Declinar del padre, declinar al padre*


 
Descargar PDF
 

Empecemos por el título que nos convoca, ¿podemos afirmar que existe alguna relación entre el declive y la declinación del padre, dos de los sentidos presentes en el tema de nuestro seminario?

El declive del padre es para nosotros una problemática conocida, Lacan hace referencia a esta cuestión muy pronto en su obra. Así, ya en Los Complejos Familiares dedica un apartado a la “Declinación de la imago paterna” donde afirma: “Un gran número de efectos psicológicos, sin embargo, están referidos, en nuestra opinión, a una declinación social de la imago paterna. Declinación condicionada por el retorno al individuo de efectos extremos del progreso social, declinación que se observa principalmente en la actualidad en las colectividades más alteradas por estos efectos: concentración económica, catástrofes políticas” para señalar más adelante que éste padre es: carente siempre de algún modo, ausente, humillado, dividido o postizo en su personalidad. (Pág. 92 y 94 de La Familia, Ed. Argonauta). Como podemos ver, Lacan constata ya en 1938 la fractura producida en la figura del padre antiguo por el impacto de la modernidad, haciendo del declive de la imago paterna una condición misma del surgimiento del discurso psicoanalítico: “cualquiera que sea el futuro, esta declinación constituye una crisis psicológica. Quizás la aparición misma del psicoanálisis debe relacionarse con esta crisis”.

Al situar el declive del padre como condición del origen del psicoanálisis Lacan adopta una posición distinta de la de Freud. Freud más bien trata de constituir el psicoanálisis sobre el fondo del declive de Dios, haciendo del padre el garante de la relación del sujeto con el goce. Construye de este modo una antropología social, una teoría de la religión, y una teoría de la constitución del sujeto. Freud realiza un esfuerzo por esclarecer su fundamento, su función, sus modalidades. Las sucesivas versiones freudianas: el padre del Edipo, el padre de Tótem y Tabú, el padre de Moisés, el padre de la identificación primera y de la identificación secundaria, dan cuenta del esfuerzo freudiano por esclarecer y consolidar el estatuto de un padre “moderno”, capaz de conciliar la ley con la pulsión, en ausencia de Dios y con la colaboración del psicoanálisis, como en el caso Juanito.

Lacan por su parte no se muestra como un ardiente defensor del padre, más bien constata sus límites con respecto a lo real y el goce, para terminar mostrando que hay vías mediante las cuales el sujeto puede obtener una solución vivible ante lo real, sin el imprescindible recurso al padre, como es el caso del síntoma. Por tanto, el camino de Lacan es otro, sus declinaciones del padre se suceden a medida que verifica en su experiencia y desarrolla en su enseñanza que lo simbólico es heterogéneo a lo real, que el padre no es sino imago, ideal, rasgo, nombre, semblante, función, decir, siempre corto ante un real sin ley.

* He tomado como punto de partida para este texto mi intervención en el pasado Seminario del Consejo, que fue convocado con el título “Declinaciones del Padre”. Dicha intervención tuvo lugar en La Coruña. Después he desarrollado algunas de las cuestiones que planteé allí. El texto de la intervención apareció publicado en La Gaceta del Consejo, con el título “Fuentes de la nominación”, así que me pareció más interesante reescribir lo que allí esbocé.

Breve recorrido sobre el Nombre del Padre

Como ustedes saben, el Nombre del Padre, tal y como es planteado por Lacan en sus primeros desarrollos, es un operador que valida el Otro del saber y que a la vez efectúa en el sujeto una separación, una pérdida de goce.

En el Seminario V Lacan se refiere al Nombre del Padre como “el Otro en el Otro”, el significante que en el Otro valida lo que ocurre con el significante como verdadero: “no es posible pensar en el lugar del significante si no se incluye en dicho lugar el significante que valida el conjunto del saber, que hace que la palabra emitida sea verdadera como tal”.

