El Inquietante Porvenir de los Procesos de Segregación

En 1967 Jacques Lacan formuló la siguiente profecía: “Nuestro porvenir de mercados comunes será balanceado por la expansión cada vez más dura de los procesos de segregación” [1]. Lacan visualiza el porvenir como una balanza. En uno de sus platos está el ideal de los mercados comunes y su promesa de un mundo en el que reine la cooperación; el otro está ocupado por los procesos de segregación. Por su parte, Freud situó en la balanza dos fuerzas opuestas: Eros (el amor y el deseo) y Thanatos (la pulsión de muerte), demostrando que las cosas no van del todo mal cuando la acción destructiva de Thanatos se frena con el empuje vital de Eros. Sin embargo, subrayó de manera especial que en ocasiones el equilibrio se rompe y es entonces cuando hemos de prepararnos para lo peor.

La segregación como contrapeso del ideal nos indica que ambos están emparentados. Todo ideal oculta, sin saberlo, un objeto execrable que representa su verdad más íntima, a la vez que más repudiada. El psicoanálisis no plantea que debamos desembarazarnos de los ideales porque son fundamentales en la construcción de cada sociedad, pero advierte que no existen ideales puros, pues en todos ellos habita un goce contrario al bienestar. Lacan no dudó en calificar de “inhumano” a ese goce exclusivo del ser hablante, ya que contraría el ideal del humanismo al no tener en cuenta al otro ni regirse por ningún orden de fraternidad o de empatía. Ese goce, al que Freud denominó pulsión de muerte, habita en cada uno de nosotros y en cada comunidad social. El problema es que no queremos saber nada del mismo, por esto tendemos a desconocer su existencia e incluso negarla cuando se hace evidente. El negacionismo no es un hecho aislado, pues en mayor o menor medida todos participamos de esa dinámica. Nadie podía creer en la realidad de los campos de exterminio en el momento en que estaban en funcionamiento, ni los propios judíos daban crédito a semejante atrocidad. Era lo inconcebible, lo impensable, aquello que no puede incluirse en el campo de las representaciones con las que se pensaba el mundo. A ese inconcebible el psicoanálisis le pone un nombre: lo real.

El nazismo no surgió de la nada, no cayó como llovido del cielo, sino que fue una construcción discursiva en la que se promovió un gran ideal, el más alto: el de la creación de una raza pura. Ahora bien, para conseguir la depuración había que establecer un criterio de pertenencia y, lógicamente, de eliminación de los elementos impuros.

Pero, ¿qué tenían de impuro los judíos? El judío alemán representaba la élite de la cultura germana, lo más destacado de la intelectualidad, del arte y de las ciencias. Pero cuando el ideal de la raza pura se impuso, los judíos se trasformaron en ese objeto despreciable que había que erradicar para alcanzar un mundo mejor. Ellos eran el doble siniestro (unheimlich) de los propios alemanes, lo más parecido y, a la vez, lo más extraño. Es porque representaban lo rechazado de sí mismos por lo que debían ser aniquilados. La depuración no se aplicaba al resto de los pueblos inferiores que solo era necesario subordinar.

Los judíos no fueron más que la encarnación episódica de lo real innominado, lo impronunciable, lo imposible de definir. De ellos solo podía decirse “no son como nosotros”, pero lo interesante es que esta diferencia solo es insoportable cuando incluye el sentimiento de que “hay algo en ellos que es como esa parte de nosotros que no queremos reconocer”. Por eso el extraño, el extranjero, produce horror y fascinación a la vez, rechazo e identificación, polaridades que si están anudadas dan lugar a la convivencia, pero que si se desanudan conducen al deseo de destrucción.

Por otra parte, la enorme complejidad de los procesos de identificación no puede ser concebida mediante una sencilla topología que diferencia lo interior de lo exterior, algo así como “mi yo interno y las amenazas externas”. Lacan acuñó el neologismo “extimidad” para dar cuenta de la excentricidad de uno consigo mismo. Pareciera que el sujeto está gobernado desde el exterior, cuando es el interior quien comanda, solo que se trata del inconsciente como un interior externo (valga el oxímoron), una especie de alien que nos habita, más Otro que ningún Otro y más íntimo que mi propio yo.

