Heisenberg: Un lapsus que cambió la historia


 
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No hay política posible del psicoanálisis que pueda desentenderse del discurso de la ciencia y sus efectos. El psicoanálisis nace para ocuparse precisamente del sujeto que la ciencia intenta suturar. Intento fallido, afortunadamente, que nos permite ser optimistas sobre el futuro del psicoanálisis, porque la subjetividad abolida retorna en cada paso de la ciencia y este retorno es inextinguible.

Tomaré una pieza de teatro titulada Copenhague como referencia para ilustrar la afirmación lacaniana “la división del sujeto es el destino del hombre cientifico”.

La obra de teatro pone en escena un hecho real acontecido en 1941 en la ciudad de Copenhague, invadida en ese momento por las fuerzas alemanas. El acontecimiento que se va a relatar es la visita del fisico alemán Heisenberg a la casa del fisico danés Bohr y de su esposa. En la ficción teatral los personajes vuelven a encontrarse, estando ya muertos, para reconstruir entre los tres la verdad de lo que esa noche había ocurrido.

La relación entre los dos hombres es arquetípica, pues obedece a un modelo eternamente repetido en la historia: el lazo de filiación simbólica que une a un maestro, Niels Bohr, con su joven y más aventajado alumno, Heisenberg. La trama se centra sobre un solo acontecimiento que trata de ser comprendido a posteriori, esa extraña visita de Heisenberg, que se produce en el peor de los contextos históricos.

¿Por qué fue Heisenberg a Copenhague? Es con esta pregunta que se inicia la obra cuyo desarrollo se asemeja al proceso de un psicoanálisis, en el que el acontecimiento es analizado hasta tres veces para discernir las motivaciones ocultas que determinaron lo sucedido. Estos actos de revisión mantienen la temporalidad propia de los tres momentos de realización subjetiva: El instante de ver, el tiempo de comprender y el momento de concluir.

Heisenberg viajó a Copenhague bajo el pretexto de dar una conferencia, pero los pasos que le guiaron hacia su visita nocturna a los Bohr estaban animados por un dilema moral del que él mismo no era consciente. Convengamos que Heisenberg le dirigía a Bohr una demanda cuya formulación exacta desconocía. Por su parte, Bohr ignoraba cuál era su función, hasta el punto de olvidar no sólo lo que recibe de su antiguo alumno como pregunta sino también su propia respuesta, que como veremos, tuvo el caracter de un verdadero acto analítico.

Heisenberg se interroga a sí mismo y no puede discernir qué es lo que buscaba en el Otro, pero reconoce haber sido presa de un sentimiento de temor, como el que se impone frente a un padre. Temor que se intensifica ante lo que puede ocurrir si fracasa en su misión, pero también y especialmente si llega a triunfar. “Que de los dos mil millones de personas de este mundo, precisamente tenga que ser yo el que cargue con esta responsabilidad terrible”. Efectivamente, estaba muy cerca de realizar el descubrimiento que le hubiera permitido fabricar la bomba atómica para la Alemania de Hitler.

Bohr, por el contrario, como una figura de la bella alma, se mantiene en la ignorancia del sabio que desconoce las consecuencias de lo que hace: “La física teórica no sirve para matar gente” afirma ingenuamente. Bohr, el hombre bueno, vive devorado por una culpa que no tiene fin, la de ver morir a su hijo al caer del barco en el que ambos navegaban y no poder salvarlo. ¿Quizás el padre hubiera podido evitar el accidente, anticipar el peligro y proteger a su hijo?.El psicoanalisis demuestra que el padre no ve nada, no anticipa nada, sólo existe para hacernos creer que lo real está en su sitio.Ese mismo padre que pierde a su hijo biológico, recibe ahora la visita de su hijo simbólico, quien deposita en sus manos el destino. ¿Qué deberá hacer? ¿Será capaz de protegerlo o lo dejará caer?.

Heisenberg se dirige a Bohr como a un padre espiritual, porque él ya ha descubierto que con la fisión nuclear se pueden producir armas letales. Pero ¿qué es lo que busca en el padre? Nunca se sabrá si vino a pedir la absolución previa al pecado, o a intentar alcanzar un pacto con el otro bando para

detener el progreso de la ciencia. Heisenberg, el de las decisiones rápidas,pide ahora tiempo para pensar. ¿Se podría frenar durante un tiempo la escalada cientifica que perseguía el uso para fines bélicos de la física atómica? ¿Alguno de esos hombres de ciencia se paró a pensar en lo que iban a hacer? ¿Lo hizo Oppenheimer o Einstein cuando reclamaban a Roosevelt más financiación? ¿Se hubiera detenido Heisenberg de haber podido finalizar su investigación? ¿Es acaso posible parar a la ciencia en su avance?

Un año después de esta visita, en Junio de 1942, los alemanes iban más adelantados en la aplicación de la fisión que los aliados. Heisenberg trabajaba en condiciones infrahumanas en un sótano, sin ningún tipo de cautela, ni protección de su vida, porque él ya no controlaba el programa, sino que era el programa quien lo controlaba a él. Vemos como el sujeto no es el agente de sus acciones, sino el efecto de algo que se ha desencadenado en el Otro y, sin embargo, necesariamente responsable de las consecuencias que produce. Pero ¿qué le impidió a Heisenberg finalizar el programa?.

En el tercer acto de la obra se dilucida el enigma de esta cita crucial de Copenhague. Heisenberg vuelve a recordar su entrada en la casa una vez más y el saludo inicial, pero en esta ocasión no solo detecta el rostro de los otros dos, sino además una tercera sonrisa que durante un instante vislumbra en el espejo. Esa tercera sonrisa de un invitado inoportuno es el reflejo de sí mismo. Por eso su queja inicial deriva en esta otra: “Que de los dos mil millones de personas, el que tiene que decidir sus destinos es ese ser, invisible, que siempre se esconde de mí”. Expresión máxima de la división del sujeto, que hace la experiencia de la alteridad que habita en uno mismo.

Finalmente se reconstruye la pregunta que había sucumbido al olvido: “¿Tiene un físico el derecho moral de trabajar en la aplicación práctica de la energía atómica?”

Lo esencial es que Bohr no respondió nada, sino que dió por finalizado el encuentro y también lo que aún quedaba de la amistad entre ambos.

Esa falta de respuesta, fue decisiva para no completar la demanda del Otro, y dejarlo en su dilema, porque si por un breve instante Bohr hubiera asumido el papel paterno que siempre había representado, Heisenberg se habría dado cuenta de que sólo le faltaba un pequeño paso en su investigación.

Lo que separaba a Heisenberg de la solución final sólo era un pequeño error de cálculo, equivalente a un lapsus. Él, que de todos los fisicos, era el gran matemático,no logró producir la reacción en cadena porque se olvidó de resolver una ecuación matemática.¿Cómo pudo cometer semejante lapsus? Evidentemente estaba atravesado por un dilema moral, una división interna, y si hubiera encontrado en el maestro la más mínima respuesta, habría salido de ese pequeño pero decisivo error, y la historia actual se contaría de otra manera.

Fue porque Bohr, en un verdadero acto analítico, pudo sustraerse de la posición paterna que le hubiera llevado a responder del lado del sentido, por lo que Heisenberg se fue de Copenhague sin resolver su error, su dilema y su síntoma. Si la respuesta de Bohr hubiera sido otra, es muy probable que el panorama mundial no fuera el actual. Hasta tal punto un acto individual puede determinar el curso de la historia y modificar no sólo al sujeto, que tras el acto ya no es el mismo, sino también al mundo.

Rosa López

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