En Subversión del sujeto, el significante del Nombre del Padre se ubica ya no en el Otro, sino afuera

del Otro, como menos uno del conjunto, lo que implica un nuevo acento en las consecuencias sobre el goce. El Nombre del Padre adquiere para cada sujeto la forma de un mito sobre la operación de pérdida de goce en el cuerpo propio y el desplazamiento, la transferencia del goce hacia el Otro: “no busques tu goce en tu propio cuerpo, sino en el cuerpo del Otro sexo”, viene a formular el Nombre del Padre. Todo cuerpo que el Nombre del Padre marca, se transforma, vaciado de goce, en el lugar de la marca del significante. De tal manera que, el goce propio no es sino el goce fálico, que aparece fuera del cuerpo, como independiente.

En este sentido el mito del Nombre del Padre, es el de alguien que ordena, roba, prohíbe el goce, y que habla de historias que tratan de explicar el desplazamiento, la transferencia de goce hacia el Otro. El Nombre del Padre es, él mismo, el velo que cubre la pérdida de goce. Esta historia, extraída del edipo, aparece simplificada, logificada en el desarrollo de la metáfora paterna en la Cuestión Preliminar, y es una historia en la que Lacan muestra tanto su afán de que lo simbólico fuese capaz de someter al goce, como su reconocimiento de que no es del todo así, puesto que el Deseo Materno aparece como un significante inquietante, que da cuenta de un deseo materno a todas luces no reducible a lo simbólico.

Posteriormente, en el seminario El Reverso del Psicoanálisis, Lacan reduce el padre y su antiguo sagrado lugar al Uno, al lugar que ocupa el Uno en el discurso. Con la fórmula de la repetición, 1+a, da cuenta de la heterogeneidad del significante y el goce.

En L’Etourdite, encontramos que Lacan ya no toma al padre como un significante, sino como “un decir”, “un decir que no”, que no habría que confundir con una prohibición, ni en el nivel del sentido, sino como un decir que designa el acto y no los enunciados, resaltando así que la ley pende de un decir.

A partir de Aún, Lacan prescinde de la idea del punto de capitón, pasando de la clínica de la sustitución a la clínica de la conexión.

RSI

Llegamos así al seminario RSI, en el que Lacan afirma que la función del padre es la función de la nominación. Es un recorrido lleno de dificultades, en el que Lacan se desprende poco a poco de la función protagonista del Nombre del Padre. Detengámonos un poco sobre este seminario, clave en este recorrido.

El 14 de Enero de ese año, Lacan vuelve a criticar el Edipo, destacando que para Freud las categorías de lo S-I-R no estarían anudadas, sino superpuestas, y no estarían anudadas sino por la realidad psíquica, el Complejo de Edipo, la realidad religiosa.

El 21 de ese mismo mes, Lacan redefine el síntoma, no como metáfora, sino como función de la letra. Inicia un desarrollo nuevo sobre qué es un padre y afirma que es aquél que no habría tenido un efecto forclusivo sobre su descendencia.

El 11 de febrero, encontramos la puesta en cuestión del Nombre del Padre, y Lacan plantea una nueva cuestión, ¿qué es lo que anuda el nudo?.

El 11 de Marzo Lacan afirma, “El Nombre del Padre es el nudo borromeo, lo que no significa que el nudo borromeo tenga por condición al Nombre del Padre, sino que el Nombre del Padre es una función de anudamiento”.

De manera que Lacan vuelve sobre la cuestión del naming. ¿Qué anuda? se pregunta, para responder, “el decir que nombra”. Y tras hacer un recorrido sobre Dios, como aquél que nombra las cosas en el Génesis, desemboca en una afirmación de especial relevancia: dar un nombre tiene un efecto real sobre lo real: “con la nominación, la parlotte –cháchara- se anuda con algo de lo real”.

Para anudar lo S y lo R hay que pasar por el dar nombre, para lo que hace falta la función nombrante: la función radical del Padre es la de dar nombre a las cosas.

¿De donde vendría la necesidad de dar nombre, de donde surge el acto de nombrar? Una nominación no es exactamente una identificación, más bien es su contrapunto. El nombre, cuando es capaz de anudar algo de lo real, viene como contrapunto a la impotencia del significante y del fracaso del proceso de identificación.

La identificación es el proceso por el cual un sujeto se inserta en el discurso del amo, determinando el yo ideal, las normas y los límites del goce. Sin embargo deja disjunta la verdad del sujeto, que sólo puede medio-decirse ( la verdad, hermana de la castración; la verdad, hermana del goce). Queda el ser impredicable, o mejor dicho aún, lo real, que busca el nombre. Así pues, la necesidad del nombrar –que evoca el título del libro de S.Kripke- proviene de la impotencia de lo S por reducir, cifrar, lo real.

