PUBLICACIONES DE PSICOANÁLISIS DE ORIENTACIÓN LACANIANA

La dimensión de lo imposible en la sexualidad femenina

Montserrat Puig

Autor/a invitado/a de la Sección Clínica de Madrid (Nucep)

La sexualidad femenina pone especialmente de manifiesto la dimensión de lo imposible en la sexuación del ser hablante. Existe en todo caso una tensión entre lo que es del orden de la determinación y la dimensión de lo imposible, siempre que se trata del advenimiento del ser hablante a la sexuación. es decir de advenir hombre o mujer según «el tipo ideal de su sexo». Esta tensión se ve ya claramente en Freud, cuando aborda los avatares por los que debe pasar una niña para convertirse en mujer.

Rompiendo con la idea de la determinación biológica de la asunción de uno u otro sexo, Freud  plantea el acceso a la feminidad (o a la masculinidad) como un trabajo que, pasando por el Otro, requiere un tiempo, marcado por distintas escansiones, avances, retrocesos y, finalmente, algún tipo de conclusión. En este trabajo subjetivo, el cuerpo es un elemento esencial, pero a qué título interviene, es algo que en absoluto constituye una obviedad, así, la polémica frase de Freud «la anatomía es el destino» no debe leerse como determinación biológica, sino en lo que el destino tiene, por un lado, de problema ineludible, y, por otro lado, de referencia a un ideal orientador con respecto al cual el sujeto no tiene más remedio que situarse (aun cuando sea en su contra). Pero, sobre todo, se trata de la dimensión problemática que para el ser humano tiene la obligación de «hacer algo» con el cuerpo que le ha tocado en suerte. Como señala Lacan(2), existe en los textos freudianos una antinomia interna en la asunción por el hombre de su sexo. Dos elementos fundamentales, el cuerpo como representante de lo pulsional y el Otro en tanto lugar de lo simbólico, son los dos ejes esenciales a cuyo alrededor se ordena la problemática de la sexuación.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que el propio término de «sexuación» desborda los términos conceptuales en los que Freud llegó a plantearse el problema. El de sexuación, término introducido por Lacan, va más allá incluso de lo que él mismo había subsumido en una época de su enseñanza bajo la noción del papel regulador de los ideales. La sexuación es una operación cuya relación con  las identificaciones no va de suyo. Hasta cierto punto, podemos oponer identificación a sexuación, aunque también podamos encontrar la articulación entre ambos. En todo caso, la sexuación trata de aquella dimensión de la asunción del sexo no subsumible por ninguna operación de identificación. De hecho, la sexuación en cuanto tal apunta a la relación del sujeto con el goce incluyendo lo que éste tiene de real.

Esta relación compleja entre sexuación e identificación se manifiesta con toda su evidencia en la sexualidad femenina, en la medida en que, por razones de estructura, para la mujer, identificación y sexuación se hallan en la relación más problemática posible. Esto es lo que Lacan expresa, precisamente, cuando acuña su aforismo «la mujer no existe», o cuando, a partir de un momento en  su enseñanza, el articulo definido que precede a la palabra mujer es sistemáticamente tachado.

El falo para los dos sexos, y sin embargo…

Para Freud, ambos sexos tienen al falo como único y común referente en cuanto al acceso a la posición sexuada y al goce sexual. El goce fálico es común a los dos y tiene como representante al órgano fálico.

Como sabemos, el hombre solo podrá acceder al goce sexual si el goce de órgano ha sido marcado por la castración, lo cual. en los términos observados por Freud en la clínica de la neurosis  masculina, se traduce en la amenaza de perder el órgano ante la posibilidad fantasmática de realizar el deseo incestuoso, o más generalmente, cualquier forma de goce en exceso. Pero Lacan acentúa la función de la marca misma como incluida en la operación de sexuación. La salida del Edipo en el varón, lejos de reducirse simplemente a la conservación del órgano para no ser castrado (angustia  del propietario, dirá Jacques-Alain Miller), supone, pues, que la función de ese órgano está marcada intrínsecamente por una pérdida. Esta inherencia de la marca de la castración, una cuestión de estructura, se traduce en el niño en un proceso que se modula en el tiempo: así, ante la amenaza de castración, renuncia al objeto incestuoso para conservar el órgano, lo cual le promete un acceso futuro al goce, pero al precio de su paralización presente, por lo que entra en lo que Freud denomina el periodo de latencia. A partir de este momento conclusivo, siempre que se ponga en juego el goce fálico la sombra de la castración estará presente. La posición del hombre respecto al falo, definidacomo la de aquel que tiene, le permite concluir su sexuación en un cierto acceso a una identidad sexual que la dialéctica fálica recubre. Esta salida aparentemente no problemática, en el que hasta cierto punto sexuación e identidad sexual tienden a confundirse, tiene quizás sus ventajas, como mínimo en lo que a su simplicidad se refiere, pero de estas ventajas se derivan igualmente sus inconvenientes específicos. De este modo, el mínimo cuestionamiento del postulado: «Soy portador del órgano, o sea, soy un hombre» hace que aparezca, bajo distintas modalidades clínicas,  la angustia, síntoma de la paradójica fragilidad de la identidad sexual masculina.

Del lado de la posición femenina en cambio, con la dificultad, encontrada por el propio Freud, en hallar un correlato entre la posición femenina y una identidad sexual correspondiente(3), queda el campo libre a la indeterminación en las identificaciones, a su movilidad, a sus virajes, a veces súbitos, a lo largo de la vida del sujeto. Queda, pues, indefectiblemente abierta la pregunta de qué es ser una mujer y qué quiere. Recordemos que, para Freud, varios son los desplazamientos que deben producirse en el recorrido que hace una niña hacia la adquisición de alguna forma de sexualidad femenina. Por un lado, la niña, en su demanda fálica, ha de abandonar a la madre para dirigirse al padre. Por otro lado, ha de cambiar de zona erógena. abandonando el goce clitoridiano, símil masturbatorio del goce fálico, que Freud considera masculino, para poder acceder al «goce propiamente femenino» que se supone es el goce vaginal. De este modo podría acceder a una «identidad sexual femenina».

Pero, aun si aceptamos algunas de las premisas de este planteamiento freudiano, que desde una orientación lacaniana deberemos discutir, sabemos que el recorrido no está nunca exento de obstáculos y que, por el contrario, como mínimo, siempre está repleto de lo que podríamos llamar, aceptando los términos en los que Freud lo plantea, desplazamientos inacabadoSigmund Freud mismo se  da cuenta de que este proceso, pensado en términos de desarrollo, nunca  es  completamente logrado, siempre deja un resto. La mujer nunca termina de saldar sus cuentas con el falo.

Lejos de plantear esto como un desarrollo inacabado o fallido, para Lacan se trata de un problema de estructura: como él dice en el año 58, aunque lo presente a modo de una pregunta, «la mediación fálica no drena todo lo que puede manifestarse de pulsional en la mujer». Si la mediación fálica, como significante del goce sexual, permite al macho saber (o creer que sabe. en particular en algunos momentos de su vida) de qué goce se traía, en la mujer el falo nunca es suficiente. Algo de su sexualidad queda siempre más acá y más allá de esa mediación fálica.

Esta cierta indeterminación permitió a Lacan considerar la teoría freudiana de la sexualidad como inacabada. De hecho, el mismo Freud hablaba, al final de su obra, de enigma de la feminidad, calificándola de «continente negro». Esta falta de conclusión dio paso, ya en vida de Freud, a las formulaciones que ocuparon un lugar importante en las discusiones de los analistas a lo largo de buena parte de los años treinta. Discusiones éstas que incluían desde la negación de la problemática por Jones, recurriendo al Génesis («Dios los creó hombre y mujer»), aplastando toda la problemática de la sexuación; hasta las eternas discusiones sobre si era cierto o no que había un desconocimiento del órgano vaginal en la niña, en un intento de demostrar o refutar la referencia primera al falo común a los dos sexos, sustentada por Freud.

Más interesantes fueron las aportaciones de las psicoanalistas que, como Helene Deutsch, se interesaron por contrastar en la clínica las salidas propuestas por Freud para la sexuación femenina. Es decir, quisieron comprobar si Freud había acertado en lo que se refiere al espectro de los destinos posibles para ser mujer. La obra de Deutsch tiene todo su valor en la medida en que pone de manifiesto la insuficiencia de las soluciones freudianas en lo que se refiere a circunscribir la posibilidad de una forma de gozar específicamente femenina. Otra cosa es que el nombre que ella misma asignó a este goce tiene más que ver con un síntoma específico de lo que fue su propia solución que con la salida femenina (universal) que ella pretendió haber descubierto en el masoquismo femenino.

Variedad freudiana de la mujer

Pero, volviendo a Freud. lo destacable es que, dejando de lado las insuficiencias de su articulación del problema, para él no existe en ningún momento la pretensión de una solución única. Para él hay varias versiones de mujer, según como se resuelvan las disyuntivas con las que se encuentra la niña en la siempre problemática resolución del Edipo. Eso es ya sorprendente si lo comparamos con la única salida propuesta para el hombre. Es decir que se puede ser mujer de diversas formas. Además, es de destacar que ninguna de estas formas que articuló debió de satisfacer plenamente a Freud, ya que para él, el enigma femenino seguía activo y dejaba como resto aquella pregunta cuyos términos fueron destacados por Lacan : «¿Qué quiere una mujer ?»

Recordemos las tres salidas posibles en Freud: La renuncia a la sexualidad, el complejo de masculinidad y la maternidad. Las tres son variaciones posibles de la demanda fálica. La primera, implica una renuncia que tiñe desde entonces a la sexualidad de un desinterés que aparta a la mujer del deseo y del goce sexual. Las otras dos son transformaciones de dicha demanda. En el complejo de masculinidad, la mujer vive con una esperanza: «Ya crecerá.» En la maternidad se trata de una operación de sustitución metafórica de la demanda de órgano por la demanda de hijo dirigida al padre. Ambas, maternidad y masculinidad, son pues variaciones del penisneid.

Paradójicamente, la no-conclusión que suponen estas soluciones contrasta con la decisión que Freud le otorga a la niña ante la visión de la diferencia anatómica de los sexos. «Sabe que no lo tiene y quiere tenerlo», es el Juicio femenino ante la visión de la diferencia. Este deseo está marcado por un «nada que perder» y una exigencia hacia el Otro que lleva a la niña de la toma de posición inicial a la infinitud de la exigencia.

En todo caso, las tres soluciones freudianas posibles están referidas a la posición femenina respecto a la castración. Pero ninguna de estas salidas satura un resto que la propia pregunta «¿qué quiere?» sitúa de forma ambigua en un terreno en el que pueden confluir el deseo, la demanda y el goce. O sea, allí pueden estar en juego muy distintos registros de la relación del sujeto con la satisfacción. Este resto no tiene, para Freud, un papel limitado. Así, en el tardío texto Análisis terminable e interminable, eleva el penisneid a la categoría de modalidad femenina del máximo obstáculo para la asunción de la castración al final de un análisis. La mujer sigue demandando al Otro (4). La pregunta es cómo en esta demanda, que a veces adquiere la forma de una exigencia particularmente fuerte, otras veces la forma de un sufrimiento, se anudan la dimensión de la demanda de amor con la voluntad de goce. Y, dicho sea de paso, la expresión misma penisneid tiene el grave inconveniente de circunscribir excesivamente tanto la dimensión de la demanda de amor como la de la voluntad de goce dentro de los términos fálicos.

Es cierto que la confusión, como todas las confusiones, tiene sus propios motivos: el hecho de que el goce de la mujer apunte necesariamente al Otro, aunque sea en la medida en que se dirige al punto en que la falla estructural de éste se manifiesta S(A), hace particularmente difícil, y quizás en el límite imposible, distinguir demanda de amor de voluntad de goce ; y si el Otro a quien se dirige el sujeto en posición femenina es un Otro en posición masculina, que dicha demanda tome la forma, profundamente engañosa, del penisneid, es comprensible. Deshacer el enredo requerirá un análisis del estatuto del falo, inalcanzable sin los tres registros lacanianos y sin una adecuada repartición de  lo que en todo ello corresponde a lo imaginario, a lo simbólico y a lo real del goce como imposible.

Lo problemático de la dialéctica fálica en cuanto a la consecución de la sexuación femenina es porque, en tanto que significante condensador y localizador de goce, el falo liga el ser al tener. La mujer se ve pues en el trabajo de construir un ser a partir de una nada introducida por la falta, el no hay del significante falo, Esta nada es subjetivada en términos de castración: «El Otro  me  ha castrado, el Otro me ha privado.» Trabajo que no puede concluir con el falo como en el caso el varón. La salida por el tener no le sirve a la mujer más que parcialmente(5). En las salidas propuestas por Freud, será una madre o un varoncito pero, ¿una mujer? no. Ambas salidas por el lado del penisneid, como nos señala Lacan, llevan a la mujer en el encuentro amoroso a ir en busca de la marca fálica en el hombre. Marca que será tanto la de la castración como la del órgano fálico en el cuerpo del hombre(6).

