Dificultades de la mujer neurótica en el amor*

Limitado a la lógica fálica, Freud situaba en la castración la roca del análisis[1]. Para la mujer tomaba la forma de penisneid: la mujer entendía la castración como que algo le faltaba y buscaba tenerlo. En el pensamiento freudiano el amor de un hombre era, junto a tener un hijo o identificarse a la posición masculina, una de las salidas posibles para conseguirlo. Para Lacan existe otra formulación para la roca del análisis: la inexistencia de la relación sexual. Respecto a ella el amor es una manera de velarla, un amor que empieza siendo narcisista y engañoso, pero que puede terminar siendo, tras la experiencia del análisis, un amor más digno, al que nombrará tomando la expresión de de Rimbaud, “un nuevo amor”[2]y que calificará de “valentía ante fatal destino”.[3] Ambas versiones, castración e inexistencia de la relación sexual son modos de representarse el encuentro con lo real en el que el sujeto está irremisiblemente sexuado.

La búsqueda del amor de un hombre puede ser entonces para las mujeres neuróticas un medio de elección a través del cual intentan hacer algo con la castración, con la inexistencia de la relación sexual, con lo real, con su posición sexuada en ese real. Por ello, cuando encuentran el amor de un hombre, no es inhabitual que aparezcan distintas formas de malestar en su relación con él.

En 1917, Freud describió en “El tabú de la virginidad”[4] las dificultades de “la mujer civilizada” ante el primer encuentro sexual con el hombre elegido que suscitaban su hostilidad hacia él. Freud relacionaba esta reacción negativa con cinco aspectos: los deseos sexuales infantiles, las primeras fijaciones de la libido, el complejo de castración, la pérdida de lo secreto y el efecto en el cuerpo del encuentro sexual. Casi un siglo después podemos seguir el hilo que nos ofrece Freud para poder hablar de los elementos que aparecen en un análisis detrás del malestar de las mujeres en la relación amorosa con un hombre.

1.- Ante la inexistencia irremediable del objeto adecuado para el goce del sujeto, el inconsciente hace la elección amorosa, dentro de la contingencia de los encuentros, guiado por los divinos detalles hechos de palabras y de experiencias de goce ligados a su novela edípica, a sus “deseos sexuales infantiles”. A lo largo de un análisis en el enamoramiento se encuentran las huellas de la singularidad con la que cada neurótico se ha enfrentado al Deseo de la Madre y ha hecho uso del Nombre del Padre para armarse un andamio ante su encuentro siempre traumático con la lengua y con el goce en el cuerpo. La confrontación con el Deseo de la Madre es siempre insoportable y el Nombre del Padre es siempre insuficiente para salir airoso de ese encuentro, de forma que en la relación con el partenaire amoroso elegido retornan siempre las limitaciones del armazón edípico del sujeto.

2.- Si se aplica sobre la novela edípica el aparato lacaniano llegamos a su reducción a la fórmula del fantasma en la que se condensa la relación del sujeto con el objeto de la pulsión, “las fijaciones de la líbido”. En el enamoramiento existe la suposición en el amado del objeto de la pulsión, desde la posición de amante se busca la satisfacción pulsional a través del objeto que se supone en el otro, desde la posición de amado se despierta el desconcierto acerca del objeto que el amante encuentra en uno. Tanto porque el sujeto neurótico tiene dificultades para orientarse respecto a su goce pulsional como porque el partenaire también se encuentra enredado en su propio fantasma y en la búsqueda del goce que de él se deriva, la relación amorosa en su vertiente fantasmática y pulsional se convierte en un terreno en el que se bascula fácilmente del amor al odio. Sin la construcción del fantasma y su franqueamiento, sin la localización del objeto pulsional separado del partenaire que permite el análisis la relación amorosa será esclava de los vaivenes de las exigencias fantasmáticas y pulsionales.

3.- El “complejo de castración” hace a la mujer quedarse adherida a la lógica fálica. Desde ahí que para una mujer el amor de un hombre puede tener una peculiar función de “pseudofetiche”, de “aparato sustituto” en el que apoyarse para enfrentar la castración y que sirve para desmentirla, tanto la propia como la del partenaire. La mujer se imagina como el falo que le falta al hombre que la ama y cree que recibe de él ese falo faltante a través de sus signos de amor y deseo. No sólo cuando pierde el amor del hombre, sino ante cualquier indicio de privación de sus signos de amor aparece la angustia, la angustia de castración. Este uso del amor para negar la castración lleva a la mujer a un callejón sin salida en sus relaciones amorosas. Le lleva al estrago del que habla Lacan en “Televisión”, aquel que le hace estar dispuesta a dar todo por el amor de un hombre del que espera que la libre de la falta estructural (“no hay límite a las concesiones que cada una hace para un hombre: de su cuerpo, de su alma, de sus bienes”[5]). Por el contrario, esto le impide recibir el amor de un hombre como un don.

