestar en la cultura</em>, Alianza Editorial, Madrid, 1970</li>
<li>Sade, <em>La filosofía en el tocador</em>, Tusquets Editores, Barcelona, 1988</li>
</ol>
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<div class="column">
<ol start="27">
<li>Jacques Lacan, “Kant con Sade”, <em>Escritos II</em>, op. cit., p. 340</li>
<li>Ibid., p. 341</li>
<li>Jacques Lacan, <em>Seminario VII: La ética del psicoanálisis</em>, op. cit., p. 30</li>
<li>I. Kant, <em>Crítica de la razón práctica</em>, op. cit., p. 49</li>
<li>Jacques Lacan, “Kant con Sade”, <em>Escritos II</em>, op. cit., p. 354</li>
</ol>
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<p>La entrada <a href="https://nucep.com/publicaciones/el-objeto-de-la-etica/">El objeto de la ética</a> aparece primero en <a href="https://nucep.com">Sección Clínica de Madrid (Nucep). Estudiar psicoanálisis en Madrid España.</a>.</p>
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		<title>Amigos y enemigos. La amistad bajo sospecha.</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/amigos-y-enemigos-la-amistad-bajo-sospecha/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Javier Garmendia]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Sep 2012 18:25:35 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Un acercamiento a la cuestión de la violencia 1. Inútiles polémicas con nefastos resultados. Es una discusión siempre de actualidad plantear si el ser humano es agresivo por naturaleza o por el contrario se torna agresivo en el contacto con sus semejantes. Los defensores de la perversidad del medio ambiente buscan sociedades en las cuales [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div class="page" title="Page 1">
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<h5>Un acercamiento a la cuestión de la violencia</h5>
<p><strong>1. Inútiles polémicas con nefastos resultados.</strong></p>
<p>Es una discusión siempre de actualidad plantear si el ser humano es agresivo por naturaleza o por el contrario se torna agresivo en el contacto con sus semejantes. Los defensores de la perversidad del medio ambiente buscan sociedades en las cuales la violencia prácticamente no existe y los defensores de la agresividad innata encuentran contraejemplos inmediatamente. Si tomamos la idea de lo innato de Edwuard O. Wilson, asistiremos asombrados al carácter innato de cualquiera de nuestras acciones, ya que para él lo innato se refiere a la probabilidad evaluable de que un rasgo se desarrollará en un conjunto específico de ambientes, no a la certidumbre de que el rasgo se desarrollará en todos los ambientes. Según este criterio los humanos tienen una marcada predisposición hereditaria a las conductas agresivas. Es el tipo de teorías que valen para un roto y un descosido.</p>
<p>Los Semai de Malasia pueden ilustrar muy bien la inutilidad de la polémica. Este pueblo vive pacíficamente y parece tan inocente que no tiene siquiera el concepto de agresión violenta. Desconocen el homicidio y los padres transmiten a sus hijos los hábitos de la no-violencia. A principios de la década de los 50, el gobierno colonial británico recluta a hombres Semai para unirse a la campaña en contra de las guerrillas comunistas. Los que conocían a los Semai insistían que un pueblo tan contrario a la guerra nunca se convertiría en buenos soldados. Pero estaban equivocados, como escribe Robert K. Dentan, los terroristas comunistas habían matado a los parientes de algunos soldados Semai de la contrainsurgencia. Alejados de su sociedad no-violenta y con órdenes de matar, parecían poseídos de una clase de locura a la que llamaban “embriaguez de sangre”. Una típica historia de un veterano es la siguiente. “Nosotros matamos, matamos, matamos. Los malayos se detenían y revisaban los bolsillos de sus enemigos para tomar sus relojes y su dinero. Nosotros sólo pensábamos en matar. Ciertamente estábamos ebrios con sangre.” Uno de los hombres llegó a relatar cómo había bebido la sangre de un hombre a quien había matado.</p>
<p>Si seguimos a los agresivistas innatos, la lucha contra la guerrilla comunista, la orden del gobierno británico, la muerte de sus hermanos o el contacto con la sangre, cualquiera de estas situaciones, podría haber desarrollado el rasgo agresivo hereditario. Sin embargo los defensores del contagio social pueden ver precisamente en estas situaciones el desencadenamiento de una agresividad desconocida para este pueblo y que nada nos indica que estuviera en sus genes más que en su capacidad de adaptación y aprendizaje a las nuevas situaciones. En otros términos se podría plantear la discusión como el afuera o el adentro de la agresividad; o la llevamos con nosotros y se desarrolla bajo determinadas condiciones o está en los otros y bajo condiciones de presión y rivalidad la hacemos nuestra.</p>
<p>El interés de traer ahora esta polémica que insisto en calificar de inútil radica en que tanto los defensores como los detractores de la agresividad innata no dudan en situar el psicoanálisis, junto a Darwin y Lorenz como las mejores contribuciones para sostener el carácter natural de la agresividad, siendo aquí natural e innato conceptos idénticos. Claro que declaraciones como las de Glover cuando habla del niño perfectamente normal, colaboran magníficamente con esta visión. Para Glover el niño normal es casi completamente egocéntrico, codicioso, sucio, violento de temperamento, destructivo en sus hábitos, profundamente sexual en propósitos, arrogante en la actitud, privado de cualquier sentido de la realidad excepto el más primitivo, sin conciencia de sentimiento moral, con una actitud hacia la sociedad oportunista, desconsiderada, dominante y sádica. De hecho, añade Glover por si nos queda alguna duda sobre semejante ser, si juzgamos el bebé normal según las pautas sociales adultas, es a todos los efectos un criminal nato. Así el descubrimiento hecho por Freud, de la sexualidad infantil, le permite a Glover desenmascarar el carácter angelical del niño, pero a costa de transformarlo en el espíritu del mal.</p>
<p>Nefastos resultados. Porque como bien subraya Ashley Montagu atribuir a la naturaleza la agresividad de nuestra especie, puede indecorosamente aliviarnos y absolvernos de toda responsabilidad, así como justificar un amplio abanico de ideas reaccionarias y políticas totalitarias. Pero no es menos peligroso sostener que la agresividad puede casi erradicarse con un modelo de sociedad y educación configurado en los fundamentos de la no-violencia. Sabemos que cerrar los ojos en un instante hace que al siguiente haya que abrirlos con espanto.</p>
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<p>Hay agresividad y hay violencia instituida. En los años 60 un estadístico noruego contabilizó el número de guerras habidas durante los 5.560 años de historia, el resultado fue de 14.531, a una media de 2,6 por año. De las 180 generaciones transcurridas durante ese período, solo 10 conocieron una paz ininterrumpida. Sin embargo diferenciar agresividad de violencia nos permitirá salir de esta inútil polémica.</p>
<p><strong>2. Una fraternidad discreta. Discontinuidades entre agresividad y violencia</strong></p>
<p>Hay agresividad, y esta agresividad es constitutiva de la primera individuación del sujeto. Jacques Lacan aborda la noción de agresividad en sus Escritos, lo hace en una serie de tesis, que nos van mostrando la dimensión fundamentalmente imaginaria de esta noción.</p>
<p>En la IV tesis leemos lo siguiente: La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo. Para comprender la naturaleza de la agresividad en el hombre y su relación con el formalismo de su yo y de sus objetos, Lacan nos sugiere acomodar nuestro pensamiento a una especie de encrucijada estructural. Esta encrucijada no es otra que la del estadío del espejo, en donde el individuo humano se fija en una imagen que lo enajena a sí mismo, aquí se origina la organización pasional a la que llamará su yo. Por lo tanto, esta forma a la que llamamos yo, se cristaliza entonces en una tensión conflictual interna al sujeto, que determina el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro: aquí el concurso primordial se precipita en competencia agresiva, y de ella nace la triada del prójimo, del yo y del objeto.</p>
<p>Tenemos así una noción de agresividad correlativa de la estructura narcisista del sujeto y como decíamos antes constitutiva de la primera individuación, es decir una identificación primaria que estructura al sujeto como rivalizando consigo mismo, tensión imaginaria que se reacomodará en las vicisitudes del complejo de Edipo y por la función pacificante del ideal del yo. En esta misma tesis, Lacan, resalta esta función pacificante del ideal del yo y su conexión con la normatividad cultural, ligada desde los albores de la historia a la imago del padre. Trae de nuevo “<em>Tótem y Tabú</em>” de Freud y el alcance que sigue teniendo, en cuanto que hace derivar del acontecimiento mitológico, a saber el asesinato del padre, la dimensión subjetiva que le da su sentido, la culpabilidad.</p>
<p>Aquí nos encontramos con un acto violento, violencia fundadora, pues la necesidad de participación, que neutraliza el conflicto inscrito después del asesinato en la situación de rivalidad entre hermanos, es el fundamento de la identificación con el Tótem paterno. Precisamente esta identificación edípica es aquella por la cual el sujeto podrá trascender su agresividad primordial.</p>
<p>Destaquemos entonces una configuración imaginaria de la agresividad por un lado y una inscripción simbólica de la violencia por otro. Dicho de otro modo, la agresividad no da cuenta del acto violento, la agresividad primordial constitutiva del sujeto no podría fundamentar la barbarie. Comprender el fenómeno de la violencia nos llevará necesariamente a situarla en el interior mismo del lazo social, en su constitución. Orden social, que como señala Lacan en la Tesis V, da un lugar preeminente a la agresividad hasta el punto de confundirla habitualmente en la moral media con la virtud de la fuerza, y añade que esta promoción del yo en nuestra existencia conduce, conforme a la concepción utilitarista, a realizar cada vez más al hombre como individuo, es decir en un aislamiento del alma cada vez más emparentado con su abandono original; es a este ser a quien nuestra tarea cotidiana consiste en abrir de nuevo la vía de su sentido en una fraternidad discreta por cuyo rasero somos siempre demasiado desiguales.</p>
<p><strong>3. Justificación de la violencia.</strong></p>
<p>Pensar un acto violento por fuera de toda justificación, implicaría determinar conceptualmente un tipo de transgresión que no se defina por la relación con lo jurídico-político-religioso, ya que cualquier tipo de transgresión en este sentido puede no estar simplemente justificada sino en algunos casos ser precursora de lo que advendrá en un futuro como justo. Una transgresión política puede ser a la vez ilegal y legítima. Una transgresión jurídica puede revelarse como negación de una ley injusta y la transgresión religiosa está únicamente determinada por las condiciones de definición del espacio espiritual.</p>
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<p>Este es el tipo de razonamiento que Walter Benjamin nos diría que es incorrecto por estar implicado en un sistema de los fines justos. Hemos localizado la violencia como medio y ahora solo restaría saber si sirve a fines justos o injustos, pero hemos eludido así el criterio propio de la violencia como principio y establecido únicamente un criterio para los casos de su utilización. La cuestión de si la violencia es en general ética como medio para alcanzar un fin requiere de una distinción dentro de la esfera de los medios, independientemente de los fines a los que pueda servir.</p>
<p>En relación con este planteamiento se inscribe la diferencia entre el derecho natural y el derecho positivo. El derecho natural “justificaría” los medios por la justicia de sus fines; por su parte el derecho positivo intentaría “garantizar” la justicia de los fines a través de la legitimación de los medios.<br />
La tesis fundamental de Benjamin va a ser que la violencia interviene en toda relación de derecho, sea como violencia fundadora de derecho o como violencia conservadora de derecho. Del derecho fundador se pide la acreditación de la victoria, y del derecho conservador que se someta a la limitación de no fijar nuevos fines.</p>
<p>De esto se desprende que toda violencia empleada como medio participa en la problemática del derecho en general. Todo contrato remite a la violencia , ya que el sentimiento básico de todo compromiso es “Mejor hubiera sido de otra manera”.</p>
<p>La verdadera pregunta sería entonces por el sentido de esta violencia, una vez que hemos admitido que está en el origen de todo contrato de derecho. ¿Debe rastrearse este sentido en la historia y la política que legitiman o sancionan cada forma de violencia y determinan sus condiciones?. ¿ Se puede concebir una violencia que no pueda ser ni legítima, ni ilegítima, que no sirva de medio para nada sino que guarde otra relación respecto de estos fines?.</p>
<p>Un acto que no persiguiendo fin alguno fuera malo en si mismo, no teniendo otro propósito que el mal mismo. Esta búsqueda positiva del mal como fin último nos enfrentaría con los principios constitutivos del ser del hombre. Pues reconocer el mal únicamente como transgresión de la ley moral, es reconocer esta ley negativamente, y explicar el mal como momento segundo y subordinado. Denis L. Rosenfield propone una distinción entre acto maligno y acto malo; el acto maligno presupondría una concepción diferente del hombre, al establecer la negatividad como determinación positiva. “La voluntad maligna” sería una posibilidad originaria del ser humano. Este concepto “voluntad maligna” es rechazado por la filosofía por significar un escándalo del pensamiento, una contradicción que pondría en dificultad el pensamiento mismo en su esfuerzo de coherencia, de unidad y de sistematicidad. Se le asigna entonces al mal un carácter accidental o empírico, que es necesario estudiar para sacar lecciones políticas, pero que en cambio no debe ser integrado a las categorías del pensamiento. Se abandona a la historia lo que constituye un escándalo para el pensamiento.</p>
<p><strong>4. El mal. Teoremas y axiomas.</strong></p>
<p>De esta dificultad que tiene el pensamiento para integrar la violencia o el mal en sus categorías, podemos deducir ahora una serie de teoremas y axiomas.</p>
<p>El enunciado general del teorema lo podemos tomar de la teoría de Lacan sobre la forclusión: “lo forcluido en lo simbólico retorna en lo real”.</p>
<p>El teorema de la parte maldita (Baudrillard), reza así: Todo lo que expurga su parte maldita firma su propia sentencia de muerte. Cualquier intento de redención de la parte maldita, de redención del principio del Mal, sólo puede instaurar nuevos paraísos artificiales, los paraísos artificiales del consenso que sí son un auténtico principio de muerte.</p>
<p>Bataille distingue dos partes en la sociedad, la parte homogénea, más accesible al conocimiento, implica la conmensurabilidad de sus elementos y conciencia de esa conmensurabilidad (las relaciones humanas pueden mantenerse por una reducción a reglas fijas basadas sobre la conciencia de la identidad posible entre personas y situaciones definidas; en principio toda violencia esta excluida del curso de existencia que conlleva). La base de la homogeneidad social es la producción y las formas más cabales y más expresivas de la homogeneidad social son las ciencias y las técnicas. Todo elemento inútil queda excluido no de la sociedad total, sino de su parte homogénea. El término “heterogéneo” indica que se trata de elementos imposibles de asimilar. El mundo heterogéneo incluye el conjunto de resultados del gasto improductivo. La violencia, la desmesura, el delirio, la locura caracterizan en diferentes grados a los elementos heterogéneos. El teorema podría enunciarse así: La exclusión de los elementos heterogéneos del dominio homogéneo de la conciencia puede retornar bajo formaciones sociales definidas por la fuerza y la barbarie.</p>
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<p>René Girard también concluye con un teorema al establecer que la tendencia a borrar lo sagrado, a eliminarlo por completo prepara el retorno subrepticio de lo sagrado, bajo una forma que ya no es transcendente sino inmanente, bajo la forma de la violencia y del saber de la violencia. El pensamiento que se aleja indefinidamente del origen violento se acerca de nuevo a él pero sin saberlo, pues este pensamiento nunca tiene conciencia de cambiar de dirección.</p>
<p>En esta misma línea argumental Bernard Sichère se pregunta que pensamiento está a la altura del enigma del mal, ya que no disponemos en la actualidad de la dramaturgia cristiana para exorcizar al espíritu maligno. El hombre así desasistido se confronta con lo que llama “el axioma de Dimitri Karamazov”: enfrentamiento extraordinario entre el sujeto moderno falto de ley y de símbolos, por un lado, y por otro, la razón moderna, jurídica, psicológica y sociológica, que le niega el acceso a lo simbólico y al mismo tiempo le niega el horizonte del perdón.</p>
<p>Estos teoremas hacen inevitable la siguiente pregunta; ¿cómo hacer que lo excluido, véase lo heterogéneo o la parte maldita formen parte del cuerpo social, sin que éste produzca anticuerpos, cómo puede integrar una comunidad aquello que expulsa, tal vez para hacer posible su constitución misma? Estos interrogantes nos llevan a plantearnos la concepción política subyacente en toda comunidad social.</p>
<p><strong>5. Amigos y enemigos. Carl Schmitt y Richard Rorty.</strong></p>
<p>La tesis sobre el concepto político que elabora Carl Schmitt en los años 30, es simple, potencialmente perniciosa para el pensamiento del Estado, inspiradora de los totalitarismos. Elemental en su planteamiento, merece la pena tenerla en consideración, ya que si somos fieles a lo dicho anteriormente, su exclusión puede hacer que reaparezca por los más inusitados vericuetos.</p>
<p>Esta concepción política es de alguna forma una respuesta a la teoría pluralista del estado formulada sobre todo en los países anglosajones.</p>
<p>La distinción política específica para C. Schmitt, aquella a la que pueden reconducirse todas las acciones y motivos políticos, es la distinción de amigo y enemigo. El enemigo político no tiene por que ser ni estéticamente feo, ni moralmente malo, ni siquiera tiene por que ser un competidor económico. Simplemente es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intenso. Esta agrupación según amigos y enemigos que permite aprehender el fenómeno de lo político, se da con independencia de las consecuencias que puedan derivarse de ello para la valoración religiosa, moral, estética o económica.</p>
<p>De esto deducimos que es la potencialidad de la violencia lo que funda lo político, ya que las categorías de amigo y enemigo se copertenecen, es precisamente nombrar al enemigo lo que configura un Estado. Es en la posibilidad de la lucha real a muerte, donde se hace patente la consecuencia de la agrupación política. Así la guerra, la disposición de los hombres a matar y hacerse matar, no tiene un sentido normativo, sino existencial. La justificación de este sentido existencial, la encuentra en que no existen normas tan elevadas, ni programas ejemplares, ni ideales sociales tan hermosos, ni legalidad ni legitimidad alguna que puedan justificar el que determinados hombres se maten entre si por ello. La justificación entonces de la destrucción física de la vida humana viene dada en el estricto plano del ser, como defensa y afirmación de la propia forma de existencia.</p>
<p>Se puede mostrar como en un pensador tan alejado de C. Schmitt como Rorty sobrevive la categoría de amigo bajo el término “nosotros” y la de un enemigo edulcorado bajo el término “ellos”.</p>
<p>Rorty cuestiona la afirmación de que tenemos la obligación moral de experimentar un sentimiento de solidaridad con todos los demás seres humanos. La noción explicativa, “uno de nosotros” expresada en giros como “gente como nosotros”, “un camarada del movimiento”, “un griego como nosotros” (en tanto opuesto al bárbaro), “un católico como nosotros” (en tanto opuesto al judío, protestante o ateo), tiene más fuerza que la expresión “uno de nosotros, los seres humanos” (en tanto opuesto a los animales, los vegetales y las máquinas). Sostiene que la fuerza del “nosotros” es contrastante, en el sentido de que contrasta con un “ellos” y que los sentimientos de solidaridad dependen necesariamente de las similitudes y las diferencias que nos causen la impresión de ser las más notorias.</p>
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<p>Se percibe la dificultad de substraerse a esta categorización “amigos-enemigos, nosotros-ellos”. La diferencia, entre el ideólogo del totalitarismo y el ironista liberal, radica en la intención. Si para el primero es fundamental nombrar y mantener a distancia siempre un enemigo, la solución liberal por el contrario es hacer extensivo el “nosotros”, ya que las diferencias tradicionales (de raza, cultura, color, tribu o religión) carecen de importancia cuando se las compara con las similitudes referentes al dolor y la humillación, que ponen en cuestión la máxima de los liberales; “personas que a nada temen más que a la posibilidad de ser cruel”.</p>
<p><strong>6. Violencia lógica. Cabezas vacías.</strong></p>
<p>Nos ha tocado vivir en un siglo en el cual la posibilidad de ser crueles se ha desplegado por todo el planeta, rozando el límite de lo pensable. Nos podemos ahorrar la enumeración, sin dejar de señalar que el período de la Alemania nazi no fue posiblemente la culminación del mal, sino tal vez un nuevo reinicio del mismo bajo formas desconocidas hasta el momento. La identidad del mundo occidental, y no solo de los alemanes debe ser puesta en entredicho después de Auschwitz.</p>
<p>Del análisis que realiza Hannah Arendt de los orígenes del totalitarismo, podemos pedirle prestada una idea, cuya extrapolación puede alumbrar el fenómeno de la violencia en nuestros días: esta idea es la de una “lógica implacable” propia del pensamiento totalitario. Lógica implacable que vendrá a sustituir el sentido común, que se instalará dando cuerpo a un vacío. Fue propio de las ideologías tratar una “idea” como tesis científica que podía explicar el devenir de los acontecimientos, y es el rasgo propio de su transformación totalitaria el convertir la idea en una premisa en sentido lógico, como certeza autoevidente a partir de la cual puede deducirse con implacable coherencia todo lo demás.</p>
<p>El razonamiento lógico no precisa ni del sí mismo ni del otro, ni del mundo y es tan independiente de la experiencia como lo es del pensamiento y la reflexión. Esta certeza de carácter lógico, autónoma, por fuera de la reflexión, capaz de explicarse el mundo mediante un enunciado insensato, anida en las “cabezas vacías” produciendo un tipo de violencia que ya no obedece a la dialéctica de los medios y los fines, pero que sin embargo sostiene su filiación con políticas de corte totalitario que dando contenido a la premisa desencadena dramáticas conclusiones.</p>
<p>No deja de ser sorprendente que en la época en que se canta la alabanza del fin de historia, del fin de las ideologías y hasta se anuncia la retirada de la política, emerjan fenómenos de violencia asociados a las prejuiciosamente llamadas “tribus” urbanas que reivindiquen para sí la historia, la ideología y la política.</p>
<p><strong>7. La amistad bajo sospecha</strong></p>
<p>La relación entre estos dos términos dista mucho de ser simple y son escasos los textos analíticos sobre la amistad. Las relaciones amorosas y la estructura familiar han ocupado clásicamente los escritos psicoanalíticos, el complejo de Edipo y la elección de objeto han sido los ejes de interpretación de las relaciones humanas y la amistad no era más que un derivado de éstas. Sin embargo, encontraremos elementos en el Freud de Psicología de las masas y análisis del yo, El malestar en la cultura o Tótem y Tabú, para una nueva lectura sobre el tema. La teorización del lazo social y la concepción de los cuatro discursos por parte de Lacan, pueden ser la base sobre la que asentar una forma de pensar la comunidad. Esta conferencia no pretende ser exhaustiva ni desarrollar en toda su extensión los términos que son convocados en este ciclo, únicamente pretende rescatar su importancia. Para ello trataré de exponer algunas ideas freudianas de la amistad y la dimensión que tomó para Lacan la comunidad frente a otro tipo de asociacionismo. Tal vez así aportemos otra lectura del texto que hoy nos sirve de fondo; La comunidad inconfesable de Maurice Blanchot, cuya traducción debemos agradecer a Isidro Herrera, con quien tengo el placer de compartir la mesa.</p>
<p>Freud no dudó nunca en relacionar los sentimientos de amistad y los impulsos sociales con la sexualidad. Su idea de amistad incluía la que se daba entre hombres, entre hombres y mujeres o entre mujeres. No privilegia, como suele ser habitual en otras formas de entender la amistad, un tipo de relación sobre el otro. Cualquier modo de relación amistosa forma parte de impulsos instintivos, que si bien no pueden ser calificados de sublimados, están próximos a los de este orden. Esta proximidad a la sublimación hará estos vínculos más duraderos, ya que por un lado no han abandonado sus fines directamente sexuales, pero una resistencia interna impide que sean alcanzados. No alcanzar el fin sexual, su inhibición, hace los lazos entre los hombres más firmes. La relación amistosa sería, entonces, más estable que la amorosa. La estabilidad del lazo social tiene, por tanto, como condición esta inhibición del fin sexual. Freud sitúa en la misma serie que los sentimientos amistosos, las relaciones cariñosas entre padres e hijos así como el cariño conyugal. Las relaciones entre padres e hijos son plenamente sexuales en su origen y el cariño conyugal nace de la propia inclinación sexual.</p>
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<p>Desde este momento la amistad es siempre sospechosa de esconder en su seno una fuente erótica, cierta contaminación empaña su pureza y entre la niebla habrá que buscar el objeto sexual que nuestro amigo es, para nuestro psiquismo inconsciente. Freud insiste en la idea de la debilitación del fin sexual y descompone el sentimiento de amistad entre la ternura que es susceptible de ser consciente y sus ramificaciones inconscientes. Los análisis le han demostrado que estas últimas proceden de fuentes eróticas, y le permiten concluir que no sólo los sentimientos amistosos, sino todos los sentimientos (simpatía, confianza, etc.) se hallan enlazados con la sexualidad por puros y asexuales que aparezcan en nuestra consciencia. El sentimiento procede siempre de un deseo sexual, esta es la tesis freudiana. ¿Qué deseo alberga en su interior cada sentimiento? ¿Qué relación tienen la estima y el respeto con el objeto sexual? ¿En que se convierte el semejante para uno cuando ha admitido esta tesis?.</p>
<p>¿En que consiste, entonces, la amistad? ¿Cuál es su fundamento? Desde los clásicos hasta nuestros días son muchos los intentos, los esfuerzos por lograr una definición, un marco para esta relación entre los amigos: ¿Hay amigos? ¿Qué es un amigo? ¿En qué consiste la relación con él? Las respuestas son diversas y en ocasiones encontradas. Tal vez si nos planteásemos las tesis de Freud en toda su radicalidad, en todo su alcance, deberíamos preguntarnos si “hay relación amistosa” o si por el contrario la relación de amistad se inscribe en el mismo registro de imposibilidad que la “relación sexual”, una relación que no puede escribirse. La amistad tampoco forma parte de los discursos, que para Lacan, conforman el lazo social. ¿Por qué la lengua no nos ha dado un verbo para la amistad? Podemos amar, odiar, simpatizar, confiar o añorar, pero no podemos “amigar”. Cabría preguntarse cómo “amigan” la histérica, el obsesivo, el perverso o el paranoico. De cómo “amiguemos”, si es esto posible, de qué lugar le demos al amigo o qué esperemos de él, surgirá un modo de lazo, su destino no está escrito en ninguna parte, no por ello se ha cejado en el empeño.</p>
<p>La sospecha, esta vez, bajo la forma de error, ilusión o silencio, recae también para Nietzsche, sobre la amistad. En Humano, demasiado humano, afirmará: ¡sí hay amigos!, desmintiendo la frase atribuida a Aristóteles: ¡Amigos, no hay amigos!. Pero su afirmación no está exenta de condiciones, está construida bajo la forma: sí, pero&#8230;, y es todo lo que se dice detrás de este “pero” lo que realmente tiene importancia, más que la afirmación misma. Quiero leerles una líneas, del fragmento 376 De los amigos, ya que condensan una idea de la amistad paradigmática, una idea que hoy en día muchos suscribirían, una idea que tiene, tal vez, sus tintes cínicos, pero que puede tener para nosotros cierta resonancia:</p>
<p>&#8230;Más bien se confesará: sí hay amigos, pero es el error, la ilusión acerca de ti lo que los ha conducido hasta ti; y deben haber aprendido a callar para seguir siendo amigos tuyos; pues casi siempre tales relaciones humanas estriban en que nunca se digan, ni siquiera se rocen, cierto par de cosas; pero en cuanto esas piedrecillas echan a rodar, la amistad va detrás y se rompe. ¿Hay hombres que no resultaran mortalmente heridos si se enterasen de lo que sus más íntimos amigos saben de ellos en el fondo?. Al aprender a conocernos a nosotros mismos y a considerar nuestro mismo ser como una esfera cambiante de opiniones y disposiciones, y, por tanto, a menospreciarlo un poco, restablecemos nuestro equilibrio con los demás. Es verdad que tenemos buenas razones para despreciar a cada uno de nuestros conocidos, aunque sean los más grandes, pero igual de buenas para volver este sentimiento contra nosotros mismos. Y así, soportémonos unos a otros, ya que nos soportamos a nosotros; y tal vez le llegue a cada cual algún día también la hora más jubilosa en que diga:</p>
<p>“¡<em>Amigos, no hay amigos</em>!”, exclamó el sabio moribundo.</p>
<p>“!<em>Enemigos, no hay enemigos</em>!”, exclamo yo, el necio viviente(1).</p>