En RSI Lacan lo toma en términos borromeos, refiriendo la nominación al hecho de que lo simbólico hace agujero, como operación precisa para el anudamiento. Que lo Simbólico haga agujero, equivale a la represión originaria freudiana, al ombligo del sueño, o a La Cosa, das Ding. Y en su cobertura mítica, es la operación propia de Dios, cuando dice soy lo que soy, manifestación misma del decir.

¿Cómo nombra el nombre? ¿Cómo anuda la nominación?

Avancemos ahora en otra dirección, que proponía al principio: ¿cómo anuda la nominación? Recordemos la afirmación de J.Lacan, por la nominación la parlote se anuda a lo real. Nos introduciríamos por este camino por las diversas teorías de la nominación, que Lacan explora a lo largo de múltiples seminarios. Debemos oponer dos fórmulas lacanianas: el significante agujerea lo real – afirmación ya presente en Función y Campo de la palabra- y por el nombre se anuda lo real, nombre que no es sin lazo con lo Simbólico, nombre que surge del agujero de la represión originaria y al que nunca se tiene acceso.

Trataré de situar tan sólo la problemática, tal y como he podido seguirla en el desarrollo que realiza Eric Laurent en su texto: “El nombre de goce y la repetición”.

En primer lugar, Eric Laurent recuerda que la nominación siempre se refiere a la experiencia de goce, puesto que allí se suma la repetición que retroactivamente constituye el objeto como perdido. Cuando nombro a la madre no digo “la que me dio el pecho”, nombro el goce experimentado del pecho que, desde la vez que se me lo quitó para volver a dármelo, sólo puede ser nombrado como perdido. Es después cuando surge una descripción a la que responde la madre, que yo selecciono. En la reconstrucción hecha por Lacan de la manera en que Freud introduce la nominación, por el complejo del prójimo en el “Proyecto”, tenemos dos partes para nombrar a la madre: por un lado rasgos que son representación –competen pues a la descripción- por otro lado el goce que se repetirá, lo cual se puede condensar en el matema 1+ (1+a). Por un lado el rasgo, y por otro lado la satisfacción, el 1+a que va a repetirse. El 1 de cada vez va a separar la a del goce que se experimenta y no se califica, puesto que a en tanto tal no tiene índice. Nos situamos aquí en la órbita señalada por Kripke, con la concepción de un nombre ligado a una primera presentación, y después a una repetición, con un uso posible.

Entiendo que aquí se abre uno de los efectos de la nominación, que no es sino la de permitir la conexión de la pulsión con el Otro sexo, la constitución misma del parteneire como efecto del agujereamiento de lo real, primero y en segundo lugar con la separación del goce que constituye la matriz de la repetición y la constitución del objeto causa del deseo. Dicho de otra manera, lo nombrado no es la cosa impredicable, sino los parteneires en los que se constituye esta cosa, vía por la cual la nominación hace lazo.

¿Cómo nombra el padre?

Es otra de las cuestiones que nos interesa situar. Partimos de la distinción entre función paterna y padre, de tal forma que diferenciamos la eficacia de la nominación de la presencia o no de un padre, al que finalmente hemos reducido a la función nominadora. La función que anuda RSI en este seminario es finalmente una función síntoma, es resultado de los nudos que el inconsciente posibilita.

¿Cuáles son entonces las condiciones para que un padre sostenga la función nominadora? Aquí

aparece la conocida referencia de Lacan “un padre tiene derecho al amor, si no al respeto si hace de una mujer la causa de su deseo, a la que toma para hacerle hijos a los que prestará cuidados paternos”, frase que desgrana las tres condiciones requeridas: que una mujer sea causa de su deseo, su parteneire síntoma, que la tome para hacerle hijos, que les preste cuidados paternos, de tal forma que se anuda la pareja sexual y la generación.

El cuidado paterno y su posición libidinal implican el efecto de nominación, el decir de nominación que puede inferirse de su propio síntoma. Creo que en el caso que presenta Pepe podremos vislumbrar esta cuestión.

