PUBLICACIONES DE PSICOANÁLISIS DE ORIENTACIÓN LACANIANA

Síntomas de nuestra época. Trastornos de la alimentación

CICLO DE CONFERENCIAS

INTRODUCCION

Nuevamente me encuentro con Massimo Recalcati, acogidos por Angelo Guerrini, Agregado  Científico de la Embajada de Italia, y en este caso, por el Liceo Italiano de Madrid. Muchas gracias a todos.

Nos convoca el tema de los trastornos de la alimentación en el contexto de los síntomas contemporáneos.

La semana pasada, en la prensa nacional y local se publicaron una serie de artículos en los que se hablaba de la actualidad de la epidemia anoréxico-bulímica, y se hacía el diagnóstico de que éstas serían algunas de las enfermedades típicas del siglo que está comenzando.

¿Por qué es esto así? ¿Qué es lo que hace que determinados síntomas o enfermedades de origen psíquico aparezcan vinculados a una época? ¿Las enfermedades son inherentes a las personas o a las características socioculturales de un momento histórico determinado?

Por ejemplo, hoy en día “stress” es el nombre que recibe ese cajón de sastre que alberga los síntomas de origen psíquico actuales. Vamos a tratar de ir un poco más allá.

Como decíamos en el texto que invitaba a este ciclo de conferencias, siempre ha habido sufrimiento subjetivo, dolor del alma o del corazón. El ser humano padece, ese padecimiento tiene un lugar en su estructura psíquica, si bien, obviamente, no todos los seres humanos padecen de la misma manera ni con la misma intensidad.

El ser humano padece porque es incompleto, porque necesita de los otros para satisfacer sus necesidades y sus deseos, y esa satisfacción, aún en el mejor de los casos, nunca es completa ni para siempre. Hay en el horizonte la añoranza de una completitud, una satisfacción mítica que nunca se alcanzará. Pero veremos cómo este padecimiento propio del ser humano cambia según las épocas.

EL MUNDO MODERNO

Vivimos en un mundo organizado por el discurso científico y tecnológico, que ha introducido grandes cambios en la subjetividad. Sin caer en una idealización del pasado, podría decir rápidamente que hemos pasado de un mundo que estaba más orientado por la dialéctica del deseo y la palabra o lo simbólico a uno en el que impera la tiranía del goce.

El desarrollo científico-tecnológico ha dado lugar a la proliferación de objetos tecnológicos, gadgets, que abastecen incansablemente nuestra sociedad de consumo. El consumo de objetos es una actividad a la que el hombre se aboca afanosamente. Tanto, que aunque aparentemente es el  hombre el que consume los objetos, no está claro si finalmente no son éstos los que consumen al hombre. Esto es decir que el objeto tecnológico tiene un valor determinante en relación a la subjetividad.

El hombre tiene dos vinculaciones fundamentales: con los otros y con ciertos objetos de satisfacción. En conferencias anteriores nos hemos detenido más en estos puntos, que podemos resumir muy brevemente.

Desde que nace, el hombre encuentra su lugar y su satisfacción en relación al Otro (primero el Otro materno y luego otros “Otros” sucesivos que toman un lugar importante en su vida) y a los objetos que satisfacen, en primer lugar su necesidad, pero que inmediatamente se transforman en objetos de satisfacción, de goce más allá de la necesidad. Podemos poner como ejemplo de lo primero al niño amamantado por su madre y luego al niño que juega con sus juguetes o que come sus chuches, donde la dimensión de la necesidad  ya se ha perdido.

En relación al objeto, debemos tener en cuenta dos vertientes. El objeto puede  estar al servicio de la relación con el Otro, puede ser un objeto de intercambio con el Otro (puede ser un objeto de don, de disputa o de deseo); o puede ser un objeto de satisfacción pulsional, autista, como los objetos tecnológicos a los que nos vamos a referir.

Decía que hemos pasado de un mundo que estaba más orientado por la dialéctica del deseo a uno  en el que impera la tiranía del goce. Es decir que en este mundo caracterizado por el predominio del discurso científico y la proliferación de objetos de consumo, estos objetos se van constituyendo en objetos de satisfacción inmediata, y funcionan como una especie de tapón que procura al sujeto un goce solitario, fácil y autista.

Si el sujeto de deseo se constituye a partir de una falta estructural que empuja a una búsqueda incesante, hay en el ser humano otra dimensión, la de la satisfacción pulsional, que conduce a una inercia de goce.