<p>Nietzsche no nos dice qué ilusión nos acerca a los amigos, pero nos da el estilo de esta relación. Para sostener el juego de espejos en el que se mantiene la ilusión, hay que callar “cierto par de cosas”. Aquí, Nietzsche, realiza un ejercicio de introspección que tiene como consecuencia una mayor tolerancia, tiene cierto aire moderno esta visión de las relaciones humanas; si nos conocemos a nosotros mismos, si nos vemos como seres cambiantes y admitimos nuestras propias miserias, mejor podremos tolerar y soportar a los otros, ya que hemos percibido primero en nosotros lo que antes intuíamos en los demás. Si para Freud el sentimiento procedía siempre de un deseo sexual, para Nietzsche tendrá su fuente en una ilusión. Ese par de cosas, que no deben siquiera rozarse, pertenecen a registros distintos, para el filósofo se juega la partida con el saber, lo que “el otro sabe de mí” y debe callar. Para el psicoanalista la partida no se juega exclusivamente con el saber, juega también el objeto que opera el desplazamiento; no estoy tan concernido por lo que “el otro sabe de mí” como por lo que “el Otro quiere de mí” y no debe callar. Hacer hablar al Otro es dejarle jugar su baza al inconsciente, que las “piedrecillas echen a rodar”.</p>
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<p>Tocar ese par de cosas sin producir necesariamente ruptura supondrá, que en este viaje con el Otro, atravesemos el plano de las identificaciones, de los reconocimientos, de las dualidades imaginarias. No se trata tanto de lo que el otro “piensa de mí”, de la estima o reconocimiento que sea capaz de otorgarme, sino de lo “que soy para él” en tanto objeto. Toda amistad basada en la identificación escamotea su verdadera razón, podemos pensar con Lacan que “hay un más allá de esta identificación, y está definido por la relación y la distancia existente entre el objeto a minúscula y la I mayúscula idealizante de la identificación”(2). La distancia entre el Ideal y el objeto y no su confusión dará la medida de una relación. El error de Nietzsche tiene en Lacan otra lectura: “Te amo, pero porque inexplicablemente amo en ti algo más que tú, el objeto a minúscula, te mutilo” (3), la ilusión esconde el objeto, ahora sí sabemos qué ilusión nos acerca al otro y nos conduce hasta él.</p>
<p>¿Es soportable el desvanecimiento de esta ilusión? ¿Qué quedará de la amistad una vez atravesada la identificación? ¿Seremos capaces de amar y mutilar sin despreciar al otro? ¿Qué le suponemos al amigo para que merezca nuestra atención? ¿Debe cumplir alguna condición? ¿Por qué hacemos de alguien nuestro amigo, cómo lo elegimos? ¿Es el amigo el producto únicamente del error o la ilusión? Derrida en Políticas de la amistad seguido de El oído de Heidegger se pregunta:</p>
<p>¿Quién es él? ¿Quién es ella? Quién, desde el momento en que, como se va a ver, todas las categorías y todos los axiomas que han constituido el concepto de amistad en su historia han resultado estar amenazados de ruina: el sujeto, la persona, el yo, la presencia, la familia y la familiaridad, la afinidad, la conveniencia (oikeiótès) o la proximidad, y así, una cierta verdad y una cierta memoria, el pariente, el ciudadano y la política (polítès y politeía), el hombre mismo, &#8211; y desde luego el hermano que lo capitaliza todo (4).</p>
<p>¿Quién es ese amigo una vez que han entrado en ruina todas esas categorías y axiomas? ¿En qué se convierte el amigo una vez que ha dejado de serlo? La historia nos muestra la desaparición de los amigos, no sólo de los que han muerto, sino la desaparición de los amigos vivos, aquellos que muy probablemente no volvamos a ver. Reflexionar sobre estas categorías y axiomas implicará pensar la relación entre amistad y comunidad y sobre qué espacio le conviene a la amistad de ser ésta posible. La comunidad inconfesable nos servirá de entrada y contrapunto para articular esta relación. En un breve capítulo, apenas dos páginas, “Comunidad y desobra” se afirma lo siguiente: “Si la comunidad es revelada mediante la muerte del prójimo, es porque la muerte misma es la verdadera comunidad de seres mortales: su comunión imposible” (5). Esta implicación entre muerte, comunidad y prójimo recorre todo el texto. La muerte del prójimo revela la comunidad, la muerte misma es la verdadera comunidad que al mismo tiempo se presenta como comunión imposible. La tentación, que embriagó a Bataille, es hacer depender de la intensidad de la muerte, la durabilidad de la comunidad. Más presente esté la muerte, más la comunidad puede permanecer, ya que la muerte liga, establece el “verdadero” lazo con el otro. Hacer de la muerte el fundamento de la comunidad, incluso teniendo en su horizonte lo real de la muerte, envolvió esta idea de comunidad con un halo de misticismo. Dos rasgos esenciales destacan esta forma de hacer comunidad; “1) La comunidad no es una forma restringida de sociedad, así como tampoco tiende a la fusión comunal. 2) A diferencia de una célula social, se prohibe hacer obra y no tiene como finalidad ningún valor de producción. ¿Para qué sirve? Para nada, si no es para hacer presente el servicio al prójimo hasta en la muerte, para que el prójimo no se pierda solitariamente, sino que se halle suplido, al mismo tiempo que le aporta a otro esta suplencia que le es procurada” (6). La comunidad, como el goce, no sirve para nada, salvo para hacer suplencia, intercambio de suplencias, intento de escribir el significante que falta en el Otro, la muerte.</p>
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<p>Experiencia de goce que contorneando la imposibilidad se confronta a la impotencia con el riesgo de abismarse en lo real.</p>
<p>Para Lacan, sin embargo, el discurso, lo que hace lazo, no es una experiencia de goce sino un tratamiento del goce. Es una forma de tratar al goce y por lo tanto un recorte en el goce mismo lo que hace lazo social. Pero volvamos, por un momento, al Freud de Psicología de las masas y análisis del yo, aparece allí la famosa fábula de los puerco espines para ilustrar de qué modo se entrecruzan los lazos libidinales en una comunidad:</p>
<p>Intentaremos representarnos cómo se comportan los hombres mutuamente desde el punto de vista afectivo. Según la célebre parábola de los puerco espines ateridos (Schopenhauer: Parenga und Paralipomena, 2a parte, XXXI, “Gleichnisse und Parabeln”), ningún hombre soporta una aproximación demasiado íntima a los demás.</p>
<p>“En un crudo día invernal, los puerco espines de una manada se apretaron unos contra otros para prestarse mutuo calor. Pero al hacerlo así se hirieron recíprocamente con sus púas y hubieron de separarse. Obligados de nuevo a juntarse por el frío, volvieron a pincharse y a distanciarse. Estas alternativas de aproximación y alejamiento duraron hasta que les fue dado hallar una distancia media en la que ambos males resultaban mitigados” (7).</p>
<p>Freud quiere poner de manifiesto con esta fábula, la hostilidad que habita toda relación humana de alguna duración. Los puerco espines necesitan acercarse, pero al acercarse se hieren, tienen que encontrar una distancia, sólo que Freud no está muy seguro de que tal distancia sea armoniosa, puede mitigar los males pero no el malestar. El malestar pervive entre las ciudades vecinas, entre los grupos étnicos afines, sin embargo, observa que este malestar desaparece en la masa. Esta formación colectiva reduce la intolerancia, temporal o permanentemente entre sus miembros, y los individuos entre sí no experimentan el menor sentimiento de aversión. Este milagro, de la restricción del narcisismo, es provocado para Freud por un único factor; el enlace libidinoso a otras personas. Entre la comunidad ilusoria, la amenazada de ruina, la inconfesable, la hostil o la libidinosa, como situar nuestra propia comunidad; la analítica. Lacan no quiso renunciar al término “comunidad” para hablar del modo en que los analistas comparten su experiencia. “Comunidad de experiencia” venía a sustituir la idea de asociacionismo o corporativismo que instituciones como la IPA o los colegios profesionales representaban. Ahora bien, cabe preguntarse, ¿le conviene a la comunidad de experiencia, la amistad? ¿Cómo hacer una comunidad que no sea hostil ni libidinosa, ilusoria o inconfesable? A la primera cuestión podríamos responder sí y no; sí, siempre que no se constituya en un obstáculo para la transmisión de esa experiencia, no, en la medida en que nunca puede ser su fundamento, pues el fundamento es, precisamente, la transmisión de esa experiencia.</p>
<p>Clásicamente, la lógica de una comunidad si seguimos a Max Weber (8), respeta el movimiento siguiente; un primer periodo de iniciación tras el cual a los aspirantes se les reconoce su capacidad de trabajo para esa comunidad y por último, si el trabajo es realizado conforme a lo esperado, su admisión como miembros de la misma. Lacan va a introducir algunas modificaciones esenciales en esta lógica, que “el analista se autorice por sí mismo”, significa de entrada que está exento del periodo de iniciación, entra en la comunidad por su propia decisión y responsabilidad, nadie le otorga o le niega esta autorización, es su propio riesgo. Sin embargo, para ser nominado Analista de la Escuela, un analista no tiene que dar cuenta de su trabajo como analista, lo que sería el segundo momento de Max Weber, tiene que dar cuenta de su propio análisis, transmitir a la comunidad su propia experiencia como analizante en el dispositivo del pase. Esto hace de la comunidad analítica, una comunidad “confesable”, una comunidad que no se acomoda a lo inefable, una comunidad para la que no hay experiencia si ésta no es transmisible y que transitando por el error y la ilusión pretende mantener siempre abierto un espacio para la causa analítica.</p>
<p>Javier Garmendia</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Notas</strong></p>
<ol>
<li>F.Nietzsche,Humano,demasiadohumano,V.I,Akal,Madrid,1996,fragmento376,p.200</li>
<li>Jacques Lacan, El Seminario, libro XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1987, p. 279</li>
<li>Ibid.,p.276</li>
<li>J.Derrida,PolíticasdelaamistadseguidodeEloídodeHeidegger,Trotta,Madrid,1998,p.324</li>
<li>M. Blanchot, La comunidad inconfesable, Arena Libros, Madrid, 1999, p. 35</li>
<li>Ibid.,p.36</li>
<li>S.Freud,“Psicologíadelasmasasyanálisisdelyo”,ObrasCompletasT.VII,BibliotecaNueva,Madrid,1972, p. 2582-2583</li>
<li>M. Weber, Economía y sociedad, Fondo de Cultura Económica, México, 1993.</li>
</ol>
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<p><strong>Bibliografía</strong></p>
<p>Abraham, T., Rorty, R., Badiou, A.: “Batallas éticas”, Nueva visión, Buenos Aires, 1995</p>
<p>Arendt, H.: De la historia a la acción, Paidós, Barcelona, 1995</p>
<p>Arendt, H.: Los orígenes del totalitarismo, Alianza Editorial, Madrid, 1981</p>
<p>Badiou, A.: ¿Se puede pensar la política?, Nueva Visión, Buenos Aires, 1990</p>
<p>Bataille, G.: El estado y el problema del fascismo, Pre-Textos, Valencia, 1993</p>
<p>Baudrillard, J.: La transparencia del mal, Ed. Anagrama, Barcelona, 1991</p>
<p>Benjamin, W.: Para una crítica de la violencia y otros ensayos, Taurus, Madrid, 1991</p>
<p>Bergeret, J.: La violencia fundamental, F.C.E. México 1990</p>
<p>Freud, S.: El malestar en la cultura, Alianza Editorial, Madrid, 1970</p>
<p>Freud, S.: Tótem y Tabú, Alianza Editorial, Madrid, 1967</p>
<p>Girard, R.: La violencia y lo sagrado, Ed. Anagrama, Barcelona, 1983</p>
<p>Lacan, J.: La agresividad en psicoanálisis, en Escritos II, Siglo XXI Editores, 1975</p>
<p>Montagu, A.: La naturaleza de la agresividad humana, Alianza Universidad, Madrid, 1978</p>
<p>Rorty, R.: Contingencia, ironía y solidaridad, Paidós, Barcelona, 1991</p>
<p>Rosenfield, D.: Del mal, F.C.E., México, 1975</p>
<p>Schmitt, C.: El concepto de lo político, Alianza Universidad, Madrid, 1991</p>
<p>Sichère, B.: Historias del mal, Ed. Gedisa, Barcelona, 1996</p>
<p>Wilson, E.: Sobre la naturaleza humana, F.C.E. México, 1980</p>
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		<title>Urgencia psiquiátrica. Una perspectiva psicoanalítica</title>
		<link>https://nucep.com/publicaciones/urgencia-psiquiatrica-una-perspectiva-psicoanalitica/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Javier Garmendia]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 09 Apr 2004 18:29:48 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>I. Introducción Cuando descolgamos el teléfono de nuestra consulta escuchamos, en algunas ocasiones, la voz de un sujeto que intenta formalizar una demanda. Es alguien probablemente desconocido para nosotros y muchas veces nosotros lo somos para él. Este desconocido, en un momento determinado, ha decidido hacer esta llamada que, tal vez, llevara tiempo meditando, algo [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>I. Introducción</strong></p>
<p>Cuando descolgamos el teléfono de nuestra consulta escuchamos, en algunas ocasiones, la voz de un sujeto que intenta formalizar una demanda. Es alguien probablemente desconocido para nosotros y muchas veces nosotros lo somos para él. Este desconocido, en un momento determinado, ha decidido hacer esta llamada que, tal vez, llevara tiempo meditando, algo en su vida la precipita ahora. Es siempre sorprendente observar las diferentes modulaciones que toma la petición de esta primera cita, ya que el sujeto se ve forzado a explicar por qué quiere vernos, no cuenta con la ayuda de una secretaria o enfermera que automáticamente acuerde el encuentro suponiendo de qué se trata, ni tan siquiera está seguro de que le podamos recibir o cuándo podremos hacerlo.</p>
<p>En ocasiones esta voz nos transmite cierto tono de inquietud, no sabe muy bien para qué llama, pero algunas cosas no andan como debieran. Otras veces el sujeto nos comunica de entrada que nada grave le sucede, como si quisiera no preocuparnos, pero que le haría bien hablar con alguien. Otros se presentan con el síntoma y nos comunican la seguridad de que podemos ayudarles, otros por el contrario dudan; “¿no sé si usted podrá hacer algo en mi caso?” Algunos atraviesan una situación crítica en su vida. Y también llaman, por supuesto, aquellos que “sólo” quieren analizarse. Y luego están algunos sujetos para los cuales más allá de lo que les sucede, más allá de la formulación de su malestar o sufrimiento aparece en primer lugar la prisa, la urgencia de ser recibidos de inmediato, su situación es tan trágica y ha llegado a tal extremo que no pueden esperar, tienen que ser atendidos ese mismo día; el día siguiente o la semana que viene les parece un tiempo eterno y posiblemente una falta de consideración por nuestra parte. Pues bien, paradójicamente, muchos analistas hemos constatado que tras consentir con este tipo de urgencia, el paciente no acude a la cita o viene a algunas entrevistas para después desaparecer.</p>
<p>La urgencia por resolver algo en el aquí y ahora no se corresponde con el psicoanálisis. La prisa por desembarazarse del malestar, de eso que al parecer ha irrumpido sin previo aviso en la vida del sujeto y perturba el desarrollo de su vida cotidiana, el apresuramiento por volver lo antes posible al estado anterior, “a mí esto no me pasaba antes”, se transforma en una exigencia de curación sin pasar siquiera por la demanda y sin demanda no hay análisis posible. Lo que no implica, por supuesto, que esta exigencia no sea atendida, se tratará de saber de qué modo y quiénes deben atenderla. No se me escapa, que efectivamente, la posición de aquél que atiende esta exigencia puede ser determinante para el ulterior desarrollo del caso. Pero es una suerte de azar, cuando un sujeto acude o es llevado a un servicio de urgencia no sabe por quién será recibido, tal vez tampoco le importe, ya que lo realmente fundamental será solucionar lo que ha provocado la urgencia. Ahora bien, no será lo mismo si el paciente se encuentra con un psiquiatra de orientación biologicista o un psiquiatra de orientación analítica, por radicalizar el ejemplo, muy posiblemente su futuro dependerá de esta contingencia. La escucha en la urgencia puede orientar el caso hacia un posible tratamiento, puede introducir algún interrogante para el sujeto que le implique posteriormente en aquello que le ha sucedido. Por el contrario sabemos que una atención estrictamente farmacológica liberará al sujeto de su responsabilidad, intentando solamente con esta intervención devolver al paciente a su estado anterior.</p>