El ejemplo de los judíos es uno de los más extremos que encontramos en la historia, pero no es un accidente aislado sino que nos muestra una lógica universal: para su establecimiento, todo ideal necesita el sacrificio de algo que queda segregado.

En buena lógica podríamos suponer que con Auschwitz y el Gulag la humanidad habría aprendido la lección. Lacan, sin embargo, plantea que los campos de concentración tienen un carácter precursor y no final.

 

Un nuevo ideal

Después del horror producido por la segunda guerra mundial, vemos emerger un nuevo ideal, el de la Comunidad Europea en cuyo origen se escribe el lema: “Unida en la diversidad”. Su punto de partida es, por tanto, la aceptación de todas aquellas diferencias que habían llevado a los europeos a matarse en el campo de batalla. No es un mal proyecto transformar la causa de la destrucción en el motor de un trabajo por la paz y la prosperidad, buscando en lo múltiple de las lenguas, las tradiciones y las culturas el resorte de un crecimiento en común. Un lema distinto es el de la fundación en 1789 de los Estados Unidos de America: E pluribus unum (de muchos uno), en el que se privilegia la construcción de lo Uno sobre lo múltiple.

Tras la segunda guerra mundial hemos vivido una etapa histórica excepcional que nos trajo los mejores años del continente europeo, tanto en prosperidad como en paz y estabilidad, a excepción de la guerra de los Balcanes. La construcción europea se convirtió en una zona de cooperación política inédita. Pareciera que Lacan se equivocaba en su vaticinio y que el porvenir de los mercados comunes era halagüeño. Sin embargo, las caras de la segregación fueron apareciendo de diversas maneras en las últimas décadas, hasta que en 2008, con la emergencia de la gran crisis financiera mundial y el establecimiento de las políticas de austeridad, el pronóstico de Lacan empieza a cumplirse con creces porque, efectivamente, asistimos a un aumento exponencial de los procesos de segregación.

Podemos enumerar la cantidad de acontecimientos que han perturbado profundamente la tendencia inicial del ideal europeo. Hemos visto a Grecia, cuna de nuestra civilización, al borde de la expulsión; a Turquía, cuya integración en la Unión Europea estaba en debate, caer en una dictadura. Asistimos en la actualidad al empoderamiento de dos regímenes autoritarios como Hungría y Polonia, donde la separación de poderes se diluye. En el colmo del negacionismo acaba de aprobarse una ley que castiga con pena de cárcel a todo aquel que escriba o simplemente sugiera la complicidad de los polacos con los crímenes del Tercer Reich. Además debemos añadir el terrorismo islámico y su forma estratégica de golpear a Europa y dañar su política. Pero, sobre todo, tenemos cuatro guerras civiles en nuestras inmediaciones: Libia, Siria, Yemen y todavía Irak, que están produciendo unos desplazamientos de población como no se habían visto desde la Segunda Guerra Mundial.

¿Quién podía imaginar hace unos años que la Unión Europea dejaría pudrirse en esos nuevos campos de concentración (que eufemísticamente denominamos “campos de refugiados”) a quienes huyen de las guerras? ¿Quién iba a creer que un hombre tan peligroso y racista como Donald Trump sería el presidente de los EEUU? ¿Quién daría crédito a la idea de que Gran Bretaña saliera de la Unión cuando fue uno de sus fundadores? Volvemos a esos momentos de la historia donde lo inconcebible se produce, se traicionan los ideales hasta su raíz y el goce de la pulsión de muerte campa a sus anchas.

En muy poco tiempo se ha dibujado un nuevo escenario que podríamos resumir en términos de “uno u otro”, “nosotros o los otros”, “amigos o enemigos”. Se han caído las máscaras del respeto a las diferencias y se ha disuelto el barniz de la tolerancia. En 2010 David Cameron y Theresa May dieron por muerto el tiempo del multiculturalismo y marcaron el comienzo del miedo a lo diferente; al emigrante árabe o africano, sea o no musulmán. Con el Brexit, la segregación de todo aquel que no pertenece al conjunto del Reino Unido se ha extendido a los ciudadanos comunitarios. La idealizada “Unión en la diversidad” que animó la construcción original del mercado común europeo, parece vivirse ahora como el castigo que Dios impuso a aquellos que pretendieron juntar todas las lenguas en la torre de Babel.

 

Desplazados, emigrantes y refugiados

¿Cuál es el fenómeno de exclusión más notable al que estamos asistiendo en la actualidad? Más de cien millones de personas desplazándose planetariamente, sin encontrar un lugar. Todos los mecanismos que deberían ponerse en marcha para acogerlos y responder al deber de la humanidad, están en crisis: no hay una política económica con solvencia que pueda escapar a las condiciones brutales del discurso capitalista, tampoco un marco jurídico que asegure la protección de los derechos humanos, ni siquiera una opinión publica sensibilizada hacia la solidaridad, porque lo que empezó conmoviendo nuestros sentimientos se diluyó rápidamente en el “sálvese quien pueda”, unido a la anestesia que produce el goce del consumo. Por eso pueden ser elegidos personajes como Trump -que promete amurallar las fronteras- o aupada una Marine Le Pen en Francia, mientras los partidos de ultraderecha xenófobos ascienden en casi todos las países de la U.E.

La Unión Europea carga con la vergüenza de haber traicionado la Convención de Ginebra de 1951 para los refugiados políticos, en lo que se conoce ya como “el pacto de la deshonra” entre Alemania y Turquía, con la complacencia del resto de los países europeos. La estrategia para sortear la ley ha consistido en definir a todos como emigrantes y no como refugiados. Basta con cambiar un significante por otro para producir un extraordinario efecto de segregación, dejando a cuatro millones de refugiados de guerra fuera del marco de la legalidad. Hay que reconocer que es una infamia global y que no hay ningún país ejemplar en este sentido. Esta exclusión global está produciendo conflictos esenciales de pertenencia, donde ya no se concibe al otro como ser humano, como obrero o ciudadano, sino como árabe, negro, musulmán, judío, latino.

 

Nosotros y los Otros

El lema de la Revolución Francesa elige tres significantes para resumir su ideario: Libertad, Igualdad y Fraternidad. El primero de ellos es aclamado por todos aunque por motivos diferentes; los burgueses de entonces y los capitalistas de ahora defienden la libertad de mercado frente a cualquier intento de regulación por parte del estado. Igualdad es un concepto que costó mucho incluir en la ética política mientras que en la práctica se demuestra su carácter ilusorio. En cuanto al ideal de Fraternidad, el psicoanálisis tiene mucho que decir. Tanto Freud como Lacan demuestran que la fraternidad es indisociable de la segregación: no hay fraternidad que pueda concebirse si no es por estar juntos, separados del resto[2].

Freud inventó una ficción que tiene la virtud de ofrecernos un soporte lógico para explicar los orígenes de la segregación. Se trata del mito de Tótem y Tabú en el que se recrea la figura del proto-padre de una horda primitiva que acaparaba a todas las mujeres y gozaba sin límites. Los hijos de este padre, hermanos entre ellos, se juntaron para asesinar a este padre mítico y poder acceder cada uno a su cuota de goce. La enseñanza fundamental de esta alegoría es que toda cultura está atravesada por el fantasma de que el Otro se apropia de nuestro goce. Si en cada coyuntura histórica esto se declina de distintas manera, en la actualidad el sentimiento de amenaza se centra en la figura del inmigrante que viene a robarnos el trabajo y a violar a las mujeres. Trump, que representa a una buena parte de los ciudadanos norteamericanos, planteaba la pregunta: “¿Por qué tenemos que recibir gente de países de mierda?”[3]; “Todos tienen el sida”; “Mejor que vuelvan a sus cabañas”. Lo grave es que no se trata únicamente de la utilización de una retórica políticamente incorrecta, sino que se traduce en medidas concretas de aumento de deportaciones (40%), construcción de muros y establecimiento de vetos migratorios. Menos gasto social, más balas y muros.

 

La relación del racismo con el goce

Por otra parte, hoy en día la fraternidad no se fundamenta en una comunidad de creencias sino en una comunidad de goce. Es en el goce donde encontramos la raíz del racismo, que pone en juego el mecanismo inconsciente de proyección. Es decir, yo rechazo al otro por la rareza de su modo de satisfacción que contrasta con mi sistema de valores, pero lo que desconozco es que el modo de gozar del otro me enfrenta a mi propia satisfacción oscura, esa que habita en mí mismo y que experimento como lo más ajeno y extranjero. Por tanto, proyecto sobre el otro aquello que no quiero reconocer de mí mismo: la agresividad, el egoísmo, la mezquindad y las fantasías sexuales perversas, todo eso que atenta contra mi yo ideal. Después de hacer esta proyección, solo es necesario expulsar al otro, colocarlo lo más lejos posible y, si hace falta, destruirlo. Este mecanismo, descubierto por Freud, es transversal a toda civilización y época.

Pero también puede ocurrir que el refugiado no se sienta como un Otro extraño sino como un otro semejante, lo que nos permite identificarnos con su desgracia despertando los sentimientos de solidaridad, compasión y empatía. Sin embargo, en este nivel nos encontramos con el narcisismo de las pequeñas diferencias, que conduce a ese sentimiento de agravio comparativo que se establece cuando ves en el refugiado a un semejante que obtiene más privilegios y beneficios que los que uno, como ciudadano, tiene. Recientemente en la ciudad italiana de Macerata, a la que llegan muchos desplazados, se ha producido un ataque xenófobo por parte de un hombre que disparó contra seis inmigrantes africanos y que fue recibido en la cárcel como un héroe. Pero además, los vecinos lo justifican porque dicen estar hartos de la discriminación positiva con los extranjeros: “A nosotros nos lo piden todo y ellos tienen todo gratis y no gastan su dinero en nuestros establecimientos” dice el dueño de una cafetería que antes votaba al centroizquierda y ahora apoyará al que prometa echar a los inmigrantes de su tierra[4].

¿Qué es lo que caracteriza nuestra civilización actual? Asistimos a una caída de las grandes instituciones religiosas o laicas que establecían un orden universal sobre los modos adecuados de goce. Consecuentemente, vemos cómo se produce una fragmentación cada vez mayor con la aparición de microidentidades, grupos que se conforman en torno a un mismo modo de gozar: las tribus urbanas, los adictos al trabajo o a los medios digitales, los que escuchan voces, los transexuales, bisexuales, asexuales y así hasta la atomización de los goces más variados.

Pero no solo la segregación se impone por la vía de la comunidad de goce, la segregación es también una de las consecuencias inevitables de la generalización de las políticas de evaluación, que trata de reducir la subjetividad a cifras y las cifras a concepciones identitarias muy potentes que nos llevan a una suerte de segregación generalizada.

Volviendo al vaticinio con el que comenzamos este recorrido, hemos de aclarar que Lacan no leyó el futuro en una bola de cristal sino que lo dedujo de la lógica del los discursos imperantes en la época, tal y como argumenta en la continuación de la cita inicial: “Lo que vimos emerger, para nuestro horror – se refiere a Auschwitz– representa la reacción de precursores en relación a lo que se irá desarrollando como consecuencia del reordenamiento de las agrupaciones sociales por la ciencia y, principalmente, de la universalización que introduce en ellas. [5]

Es evidente que la ciencia debe su poder a la aplicación de un universal riguroso y absoluto, el problema se produce cuando esta necesidad lógica del universal extiende su campo de acción al ámbito de la ética y la clínica de los comportamientos humanos. La ciencia en su afán universalizante produce una exclusión de lo singular de la subjetividad y de la diversidad de cada cultura.

La “universalización” producida por el indestructible matrimonio entre el discurso de la ciencia y el discurso capitalista es lo que en la actualidad denominamos “globalización” y tiene que ver con la expansión sin fronteras del mercado. Los mismos objetos se reproducen y se consumen en todo el mundo, incluso en los sectores de la población más desprotegidos. La uniformidad de las mercancías, de los modos de vida y también de los discursos, se impone de manera planetaria, lo que nos lleva a concederle el estatuto de “universal y necesario” a algo que solo obedece a los intereses económicos.

La lógica económica del mercado enmascara su verdad mediante argumentaciones falaces con las que pretende convencernos de que sus intereses se identifican con el progreso de la igualdad entre los hombres. Sin embargo, la tozuda realidad nos muestra un panorama de desigualdad y fragmentación social formado por los desempleados de larga duración, los que trabajan en precario, los emigrantes sin papeles, los refugiados hacinados en campamentos y toda clase de restos formados por los excluidos del sistema. Un sistema que no padece las crisis y continúa su veloz e imparable movimiento, en el que las operaciones financieras se ven favorecidas por los medios virtuales y por los avances tecno-científicos. El capitalismo financiero nunca ha gozado de mejor salud, nunca ha tenido tanto poder, nunca ha estado tan legitimado ni ha dispuesto de tantos medios para imponer su orden en todo el mundo.

El proyecto globalizador es incompatible con la lógica de los derechos universales de los seres humanos. Las consecuencias sobre el nuevo orden mundial multicultural son formidables, pues se vuelve a abrir una enorme brecha de desigualdad entre pobres y ricos en el mundo occidental, y entre norte y sur en el mundo global.

Ahora bien, nuestra metáfora de la balanza que hasta el momento nos ha servido para establecer una dialéctica entre tendencias opuestas se nos revela insuficiente para dar cuenta del fundamento contra el que se estrella cualquier análisis basado en una dicotomía. Ese fundamento es el leitmotiv de toda la investigación de Lacan y se refiere a lo real de un goce en el ser humano que no es dialectizable y que no sirve para nada. Desde esta perspectiva, el daño al otro, así como el daño a uno mismo, no obedece a ningún interés individual o de grupo, tampoco es algo propio de gente anormal pues, en mayor o menor medida, forma parte de todos. La cuestión es qué política hay que poner en marcha para contrarrestar ese goce ligado a la pulsión de muerte que tiende a la destrucción del otro, de sí mismo y del planeta.

La intervención del psicoanálisis en la cultura no debería reducirse a transmitir las malas noticias sobre la condición humana y plantear que con estos mimbres no puede hacerse nada. Lacan formuló el movimiento infinitamente circular y perverso del discurso capitalista y planteó que el psicoanálisis es el reverso del discurso del amo (cuando todavía el amo cumplía su función).

En estos momentos asistimos a una de las crisis civilizatorias más crudas de la historia que podría llevarnos a la guerra de todos contra todos[6]. Para invertir esta tendencia, es necesario la presencia de estados menos impotentes a la hora de hacer valer el bien común sobre los intereses financieros.

El paradigma neoliberal, que se pretende universalizante, obliga a disminuir las funciones del Estado a su mínima expresión para evitar que el poder político pueda poner límites a su voracidad. La política ha depuesto las armas y se sitúa en la impotencia frente al empuje de la ley del mercado y la destrucción de los derechos sociales.

Desaparecido el espíritu fundacional europeo, parece no haber otra política que la de la austeridad y la privatización de los bienes públicos. Para los ciudadanos, Europa es ahora un mercado sin corazón, sin valores ni proyecto. En nombre de esa magnífica idea que alguna vez fue la Unión Europea, lo que en verdad fue creado es un Frankenstein que ahora surge de la oscuridad, lo cual no significa -como nos quieren hacer creer- que no haya solución.

 

Rosa López
Madrid 19 febrero 2018


[1] Jaques Lacan “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”. Otros escritos, Paidos: 2012

[2] Lacan, Jacques. El seminario, libro XVII. La ética del psicoanálisis (1969-1970), Barcelona, Paidós, 1992, p. 121.

[3] Donald Trump en una reunión de congresistas celebrada el 11 de enero de 2018.

[4] http://www.lavanguardia.com/internacional/20180211/44690894145/tiroteo-macerata-italia-inmigrantes-racismo.html

[5] Jaques Lacan “Proposición del 9 de octubre de 1967 sobre el psicoanalista de la Escuela”. Otros escritos, Paidos: 2012.

[6] Hobbes, Thomas. Leviatán: o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil.

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