El sujeto moderno se vincula con objetos de goce más que con objetos de deseo. El objeto de deseo es un objeto más buscado que encontrado, es un objeto prometido que nos hace andar por la vida, que nos hace vivir. La función del deseo está en decadencia, hoy funcionan más los imperativos y exigencias. La diferencia entre ambos sería la diferencia entre el “quiero” y el “debo”, que es muy grande.

Nuestro mundo favorece que las personas encuentren satisfacción en circuitos integrados por el propio cuerpo y los objetos, donde el propio cuerpo funciona como otro objeto que se intenta cultivar  y embellecer. El culto al cuerpo joven y bello es uno de los valores de la sociedad occidental actual que se torna un imperativo tremendo. Este es uno de los lugares en que se manifiesta el predominio de lo imaginario en nuestra cultura. El mundo simbólico, de los relatos, de las relaciones, de las grandes gestas ha dado lugar a otro donde lo que está vinculado a la imagen se destaca en primer lugar. Hoy se trata de las apariencias y del dar a ver.

Todo esto es muy importante porque configura las formas de sentir, de pensar, inclusive, como veremos más adelante, las formas de padecer.

Entonces, el mundo moderno es un mundo de consumo, y la relación del hombre con los objetos de consumo y satisfacción toma un lugar destacado, tanto que determina una modalidad de goce que es propia de esta época. Es más fácil pasar todo un día sin ver a nadie o sin hablar con nadie que sin tener algún tipo de contacto con objetos tecnológicos. El hombre y su objeto forman  circuitos cerrados de satisfacción que determinan las formas actuales predominantes de goce. Esto se verifica también en relación a los síntomas, que tienen un aspecto novedoso, propio de esta época: se trata de una satisfacción autista, que no perturba al sujeto ni requiere al Otro para que lo acoja. Es un tipo de satisfacción que se aparta de la dimensión del Otro. Uno de los perfiles que se ven actualmente, con mucha frecuencia, es el del joven “que pasa”, que no tiene interés ni por los estudios, ni por ningún hobbie, que se entretiene con su video-consola o haciendo nada con sus amigos. Son casos que cuando llegan a las consultas lo hacen por demandas de los padres o los educadores, pero ellos no están preocupados por esta situación ni tienen nada que decir.

EL SINTOMA

Nosotros, los psicoanalistas, trabajamos con los síntomas, nos aprovechamos de ellos para nuestra tarea porque entendemos que el síntoma es expresión de un conflicto psíquico, que nos habla de él si estamos en condiciones de escucharlo. Los casos que presenta Freud en “Estudios sobre la histeria” son un ejemplo perfecto de esto: Isabel de R, es una mujer cuya parálisis en las piernas conduce directamente al corazón de su conflicto amoroso y moral: “quiero estar con mi cuñado, pero por mi hermana no puedo hacerlo, no puedo dar un paso más” este es su drama, que el síntoma expresa muy bien.

Pero éstos no son los que llamamos síntomas contemporáneos o de nuestra época. Los síntomas propios del comienzo del siglo XX no son idénticos a los que encontramos en el comienzo del siglo XXI.

¿Cuál es la diferencia? ¿A qué se debe? ¿Hay alguna equivalencia entre la parálisis histérica y el trastorno de la alimentación, el hecho de querer no comer, o comer y vomitar, o no poder parar de comer?

Podemos diferenciar dos aspectos en el síntoma que son opuestos entre sí.

En un sentido freudiano clásico, podemos entender el síntoma del mismo modo que las  formaciones del inconsciente (sueños, lapsus, actos fallidos), es algo interpretable porque constituye la expresión de una verdad subjetiva, habla, quiere decir algo que no se puede decir por otros medios. El síntoma es un mensaje cifrado que se da al Otro para ser descifrado. Por ejemplo, a Patricia le duele mucho  el estómago cada vez que tiene que examinarse, aunque finalmente aprueba. Que ella sea una buena estudiante es el máximo deseo de su madre, pero Patricia no le perdona que se ocupe más de su propia carrera de médico que de su propia hija. El dolor de estómago le permite aprobar aunque consigue, con su malestar físico que su madre no comprende, hacerla sufrir tanto o más que si no aprobara.

Desde otro punto de vista, el síntoma en sí mismo constituye una solución y eso comporta una satisfacción. Esta satisfacción es lo que la teoría lacaniana denomina goce: una satisfacción que no se debe confundir con el placer porque normalmente atraviesa la frontera del placer, va más allá. Se trata de lo que se repite en el síntoma. La repetición es consustancial al síntoma y al goce, de hecho, el goce no es observable sino por la repetición. Es lo que la sabiduría popular dice en términos de  que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. El síntoma comporta una satisfacción (paradójica), que es lo que le confiere su fuerza y su durabilidad. Para ejemplificar este aspecto podemos tomar un síntoma actual: el sujeto vomita y no puede dejar de hacerlo. No le da placer, sino más bien, displacer, pero hay algo que lo vincula estrechamente con el vómito, por ejemplo, porque el vómito lo alivia subjetivamente y encuentra un goce en la relación con ese “nuevo” objeto.