<p>En cualquier caso y más allá de cómo sea atendida la urgencia, ésta comporta un carácter de exigencia de solución del conflicto, en sus diversas facetas social, familiar e individual, y de solución inmediata. La urgencia supone haber llegado a un límite tras el cual se vislumbra el desastre, el riesgo de agresión o suicidio, la muerte, la desaparición subjetiva, la exclusión social. La urgencia psiquiátrica es una urgencia médica, es la urgencia de restitución de la salud mental. No en vano los psiquiatras militares fueron los primeros en desplazarse al lugar en el que se producía el conflicto psíquico. Como ocurre siempre la guerra ensaya y enseña, vale la pena detenerse en algunas de estas enseñanzas pues nos muestran el fundamento de la urgencia psiquiátrica.</p>
<p>Lo primero que constataron los médicos del ejercito es que los pacientes con perturbaciones psíquicas que eran evacuados, durante el conflicto, a los hospitales generales en la retaguardia difícilmente volvían a prestar combate en el frente de batalla. Como el objetivo de cualquier mando militar era mantener la fuerza armada al máximo de sus posibilidades, no una mejor atención al paciente, se pensó que los hospitales locales que podían desplazarse con el regimiento cumplirían mejor esta función. Eran muy frecuentes, dada la alta tensión a que eran sometidos estos hombres, los llamados casos de nostalgia, que hoy diagnosticaríamos de depresión o ataque de pánico. Era tan elevado su número que, por tomar una muestra histórica, en el transcurso de la Guerra Civil Norteamericana se les retiró a los médicos militares la autoridad para licenciar a los soldados por este motivo. De enfermedad mental la nostalgia pasó a considerarse un problema moral, un rasgo de debilidad del carácter que no debía ser tratado en los hospitales sino con medidas firmes y represivas. Este brusco cambio en la perspectiva médica redujo tanto la incidencia de la nostalgia entre los soldados del frente que en dos años su número se había reducido a cero, sin embargo los casos de estreñimiento, neuralgias o cefaleas aumentó tanto que inevitablemente hizo pensar en estos nuevos trastornos como sustitución de la clásica nostalgia. La solución de reglamentar los conflictos psíquicos no parecía la adecuada.</p>
<p>Ni evacuar los soldados a los hospitales generales en la retaguardia, ni eliminar el conflicto por decreto se presentaban como salidas satisfactorias ante la exigencia de mantener la fuerza armada al máximo de sus posibilidades. El comienzo de la solución vino de la mano de los rusos, que en la guerra que sostuvieron con Japón en los albores del pasado siglo, acercaron la psiquiatría al frente, era el psiquiatra el que se aproximaba al enfermo nervioso. A partir de entonces todos coinciden en la importancia del tratamiento precoz en la vanguardia, lo que ahora ya llaman neurosis de combate debe ser abordada lo más cerca posible del frente pues su eficacia es indiscutible; en la I Guerra Mundial los franceses devolvieron el 90% de los casos al frente con este sistema. Desde entonces la recomendación es que los psiquiatras se destinen a las posiciones de vanguardia, y es esta función psiquiátrica extrahospitalaria la que conviene resaltar, ya que hará las veces de filtro. Será el encargado de devolver los hombres a sus unidades, enviarles a los hospitales por unos días o evacuarles a la retaguardia. Este esquema de tres posibles salidas no difiere en mucho del utilizado en nuestros días en la sociedad civil. El paciente que acude al servicio de urgencia puede ser devuelto a su mundo tras una prescripción médica, o quedarse en observación en el hospital por unos días o ingresado por un periodo de tiempo prolongado, es el facultativo el que tiene que decidir sobre el caso y esta decisión no es fácil, es una decisión que se toma en el límite antes mencionado y que tanto su orientación clínica como su ética guiarán.</p>
<p>¿En qué se apoyaban estos psiquiatras militares para hacer volver a alguien a una situación que le había provocado la crisis nerviosa? ¿Cómo hacerles retornar al espanto del que huían? La situación bélica, el horror del enfrentamiento, el miedo a la muerte y la mutilación no pueden evitarse, no pueden modificarse las condiciones que provocaron la crisis, ¿y entonces? Entonces la única posibilidad es considerar que estos pacientes, para los cuales ahora la situación se ha tornado insoportable, en su momento, sin embargo, afrontaron estos riesgos, luego eran capaces de combatir. Se tratará entonces de restituir esta capacidad perdida, de volver a ese estado anterior mediante un breve alejamiento del campo de batalla y una serie de medidas paliativas, como el alivio del hambre y la fatiga, que hagan resurgir las fuerzas capaces de controlar la conducta. Esta es la exigencia de solución del conflicto que se pone en juego en la urgencia buscando la restitución de la salud, de la capacidad para afrontar el contexto de vida en el que cada sujeto está sumergido, es la urgencia médica como pone de manifiesto sobretodo la primera fase del esquema clásico de la intervención ante la urgencia psiquiátrica.</p>
<p>De las cuatro fases; <i>triage</i>, evaluación, plan de tratamiento y plan disposicional, la primera corresponde a un término anglosajón que designa un principio por el cual se trata a las víctimas de una catástrofe de acuerdo con un criterio de selección. En este primer paso lo fundamental es determinar si existe el riesgo de un acto violento o un acto suicida, una vez que la seguridad del paciente, familiares y personal técnico está a salvo se procede con las etapas restantes. Destaco este punto debido a que una gran parte de las urgencias psiquiátricas se producen por el temor o amenaza de agresión o el riesgo de suicidio y esto es lo que debe ser controlado y se le pide al psiquiatra de urgencia que sea él quien realice esta labor. Dedicaré al suicidio un apartado al final de este desarrollo para ocuparme ahora de las relaciones entre psicopatología y urgencia.</p>
<p><strong>II. Urgencia y psicopatología</strong></p>
<p>Si repasamos algunas de las definiciones clásicas de la urgencia psiquiátrica, observaremos una relación de causalidad entre la psicopatología y la necesidad del tratamiento inmediato. Bien definamos la urgencia como una perturbación del pensamiento, sentimientos o acciones que requieren un tratamiento inmediato o como una alteración psicopatológica aguda que reclama la presencia inmediata del especialista para su valoración o posible tratamiento, determinada además no sólo por la clínica sino también por la ansiedad que esa clínica provoca en el medio, o nos representemos la urgencia a través de crisis agudas emergentes de situaciones psicóticas o neuróticas, en todos los casos se da implícitamente esta relación de causalidad. Parecería que algunas patologías son más susceptibles, están más impregnadas de urgencia que otras, pero si leemos entre líneas veremos que son la perturbación, la alteración o la emergencia, en un contexto psicopatológico cualquiera, lo que desencadena la urgencia, la urgencia es la de un sujeto alterado o perturbado.</p>
<p>Sin embargo, es cierto, que los servicios de urgencia son más frecuentados por un tipo de patologías, son aquellas patologías en las que esta alteración o perturbación puede producirse; crisis en la psicosis, crisis de angustia, conducta violenta y riesgo de suicidio por citar las más comunes, a las que habría que añadir todas las relacionadas con la ingesta de tóxicos o las situaciones extremas en los casos de anorexia. Sin perder de vista que muchos psicóticos, angustiados, violentos o potenciales suicidas, no han pisado nunca un servicio de urgencia porque han buscado y encontrado una salida para su conflicto por otras vías. Una vez rescatada la implicación subjetiva en la urgencia dentro de un contexto psicopatológico determinado podemos detenernos ahora, muy brevemente, en estas patologías más frecuentes; la crisis de angustia, crisis agudas en la psicosis y la conducta violenta.</p>
<p>La crisis de angustia, ese afecto que no engaña, es uno de los motivos más frecuentes de solicitud de la urgencia, el cortejo de elementos somáticos – síntomas respiratorios, cardiovasculares, digestivos, neuromusculares &#8211; y psíquicos – inquietud, perplejidad, desaliento, terror, duda -, configuran un cuadro, una escena en la que el sujeto pierde su anclaje y se sitúa en el borde de un abismo experimentando el vértigo entre la fascinación y la amenaza. El sujeto, como un equilibrista, quiere caminar sobre el cable y al tiempo vislumbrar la malla de seguridad, asomarse al precipicio aferrándose a la valla, si estos sistemas de seguridad desaparecen sufre el desasosiego y la sensación de muerte que le harán acudir urgentemente en su busca. La crisis de angustia es como una demanda muda que se expresara en un lenguaje de signos incomprensibles que anhelan ser descifrados, de ahí la importancia de que la remisión de la crisis no arrastre consigo esta demanda anegando un decir en ciernes y condenando al sujeto a caminar por un pasillo seguro pero desvitalizado entre una y otra crisis.</p>
<p>La psicosis, la crisis aguda en la psicosis, la desestabilización, el estado delirante agudo, las crisis alucinatorias, los diversos momentos en que un psicótico precisa de una urgencia han sido ampliamente descritos. El cuidado, prudencia y cautela que el entrevistador ha de tener con el paranoico no contrariándole de entrada para no despertar su suspicacia y posible agresividad. El intento por parte del facultativo de contactar con el esquizofrénico para que admita la medicación y la posible hospitalización. El trato difícil y conflictivo en la manía debido a las negaciones masivas, a la falta de inhibición, a la conducta provocativa, eufórica y hostil, que reclama del psiquiatra una posición sin ambivalencias, asumiendo un papel activo en la imposición de los límites. Recomendaciones no exentas de valor pero que no toman en cuenta el mayor de los riesgos con el que se enfrenta el psicótico, la aspiración a su normalización, la aspiración a la normopatía, borrar el rastro del sujeto en la psicosis.</p>
<p>El tratamiento de la crisis debe orientarse para permitir el trabajo de la psicosis, la remisión de la crisis tiene que ser el preludio de este trabajo no su epílogo. Un trabajo en el que el paciente pueda construir una salida para su psicosis, una estabilización propia que se sustraiga de la aspiración normopática, de la exigencia de normalidad, que no hará otra cosa que asfixiarle en la impotencia, presionando para que desaparezca todo vestigio del delirio. El uso de la medicación psicofarmacológica, desde una perspectiva analítica, irá en la dirección de posibilitar este trabajo al no confundir la extinción de la sintomatología psicótica con la curación. Se pueden extirpar de muchas maneras estos síntomas pero se corre el gran riesgo de perder al sujeto en el camino. En demasiadas ocasiones la “normalidad” del psicótico se ha pagado con la muerte subjetiva. Lo urgente en la psicosis es abrir o reanudar esta vía de trabajo, que el sujeto sepa hacer con su psicosis.</p>
<p>La violencia, el acto violento, la conducta agresiva, dañar al otro, maltratar, sitúan a los profesionales en una tesitura, siempre muy compleja, que oscila entre lo clínico y lo jurídico. Ya Freud le escribió a Einstein en 1933 que no era probable que nosotros fuéramos capaces de suprimir las tendencias agresivas de la humanidad. Tendencias agresivas, agresividad que es constitutiva de la primera individuación del sujeto, como señaló Jacques Lacan, al mostrar esta agresividad como la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de entidades característico de su mundo. Para comprender la naturaleza de la agresividad en el hombre nos sugiere recurrir a una encrucijada estructural, que no es otra que la del estadio del espejo, en donde el ser humano se fija en una imagen que lo enajena a sí mismo. Aquí se origina la organización pasional que llamará su yo, y que cristalizará en una tensión conflictual interna al sujeto, al determinar el despertar de su deseo por el objeto del deseo del otro y precipitar la competencia agresiva.</p>
<p>Tenemos una agresividad consustancial al ser humano &#8211; un estadístico norteamericano contabilizó el número de guerras habidas durante 5.560 años de historia y el resultado fue de 14.531, a una media de 2,6 por año &#8211; que acordamos con Freud no está a nuestro alcance suprimir. La violencia patológica, otro modo bajo el que puede presentarse la agresividad, sobrepasa a la agresividad primordial y tiene su origen en algún tipo de trastorno; trastorno mental, orgánico, consumo de tóxicos o síndromes de abstinencia. Y por último una violencia no originada por trastorno alguno y que por lo tanto no constituiría un caso clínico. Estos pacientes deberán ser remitidos al espacio judicial y no al hospitalario, según todas las indicaciones de las urgencias psiquiátricas. ¿Cómo precisar con exactitud cuándo la violencia es debida a algún trastorno y cuándo es un hecho violento sin relación con la psicopatología, un acto violento en sí mismo? Esta división está fundada sobre la idea de considerar una violencia como efecto de un cuadro psicopatológico y otra sin fundamento, gratuita. Y la consecuencia lógica de esta división es el reparto de la responsabilidad, en el primer caso el sujeto está exento de la misma en el acto agresivo y en el segundo recae ésta sobre el individuo; para los primeros el hospital, para los segundos la sala del tribunal.</p>
<p>División que resulta siempre fallida. Desde la perspectiva psicoanalítica el sujeto es siempre responsable, al menos es siempre éticamente responsable y debe hacerse cargo de las consecuencias de sus actos, más allá del trastorno psicopatológico con el que se presente, sea éste paranoide, esquizofrénico, trastorno de la personalidad o del control de impulsos, fase maníaca o cualquier otro diagnóstico en uso. Si lo primero que hay que hacer, obviamente, en la urgencia psiquiátrica es reducir el estado de violencia y habitualmente hacerlo con la ayuda farmacológica para posteriormente tomar otras medidas, lo que hay que tener muy claro es que al reducir la violencia no se reduzca también la responsabilidad, pues sin responsabilidad no hay sujeto. Althusser al que se le aplicó este <i>estado de no responsabilidad</i>, a pesar de que un grupo de sus amigos intentó que no fuera objeto del <i>no ha lugar</i> que sancionaron los exámenes medicolegales, quedó sumido en el silencio, que este estado impone, hasta que decidió con toda lucidez y responsabilidad tomar por fin la palabra para explicarse públicamente.</p>
<p>Una delicada membrana permeable se sitúa entre ambas responsabilidades, una membrana en la que resuenan los ecos de la ética y la ley, puliendo el tono y buscando las notas con las que escribir un concierto, que sabiéndose disonante, ha de ser susceptible de alguna posible ejecución. Cada sociedad extiende o reduce, perfora o cubre, tensa o afloja sus propias membranas al dotarse del conjunto de leyes, normas y reglas que regirán su convivencia, que le darán su estilo y carácter, que esbozarán sus expectativas sin eximir a sus miembros de un compromiso ineludible con el que salir de la minoría de edad. La nuestra, nuestra sociedad actual, se enfrenta a un riesgo que sí es preciso medir, y medir con urgencia. El efecto de la psicologización de cada vez más numerosos espacios sociales, familia, trabajo o escuela, está creando una nebulosa en la que el sujeto, aparentemente liberado de su responsabilidad, se pierde paradójicamente en el tejido psíquico; con el beneficio secundario del desentendimiento de las instancias sociales que remiten al campo de lo psíquico parte de sus competencias.</p>
<p><strong>III. Aparición de la urgencia. Sus modalidades</strong></p>
<p>La urgencia psiquiátrica se produce, como ya hemos resaltado, cuando el sujeto o la situación social o familiar ha llegado al límite. Pero para llegar a este límite se ha recorrido un camino, el acto de la urgencia, su irrupción, no debe impedir pensar en su gestación, en el cómo se ha alcanzado ese momento insostenible, qué responsabilidad se ha eludido para que en lugar de formular la demanda se imponga al Otro la urgencia. Obviamente aquí es ineludible hacer una primera distinción entre el paciente que acude a un servicio de urgencia por su propia voluntad y aquellos pacientes que son llevados por presión o en último caso por la fuerza de la ley. Pero en ambos casos esta dejación de responsabilidad impone al Otro la urgencia, la urgencia implica presencia, es un presentarse al Otro para que éste encuentre una salida al conflicto que se ha ido fraguando. Es un presentarse, también para el paciente que acude por su propia voluntad, para obtener respuestas sin haber querido o podido hacer las preguntas, es una presencia que camufla el compromiso subjetivo.</p>
<p>Pero es el segundo caso el que más problemas presenta, cuando el paciente es traído contra su voluntad y en muchos casos por la fuerza. Aquí el sujeto no se presenta, es presentado como alguien incapaz de desarrollar su propia vida, su proceso psicopatológico le incapacita para acometer las funciones que le corresponden en su medio social, laboral, académico o familiar, es un sufrimiento sordo que se teje día a día y amenaza con la ruptura del lazo social, el aislamiento, pero que el sujeto no consiente en admitir. Únicamente la presión de su entorno, en muchos casos bajo forma de amenaza y apoyándose en un momento crítico, hará que estos pacientes consientan en acudir a un servicio de urgencia.</p>
<p>Cuando es traído por la fuerza de la ley, no de la persuasión o la presión del entorno, lo primero es preguntarse si nos encontramos frente a un caso clínico. Pues la intervención misma de la ley convierte el caso en un caso jurídico. Si este caso jurídico puede devenir en un caso clínico es una pregunta abierta, un desafío, nos movemos aquí en una frontera de contornos imprecisos. Para que intervenga la ley tiene que presentarse una demanda al juez, esta demanda tienen que realizarla los familiares o personas allegadas en el momento en que la persona denunciada esté realizando los actos agresivos o tras éstos si puede demostrarse dicha agresión. Este llamar a ley es, frecuentemente, el último recurso utilizado por las personas cercanas al paciente. A los familiares les supone mucho dolor llegar a este extremo y en demasiadas ocasiones han padecido las agresiones sin ser capaces de hacer la denuncia. Han tenido que vivir situaciones de gran violencia para recurrir a la ley, se les presenta un dilema moral que sólo ellos pueden resolver pero que nosotros no podemos escamotear; ¿es necesario y conveniente, en estos casos, la intervención de la ley, el ingreso forzoso? Considero que llamar a la ley pueda ser efectivamente el último recurso, que antes deben agotarse el resto de posibilidades, pero cuando la seguridad de otras personas o la del propio paciente está realmente en juego, el recurso legal no es únicamente conveniente, es también necesario.</p>
<p>No hay que olvidar que el requerimiento de este recurso legal se implantó para evitar los abusos en el confinamiento de enfermos mentales. Los hospitales psiquiátricos, los manicomios, albergaban pacientes cuya única patología era ser molestos, molestia que encubría en muchos casos los más siniestros intereses familiares, o haber transgredido las rancias convenciones sociales. Esto constituía una razón suficiente para que terceras personas recurrieran a una forma de reclusión sencilla, el ingreso en el manicomio, reclusión que no necesitaba de delito, juicio ni condena. Este recurso a la ley, entonces, se creó como una protección para el paciente, es ahora un juez el que puede prescribir un ingreso forzoso, su asesoramiento y criterios merecería un trabajo aparte, pero en cualquier caso no se le supone parte implicada o interesada en el asunto.</p>
<p>Sin pretender haber agotado todas las modalidades, sí podemos ahora, teniendo en cuenta estas formas de presentarse la urgencia, valorar el hecho de que el profesional que atiende al paciente en este momento crítico, sea psiquiatra o en ocasiones psicólogo, tenga una formación psicoanalítica. Sin duda hemos de tener en cuenta esta multiplicidad de situaciones que se dan en una urgencia. Habíamos mencionado anteriormente que la urgencia por resolver algo en el aquí y ahora no se correspondía con el psicoanálisis pero, que sin embargo, esta exigencia no podía ser desatendida.</p>
<p>¿Cómo hacer con el que se presenta sin llamar? En primer lugar intentar saber quién es y a qué viene, que el hecho mismo de la urgencia no encubra por completo el espacio de la subjetividad; atender la urgencia sin legitimarla. Legitimarla sería responder a la pregunta no formulada, responder con un saber ya adquirido. Atender sin legitimar supone que nos interroguemos por el diagnóstico del sujeto, que abramos este espacio. La psicopatología propia de cada caso nos indicará cómo y en qué momento realizar esta apertura. Estados de agitación, crisis de angustia, intentos reiterados de suicidio, actos de agresión incontrolados o crisis delirantes agudas requerirán distintos abordajes para lograr una primera estabilización de la situación crítica, tras la cual abrir la posibilidad de un futuro tratamiento. Tratamiento que inaugure otro tiempo que no sea el de la prisa, un tiempo que permita al sujeto interrogarse por su síntoma, un tiempo para la modificación subjetiva que no sea el retorno de lo mismo, en definitiva un tiempo para el análisis.</p>
<p>Ganar este tiempo supondrá haber logrado transformar este “presentarse”, esta imposición al Otro en una demanda que restituya al sujeto su responsabilidad. No siempre este franqueamiento puede llevarse a cabo, pero sin el mismo no hay tratamiento analítico posible. Estar en la urgencia, con una orientación psicoanalítica, es ofertar este lugar y tiempo para que a través de este franqueamiento el sujeto encuentre su lugar, es estar ahí para mostrarle al paciente que puede tener un destino distinto a la repetición, pero que en ese destino él debe jugar su parte. No me cabe duda de que para muchos pacientes haberse encontrado con un psicoanalista en el servicio de urgencias ha modificado este destino.</p>
<p>Una vez realizada esta valoración, debemos ahora pensar otra modalidad de la urgencia. No hemos tenido en cuenta hasta aquí los casos que ya están en tratamiento, psicoanalítico o de otro tipo, y que en el transcurso de la cura atraviesan por la necesidad de la urgencia. ¿Qué sucede con estos pacientes que en el transcurso de la cura analítica requieren más atención? Son pacientes que ya disponen de una escucha y sin embargo, de algún modo únicamente ésta, no resulta suficiente.</p>
<p>Contamos con el paciente que nos llama pidiendo más sesiones, incluso varias al día, por estar atravesando un momento crítico. Cada analista manejará en la dirección de esa cura el caso como crea correcto según su saber hacer y teniendo en cuenta los fenómenos transferenciales, sin salirnos de la lógica de la singularidad de cada caso que orienta nuestra práctica. Pero también nos encontramos con pacientes que precisan de algún tipo de medicación psicofarmacológica, su padecimiento no se diluye solamente con la escucha, perfilándose a veces el riesgo de pasar al acto, y recurrimos entonces, y no siempre con el visto bueno del sujeto, a la intervención psiquiátrica para la prescripción del fármaco más adecuado. Asimismo la recomendación de un ingreso, sea éste en hospital de día o en hospital psiquiátrico dependiendo de la gravedad de la situación, cuando el paciente entra en una crisis aguda y no puede ser contenido con la medicación, se hace en el curso del tratamiento con el convencimiento de que la remisión de la crisis no puede realizarse de otro modo y que esta remisión es necesaria para la continuación de la cura.</p>
<p>Estos diferentes momentos por los que puede atravesar la cura no tienen porqué desarrollarse en este orden ni sugieren , por supuesto, idea alguna de evolución. Un paciente puede precisar un ingreso sin haber pedido nunca una sesión de más y es obvio que la demanda de más atención por parte del analista no tiene porqué concluir en la prescripción médica. Pero sí considero que estas situaciones son críticas, son las urgencias que se producen en el transcurso del tratamiento analítico, en el marco de la escucha y que con la excepción del primer momento requieren siempre una intervención por fuera de este marco. Podemos definir estas situaciones críticas como el momento en el que el recurso de la palabra no ha sido suficiente; cuando aceptamos la medicación o el ingreso admitimos que hablar y ser escuchado sigue siendo necesario pero no suficiente.</p>
<p>No retroceder ante el malestar de nuestra época, no dar la espalda a los síntomas contemporáneos, anorexia, toxicomanías, maltrato, no desentenderse de la psicosis harán que el psicoanálisis se enfrente, con mucha probabilidad, a este tipo de urgencias. Cada psicoanalista desde su propia orientación tendrá que ver cómo hacer, cómo trabajar en esa situación que desborda, en parte, el marco clásico. Una relación interdisciplinar se impone y contar con médicos y psiquiatras de orientación analítica será absolutamente indispensable.</p>
<p><strong>IV. Urgencia y responsabilidad</strong></p>
<p>El marco queda desbordado porque el psicoanalista, como enfatizó Jacques-Alain Miller en sus <i>Charlas brasileñas</i>, se dirige al sujeto de derecho, siempre al sujeto, ético y de derecho. Sin embargo,<i> </i>en muchas de las situaciones de urgencia, si bien no en todos los casos, el derecho le es retirado al sujeto. Actores sin papel, en lenguaje jurídico <i>alieni iuris,</i> que sólo tienen “capacidad de goce” pero no jurídica. Por supuesto no estamos censurando que, efectivamente, en situaciones críticas este derecho pueda ser retirado y las dificultades que esto entraña, como veremos más adelante. Se trata de resaltar que con la desaparición del sujeto de derecho se ausenta también el psicoanalista como tal, lo que no quiere decir que haya enfermedades mentales que no pueda tratar, puede tratarlas todas siempre que exista este sujeto ético y de derecho, un sujeto que pueda responder sobre lo que hace y dice. Es una responsabilidad transclínica de la que hablamos, lo que significa que no se relaciona necesariamente con la gravedad del caso, hay pacientes psicóticos que se hacen cargo de sus actos y de su decir con una entereza de la que pueden carecer muchos neuróticos, más empeñados en la búsqueda de justificaciones sobre su malestar que en admitir su implicación subjetiva.</p>
<p>Los estudiosos del derecho se remontan a la tradición aristotélica que supone que la voluntariedad de una acción es una condición necesaria de la responsabilidad. Para los juristas un problema central de esta tesis es el papel que la voluntariedad junto con la intención desempeñan en la asignación de responsabilidad. Ahora bien para que la voluntariedad sea considerada condición suficiente, en la asignación de responsabilidad por actos incorrectos, el agente tiene que advertir esta incorrección para ser moral o jurídicamente responsable, es decir el sujeto tiene que realizar el acto voluntariamente y saber al mismo tiempo de su incorrección para que pueda ser imputado.</p>
<p>Teniendo en cuenta esta distinción y aplicando una regla estricta, J. L. Mackie puede explicar por qué los psicópatas no son penalmente responsables. Determinar si una acción es intencional o voluntaria es una cuestión fáctica, psicológica, pero determinar en cambio si un agente debe o no considerarse responsable es una cuestión moral o legal. La iniciativa de J. L. Mackie es relacionar directamente estas determinaciones obteniendo lo que llama la estricta regla de la responsabilidad: un agente es responsable de todas sus acciones intencionales y únicamente de ellas. De modo que un psicópata actúa voluntariamente en la medida en que da lugar a una serie de acontecimientos por medio de un proceso causal que se inicia con un deseo de que esos acontecimientos ocurran y continúa con una decisión de producirlos, pero no es responsable si carece de la capacidad de advertir la incorrección de la conducta prohibida por un mandato jurídico. Coexisten por tanto la voluntad de la acción con la falta de intención de hacer algo incorrecto, aquí la falta de intencionalidad, si aplicamos la regla estricta, exime al psicópata de su responsabilidad. ¿Cuál sería la perspectiva analítica en este caso? Es considerar la falta de intención o la cualidad de ésta, buena o mala intención, o la atribución “no era mi intención” como modulaciones de la justificación. Presionamos al sujeto para que tenga en cuenta las consecuencias de sus actos no sus intenciones, es una exigencia de la existencia del inconsciente, de la intencionalidad inconsciente. Desde nuestra perspectiva podríamos, entonces, modificar la regla estricta: un sujeto debe responsabilizarse siempre de las consecuencias de sus acciones, más allá de la intencionalidad de las mismas.</p>
<p>Para ilustrar esta tesis nos apoyaremos en el Freud de los albores del psicoanálisis, en el Freud que discute la teoría de Janet sobre la disociación de la conciencia. Según la teoría de Janet, la disociación de la conciencia era un rasgo primario de la modificación histérica, y dependía de una debilidad congénita de la capacidad de síntesis psíquica, que testimoniaba en calidad de estigma psíquico, de la degeneración de los individuos histéricos. Para Freud, sin embargo, la disociación de la conciencia es secundaria y por lo tanto adquirida. Ha comprobado a través de sus casos clínicos de histeria que la disociación del contenido de la conciencia es consecuencia de una volición del enfermo, siendo iniciada por un esfuerzo de la voluntad, cuyo motivo puede ser determinado. Freud no está diciendo con esto que el enfermo se proponga provocar una disociación de la conciencia. La intención del enfermo es muy otra, y no llega a cumplirse, acarreando, en cambio esta disociación. La intención del enfermo es olvidar una representación que le resulta intolerable, una representación que despierta un afecto penoso e incompatible con el yo. Janet con J. L. Mackie eximirían al paciente histérico de toda responsabilidad, ya que la merma en la capacidad de síntesis psíquica preludia la ausencia de intencionalidad, padeciendo el paciente los síntomas sin poder responder por ellos. Por el contrario Freud vislumbra un esfuerzo de la voluntad, una intención y una consecuencia, sabe que la intención del enfermo es otra, no es producir la disociación, pero sabe también que la consecuencia es la emergencia de la neurosis y que por lo tanto, más allá de la intencionalidad, el paciente está comprometido con su neurosis y puede responder por sus síntomas, abriendo así el espacio de la cura analítica, el espacio del sujeto de derecho.</p>
