La sesión corta: sentido y goce


 
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¡Morir.., dormir! ¡Dormir…! ¡Tal vez soñar…! ¡Sí, ahí está el obstáculo!
Hamlet. William Shakespeare

Si el encuadre analítico no constituyó un verdadero problema para los analistas hasta los años 50, fue la sesión corta, la que produjo un verdadero revuelo en la comunidad analítica. No se trata solamente de una cuestión de tiempo, fue el dispositivo analítico el que se puso en cuestión.

La sesión corta se plantea como una maniobra para inducir al sujeto a que abrevie su decir y reducir la producción de sentido, contrariando de esta manera al inconsciente interprete, precipitando el tiempo de concluir.

El corte es un leer. ¿Puede el analista hacer un corte en la sesión sin que algo de la lectura que ha hecho de los dichos del analizante se haya realizado? ¿Es este punto de corte aleatorio? ¿Puede esto confundirse con lo arbitrario como plantean algunos colegas de la IPA?

Jorge Luis Borges relata en un pequeño artículo, a cuenta de la teoría de que la historia de la literatura debería ser la historia de un espíritu productor de todo lo escrito hasta ahora y lo por crear, una nota del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, que dice: Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que había estado allí y si al despertar encontrar esa flor en su mano… ¿entonces qué?.

La flor de Coleridge según Borges se convertiría en el nexo entre lo real y lo imaginario, entre la actualidad y el pasado y demuestra que no hay acto que no sea la coronación de una infinita serie de causas y manantial de una infinita serie de efectos.

Un caso nos ilustrará la relación entre acto analítico y corte de la sesión.

Se trata de un sujeto obsesivo que después de cinco años de análisis, con un analista de la IPA, con sesiones de tiempo fijo y el pago regular de las sesiones a las que no siempre asiste, debe trasladarse de su ciudad por un periodo de pocos meses. Es trasladado al extranjero para realizar críticas de teatro, supone para este sujeto un logro importante en su carrera.

Para poder continuar con sus sesiones, el analista le solicita el pago de las sesiones a las que no concurrirá y aunque al analizante le suscita muchísimas dudas, decide interrumpir y no pagar.

A su regreso del viaje y pasado un tiempo, decide *continuar* su análisis. Me solicitará una primera entrevista a la que no podrá asistir. Muy alterado me solicita venir cualquier día de la semana a la misma hora. Amablemente le diré que no se preocupe, que lo esperaré al siguiente día, no siendo posible el mismo horario. Concurre puntualmente y relatará cómo el tiempo hace síntoma para él.

Relataré brevemente las coordenadas del caso:

1. El Sr. R. es periodista, es crítico de espectáculos, su dificultad para despertarse por las mañanas le lleva a entregar sus trabajos fuera del tiempo estipulado para su publicación. Esto le llevará a perder sus trabajos, a dificultades económicas que solventa su familia, y cuando esto sucede se excede en el consumo de alcohol, para escapar del malestar que lo invade. En esas condiciones se aísla por pequeños periodos de tiempo en los que vive encerrado en su casa, dedicando su tiempo a leer y escribir.

2. Su padre ha muerto hace tres años en un accidente de automóvil. Una pesadilla le acompaña desde entonces, se trata siempre de evitar el accidente.

3. Se encuentra siempre en la disyunción entre dos mujeres. Busca la mujer prefecta, la mujer que lo tenga todo, la mujer completa, evitando así lo imperfecto de la castración. Después de un tiempo de relación esta mujer se transforma en degradada y rebajada, apareciendo una nueva mujer inalcanzable. Esto se multiplica en serie.

4. El calcular el deseo del Otro para que no aparezca la falla, lo lleva a postergar su acto. Su lema: deja para mañana lo que puedes hacer hoy. Se defiende de la castración y de la pulsión a través de la muerte del deseo.

5. Pasivo ante el padre, feminizado como objeto de goce del padre, repite en su relación con el primer analista, esta posición de goce.

Su búsqueda de alivio a la angustia y al sufrimiento es lo que lo lleva a pedir ayuda y en esta búsqueda llega al análisis. ¿Pero este sujeto quiere curarse de su síntoma?. Lo paradójico es que su síntoma mismo es una respuesta del sujeto a la angustia.

El privilegio del sentido y la regularidad en las intervenciones del primer analista potencian el imaginario, dejando fuera su modalidad de goce.

Durante un periodo de tres meses de entrevistas preliminares, el Señor R. no dejará de sorprenderse por lo inesperado que siempre le resultan las sesiones. Se queja de no saber cuándo comienzan y terminan, de que no le interpreto, de no tener un horario fijo, de tener que pagar sesión por sesión, de no tumbarse en el diván.

El Señor R. tiene todas las interpretaciones edípicas en su haber, las repite en las sesiones y aún más sabe de sus resistencias. Sin embargo es poco lo que sabe de su manera de gozar.

Frente a esa comparación imaginaria a la que me somete el Señor R., recordé una pequeña recomendación que Lacan nos enseña cuando dice que no hay un solo discurso en que el semblante no lleve la voz cantante, y no hacer como los colegas de la Internacional que usan un semblante más semblante de la cuenta, un semblante ostentado. Sean entonces más sueltos, más naturales cuando reciban a alguien que viene a pedirles un análisis.

Les relataré un ejemplo de cómo el corte de la sesión y las sesiones cortas, impiden el uso del tiempo por parte del analizante y esto permite un cambio de discurso.

Un día cuando faltan pocos minutos para el comienzo de su sesión me llama por teléfono para decirme que no puede venir. Le ofrezco venir en otro horario y me dice “No quiero pagar dos veces”.

Vendrá a la siguiente sesión y antes de llegar a sentarme en el sillón dice: *Mañana vendré temprano*.

Le extiendo la mano y le digo: *Le espero mañana a las 8,30*. Sorprendido se levanta, paga y se marcha sin pronunciar ninguna palabra.

Llegará puntualmente a su sesión relatando un sueño de angustia que lo despierta.
Se trata nuevamente de un accidente en la carretera. Lo que lo sorprende y lo angustia es que al lado del coche hay una bolsa de plástico llena de sangre y de órganos, que él no puede dejar de mirar. Al interrogarle por la bolsa, asocia con la regla de las mujeres.

Sus pesadillas indicaban no el rostro del trauma sino la pantalla, el velo, el exceso de goce. Al devenir sueño de angustia, la angustia opera como un tope al goce, fracasa como guardián del goce. Despierta para no seguir gozando. Es a partir de este sueño que el Señor R. comenzará a hacerse preguntas, centradas sobre su relación con las mujeres, produciéndose un cambio de discurso que permitirá su entrada en análisis.

Por primera vez no hay para el sujeto un esto quiere decir, sino un che voi?, ¿qué me quiere?

Hay otro despertar, nombre de lo real en tanto que imposible, que es el que queda del lado del deseo. Ese despertar será el deseo del analista el que lo ubique.

Con este ejemplo podemos mostrar cómo la sesión corta es un procedimiento para que la interrupción de la sesión escape a la mortificación. Con ello hacemos valer el tiempo como un real.

El corte de la sesión, da cuenta del hasta aquí que el acto analítico promueve.
El corte de la sesión es la experiencia que el analizante realiza del acto analítico, experiencia de separación de los excesos de goce.
El corte, el punto de corte, quiebra lo imaginario para este sujeto.

Marta A. Davidovich
Octubre 2004

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