Jacques-Alain Miller en alguna ocasión ha dicho que el síntoma es armónico con la castración (con este término nos referimos al hecho de la incompletitud estructural del ser humano, a lo que lo hace ser faltante y estar condenado a buscar algo fuera de sí, a lo que lo transforma en un ser de deseo). Es decir, que el síntoma es consustancial con la falta estructural que comporta el ser humano.

Pero, en relación a lo que estábamos planteando, entre el aspecto comunicativo, el aspecto del síntoma como expresión de una verdad inconsciente y el goce del síntoma, introduce la noción de “funcionamiento”, que resulta muy útil para lo que queremos comentar.

El síntoma puede presentarse como una falla en el funcionamiento o como un funcionamiento, según la posición que tenga el sujeto en relación a él.

Si el sujeto cree que el síntoma quiere decir algo, si lo divide, si lo interroga, quedará del lado de la falla en el funcionamiento. Esto, desde el punto de vista clínico, nos da buenas perspectivas porque abre la posibilidad de un trabajo analítico con el síntoma.

En cambio, si el síntoma se presenta como un funcionamiento, es decir, como una solución que no sólo no cuestiona sino que permite un cierto funcionamiento, como algo que viene bien, entonces el problema es otro.

LOS SINTOMAS CONTEMPORANEOS

En los llamados síntomas contemporáneos, tan difíciles de tratar, nos encontramos con un  predominio del último caso que comentábamos: el síntoma se sitúa más del lado del funcionamiento, el síntoma es egosintónico (encuentra una sintonía, una afinidad con el yo), el síntoma se confunde con el ser del sujeto o lo nombra: soy anoréxica, soy toxicómano. Cuando el síntoma funciona para el sujeto, éste no lo pone en juego en la experiencia de la cura, o no inmediatamente.

Quisiera tomar un aspecto muy importante en relación a este punto. Estamos hablando de trastornos de la alimentación, de anorexia y bulimia. Pero no podemos generalizar porque no todos los sujetos anoréxicos y bulímicos son iguales. Quiero decir que hay sujetos neuróticos que presentan síntomas anoréxicos o bulímicos y hay sujetos psicóticos que también los padecen. Y, sobre todo, hay sujetos cuya estructura no está clara y podemos sospechar que se sostienen en el síntoma que es el que permite su “funcionamiento”, es decir que funcionen como si no fueran psicóticos, aún siéndolo.

Esta es una cuestión muy delicada, la del diagnóstico diferencial y la decisión sobre la estructura clínica. En el funcionamiento del que hablamos, el síntoma puede estar tomando el lugar de una suplencia, es decir de lo que evita el desencadenamiento psicótico. Cuando estamos frente a una psicosis debemos ser muy cuidadosos, pero aún más, cuando ésta no está declarada, cuando no se trata de una psicosis clínica. Son esos casos en los que se trata de una estructura psicótica que no  se manifiesta como tal porque el síntoma hace de suplencia y evita el desencadenamiento. Sería el paradigma del funcionamiento del síntoma. Estos casos son muy comunes en las anorexias y en las toxicomanías, donde muchas veces el síntoma estabiliza al sujeto, con la consiguiente dificultad en la dirección de la cura, porque sería una cuestión muy riesgosa el ir “en contra” del síntoma teniendo en cuenta la función estabilizante que tiene.

Pienso en el caso de una paciente anoréxica psicótica que cada vez que sube de peso se descompensa y que, además, su manera de soportar lo que le resulta insoportable en relación a su vida familiar es mediante el vómito. El análisis le ha procurado una estabilización pero no puede pasar de ciertos límites que le impone la propia enfermedad. Es decir, no puede sobrepasar cierto peso ni, en ocasiones, puede dejar de vomitar. Se trata de una especie de callejón con pocas salidas, pero es donde hay que moverse si no se quiere producir un desencadenamiento psicótico o un paso al acto totalmente indeseable.

ANOREXIA-BULIMIA

Esto nos introduce directamente en el perfil del sujeto anoréxico que podemos hacer equivaler con el sujeto patológico de esta época. Es un sujeto que no pide nada, no demanda nada, no quiere nada o podemos decirlo afirmativamente: quiere nada. Esto llevado a su máxima expresión. Es, eso sí, un sujeto que exige, pero que no quiere poner en cuestión el goce comprometido con su síntoma.