De lado del falo es pues imposible concluir acerca del ser una mujer. El deseo como deseo de falo es firme, y sin embargo no agota las exigencias que su misma dialéctica introduce.

Con Freud, más allá de Freud

En 1958, y después de elevar el falo al estatuto de significante en el escrito «La significación del falo», Lacan escribió «Ideas directivas para un Congreso sobre la sexualidad femenina», texto preparatorio de un congreso que debía celebrarse dos años después. En ese texto, que empieza situando de nuevo la problemática de la sexuación en los términos freudianos de la primacía fálica y su correlato del complejo de castración para ambos sexos, se refiere a la teoría freudiana sobre la sexualidad femenina como sigue : «De cualquier manera vuelve a encontrarse la cuestión de estructura que introdujo el enfoque de Freud, a saber que la relación de privación o de falta en ser que simboliza el falo, se establece de manera derivada sobre la falta en tener que engendra toda frustración particular o global de la demanda, y que es a partir de este sustituto, que a fin de cuentas el clítoris pone en su tugar antes de sucumbir en la competencia, como el campo del deseo precipita sus nuevos objetos (en primer lugar el niño por venir) con la recuperación de la metáfora sexual en la que se habían adentrado ya todas las otras necesidades.»(7) Inmediatamente después de esta formulación sintética, Lacan concluye que existe un límite inherente al intento de reducción de la sexualidad femenina a su explicación en términos de desarrollo, y establece la necesidad de subordinar dicho desarrollo y las cuestiones con él relacionadas «a una sincronía fundamental».

Así, los objetos son captados en el campo del deseo y de la demanda a través de la dialéctica fálica, que los introduce en una derivación hacia la falta en tener que recubre la falta en ser introducida por el propio falo. Cualquier objeto, para que entre en el campo del deseo, tiene que estar marcado por esta dialéctica fálica. El deseo de hijo, aislado por Freud en su equivalencia niño = falo, es el ejemplo más claro de esta cuestión y tiene su expresión privilegiada en la maternidad, entendida como una de las modalidades de solución al problema de la feminidad.

Pero la sexualidad femenina, presenta el límite de la operación fálica, en tanto ésta no puede dar cuenta de todo su ser sexuado sino en los términos de un «no realizado», en la modalidad de una creencia, la esperanza, o, a través de una metáfora, recurriendo a ese sustituto especifico que es el hijo, el cual, además, solo cumple su función fálica como objeto sustituto de una demanda al Otro.

De cualquier forma, no hay salida: por la vía del tener no hay modo de atrapar el ser, que es en el fondo lo que siempre está planteado en el problema de la sexuación. Abordando, pues, directamente el problema en la perspectiva del ser, Lacan dirá: «Por muy paradójica que pueda parecer esta formulación, decimos que es para ser el falo, es decir el significante del deseo del Otro, para lo que la mujer va a rechazar una parte esencial de la feminidad, concretamente todos sus atributos en la mascarada. Es por lo que no es por lo que pretende ser deseada al mismo tiempo que amada. La salida por el ser el falo la sitúa en una identificación con la falta misma que la hace depender del deseo del Otro, introduciendo así el deseo en el camino del amor. único modo de poder dar lo que no se tiene. En la identificación fálica, la mujer no se encuentra como identidad sexual, sino como objeto del deseo mediatizado por la dialéctica del amor. Lacan tiene toda la razón al advertirnos del carácter paradójico de su afirmación, porque si bien la mascarada aparece como una solución más allá del tener, contiene un elemento de rechazo de eso que permanece inaprensible como «una  parte esencial de la feminidad».

(8) Así, la identificación con el falo, con toda la gama de cuestiones que abre, como la de la feminidad en cuanto mascarada(9), por una parte se destaca como una vertiente en la que se puede situar una salida a la cuestión de la feminidad en términos que permitan ir más allá de los callejones sin salida de tener y sus distintas ersatz. Pero. por otra parte, esta vía no está exenta de dificultades y genera sus propios callejones sin salida. Lacan necesitará largos años de elaboración para progresar en la formulación de estos callejones sin salida en términos que le permitan abrir la puerta a nuevas soluciones.