<p>Ahora deberíamos detenernos en las circunstancias en que este derecho puede ser retirado. ¿Cuáles son los factores eximentes de la responsabilidad que los juristas llaman “vicios de la voluntad”? La determinación del grado en que estos factores deben estar presentes para configurar un vicio de la voluntad, según G. Pincione y parece que en esto hay coincidencia en el mundo de la judicatura, depende de supuestos empíricos y valorativos, lo que implica el estudio y evaluación de cada uno de los casos. Nos enfrentamos aquí al problema del diagnóstico en psiquiatría, pues son ellos los encargados de hacer este estudio. Muchos psiquiatras son conscientes de que este diagnóstico se caracteriza por una fiabilidad escasa y cuestionable en un alto porcentaje de casos, una importante variabilidad en el tiempo, la posibilidad de incurrir en múltiples sesgos filosóficos o epistemológicos y basarse a menudo en criterios relativamente subjetivos. A pesar de estas dificultades tienen que asumir el riesgo que conlleva esta valoración en una situación crítica,</p>
<p>teniendo en cuenta además que en la psiquiatría de hoy en día hay poderes, instituciones y tecnologías que, a través de sus acciones, tienen la capacidad potencial de incidir de forma drástica en la vida de los individuos.</p>
<p>La situación más crítica sea posiblemente la del internamiento forzoso urgente, es el momento en el que al sujeto se le retiran, por la fuerza, sus derechos. Para que esta situación se produzca, el paciente tiene que ofrecer una negativa explícita para su internamiento y a la vez tiene que existir una indicación urgente para que éste sea llevado a cabo. Hay una serie de pacientes, jóvenes en su mayoría, que mantienen con su entorno familiar unas relaciones tensas, de una agresividad confusa, indeterminada, que con relativa frecuencia concluyen en actos de violencia en la persona de padres o hermanos. Estos pacientes no suelen poder explicar qué les condujo a la agresión, qué situación provocó que hiriesen a un hermano o golpeasen a la madre, un arrebato indescriptible se les impone y dirige su acto sin que al parecer ellos puedan hacer nada por evitarlo, y sin que nosotros podamos siempre aclarar la oscura distinción entre estos “impulsos irresistibles” y aquellos a los que simplemente no se ha opuesto resistencia. Estos casos junto con el riesgo de autoagresividad, la grave disminución de la autonomía personal y la grave enfermedad mental que, auque no incluya inicialmente los supuestos anteriores, suponga un riesgo de agravación en caso de no ser adecuadamente tratada, configuran para gran parte de los psiquiatras las indicaciones clínicas que aconsejan el internamiento forzoso urgente.</p>
<p>Pero estas indicaciones son eso, indicaciones de contornos imprecisos o no tan precisos como el clínico desearía. Él debe decidir en los márgenes de esta imprecisión y en el contexto de una situación que ha llegado a su límite. Se enfrenta con la fragilidad de un sujeto que no sólo pierde su derecho en ese instante, sino que también como señalamos al comienzo, vislumbra su propio abismo, su posible desaparición subjetiva y la exclusión de su entorno vital. Comentando libremente a Paul Ricoeur podemos plantear el problema de la naturaleza del vínculo que existe entre fragilidad y responsabilidad. Cuando lo frágil es un ser humano que se entrega o es entregado al cuidado del facultativo, se pone bajo su custodia y espera su ayuda, se establece un compromiso entre la llamada de lo frágil y la respuesta de la responsabilidad. Pero hay que medir la distancia entre la responsabilidad que introduce la relación con lo frágil y la responsabilidad, de la que venimos hablando, que consiste en designarse a uno mismo como el autor de sus propios actos. Sin invalidar esta definición, pues si no fuéramos autores de nuestros propios actos nadie podría tampoco contar con nosotros, la responsabilidad con lo frágil añade, al menos, un rasgo que merece ser rescatado. La llamada de lo frágil nos orienta hacia el futuro, no pone el acento en el pasado; ¿que podemos hacer por ese ser frágil, qué haremos por él? La fragilidad nos impone una responsabilidad respecto al futuro.</p>
<p>En la medida en que el sujeto pierde su derecho o se encuentra en el límite, el psiquiatra, de alguna manera, adquiere esta nueva responsabilidad, pero no entendida en términos de carga. Es una responsabilidad por el futuro que habrá de tener en cuenta, con cautela y prudencia, la utilización del poder y la tecnología de que disponen. Sin duda una gran responsabilidad, pues al no disponer de los indicadores precisos, en el momento crítico de la urgencia, el psiquiatra debe asumir su decisión como propia haciéndose cargo de esta llamada de lo frágil.</p>
<p><strong>V. Riesgo de prevenir</strong></p>
<p>Desde niños hemos escuchado de boca de nuestros padres, educadores y aquellos entrañables médicos de la familia la conocida frase “más vale prevenir que curar”, hasta el punto en que la repetíamos como una cantinela que, en ocasiones, tomaba un matiz de amenaza si se la espetábamos a alguien que estaba a punto de hacer algo malo para sí mismo o de reproche si ya lo había hecho. Esta recomendación que tuvo su momento de gloria, en la época de las campañas de vacunación infantil y en el control y erradicación de las grandes epidemias, debe ser tomada hoy con precaución. El desarrollo de la ingeniería genética y su aplicación a los seres humanos están planteando en nuestras sociedades problemas éticos de gran calado, hasta el punto en que prevención de la enfermedad y fabricación de un futuro hecho a medida pueden confundirse. No es el momento ahora de entrar en los intrincados vericuetos de esta polémica, pero los efectos de los avances tecnológicos en esta materia se dejarán sentir muy pronto. Usos y abusos tendrán que sopesarse, pero especialmente en el campo de la psicopatología, campo en el que el hecho de que todavía persista una falta de acuerdo en lo relativo a la etiología de la enfermedad mental, no es óbice para que algunos ya estén esperando que estos logros científico-técnicos lleven el agua a su molino.</p>
<p>En estas sociedades cada vez más individualizadas, como nos han hecho ver entre otros Gadamer, Hans Jonas, Ulrich Beck y Elisabeth Beck, la salud no es tanto un regalo de Dios, ese misterio que anida en su carácter oculto y que no llama la atención por sí misma, sino una tarea y una obligación del ciudadano. Si la salud era algo que se daba al ser humano y que sólo exigía reparaciones en caso de emergencia, ahora se está convirtiendo en algo que tiene que ser constantemente producido. De modo que la enfermedad pierde ese carácter de azar que hizo que los griegos llamaran <i>symptom</i>, que significa casualidad, a las manifestaciones más llamativas de una enfermedad. De entre las miles de recomendaciones, indicaciones, prescripciones, normas y consejos para llevar una vida sana, ¿cómo haremos para reconocer al otro en su ser-diferente?, ¿cómo haremos para que cada uno pueda modelar su propia existencia? Cómo hacer entender que el sujeto habita un espacio sin armonía posible y que cada intento de equilibrio no es más que una sutura siempre presta a reabrirse. La cura no tiene como finalidad el equilibrio sino el saber hacer de cada uno con su falta de armonía, con su desequilibrio. Si vivimos en una sociedad en la que en muchas farmacias se dispensa un psicofármaco, como el Prozac, sin receta médica y sin que el farmacéutico tan siquiera pregunte al paciente qué le sucede, estamos ya retrocediendo ante el avance de la ciencia sin preguntarnos por sus consecuencias.</p>
<p>Estos avances y sus consecuencias se ponen de manifiesto en la prevención de las enfermedades mentales. Si tenemos que tomar con precaución la frase “más vale prevenir que curar”, en el campo de la salud mental deberemos estar aún más atentos para ver de qué se trata en la prevención, de qué hay que prevenirse, qué se quiere evitar y qué idea de la salud subyace tras el empuje preventivo. Hasta el punto de preguntarnos si no será mejor en este campo “curar que prevenir”.</p>
<p>Existen diversas consideraciones a la hora de pensar en la prevención, consideraciones humanitarias, pragmáticas o de higiene mental. Así algunos partidarios de la prevención apuntan a la necesidad de eliminar el sufrimiento y la incapacidad que acompañan a la enfermedad mental; otros insisten en que la única esperanza de poder atender la demanda de servicios en salud mental radica en reducir el número de individuos que tengan necesidad de ellos; y otros creen que la movilización de recursos para un diagnóstico precoz o un tratamiento intensivo y continuado en la comunidad, repercute en ésta modificando sus actitudes frente a la enfermedad y el enfermo. Cualquiera sea la consideración que oriente la acción preventiva hay dos factores implícitos a destacar, por un lado hay que tener una idea clara del origen de la enfermedad y por otro una idea de la salud mental circunscrita a un espacio social determinado. Se supone, entonces, que una vez aislada la causa de mal y colectivizada, grupo de personas afectadas por el mismo padecimiento, se puede tener acceso a su control, pasando de lo individual a lo general y a lo social.</p>
<p>Nos estamos refiriendo al hablar de prevención, a la primaria, ya que los especialistas en salud pública han dividido las actividades preventivas en tres categorías: primaria, secundaria y terciaria. La primaria implica prevenir la aparición de la enfermedad; la secundaria, el desarrollo de la enfermedad tras su aparición, y la terciaria, las secuelas de la enfermedad. Es la primaria la que, desde la perspectiva analítica, comporta mayores riesgos. Y es verdad que, también para muchos psiquiatras, la prevención primaria sigue siendo, en su mayor parte, una infundada esperanza de conseguir unos medios que permitan evitar una importante cantidad de enfermedades mentales, así como admiten, aunque no todos, que la educación en salud mental tiene poco o nada que decir. Pero sigue siendo una esperanza que no compartimos y veremos por qué. Para mantener esta esperanza algunos recomiendan dirigir los esfuerzos de los psiquiatras y demás profesionales de la salud pública a la prevención de enfermedades específicas, en las que, a su entender, parece haber un fundamento científico y una esperanza de éxito mucho mayor.</p>
<p>La esquizofrenia es una de estas enfermedades específicas que ha recibido más atención desde el punto de vista preventivo. Sabemos de la multitud de teorías sobre su etiología y que cada teoría desarrolla su propio método preventivo y terapéutico. Pero hasta el momento la evidencia ha mostrado que la acción preventiva ha resultado ineficaz, la tasa de trastornos esquizofrénicos ha permanecido estabilizada durante mucho tiempo y en distintas circunstancias. Sin embargo, y pasando por encima de las diferencias en cuanto a las causas, parecen coincidir los expertos, y tener pocas dudas al respecto, en que hay una tendencia hereditaria hacia la esquizofrenia y, que por lo</p>
<p>tanto, hay que prestar atención al asesoramiento genético para miembros de familias en las que existe una manifiesta tendencia a esta enfermedad. Aquí se abre la puerta de la esperanza por la que algunos entran con inusitado entusiasmo, tomando conciencia, eso sí, de alguna pequeña objeción ética, pero sin que esto detenga su euforia en la reivindicación de las libertades que este aporte traerá consigo. Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim han rescatado un ensayo aparecido en <i>The</i> <i>Economist </i>en 1992 titulado “Cambiando tus genes”, este ensayo nos muestra con precisión el riesgo<i> </i>del que hablamos, así como la esperanza no compartida. En la frase inicial del texto se cita el famoso dicho de Freud “la biología es nuestro destino”, para añadir enseguida que esto ya no tendrá valor pues la gente seleccionará y recombinará conscientemente sus propios genes. Continúa afirmando que la selección genética traerá consigo una nueva era de libertad, para concluir que, con perdón de Freud, la biología será mejor cuando sea una cuestión de elección.</p>
<p>Otro grupo de trastornos que ha recibido la atención en relación con los esfuerzos preventivos son las llamadas reacciones de crisis o situacionales. Se trata de preparar al individuo para afrontar crisis futuras, que esté en las mejores condiciones para cuando ésta se presente. Caplan, ya un clásico, es quien desarrolló la teoría y la técnica de preparación anticipada para afrontar las crisis. Su trabajo incluye dos aspectos en la prevención de las mismas. El primero es un enfoque cognoscitivo que se llama “orientación anticipada”, consiste en una discusión sobre la situación que el individuo habrá de afrontar cuando se encuentre ante la crisis; técnicas que han resultado útiles para otros o la experiencia personal en crisis anteriores. Con esto el individuo aumenta su repertorio conductual al incluir técnicas que se han mostrado efectivas. El segundo enfoque es el llamado “inoculación emocional”, supone colocar al individuo en situaciones de tensión creciente, hasta el punto de que se vea casi agobiado o desquiciado, pero no del todo, con lo que puede superar con éxito cada crisis. Con la tutela de un profesional de salud mental irá creando un sentimiento de confianza y autoestima sobre su capacidad de enfrentarse con las situaciones de tensión. Resulta muy interesante ver dónde cada uno deposita sus esperanzas y confianza, pues aunque haya escasa información disponible que permita asegurar la efectividad de este enfoque, sin embargo y según los manuales, se ha utilizado en multitud de situaciones durante una serie de años, y entre los profesionales parece haber un acuerdo sobre su eficacia. Asombrándose de que dicho enfoque no se utilizara más a menudo para afrontar las crisis de la vida cotidiana.</p>