4.- Esta adhesión preferente al registro fálico tiene como origen el horror de la mujer hacia su propia feminidad, hacia lo que queda fuera de la lógica fálica. Ya desde “Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina” en 1958, Lacan dio carta de naturaleza a las implicaciones “nunca revocadas” para la mujer derivadas de “una bisexualidad psíquica”, referida en primer lugar a las “duplicaciones anatómicas”, pero que pasaban cada vez más a las “identificaciones personológicas”[6], refiriéndose a esta duplicidad de la posición femenina que navega entre el registro fálico y otro territorio. Quince años más tarde en su seminario Aún, Lacan formalizará esta duplicidad femenina en una doble relación con ? y con S de A tachado[7]. Este desdoblamiento impide a la mujer encontrarse por completo dentro de la lógica fálica, pero a la vez la deja sin poder poner significantes e imágenes a lo que de ella queda fuera de dicha lógica, sin poder “conquistar” ese territorio. La dificultad de habitar esta división, que tiene efectos de goce, en la experiencia más íntima de su cuerpo, genera rechazo hacia la propia feminidad. Se busca entonces el acceso a la propia feminidad intentando entender lo que un hombre ama en ella o buscando en otras mujeres la clave del enigma, lo que no hace más que confundirla. En el hombre encontrará sobre todo el fantasma de éste, en las otras mujeres, la sombra eterna de La Mujer. De esta manera, toda relación amorosa con un hombre implica para una mujer la desestabilización del precario equilibro que logra en este terreno pantanoso de la feminidad y que, en cierta manera responde a la expresión freudiana de “pérdida de lo secreto”.

5.- El encuentro sexual de los cuerpos no pasa en su esencia por el principio del placer.[8]El encuentro cuerpo a cuerpo de los amantes necesita de la envoltura del deseo propiciado por el fantasma, necesita del rasgo perverso del lado del hombre y de la suposición del amor por parte de la mujer, necesita de la regulación fálica. La experiencia de goce en el propio cuerpo causado por el cuerpo del partenaire, la confrontación con el goce del cuerpo del otro provocado por nuestro cuerpo, si no cuenta con mediaciones eficaces puede generar, tal como nos enseña la psicosis, mucho malestar. Se requiere entonces estar orientado en el modo en que el encuentro sexual y el goce sexual pueden tener lugar para cada uno y consentir a la singularidad del modo de gozar sexualmente del partenaire para que la satisfacción aparezca en el encuentro sexual de los cuerpos.

Podríamos decir que en el transcurso de un análisis una vez recorridas las distintas facetas de estas dificultades en el amor, un paso más sería necesario. Más allá de la fórmula del partenaire-sínthoma promulgada por Miller[9](quizás más útil para los hombres), para la mujer tiene que haber una separación entre el partenaire y el síntoma para poder habitar el amor con un hombre. Para la mujer, en tanto que se encuentra desdoblada entre la lógica fálica y otra cosa, la consolidación de una relación amorosa con un hombre no le permite vehiculizar toda su relación con la feminidad, necesita construirse además un sinthome en el que apoyarse para poder sostener el amor en la relación con el partenaire.

 

Esperanza Molleda


[1]Freud, S., “Análisis terminable e interminable” (1937), Obras Completas, vol. XXIII, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1990, págs. 219-254.

[2]Lacan, J., El Seminario, libro 20: Aún, Buenos Aires, Paidós, 2008, pág. 25.

[3]Ibid.,pág. 174.

[4]Freud, S., “El tabú de la virginidad” (1917), Obras Completas, vol. XI, Buenos Aires, Amorrortu editors, 1990, págs 189-203.

[5]Lacan, J., “Televisión” (1973) en Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, pág. 566.

[6]Lacan, J., “Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina” (1958) en Escritos 2, México, Siglo XXI editors, 2003, pág. 705.

[7]Lacan, J., El Seminario, libro 20: Aún,op. cit., pág. 95 y ss.

[8]Lacan, J., El Seminario, libro 14: La lógica del fantasma, clase del 24 de mayo de 1967. Inédito.

[9]Miller, J.-A., El partenaire- sinthoma, Buenos Aires, Paidós, 2008.

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