De una forma resumida, podemos decir que las dificultades a las que Lacan alude en «Ideas directivas» se refieren a los límites de un abordaje de la problemática de la sexuación, no ya únicamente por el lado del tener, sino incluso por el lado del ser en lo que de éste se articula  mediante la identificación. De esta forma, si las salidas «freudianas» se quedan cortas, la mascarada, aun yendo más allá en sus posibilidades, tropieza con un límite estructural. Reproducimos un extenso pasaje del Seminario Las formaciones del inconsciente, porque en él se aprecia hasta qué punto Lacan no se conforma con el registro de la Versagung freudiana para caracterizar la dificultad a la que el sujeto femenino se enfrenta, y no vacila en recurrir al término de Verwerfung, en una anticipación sorprendente de lo que más adelante se planteará en términos de la falta del significante de la mujer. El estructural problema es, pues, de largo alcance, y los términos precisos en los que se plantea demuestran que no es suficiente con el concepto del deseo para poder ir más allá de lo que  la vía de la identificación con el falo y la mascarada suponen como solución. La argumentación detallada de este párrafo del Seminario culmina en un punto que reclama (cuando, más adelante, el desarrollo de la teoría lo permita) una referencia al concepto de goce, y paralelamente, un uso de la categoría de semblante que permita articular de otra manera lo real con lo simbólico (es decir, en  unos términos para los que la cuestión de la identificación y la mascarada demuestran ser insuficientes).

«La mujer (…) está capturada en un dilema irresoluble, alrededor del cual hay que situar todas las manifestaciones tipo de su feminidad, neuróticas o no neuróticas. En lo que se refiere a obtener su satisfacción, está en primer lugar el pene del hombre y luego, por sustitución, el deseo del niño. Me limito a indicar lo que es corriente y clásico en la teoría analítica. Pero, ¿qué quiere decir esto? Que a fin de cuentas no obtiene una satisfacción tan básica, tan fundamental, tan instintiva, como la de la maternidad, más que por las vías de la línea sustitutiva. Como el pene es en primer lugar un sustituto -incluso diría un fetiche-, también el niño, en cierto modo, será luego un fetiche. Por esta vía alcanza la mujer lo que es, digamos, su instinto y su satisfacción natural.

«A la inversa, para todo lo que se encuentra en la línea de su deseo, se encuentra atada a la necesidad que implica la función del falo, en determinado grado variable, de serlo, dicho falo, en tanto que es el propio signo de lo deseado. Por verdrangt que pueda estar la función del falo, las manifestaciones de lo que se considera la feminidad responden a esto. El hecho de que ella se exhiba y se proponga como objeto del deseo, la identifica de forma latente y secreta con el falo, y sitúa su ser de sujeto como falo deseado, significante del deseo del Otro, Este ser la sitúa más allá de lo que podemos llamar la mascarada femenina, porque a fin de cuentas, todo lo que muestra de su feminidad está relacionado precisamente con esta identificación profunda con el significante fálico, el más vinculado con su feminidad.

«Aquí se pone de manifiesto la raíz de lo que se puede llamar, en la consumación del sujeto en la vía del deseo del Otro, su profunda Verwerfung, su profundo rechazo, en cuanto ser de aquello por lo que ella misma se manifiesta en el modo femenino. Su satisfacción pasa por la vía sustitutiva, mientras que en el plano donde su deseo se manifiesta termina por fuerza en una profunda Verwerfung, una profunda ajenidad de su cuerpo respecto de lo que es su deber parecer.»

Manifestaciones del límite

La idea bastante constante en Freud de la relación entre feminidad y vida pulsional es el modo que él encuentra de entrever la vertiente de la problemática de la sexuación femenina que el falo no recubre. En Lacan encontramos algunas de las modalidades que puede tomar el limite de la operación fálica en la mujer: el no-apaciguamiento de la mujer en la maternidad, que no puede realizar la exacta equivalencia niño = falo, con la consiguiente aparición del niño como objeto de goce. Y este último, a su vez, está marcado por la infinitud del goce que como tal no puede llegar a condensar(12). La frigidez, bien tolerada en la mujer subraya, en la que se realiza la representación del Otro absoluto de la dialéctica falocéntrica(13). Y luego, la acomodación que parece no tener limite al fantasma masculino, hasta poder poner en juego todas «sus pertenencias» y la contrapartida de la exigencia amorosa(14).