Sin embargo, no siempre el padre encarna dicha función. Encontré una cita en el seminario del día 19-03 del 74, que corresponde al seminario Los no Incautos yerran, en el que afirma Lacan: “a ese nombre del padre se sustituye una función que no es otra cosa que la del “nombrar para”.

Nomer a

Ser nombrado para algo, he aquí lo que despunta en un orden que sustituye al NP. Salvo que aquí la madre generalmente basta por sí sola para designar su proyecto…su deseo…señala a su hijo ese proyecto que se expresa por el “nombrar para”…lo que se ve preferir a lo que tiene que ver con el NP…aquí lo social toma un predominio de nudo que produce literalmente la trama de tantas existencias, pues detenta ese poder del “nombrar para”.

De este modo encontramos que Lacan opone la nominación con el nombrar para. Mientras que el nominar es del género “tú eres” el nombrar para es más bien del “tú serás”, como una suerte de destino hacia la debilidad mental prescrito por parte de una llamada o empuje venido del Otro.

Fuera del régimen del naming, del ser nombrado –que no dice lo que hay que ser- ser nombrado para colocar al sujeto en una suerte de dependencia del Otro materno o del Otro social. De tal forma que nos encontramos próximos a la fórmula misma de la debilidad mental, o de los cada vez más actuales Trastornos del comportamiento, según que el sujeto se someta a este nombrar para, despersonalizándose, o que se oponga en una posición de rechazo no regulada por la nominación.

Declinaciones del nudo

Quisiera concluir esta incursión sobre el seminario RSI señalando algunas consecuencias clínicas de las declinaciones que va realizando Lacan a lo largo del mismo. Este planteamiento del anudamiento RSI nos conduce a la necesidad de preguntarnos para cada caso si RSI están anudados o no. ¿La imagen corporal, la cadena del lenguaje, el goce, están anudados o encontramos fenómenos que dan cuenta de que no es así?

A lo largo del seminario vemos que Lacan propone al menos dos perspectivas. El 11 de febrero del 75, Lacan se pregunta si la función suplementaria del padre es indispensable, no sólo porque el cuarto nudo sea superfluo –cabría la posibilidad de que el nudo de tres RSI fuera posible, sino porque el NP fuese suplible por otra modalidad.

Tendríamos así:

Nudo borromeo 0, en el que los tres registros están sin anudar: Psicosis.
Nudo borromeo simple, en el que los tres registros están anudados.
Nudo borromeo en el que R,S,I se anudan gracias a un cuarto elemento, el síntoma, que hace de “suplencia”.
Nudo en el que R,S,I se anudan gracias a un cuarto elemento, el Nombre del Padre, como suplencia.

Lo que complica bastante las cosas, multiplica las declinaciones, con respecto al planteamiento previo que oponía ausencia/presencia del nombre del padre para diferenciar psicosis de neurosis.

Lacan descartó rápidamente la idea de un nudo simple y continuó en su seminario con las múltiples consecuencias que se derivaban de la concepción del nudo de 4, interesándose especialmente en lo

relativo a la función del síntoma en su papel de anudamiento, como suplencia que se situaba en la frontera de lo simbólico y lo real, pero también como aquello que se mostraba como siendo lo único que conservaba un sentido en lo real. (aspecto este que JAM ha desarrollado en múltiples ocasiones a lo largo de estos años).

Pero, este planteamiento del nudo de cuatro nos sitúa ante varias cuestiones. Por ejemplo, que la neurosis no es sino una psicosis compensada por una suplencia, el NP –lo que no se aleja de la teoría kleiniana del núcleo esquizoparanoide de la neurosis, o la posterior de Lacan de la psicosis generalizada, o la paranoia como estructura propia de la personalidad, o la derivada del estadio del espejo.

En fin, la perspectiva borromea nos conduce a tomar cada caso en una nueva óptica, en la que podemos prescindir de otra manera del realismo clasificatorio y fijar nuestra aproximación nominalista en las condiciones de anudamiento o fracaso en el mismo.

Hemos visto surgir en esta aspiración nuevas categorías y términos clínicos a lo largo de las conversaciones clínicas, que responden a los efectos renovadores de una clínica que consiente a la transformación del NP en un útil más del que se sirve el sujeto, entre otros.

Andrés Borderías

Otras publicaciones del mismo autor: