La angustia en la época de la transparencia


 
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¿Cómo Librarse De La Mirada Absoluta?

Quiero hablarles de la incidencia fundamental que sobre el ser humano tiene la mirada que siempre proviene del Otro. Somos mirados desde que llegamos al mundo pues no disponemos de capacidad de vernos a nosotros mismos, salvo que hagamos uso de ese artificio llamado espejo. Esa mirada exterior por la que somos penetrados puede hacernos sentir enormemente valiosos cuando funciona como indice del deseo pero también puede condenarnos a la angustia y reducirnos a la condición de un desecho. En el campo de la mirada el punto del deseo y el punto de angustia coinciden de tal manera que la situación puede bascular en un solo instante de un extremo al otro mostrándonos que existe una frontera muy frágil entre lo sublime y lo siniestro, entre la belleza y el horror.

Voy a comenzar contándoles una especie de fábula que el psicoanalista Jacques Lacan se inventó y con la que comienza su libros titulado “La Angustia”.

Lacan se imagina a sí mismo revestido por algún tipo de mascara animal animal frente a un animal de verdad, concretamente una mantis religiosa de tamaño gigantesco. Podemos suponer el horror que produce estar enfrentado a un insecto de estas dimensiones, pero Lacan es más preciso todavía y nos dice que lo más angustioso de semejante situación es que él mismo no sabe qué mascara lleva puesta. “La posibilidad de que, debido a algún azar, aquella máscara fuese impropia, induciendo en mi partenaire a algún error sobre mi identidad era insoportable”. “La cosa quedaba acentuada por lo siguiente, yo no veía mi propia imagen en el espejo enigmático del globo ocular del insecto

En esta suerte de apólogo, se recrea la experiencia de un sujeto enfrentado a una mirada extraña, la de un animal cuyos ojos no le devuelven ningún tipo de imagen en la que él pueda reconocerse y, por tanto, le condenan al enigma más angustiante ¿quién soy yo para la mirada del Otro? o, para ser más precisos ¿qué tipo de objeto soy? Porque muy bien podría ocurrir que, por equivocación, mi disfraz animal correspondiese al del macho de la mantis y ya sabemos como se las gastan las hembras de esta especie en el encuentro sexual que acaba siempre con la devoración de la cabeza del partenaire en el momento en que este ha cumplido la función reproductora de la inseminación.

La enigmática mirada de la mantis alcanza al sujeto en su propia extrañeza pues está incluido en esa escena a titulo de un objeto absolutamente irrepresentable y, a la vez, arrojado al capricho del deseo insensato de ese Otro cuyos ojos, no actúan como espejos en los que uno mismo puede reflejarse. Lacan está tratando de transmitirnos una experiencia de alteración, de dislocación, de perdida de todos los soportes mediante los cuales el sujeto se construye una identidad.

¿Qué se nos muestra en este apólogo? El impacto de una mirada que viniendo del Otro provoca la fractura de un sujeto que en ese instante queda reducido a su condición de objeto.

Se trata de una secuencia que se parece mucho a un desencadenamiento psicótico, aunque Lacan la está utilizando para ilustrar el sentimiento universal de la angustia.

Pero, efectivamente, es en el campo de las psicosis donde podemos captar, en todo su dramatismo, el poder desestructurante, persecutorio, aniquilador, de la mirada del Otro. Los fenómenos de transparencia que se dan en la esquizofrenia fueron estudiados por Victor Tausk, uno de los más brillantes discípulos de Freud, quien publicó en 1919 un artículo titulado De la génesis del aparato de influencia en la esquizofreniadonde describía una forma de delirio psicótico en el que el sujeto testimonia ser objeto de la perniciosa influencia de una supuesta máquina que ejerce su acción a distancia. Una de las pacientes tratadas por Víctor Tausk, la señorita Emma A, tras una pelea con su novio manifiesta que sus ojos ya no están correctamente ubicados en su rostro, “Los ojos no están derechos, están torcidos” “ella le acusa de ser un hipócrita y más concretamente: un torcedor de ojos. Él le ha torcido los ojos, ahora ella tiene los ojos torcidos, esos ya no son mas sus ojos, ella ve ahora el mundo con otros ojos”.

Hay otro ejemplo en el que encontramos la presencia alucinatoria de la mirada y que fue presentado por Jean Bobon en ocasión de un congreso en Anvers. Se trata del caso de una joven institutriz italiana que llevaba seis años hospitalizada sin proferir ni una palabra y sin moverse de la cama, es decir, en un estado de pasividad absoluta. Siendo que con esta paciente todos los tratamientos habían fracasado a alguien se le ocurrió, como último recurso, proporcionarle papeles y lápices. Desde ese momento, la paciente saldrá de su inercia y empezará una actividad plástica intensa que se irá constituyendo como el único material clínico que da la clave de su delirio.

En todos estos dibujos aparece de forma destacada y explícita el objeto mirada.

Hay un dibujo que representa un ojo único y ciclópeo que devora el rostro de la paciente. En otro dibuja un “ojo-pez”, y finalmente hay un dibujo donde además de la imagen de los ojos aparecen por primera vez unas palabras. Se trata de un árbol cargado de ojos particularmente expresivos acompañado de una frase que dice: io sono siempre vista. Este sentimiento de ser siempre vista sin que exista la posibilidad de ocultarse a la mirada amenazadora del Otro condena al sujeto a la inmovilidad más absoluta. Sin embargo, por más quieta y muda que este, los ojos proliferan, se multiplican y la miran incesantemente.

Me propongo demostrar que estos fenómenos delirantes que provienen del campo de la locura no hacen más que anticiparse un cuarto de hora al desarrollo de los acontecimientos históricos. Tanto los esquizofrénicos de Victor Tausk como la joven italiana de Bobon pueden tomarse como verdaderos visionarios pues, sin saberlo, predijeron la llegada de una nueva civilización, la del momento actual, en el que la realidad supera al delirio.

Hay un autor que me ha servido como referencia para esta conferencia, se trata de Gerard Wajcman, psicoanalista y escritor que ha dedicado muchos años de su vida a investigar el tema de la mirada y que en su último libro titulado “El ojo absoluto” comienza con el siguiente párrafo: “Una mutación sin precedentes está teniendo lugar en la historia de los hombres”. Un buen comienzo ¿No? La frase es lo suficientemente inquietante para que el lector se enganche ávido por saber qué es lo que el autor nos está anunciando. Esta mutación no se realiza en secreto, sino ante nuestra vista, solo que no nos damos cuenta pero desde hace tiempo hemos entrado en otro mundo. Ha nacido una nueva civilización pues los cambios se producen a tal velocidad que no da tiempo a pensar en ellos y la mutación se va consolidando. Por más que hagamos ya no tenemos ninguna posibilidad de volver al tiempo anterior y, por tanto, sería inútil protestar. ¿Qué es lo que está cambiando de manera tan radical? y seguimos leyendo hasta que Wajcman nos ofrece la primera clave: “Nos miran“somos mirados todo el tiempo, por todas partes y bajo todas las costuras”.

Entonces, la pregunta que se nos impone es: ¿Qué podemos hacer? ¿Tenemos algún margen de respuesta frente a esta nueva realidad? ¿Hay una resistencia posible?.

Si quisiéramos hacer una historiografía muy rápida que resumiera cuál es el ideal que caracteriza cada época, podemos arriesgarnos a decir que el siglo XVIII el significante ideal fue LA FELICIDAD, de hecho esta palabra está recogida en la Constitución de los Estados Unidos de América como un derecho fundamental de los ciudadanos. En el siglo XIX, tras la revolución francesa, el ideal dominante fue LA LIBERTAD, el siglo XX promovió LA SALUD pues a partir de los años cincuenta se crea el derecho internacional a la salud. Es demasiado pronto para decir cuál será el significante amo del siglo XXI pero, si tenemos que orientarnos por esta primera década, diremos que es LA TRANSPARENCIA.

Cada uno de estos conceptos surgen inicialmente como un ideal con pretensiones benéficas. ¿Quién puede rechazar los anhelos de felicidad, de libertad, de salud y hasta de transparencia? La cuestión es que aquello que fue concebido como un ideal se transforma, inevitablemente, en un imperativo y, entonces, cambia de signo cobrando un carácter mortífero. Todos hemos asistido al fundamentalismo de la salud como una obligación que nos prescribe cada día lo que es bueno y nos prohibe lo que puede dañarnos. La biopolitica ha convertido a los gobernantes en gestores de la salud de los ciudadanos. Ya no podemos fumar, pero tampoco tomar el sol, porque ambas cosas producen cáncer, ingerir alimentos grasos es peligroso pues vamos directos al infarto, y desde luego si no asistimos al gimnasio con regularidad estamos condenados a la decrepitud física y estética. A la vez las consignas sobre la salud van cambiando y lo que antes era fatal ahora es buenísimo y ya no sabemos a qué atenernos. Con la felicidad y la libertad podemos pensar también el estrago que se produce si en lugar de constituirse como un derecho se transforman en una obligación. “sea feliz” “no se deprima” “goce más” “no dependa de nadie” “disfrute todo el tiempo”.

Ahora habitamos en el reinado absoluto de la transparencia que podríamos resumir con el siguiente imperativo: “Todo lo real debe ser visto” y, por ende, “todo lo que no es visible no es real”. La exigencia de visibilidad se hace ley siguiendo el propósito de una ideología promovida por el matrimonio entre la ciencia y la técnica que convierten la visión en un amo absoluto. Las consecuencias que se desprenden de semejante imperativo son siniestras tanto en la vertiente de que todo sea visible, como en su correlato de inexistencia de lo no visible. Un ejemplo atroz de este negacionismo nos lo ofreció todo un pueblo, el alemán, que ignoró la existencia de los campos de concentración y de las cámaras de gas porque nadie las había visto. Hoy, esta ideología abarca todos los ámbitos de la vida, desde la política, la medicina, el espionaje, la geografía, las técnicas de venta, o cualquier otra cosa que se nos ocurra.

Pensemos en la incidencia de dos acontecimientos muy recientes, por una parte el fenómeno Facebook, por otra wikileaks. En ambos casos se juega con la transparencia aunque cada uno de ellos apunta a un dominio diferente del mundo. Mientras que Facebook pretende abolir la vida privada de cada sujeto, wikileaks quiere hacer transparente los secretos de los gobiernos, de los políticos y otras formas de poder. Ambos constituyen el envés y el reverso de una misma pieza ideológica.

Somos mirados todo el tiempo, por todas partes, bajo todas las costuras” pero ya no es la mirada de Dios que todo lo ve la que nos vigila, sino algo mucho más concreto, palpable, objetivo. Hay ojos por todas partes, como en el dibujo de la institutriz, ojos que se instalan en cada esquina bajo la forma de cámaras que graban nuestra imagen.

El dios omnividente ha sido sustituido por las maquinas concebidas por los científicos y realizadas por los técnicos. Verdaderas prótesis de los ojos humanos pero que por su carácter maquinal no necesitan dormir nunca. Los ojos maquina están abiertos permanentemente, ni siquiera parpadean para dejar un intervalo temporal de no visión o una zona de sombra posible. De la multitud de cámaras en las ciudades a la nebulosa de satélites en los cielos, las redes de vigilancia cada vez son más tupidas. Por ejemplo, salir por las calles de Londres para ir de compras o para pasear al perro supone ser filmado una media de trescientas veces.

Es un poco abusivo hacer una lectura clínica para caracterizar una cultura, pero no deja de ser pertinente establecer un parentesco entre esta civilización de la transparencia y el delirio paranoico que siguiendo un ideal de rigor inagotable le otorga un sentido a todo lo que acontece. A los ojos del paranoico nada se produce por casualidad, todo obedece a una intención que es interpretada con la absoluta certeza del delirio. Ninguna duda, ninguna imprecisión, el delirio lo abarca todo. ¿Cómo no relacionar este ideal de rigor y de transparencia absoluta del paranoico con la creencia que mueve al discurso de la ciencia que pretende que todo lo real sea visible y además calculable?

O el paranoico es un científico loco o el discurso de la ciencia es bastante paranoico.

Voy a darles algunos ejemplos para que capten la dimensión que ha cobrado el imperativo de la transparencia.

En nuestra vecina Francia el gobierno está invirtiendo ingentes cantidades de dinero en la construcción de la más sofisticada y potente maquina de Imágenes por Resonancia Magnetica (IRM). Se llama NeuroSpin y se propone “comprender el cerebro por medio de la imagen”, permitirá cartografiar el cerebro esquizofrénico, pero también las funciones normales que rigen las emociones, las percepciones, la conciencia. Finalmente, en el informe de los técnicos apoyado por el ministro de sanidad se dice que NeuroSpin puede llegar a fotografiar los pensamientos. La estupidez de este planteamiento nos puede provocar la risa si no fuera porque resulta indignante. La ciencia no se conforma con visualizar los órganos internos de nuestro cuerpo ademas quiere arrancarnos el misterio de la subjetividad, lo que nos hace diferentes unos de otros, nuestros más íntimos deseos, la causa de nuestro sufrimiento, el origen de la angustia, de la homosexualidad, de las dificultades sociales. Precisamente todo eso que ni el propio sujeto conoce porque existe el inconsciente, que nos impide ser transparentes para nosotros mismos. El sujeto del inconsciente es un sujeto dividido pues desconoce los deseos que animan sus búsquedas, no se reconoce en su manera de gozar, sus actos no siempre obedecen a sus intenciones hasta el punto de que puede actuar contra sí mismo y, por supuesto, cuando habla las palabras nos son un instrumento que pueda dominar sino que son ellas las que le llevan de un lado para otro.

La ciencia no solo ignora la singularidad del sujeto sino que directamente lo forcluye, es decir, lo borra, lo elimina. En su afán universalista la particularidad de cada uno no puede entrar en un sistema que está pensado en la lógica del “para todos”. Paradójicamente la captación médica de imágenes vuelve al sujeto invisible porque lo toma como un mero objeto de investigación. Estamos frente a una idolatría de la imagen y del cuerpo basada a su vez en un intento por “naturalizar el espíritu” y sus consecuencias son funestas.

Naturalizar el espíritu del ser humano equivale a eliminar todo rastro de subjetividad para dejarle reducido a un cuerpo y un cuerpo sin sujeto es un cadáver.

A propósito de esto traigo una cita de Lacan, que me gusta particularmente, en la que define la angustia de la siguiente manera:

La angustia es el sentimiento que surge de esa sospecha que nos embarga cuando nos reducimos a un cuerpo

Sentir que quedamos reducidos únicamente a un cuerpo es absolutamente insoportable. ¿Por qué? Porque el ser humano no habita en ningún orden natural puramente biológico, sino que está inmerso en un mundo simbólico y, por tanto su relación con la naturaleza nunca será directa e inequívoca sino mediada por las palabras y sus equívocos. Dicho de otro modo, somos sujetos del lenguaje y, por ello, estamos exiliados de la naturaleza. Los efectos de este exilio se hacen sentir sobre todo en la relación de distancia que mantenemos con el cuerpo, lo que nos impide decir: “Yo soy un cuerpo”. Hay un alejamiento tan enorme de aquello que somos como cuerpo biológico que nos vemos obligados a construirnos una identidad en la que podamos reconocernos como nosotros mismos y decir “yo soy esto”. Hechos como el sexo, la muerte, la reproducción, la alimentación, la defecación y la supervivencia han quedado afectados irreversiblemente por las palabras que distorsionan cada una de esas funciones, extraviándolas de sus rieles naturales. Lo que ignora la ciencia es que por más que invente nuevos aparatos no hay ninguna posibilidad de producir un retorno que pueda prometer un horizonte de vivencia natural y normalizada del cuerpo. La clínica psicoanalítica, desde sus orígenes, no se centra en aquello que acontece en lo mental dejando de lado el cuerpo. Por el contrario, el psicoanálisis dirige toda su atención a lo que aconteciendo en el cuerpo contradice la lógica científica del organismo.

Fue Jacques Lacan quien hizo su entrada en el campo del psicoanálisis explicando precisamente cómo se produce la constitución de la imagen del cuerpo a través de un proceso al que denominó el estadío del espejo. Lo que viene a demostrar, apoyándose en la neurología, es que el infans humano nace en un estado de prematuración motriz que le hace experimentar el cuerpo como algo caótico, dislocado, sin conexión. El bebé no reconoce sus propios miembros y está expuesto a una multiplicidad de sensaciones orgánicas sin unidad alguna. La unidad del cuerpo, como algo que le pertenece y en lo que se puede reconocer, no procede de lo orgánico sino de la constitución de la imagen corporal, lo que requiere del auxilio de una imagen exterior que de alguna manera le muestre el modelo anticipado de esa unidad corporal de la que aún no puede disfrutar. Esa otra imagen puede ser la que obtiene al verse reflejado en el espejo o al ver la imagen de un semejante. A la vez el niño, por mucho que se mire en el espejo o que esté entre otros niños, no conseguirá hacerse dueño de su imagen corporal sin la ayuda del lenguaje, de lo simbólico. Es la palabra del Otro, fundamentalmente de ese primer Otro que es para todos la madre, la que certificará que la imagen que el espejo refleja es la suya, y que él es el objeto más preciado en el deseo materno. De este modo el niño puede construir una identidad que le sirve para velar esa angustia de fragmentación corporal ligada al organismo. Ahora bien, cuando digo “velar” lo que quiero transmitirles es que el organismo no se deja pacificar completamente por la imagen sino que permanece latente en su estatuto caótico y fragmentado. Mientras la imagen cumple su función unificadora la vivencia del cuerpo se hace soportable, pero de vez en cuando algo de lo orgánico retorna y la resquebraja, entonces acontecen todo tipo de fenómenos clínicos. Desde los fenómenos de despersonalización hasta las alucinaciones del doble en la psicosis. Pero también vemos emerger la angustia que surge allí donde la imagen no consigue silenciar al organismo.

Pareciera que, en la actualidad, hemos pasado del estadio del espejo al estadio de la transparencia Lacan no llegó a asistir al hecho, cada vez más al alcance de la mano, de que podamos tener la imagen del bebe en estado fetal. Las ecografias en 3D inventan un nuevo nacimiento que se produce en el campo de la pantalla. Los futuros padres muestran las fotografías de un hijo que todavía no ha nacido, pero ya ha advenido al mundo de la imagen. El niño es mirado antes de salir del cuerpo materno y esta mirada es creadora. “Nacimiento del bebé imagen: bienvenido al mundo del hombre transparente” (G W). Ese niño seguirá siendo mirado permanentemente. Ya se venden cámaras domesticas que sirven como una extensión tecnológica del ojo materno para vigilar el comportamiento de las niñeras que a su vez vigilan al bebe. Después de nacer el niño será objeto de evaluación por parte de psicólogos conductistas, cognitivistas, neurólogos, sociólogos, que podrán hacer un pronóstico de su evolución, por ejemplo, dictaminando a partir de los tres años las posibilidades de que llegue a ser un criminal o que suponga un peligro social. Estas cosas se hace por el bien del niño y de la sociedad en su conjunto, solo que el efecto es fatídico pues todas esas miradas lo cosifican, lo convierten en un objeto observable al tiempo que desprecian sus palabras, es decir, su condición de sujeto de pleno derecho.