Es decir, en lodos los casos, se trata de las distintas formas en las que el sin límite, el infinito,  aparece como algo para lo cual el significante fálico solo puede dar unas coordenadas necesariamente insuficientes. Es a través del falo como la mujer puede entrever el Otro goce que no es sino un goce en los límites de la operación de la castración. Por eso Lacan, en el mismo texto, plantea si habría que tener en cuenta que «si bien todo lo que es accesible al análisis es sexual (fálico podemos añadir) ello no implica que todo lo que es sexual sea accesible al análisis».

Lacan habla de «un goce envuelto en su propia contigüidad»(15) para referirse al goce femenino. Goce, pues, que no está marcado por la localización ni la discontinuidad del significante fálico. Así, el lado del falo, la mujer encuentra la satisfacción por sustitución y del lado del Otro goce, la satisfacción está marcada por lo infinito excediendo a la localización que el significante aporta.

El ser y la sexualidad femenina

Ser mujer sería, en consecuencia, inventarse un ser con la nada, y ello a partir de la falta introducida por el lenguaje allí donde no es posible recubrir dicha falta por la mediación fálica que le otorga una significación de castración. Castración que da un sentido a la falta en ser y sitúa a la causa en el  Otro. No hay objeto que pueda colmar esa falta en ser e incluso el falo deja ver su ser de semblante respecto al goce(16). Al menos, es frecuente que una mujer pueda verlo.

Es a partir del término de semblante, desarrollado por Jacques-Alain Miller siguiendo las indicaciones de Lacan en Aún, como se abre una nueva perspectiva en el abordaje de la problemática del ser en tanto relacionada con el goce.

El ser de una mujer es también un ser de semblante que incluye la falta en el Otro en su misma

operación. Lejos de la salida que obtura la falta mediante el objeto o el significante con la identificación fálica o el postizo(18).

La variedad de lo que es ser una mujer en las distintas épocas no es más que la puesta en acto de los semblantes (que siempre vienen del Otro) en una operación apunta a lo real del goce.

  1. Lacan. Jacques, «La significación del falo». Escritos.
  2. ídem
  3. Laurent, Éric, Posiciones femeninas del ser. Buenos Aires, Tres Haches, 1999.
  4. La clínica de esta demanda aplazada pero activa fue brillantemente recogida en una conferencia dictada por Jacques-Alain Miller en Valencia el año 92.
  5. Jacques-Alain Miller aisló la fragilidad, o inocencia de las salidas por el lado del tener para la sexualidad femenina.
  6. Lacan, Jacques, obra citada.
  7. Lacan, Jacques. «Ideas directivas para un Congreso sobre sexualidad femenina». Escritos 1, p. 294.
  8. Lacan. Jacques, «La significación del falo». Escritos 1. op. cit, p. 288.
  9. Término que justamente llamó la atención de Lacan en un artículo de Joan Riviere, artículo que debe su fama a este hecho más que a ninguna otra cosa.
  10. Vinculado con la demanda de amor, ya sea en el plano del tener como en el del ser.
  11. Lacan, Jacques, El Seminario. Libro V, Las formaciones del inconsciente. En capítulo XIX, «El significante de la barra y el falo», apartado 3. p. 358.
  12. Me remito a la lectura propuesta al respecto por E. Laurent con relación al texto de «Ideas directivas…» en el SCF, Valencia, 1988.
  13. Lacan, Jacques, «Ideas directivas para un Congreso sobre sexualidad femenina», op. cit. 14- Lacan. Jacques, Televisión, editorial Anagrama.
  14. Lacan, Jacques, «Ideas directivas para un Congreso sobre la sexualidad femenina», op. cit, p. 300.
  15. Jacques-Alain Miller nombra al desvelamiento del falo como semblante respecto al goce que se puede dar en la clínica de la sexualidad femenina como «cinismo femenino».
  16. Miller. Jacques-Alain, «De la naturaleza de los semblantes» (1992-93), curso de «La orientación lacaniana», inédito. En él se puede encontrar, entre otros, el desplazamiento que el término semblante opera sobre la teoría  del significante y del goce en Lacan. El semblante es una categoría que se encuentra entre lo simbólico y lo real. Por supuesto la problemática del ser queda completamente modificada así como la relación de lo simbólico con lo real.
  17. Se trata del concepto de postizo tal como Jacques-Alain Miller rescata de la referencia de Lacan en los Escritos (p. 825). Miller desarrolló este término en tensión con el de semblante en su curso de 1992.
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