<p>Vemos por qué no compartimos esa esperanza. La prevención en salud mental comporta un alto riesgo, es el riesgo no ya de no poder reconocer al otro en su ser-diferente, es el riesgo de la anulación, de la desaparición de toda subjetividad. La pregunta por lo que queremos ser, por la vida que queremos tener, por nuestro deseo, ¿obtendrá las respuestas de la elección genética? ¿Qué modelo de ser humano se irá perfilando? ¿Vamos a empezar a medicar a la población susceptible de padecer esquizofrenia como algunos ya recomiendan, dando por seguro el carácter orgánico y hereditario de la enfermedad? ¿Acaso nos enfrentamos todos de la misma manera a la muerte de un padre, el nacimiento de un hijo o el fracaso en nuestras ambiciones como para que nos preparen para estas situaciones? La vida cotidiana es la vida de cada día, no la continuidad y repetición que erróneamente se le atribuye, es el cada día de nuestros encuentros y desencuentros, de las tragedias y las comedias, es la pulsación temporal en la que articulamos nuestro deseo. Y esperamos, esto sí, no escamotearle al sujeto sus días, no planificarle y anticiparle sus avatares hasta cerrarle la puerta de la contingencia. Estas esperanzas fundadas en el asesoramiento genético y en los modelos cognitivo-conductuales han dado lugar a la psicoterapias altamente codificadas que pretenden hoy en día hacerse con el control de la salud mental a través de los métodos de evaluación y la validación de la eficacia. Estamos a tiempo, los psicoanalistas, de demostrar que no todo se puede ni se debe prever y evaluar, que el sujeto tiene sus derechos y entre ellos, si así lo quiere, está el de encontrarse con un analista. Y es también el tiempo de mostrar la potencia clínica que el descubrimiento freudiano y la orientación de Jacques Lacan suponen para el tratamiento de las enfermedades mentales.</p>
<p>Efectivamente no todo se puede ni se debe prever. Dos acontecimientos recientes de muy diferente índole ocurridos en Madrid ilustrarán lo que afirmamos. Hará un año aproximadamente una médico que prestaba sus servicios en un Hospital General mató a tres personas. De golpe y sin ninguna justificación mató a las personas que se encontró en su camino, fue presa, al parecer y según informó la prensa, de un brote esquizofrénico. Prescindiendo del diagnóstico del caso, de este suceso se habló mucho por las circunstancias que lo rodearon; el hecho se produjo en un hospital y su autora era una médico. La opinión pública, y también profesional, se alarmó; ¿cómo podía ser que en un centro hospitalario una doctora rodeada por otros médicos cometiera tal acto? ¿Cómo ninguno de estos médicos se dio cuenta de lo que podía suceder? ¿Es que no pueden preverse estas situaciones? ¿Cómo habían permitido que esta doctora trabajase en un hospital? Pues bien no se pudo, nadie pudo prevenir lo que iba a suceder y no por esto podemos poner bajo sospecha a todos los esquizofrénicos. Por desgracia actos de este tipo son realizados por enfermos y por no enfermos, es un riesgo que cualquier sociedad tiene que asumir muy a su pesar, porque llevar a cabo medidas preventivas de orden general en aras de su evitación sería aún más injusto.</p>
<p>El otro acontecimiento al que nos referimos es menos dramático, tiene más bien un aire cómico. En Alcalá de Henares, ciudad que vio nacer a Cervantes y cuya Universidad fue centro de irradiación del pensamiento erasmista, una publicación dependiente de la Concejalía de Juventud y Deporte de su Ayuntamiento incluyó en uno de sus últimos números, aparecido en Enero de 2004, en un artículo titulado “Diálogos con adolescentes”, la recomendación de masturbarse para contrarrestar la ansiedad que provocan los exámenes de Febrero. El artículo, que despertó la indignación de algún que otro vecino, estaba firmado por un pediatra. En él daba a los alumnos un conjunto de consejos de cara a superar la ansiedad provocada por los exámenes. Entre estas recomendaciones figuraban “valorar más el esfuerzo que los resultados”; “eliminar los pensamientos negativos” o “relajarse cuando se sientan muy nerviosos”. Es en este último apartado en el que se recomienda a los jóvenes masturbarse para desprenderse de la ansiedad. El texto dice así: “Escucha música relajante, practica técnicas de relajación o procedimientos alternativos (un baño de espuma, ducharse, masturbarse, correr, nadar &#8230;)” Es una clara muestra de lo que supone nombrar una situación como crítica, en este caso asociar ansiedad y examen, y homologarla, igual para todos; ahora sólo queda que cada cual elija la técnica relajante que más le convenga. Estamos ante una aplicación mediática de la “orientación anticipada” y preferimos no imaginarnos lo que sería el siguiente paso “la inoculación emocional”. En nuestra perspectiva no se deben prevenir situaciones de este tipo, que no hacen más que establecer marcos referenciales para impedir a cada uno hacerse su pregunta. Una vez más llega antes la respuesta que en esta ocasión es además hilarante, si uno lo toma con cierto sentido del humor, pero también indignante si pensamos que las personas son aquí tomadas en su auténtica minoría de edad.</p>
<p><strong>VI. Suicidio. Miedo, amenaza y riesgo</strong></p>
<p>Cualquier día al despertar deparamos en la hermosa mañana que, sin avisarnos, nos espera, en otro momento sentimos la intensidad de un encuentro o la alegría de ver conseguido aquello que anhelamos. Pero también percibimos el paso del tiempo y la imposibilidad de fijar esos momentos, de detenerlos, como también percibimos aquello que no llegaremos a realizar, la intuición del final nos sobrecoge, quisiéramos no estar a merced de la idea de la muerte, no padecer esta enfermedad que ya los epicúreos diagnosticaron. Consideraban el amor a la vida como algo natural en todas la criaturas dotadas de sensación, por lo que todas ellas iban a la muerte de mala gana. Y entonces, cómo es que alguien decide suicidarse, adelantarse al final temido, desprenderse de los días por venir, restarse del tiempo y las relaciones que el futuro puedan ofrecerle, apagar la luz para nunca más encenderla. ¿Cómo es posible que llegue a ser superado el poderosísimo instinto de vida? Con esta pregunta concluye Freud, en 1910, el Simposio sobre el suicidio, admitiendo que no supieron encontrar un fructífero acceso al problema. A su juicio sólo era posible partir del ya conocido estado clínico de la melancolía y su comparación con el duelo, aunque reconociendo que los procesos afectivos en la melancolía les eran absolutamente desconocidos así como el afecto permanente del duelo y que ambos no habían podido ser librados todavía a la comprensión psicoanalítica. Recomendó, pues, aplazar un juicio hasta que la experiencia hubiera resuelto dicho problema. Cinco años más tarde, en <i>Duelo y melancolía</i>, presentó al mundo lo que después se consideró la primera teoría psicológica sobre el suicidio. Hoy en día el altísimo incremento del acto suicida y las aterradoras consecuencias del asesinato suicida hacen que nos preguntemos de nuevo sobre este enigma y nos obliga, tal vez, a tener que aplazar nuestro juicio, sin que esto suponga ninguna demora en nuestro trabajo de investigación, en nuestro intento de esclarecimiento de tales actos.</p>
<p>La amenaza de suicidio, el intento de suicidio constituyen un alto porcentaje de las urgencias psiquiátricas. Cuando un posible suicida acude al servicio, o el psiquiatra es llamado para que visite a la persona con alto riesgo de suicidio, para realizar una evaluación o prescribir un tratamiento, asistimos a un momento muy delicado, de gran preocupación en el que la vida o la muerte penden de un hilo débil e invisible. El miedo a que el intento pueda consumarse en otra ocasión, el enigma sobre sus causas, el dolor que se cierne sobre los allegados, la imposibilidad del retorno hacen que esta situación tenga poco que ver con el resto del trabajo en salud mental. Es una situación de excepción tan común, que en algunos tratados de psiquiatría no se considera a la persona con probabilidad alta de ser suicida un caso de urgencia psiquiátrica, aunque la situación pudiera ser tomada como tal por un psiquiatra. Se entiende un estado de riesgo de suicidio alto como una crisis entre, al menos, dos personas con implicaciones sociales, psicológicas y existenciales, que no puede comprenderse o tratarse únicamente en términos psicopatológicos. Lo que se pone de manifiesto al decir que las causas del suicidio cubren todo el campo de la psiquiatría, aunque todos coinciden en señalar la melancolía y la esquizofrenia como las dos enfermedades en las que el riesgo es más alto, decir que cubren todo el campo significa admitir al mismo tiempo que el suicidio desborda los márgenes de la psicopatología.</p>
<p>Dicho de otro modo, si el suicidio puede producirse en cualquiera de las enfermedades mentales, ninguna de ellas sería razón suficiente para explicar el enigma de su causa, y en algunos casos ni siquiera necesaria pues es sabido que también puede producirse en personas que jamás mostraron indicio alguno de trastorno psíquico. Es lo que la ficción de la autopsia psicológica intenta revelar: si un grupo de personas se disparase un tiro en la cabeza y pudiéramos después realizar esta autopsia encontraríamos una serie de eventos fenomenológicos diferentes. Uno habría pretendido escapar del dolor, otro de la locura, un tercero de las deudas del juego, un cuarto habría actuado de forma impulsiva, un quinto podría esperar unirse a un ser querido, un sexto habría tratado de castigar y causar dolor a padres o cónyuges, etc. Pero en cualquier caso, y en esto coinciden todos los expertos, más allá de la razón que culmina en el acto suicida y más allá también de la patología concomitante, el individuo que se quita la vida ha sido presa de una angustia y una desesperación insufribles.</p>
<p>Robert Burton en su voluminosa <i>Anatomía de la melancolía</i> escrita a comienzos del siglo XVII, relaciona, ya, la desesperación con el “homicida del alma”. Los muchos géneros de desesperación que pueden darse en el ser humano quedarán incluidos en dos tipos; los impíos y los piadosos. Define la desesperación impía, siguiendo a Cicerón, como una enfermedad del alma sin esperanza alguna de mejora y que habitualmente es consecuencia del miedo. También se apoya en Tomás de Aquino para quien en la desesperación se trata de un alejamiento de la cosa deseada, debido a alguna supuesta imposibilidad. Lo que Burton interpreta como un gesto caprichoso; tales personas al no lograr aquello que querían, se desesperan y, en numerosas ocasiones, su pasión les conduce a la misma muerte. Por el contrario hay ocasiones en las que recomienda que este “humor desesperado” no debe desaconsejarse por completo, tal es el caso de las guerras, porque suele ser origen de extraordinario valor. Los desesperados llegan a extremar su valor hasta límites insospechados, nos cuenta el autor con verdadero entusiasmo, y en un solo instante un ejercito ineficaz y cobarde puede convertirse en una tropa de conquistadores. No duda en remontarse al Virgilio de la <i>Eneida</i>, para afirmar con él, que la única salvación para los vencidos es no esperar salvación alguna. Tales argumentos en favor del humor desesperado y su aplicación bélica no pueden dejar de asombrarnos y horrorizarnos en nuestra actualidad, cuando la piedad y la impiedad, la salvación y la muerte, la esperanza y la desesperación se amalgaman para construir una siniestra justificación del gusto por matar.</p>
<p>Estos argumentos son deudores de las tesis de Epicteto contra el suicidio, que en sus <i>Disertaciones </i>imagina un supuesto diálogo entre él y sus pupilos para hacerles desistir de esta idea.<i> </i>Los alumnos le espetan no soportar ya estar atados al mísero cuerpo, alimentarle y darle de beber, andar a vueltas con él por unas y otras cosas. Que esas cosas son indiferentes, que no tienen que ver con ellos y que la muerte no es un mal. ¿Por qué soportar a piratas y ladrones, tribunales y tiranos, que creen tener algún poder sobre ellos a causa del desdichado cuerpo? A esto responde Epicteto que esperen a que la divinidad les dé la señal, a que les libere del servicio y entonces sí que vayan hacia ella, pero, que de momento, soporten vivir en el lugar al que han sido destinados. Y recurre entonces a la metáfora del general: si un general nos ha destinado a cierto puesto, sería necesario que lo vigilásemos y guardásemos y preferiríamos mil veces la muerte antes que abandonarlo, con más razón si es la divinidad la que nos ha destinado a cierto lugar y género de vida, tenemos que mantenernos en nuestro puesto y no hemos de abandonarlo hasta ser llamados.</p>
<p>Esta metáfora resiste siglos de pensamiento occidental, atraviesa épocas y países hasta desembocar en la Ilustración, donde dos hombres de la talla de Hume y Kant la retoman en relación con el suicidio. Hume pretende en su ensayo <i>Sobre el suicidio</i> hacer ver a los hombres su libertad original a través del examen de los argumentos que se han esgrimido contra este acto humano, mostrando que esa acción puede ser liberada de toda acusación de culpa o censura. Sin demorarnos en todo el desarrollo argumentativo, tomaremos nota de otro diálogo imaginario. Hume pregunta y responde a un ficticio interlocutor sobre la Divina Providencia y el deber de obedecerla. ¿Qué sentido tiene, se pregunta, el principio que afirma que si estamos cansados de la vida, acuciados por el dolor y el sufrimiento y decidimos escapar de tan cruel escenario, provocamos con este acto la indignación de su Creador al estar interfiriéndonos en sus planes? Pero es impío, le responden, poner fin a nuestra vida y rebelarse contra nuestro Creador. Con Hume contestaríamos que igual de impío es cultivar la tierra, navegar sobre los mares, invadir un pueblo, esclavizar a los hombres o arrasar sus tierras. En cualquiera de estas acciones empleamos nuestro poder para introducir alguna innovación en el curso de la naturaleza, todas ellas son igualmente inocentes o igualmente criminales desde el punto de vista de la interferencia. Pero el interlocutor insiste en que la Providencia nos ha situado, como si fuésemos centinelas, en un puesto especial; y si desertamos del puesto sin haber sido llamados, somos culpables de rebelión. ¿Pero cómo sabemos, replicaríamos, que la Providencia nos ha asignado ese puesto especial? Hasta ahora lo que sabemos es que nuestro nacimiento se debió a una serie de causas que han dependido, en su mayoría, de las acciones voluntarias de los hombres. El defensor de la Providencia no ceja en su empeño y nos plantea que ésta guía todas las causas, y nada sucede en el universo sin su consentimiento. Aquí, nuestro inglés, arriba a puerto, llegamos al lugar al que quería ir; pues de ser así, concluirá, tampoco nuestra muerte, aunque sea voluntaria, tiene lugar sin su consentimiento. Entonces, cuando el dolor o la tristeza nos abruman y nos hacen perder la paciencia hasta el extremo de hacer que nos cansemos de la vida, podemos sacar la conclusión de que se nos está pidiendo claramente que dejemos nuestro puesto.</p>
<p>A Kant, por su parte, no le hace falta ningún contertulio y en sus <i>Lecciones de ética</i> impone el estilo del imperativo para abordar el problema: ¡Todos hemos sido emplazados en este mundo bajo ciertos designios y si tenemos la osadía de suicidarnos subvertiremos los propósitos de su Creador, abandonaremos el mundo como alguien que deserta de su puesto y seremos considerados rebeldes contra Dios. Conservar nuestra vida es un designio divino y constituye un deber que sólo cesa cuando Dios nos ordena explícitamente dejar el lugar. En este sentido, y aquí planea de nuevo la metáfora del general, somos una especie de centinelas que no podemos retirarnos de nuestro puesto hasta ser relevados en él por alguna mano bienintencionada. Quién decide sobre la buena intención de esta mano es algo por dilucidar, pero parafraseando un dicho popular podríamos responderle a Kant, aunque sabemos que no nos ha dado la palabra; “que Dios nos libre de las buenas intenciones que de las malas ya nos libramos nosotros”. No duda en caracterizar el suicidio como aborrecible, y no por lo que supone perder una vida, sino porque el suicidio encuentra su caldo de cultivo entre quienes todo lo basan en la felicidad. En la tradición de Burton, adjudica este gesto caprichoso al suicida, pues el que se da la muerte es el hombre que habiendo degustado primorosamente el placer y viéndose, después, privado de él, es presa de la aflicción y la melancolía.</p>
<p>¿A quién pertenece la vida que nos es dada, que no hemos solicitado? ¿Quién es el dueño de ese supuesto destino que debemos cumplir? ¿Cumpliremos los designios de Dios, las órdenes del general o los dictados de nuestra conciencia? ¿Hay buenas y malas razones para entregar la vida? ¿Por qué preferir mil veces la muerte antes que abandonar el puesto? ¿Por qué, paradójicamente, es necesario recurrir a una muerte mejor para censurar el suicidio? Hemos visto como se delimitan dos causas fundamentales del suicidio, sin recurrir a la psicopatología y en cierto modo adelantándose a ésta. Por un lado los detractores entienden el motivo del suicidio como una frivolidad, seres que habiendo conocido los placeres de la vida y teniendo, por alguna razón, que renunciar a ellos no se conforman, no soportan esta pérdida y prefieren morir. Es interesante resaltar este carácter de pérdida que señalan, algo relativo a la satisfacción ha debido extraviarse en el camino, no pueden concebir el acto suicida sin esta pérdida, de ahí el matiz de capricho que caracteriza al homicida del alma. Por el otro, los defensores ven en el dolor, el sufrimiento, el hastío o la falta de esperanza, sin necesidad de recurrir a la pérdida de placer o satisfacción alguna, un motivo razonable para quitarse la vida, para dejar el lugar. La desgracia aquí pesa sobre el individuo, padece sin posibilidad de evitar el mal o sin aliento suficiente para combatirlo, en cualquier caso le asiste el derecho de decisión sobre su vida, que ningún deber hacia Otro, se encarne éste en cualquiera de las figuras históricas, puede suspender.</p>
<p>Con Freud aprendimos que no hay conciencia o Dios en la que justificar nuestro destino. El descubrimiento del inconsciente desbancó a estas instancias del lugar privilegiado que hasta entonces habían ocupado. La represión, la pulsión, las identificaciones, el peso de los ideales, el lugar del deseo fueron haciéndose un hueco que horadó definitivamente esta dualidad presentando al sujeto en su auténtica conflictividad. Conflictividad dada no por el acuerdo o desacuerdo con nuestra conciencia o nuestro Dios, sino por ser seres del lenguaje. Seres que hablan, mienten y desmienten, buscan la verdad mientras la ocultan, se satisfacen sin saberlo al tiempo que buscan saber cómo satisfacerse, quieren el goce sin el síntoma ocultándose que inevitablemente son el síntoma de la lengua. Freud nos señaló el punto de falta en el que se constituye todo ser humano, la pérdida de aquella satisfacción primordial que siempre se añora, la castración, los laberintos del complejo de Edipo, el acceso a la identidad sexual, el plus de goce y el dolor de existir. Tenían razón tanto los detractores como los defensores del suicidio, vislumbraron, a su manera, esta conflictividad del sujeto pero pretendieron resolverla apelando a las instancias de su tiempo, sin alcanzar a ver que estaba en juego una elección forzada: mantenerse en el puesto o abandonarlo es del orden de la bolsa o la vida. Con Lacan supimos que el psicoanálisis nos permitiría esperar seguramente elucidar el inconsciente del que somos sujetos. Si algo nos enseñó, si hay algo que pueda desprenderse verdaderamente de un análisis, no es si debemos mantenernos o no en el puesto, es saber cuál es el puesto que queremos mantener, qué lugar queremos en el mundo, una vez atravesadas la falta y la desesperación, cuando le hemos extraído a la neurosis el sufrimiento inútil y nos hacemos cargo del montante de dolor que toda existencia comporta.</p>
<p>El sujeto debe hallar el contrapunto entre utopía y desencanto. Si se recuesta exclusivamente sobre la utopía, tiene que estar avisado de aquella respuesta, que diera Lacan en <i>Televisión</i>, a la pregunta; ¿qué me es permitido esperar? Espere lo que le guste, dice, pero sepa que vi muchas veces a la esperanza conducir a gentes que yo estimaba tanto como lo estimo a usted, únicamente al suicidio. Como nos recordaba Eric Laurent, cuando el Ideal entra en contradicción con la oscura realidad y la aplasta, el sujeto se encuentra sin recursos y entonces puede llegar al suicidio como llamada a ese Ideal de la esperanza. La desesperación, el desencanto, como la cara melancólica y aguerrida de la esperanza, hace como el Juan Valjean de <i>Los miserables</i> juzga y condena; Valjean hizo responsable a la sociedad de su suerte y la condenó en su odio, diciéndose que no dudaría quizá en pedirle cuentas algún día. Pero, ¿a quién se le pasa la cuenta? Si utopía y desesperación no encuentran el modo de contrapesarse, aunque sin ninguna pretensión de equilibrio, se toparán cada una por su lado, y con todas las justificaciones a su alcance con su día funesto. Para quitarse la vida o arrebatársela a los demás, por desgracia, siempre se descubren motivos.</p>
<p>Cuando un posible suicida acude a urgencias, la decepción de la utopía o la explosión de la desesperación se han acercado a su puerta. El psiquiatra o facultativo encargado del servicio no puede hacer otra cosa que mantener esta puerta cerrada, al margen de otras consideraciones. Debe convocar a la vida frente a la muerte con los recursos de que dispone, parar este envite de <i>thanatos</i>. Aquí también la orientación del profesional será decisiva. No es lo mismo paliar la insistencia en el suicidio con terapia electroconvulsiva, como sigue recomendándose y en muchos casos haciéndose sin el consentimiento del paciente, lo que ya plantea un problema ético no desdeñable, que recurrir a la psicoterapia, al apoyo farmacológico o a un ingreso. Miedo, amenaza y riesgo son sombras fantasmales que rodean el acto del suicidio. Los detractores temían el suicidio, sus defensores amenazaban con él y la psiquiatría moderna objetivó los riesgos. Pero, además, estas sombras vuelven a proyectarse cada vez que se anuncia la posibilidad de un suicidio; el miedo atenaza a los familiares o personas del entorno del paciente, y porque no decirlo también al terapeuta, la amenaza se profiere con distinta credibilidad pero impone en el otro un sentimiento que oscila entre el temor y la culpa por no haber sabido evaluar el riesgo. Todos sabemos que este acto sin retorno que es el suicidio no siempre puede evitarse, pero también sabemos que cuando se produce nos deja siempre un resto de amargura. El psiquiatra en la urgencia tiene que lidiar con estos fantasmas, moverse entre ellos con prudencia y, a la vez, con decisión para que su apuesta por la vida no venga determinada por ellos, para que esta apuesta no se soporte exclusivamente en el deber de vivir.</p>
<p>Los psicoanalistas no tenemos un tratamiento específico contra el suicidio, pero sí contamos con un tratamiento que llama a la vida, no a la vida de las hermosas mañanas o de las espantosas noches, no. Llama al despertar de un sujeto, que se sabe en falta, que sabe que la vida es una vida desmochada producto de la elección forzada, pero sabe también que tiene derecho a elegir la vida que desea vivir. Si la vida es algo que nos es dado, el modo de habitarla es nuestra responsabilidad.</p>
<p>Que cada uno habite esta vida según su deseo, sin el peso del Ideal ni la liviandad de la melancolía.</p>
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<p>Madrid, 9 de Abril de 2004</p>
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<p><strong>Bibliografía</strong></p>
<p>Aunque no constituye estrictamente una fuente bibliográfica, la discusión sobre la pertinencia de la urgencia psiquiátrica, llevada a cabo con los miembros del equipo del Hospital de Día Madrid, ha sido esencial para el desarrollo de este trabajo. Al atender a los pacientes en régimen de hospitalización parcial nos vemos, en ocasiones, obligados a recurrir a los servicios de urgencia. Un debate, en el marco de las sesiones clínicas, se abre siempre en cada caso.</p>
<p>Casi todos los tratados o manuales de psiquiatría dedican algunas páginas al tema de la urgencia. Unos intentan recoger las diversas tendencias o modos de actuar, elaborando así una especie de compendio, y otros muestran más claramente su perfil. De los consultados, el clásico de Freedman y Kaplan, si bien de forma desigual según los capítulos, es posiblemente el de más recomendable consulta. Debo agradecer, aquí, a Marisa Sancho, psicoanalista y miembro también del equipo del Hospital, su ayuda en la selección y posterior recorrido de los textos psiquiátricos relativos a la urgencia que hemos reseñado.</p>
<p>Sobre la responsabilidad son muchos los libros que se han escrito. De entre ellos merece ser destacado <i>El</i> <i>principio de responsabilidad </i>de Hans Jonas, así como los trabajos de Rolando Tamayo, Guido Pincione y Juan<i> </i>Ramón de Páramo incluidos en <i>El Derecho y la justicia</i>. Desde una orientación analítica, no puede dejar de leerse “Patología de la ética” de Jacques-Alain Miller que forma parte de las <i>Charlas brasileñas</i>. En una vertiente más sociológica, pero imprescindible también para abordar este tema, son esclarecedores algunos capítulos del libro de Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim, especialmente “La salud y la responsabilidad en la era de la tecnología genética” y “Muerte propia, vida propia”.</p>
<p>No he entrado en las teorías sociales de Durkheim sobre el suicidio; suicidio altruista, egoísta y anómico, por considerar que junto con la teoría que Freud desarrolla en <i>Duelo y melancolía</i> merecen , por sí mismas, un desarrollo aparte. Mi intención era mostrar que las dos grandes y más importantes teorías sobre el suicidio no son tan antagónicas como se ha mostrado posteriormente, al definirlas como la teoría social y la psicológica.</p>
<p>En los diálogos ficticios falta un personaje de relieve: Séneca. En un momento estuve tentado de imaginar una conversación a cuatro bandas entre Epicteto, Kant, Séneca y Hume, pero, tal vez, hubiera excedido los propósitos del presente trabajo. Habrá otra ocasión.</p>
<p>Para los interesados en una visión histórica, aunque no exclusivamente, pues el texto tiene muchos matices, sugiero la lectura del libro de Ramón Andrés. Desde Grecia a nuestros días revisa, con inteligencia y compromiso, todas las teorías y posiciones políticas y jurídicas que el pensamiento occidental ha sostenido sobre el suicidio.</p>
<p>Por último no he querido, al hablar sobre el suicidio, incluir al suicida asesino, siniestro protagonista de nuestros días más recientes. Él no precisa de ninguna urgencia, pero pretende movilizar todos los servicios de la urgencia de que disponemos. Cuando se conocieron los atentados del 11 de Marzo, en el Hospital Gregorio Marañón, que llevo el mayor peso en la atención a los heridos, sólo se oyó una orden: “Todas las altas que podáis y todos a urgencias”. El personal carecía de tiempo para rellenar las fichas médicas y debió escribir con rotulador sobre el cuerpo de los heridos los tratamientos aplicados.</p>
<p>Iremos todos a urgencias, iremos tantas veces como sea necesario y escribiremos en el cuerpo, en el papel, en el agua y el aire si hace falta, para defender a <i>eros</i> contra <i>thanatos</i>.</p>
<ul>
<li>ANDRÉS, R., <i>Historia del suicidio en Occidente</i>, Península, Barcelona, 2003</li>
<li>Aranzueque, G. (Ed.), <i>Horizontes del relato: lecturas y conversaciones con Paul Ricoeur</i>, Cuaderno Gris, Madrid, 1997.</li>
<li>ARISTÓTELES. <i>Ética nicomaquea</i>, Obras, Aguilar, Madrid, 1982</li>
<li>BALDWIN, D. S., HIRSCHFELD, R. M., <i>Depresión</i>, Ediciones Médicas, Barcelona, 2003</li>
<li>Beck, U., Beck-Gernsheim, E., <i>La individualización: el individualismo institucionalizado y sus creencias sociales y</i> <i>políticas</i>, Paidós, Barcelona, 2003</li>
<li>Burton, R., <i>Anatomía de la melancolía</i>, Asociación Española de Neuropsiquiatría, Madrid, 2002 Cervilla, J. A. Et al., <i>Valoración y tratamiento del enfermo mental</i>, Arán Ediciones, Madrid, 2002</li>
<li>CHAMORRO, A., CLUSA, D., “Intervención policial en los ingresos psiquiátricos: algunas reflexiones”, <i>Psiquis 1995, 4</i> <i>(16)</i></li>
<li>Epicteto, <i>Manual / Disertaciones por Arriano</i>, Gredos, Madrid, 2001</li>
<li>EY, H., BERNARD, P., BRISSET, CH., <i>Tratado de psiquiatría</i>, Toray-Masson, Barcelona, 1978 FREEDMAN, A. M., KAPLAN, H. I., SADOCK, B. J., <i>Tratado de psiquiatría</i>, Salvat, 1982</li>
<li>FREUD, S., <i>Las psiconeurosis de defensa</i>, Obras Completas Tomo I, Biblioteca Nueva, Madrid, 1972 FREUD, S., <i>Duelo y melancolía</i>, Obras Completas Tomo VI, Biblioteca Nueva, Madrid, 1972 Gadamer, H. G., <i>El estado oculto de la salud</i>, Gedisa, Barcelona, 1996</li>
<li>Garzón Valdés, E., Laporta, F. J. (ed), <i>El derecho y la justicia</i>, Trotta. C.S.I.C., Madrid, 2000</li>
<li>GUTIERREZ CASARES, J. R., REY SÁNCHEZ et al., <i>Planificación terapéutica de los trastornos psiquiátricos del niño</i> <i>y del adolescente</i>, Smithkline Beecham, Madrid, 2000</li>
<li>HUME, D., <i>Sobre el suicidio y otros ensayos</i>, Alianza Editorial, Madrid, 1988</li>
<li>JIMÉNEZ MORÓN, D., “Estudio de las tentativas autolíticas atendidas en un área sanitaria durante un periodo de 9</li>
<li>años”, <i>Anales de Psiquiatría 2003, 10 (19)</i></li>
<li>JONAS, H., <i>Técnica, medicina y ética: sobre la práctica del principio de responsabilidad, Paidós</i>, Barcelona, 1997 Jonas, H., <i>El principio de responsabilidad: ensayo de una ética para la civilización tecnológica</i>, Herder, Barcelona, 1995</li>
<li>Kant, I., <i>Lecciones de ética</i>, Crítica, Barcelona, 1988</li>
<li>LACAN, J., <i>Psicoanálisis. Radiofonía y televisión</i>, Anagrama, Barcelona, 1980</li>
<li>LACAN, J., “La agresividad en psicoanálisis”, <i>Escritos II</i>, Siglo XXI Editores, México, 1980 Laurent, e., “La vergüenza y el odio de sí”, <i>Freudiana 2004, nº 39</i></li>
<li>Mackie, J. L., <i>Ética: la invención de lo bueno y lo malo</i>, Gedisa, Barcelona, 2000 MILLER, Jacques-Alain, <i>Elucidación de Lacan: charlas brasileñas</i>, Paidós, Buenos Aires, 1998</li>
<li>NUSSBAUM, M. C., <i>La terapia del deseo. Teoría y práctica en la ética helenística</i>, Paidós, Barcelona, 2003 PÉREZ POZA, A. et al., “Tentativas de suicidio en un Hospital General”, <i>Psiquis 2001, 2, (22)</i></li>
<li>PICHOT, P. et al., <i>Intervención en crisis y tratamiento agudo de los trastornos psiquiátricos graves</i>, Aula Médica, Madrid, 2003</li>
<li>PICHOT, P. et al., <i>Diagnóstico diferencial y racionalización del tratamiento psicofarmacológico</i>, Aula Médica, Madrid, 2001</li>
<li>PUJÓ, M., (Dir.), <i>La urgencia, Psicoanálisis y Hospital 1998, nº 13</i></li>
<li>SÉNECA, <i>De la brevedad de la vida</i>, Sarpe, Madrid, 1984</li>
<li>VALLEJO RUILOBA, J., <i>Introducción a la psicopatología y la psiquiatría</i>, Masson, Barcelona, 1991</li>
</ul>
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