Cuando somos tomados como objetos estamos en la situación que Lacan imagina frente a la mantis religiosa: enfrentados a la mirada de un Otro que no sabemos que uso va a hacer de nosotros. Solo que ahora ese Otro no procede del mundo animal sino de la ciencia. Las posibilidades que la ciencia tiene de alterar la naturaleza son radicales, por ejemplo, en la Universidad de Biología de Hirosyma han diseñado una especie de animal hipermoderno: una rana transparente lo que permite que el ojo (humano en este caso) entre en el organismo directamente, sin necesidad de diseccionar, ni de introducir aparatos. No es difícil llegar a imaginar la posibilidad de que una madre alumbre un bebé transparente, al gusto de la ciencia y, por supuesto, por los mejores motivos, a fin de cuentas los dioses médicos solo quieren nuestro bien.

A partir de Descartes el encuentro entre la ciencia moderna y el cuerpo produce un efecto de fragmentación. En el mundo aristotélico se exaltaba la imagen completa del cuerpo, con Descartes el modelo del cuerpo es el reloj, un cuerpo hecho de piezas y engranajes. La manera más radical de pensar las consecuencias de este encuentro traumático es el mercado de los transplantes en el que los países pobres venden los órganos a los países ricos. El cuerpo humano se ha convertido en una mercancía que circula en el mercado, podemos vender un riñón, o los ojos. El cuerpo entra en el reino del objeto que no solo se puede vender también se puede fabricar. La imaginación humana hace mucho que recrea la fantasía de fabricar un cuerpo a partir de pedazos de otros o mediante órganos artificiales. Pero lo que era ciencia ficción y que nos maravilló en una película como Blade Runer, puede ser realizado con la ingeniería genética actual, solo esperan autorización y subvenciones para llevarlo a cabo.

Podríamos seguir durante horas examinando una multiplicidad de hechos que vienen a avalar esta mutación de la civilización que puede dar lugar al surgimiento de una posthumanidad, sin embargo, es necesario ir cerrando esta conferencia con la pregunta que planteamos en el titulo: ¿Cómo librarse de la mirada absoluta?

Ante este panorama la pregunta que se impone es cómo es posible que no todos estemos paranoicos si la realidad esta concebida al modo de la paranoia. ¿Cómo es que uno sale a la calle y no ocupa de las cámaras que lo gravan? Los psicoanalistas comprobamos que no hay un aumento de los casos de paranoia.

Por una parte todos estamos subyugados por el goce de lo visible, el mundo se ha vuelto omnivoayer, por eso no nos damos cuenta que vivimos bajo el poder de la mirada, porque todos estamos implicados en ese goce y al mismo tiempo porque hay en el sujeto una servidumbre consentida. Freud se preguntó qué instancia es la que hace que el sujeto obedezca un orden que le resulta insatisfactorio, sufriente o indigno. Y lo que Freud descubre es que esta servidumbre se debe a algo estructural en la constitución misma del sujeto y que no puede explicarse, como ahora las teorías actuales pretende, que estamos sugestionados, manipulados, hipnotizados por los instrumentos sofisticados del poder.

Por otra parte el ojo absoluto, del que habla Wajcman, es una ficción, siempre quedará un resto que no es susceptible de ser visualizado y todos sentimos en el fondo que no somos transparentes para nosotros mismos, que hay una verdad inconsciente que se nos escapa.

El Psicoanálisis se inscribe en un campo donde la Verdad esta atravesada por lo imposible. Hay algo de nuestra condición de sujetos hablantes, sexuados y mortales que no va a poder resolverse jamas a través del progreso del saber. Se trata de una imposibilidad irremediable a la hora de descubrir la verdad y no es que todavía no la conocemos pero que en el futuro y a través del estudio del genoma humano y del cerebro todo esto llegará a revelarse, sino que hay un límite infranqueable del que ningún saber puede dar cuenta.

Toda esta mutación civilizatoria de la que venimos hablando supone un fuerte intento de borrar la imposibilidad, de eliminar el límite al saber, de acabar con la experiencia de la verdad que es lo mismo que acabar con el inconsciente. Un fuerte intento de que todo sea comunicable, calculable, visible a nuestros ojos.

¿Es tan potente este dispositivo como para borrar definitivamente la experiencia de la verdad?

¿Es tan potente como para que el inconsciente desaparezca?

¿Es tan potente como para que no irrumpa la Verdad a través de la sorpresa, a través de un sueño inquietante, a través de la angustia?.

Las personas se psicoanalizan porque perciben que hay un malestar que les habita y cuya causa desconocen. Un hombre puede no entender por qué siempre fracasa de la misma manera o por qué elige mujeres que le llevan al mismo punto de sufrimiento, del mismo modo una mujer puede repetir, sin quererlo, las mismas elecciones amorosas como obedeciendo a un guión que no saben quien ha escrito. El psicoanálisis es una experiencia que nos lleva a aceptar los limites del saber, de lo representable, de lo visible. Eso que no se deja calcular y impide que puedan reducirnos a un algoritmo, pero que, por la misma razón puede cambiarse. Si fuéramos ecuaciones eso supondría que somos lo que éramos y seremos lo que fuimos siempre. Afortunadamente hay posibilidades de cambio y en eso se basa el psicoanálisis.

Es necesario, más que nunca, reivindicar el derecho a la intimidad, a lo oculto y la defensa de la sombra frente a la luz totalitaria que nos enceguece. Jacques Lacan demuestra que para que el sujeto pueda estructurar la realidad necesita enmarcarla dentro de unos limites semejantes a una ventana. Solo podemos soportar nuestra relación con el mundo si se establece una zona de luz y otra de sombra, una visible y otra fuera de lo visible. De un lado de la ventana el sujeto que mira, del otro la escena del mundo. De este modo se establece un orden que le otorga un lugar al sujeto. Cuando los límites se desvanecen y la función de la ventana ya no recorta lo real, entonces, surge la angustia. El sujeto se angustia al sentirse excluido de la escena del mundo. En ese momento pierde sus insignias, reduciéndose a una existencia vana y sin lugar. El espacio hipermoderno es el del sujeto sin lugar: sin domicilio y sin interior. Sujeto que ve y cosa vista se hacen equivalentes pues se borran las diferencias entre ver y ser visto.

Lo íntimo es el lugar donde el sujeto puede habitar, fuera de toda mirada y eso le permite mirarse a sí mismo, para descubrir su propia opacidad, su división, su parte de sombra. Muchas veces es necesario el diván del psicoanalista para que el sujeto comience a pensarse, a percatarse de que hay algo que lo habita pero que a la vez le resulta absolutamente ajeno, algo que forma parte de su ser más íntimo y que lo siente completamente externo, algo que no puede ser representado en el campo de las imágenes. Lacan acuñó el neologismo EXTIMIDAD para situar está curiosa topología que une lo interior con los externo y que es una manera de hablar del Inconsciente.

Recuperar la subjetividad en un mundo que nos cosifica, es el trabajo que se realiza la experiencia de un análisis donde se nos invita a un viaje hacia lo real como aquello que no puede ser representado ni por las imágenes ni por las palabras.

Les aviso que no se trata de un paseo bucólico por jardines poblados de imágenes fascinantes, sino de un recorrido en cierto modo plagado de sombras y hasta de monstruos sin nombre, pero en el que uno puede despertar del sueño perpetuo de las imágenes para recuperar la dignidad de su deseo, el pudor de lo íntimo y un saber hacer con lo extraño.

Rosa López

Madrid a 24 de febrero de 2013

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