“Mis padres me controlan, no me dejan vivir en paz, yo sólo quiero que me respeten y me dejen vivir mi vida”, dice Susana, una joven de 19 años que pesa 40 kg, y consulta por indicación del médico endocrino al que la ha llevado su madre porque no tiene la regla. Sus aficiones son chatear por internet y los juegos electrónicos y su mayor preocupación es no engordar. Se pesa todos los días y se somete a dietas muy estrictas para no coger ni un gramo más del peso que ella considera soportable, y si es así, si tiene más peso, vomita. Le cuesta mucho hablar, no está acostumbrada a hacerlo ni con su familia ni con sus amigos, y no considera que tenga ningún problema particular, salvo el riesgo de engordar y lo pesados que son sus padres.

El sujeto anoréxico, agobiado por una demanda asfixiante y habitando un mundo demasiado pleno de objetos, quiere lo que no tiene, “nada”, y se aboca al circuito cerrado de su goce pulsional que se alimenta de comer cada día un poco más de nada. Se trata de un circuito verdaderamente cerrado donde la única dialéctica es comer-no comer-ser comido, porque así como decíamos que finalmente los objetos nos consumen a nosotros, también el sujeto anoréxico-bulímico, en un cierto sentido, termina siendo objeto de su particular relación con el alimento.

Dice Ana: “comencé haciendo una dieta hipocalórica, eso me hizo sentir muy bien, luego quité las frutas, luego los cereales, y cada semana tenía que quitar algo más. No puedo parar de quitar porque así me siento bien”

Antes caracterizábamos la época actual en relación al predominio de los ideales estéticos que devienen imperativos. Éstos tienen un lugar fundamental en la lógica anoréxico-bulímica: el cuerpo delgado toma un lugar primordial y su consecución es la medida de las consecuciones posibles. El sujeto “resuelve” o intenta resolver sus problemas de otros órdenes por el camino que le lleva al cuerpo delgado, como si ahí se localizaran todas las aspiraciones posibles. Uno de los aspectos fundamentales en la dirección de la cura en estos casos es cuestionar el valor del cuerpo delgado, en el sentido de indagar qué es lo que condensa. Para el sujeto anoréxico-bulímico el cuerpo delgado es un lugar de satisfacción y de omnipotencia, sobre el que se desplazan toda una serie de conflictos y de aspiraciones que ni siquiera llegan a manifestarse como tales.

Dice Inés, joven bulímica de 19 años: “cualquier cosa que me pase, necesito verme delgada, si no, tengo que imponerme ejercicios físicos hasta que considero que he perdido el peso que me sobraba.” Si tiene un problema con una compañera de facultad, necesita verse delgada; si le va mal en una asignatura, necesita verse delgada; si discute con sus padres, necesita verse delgada. Es muy difícil para ella reconocer la importancia de esas cosas que la empujan a tener que verse delgada. Es como si lo único que estuviera valorado subjetivamente fuera verse delgada y el resto de las cosas carecieran de importancia. El cuerpo delgado condensa todas las aspiraciones del sujeto. Esto sería también un ejemplo de lo que comentábamos antes en relación al síntoma. Este desplazamiento de  la importancia de las cosas hacia el cuerpo delgado es sintomático, pero “funciona” para el sujeto (no para la familia). Es necesario un trabajo previo importante para que sea cuestionado.

Hemos hablado del goce autista, ese goce donde el sujeto se satisface solo, con su objeto, por fuera de la dimensión de la alteridad, sin el Otro.

Francisca, una joven bulímica que vomitaba 5 o 6 veces por día, describía su goce autista con toda claridad: “sólo me interesan las cosas que puedo hacer a solas: comer, vomitar, apretarme granos o chatear. Cuando tengo que estar con gente me siento incómoda, no sé que decir ni cómo comportarme”. Inclusive sostenía sus relaciones amorosas por internet.

LA DIRECCION DE LA CURA

Debemos decir, hemos dicho más arriba, que hay cosas comunes entre los anoréxicos o los bulímicos, pero en rigor hay que hacer distinciones. Hay sujetos neuróticos y sujetos psicóticos, y cada caso individual es distinto y tiene un pronóstico diferente.

Hay sujetos para los que la anorexia o la bulimia son un episodio de su vida, un episodio que seguramente se manifestará no sólo en ciertas particularidades en relación con el alimento: hay una relación con la demanda, con el deseo, con el Otro, con el goce oral que son propias del sujeto anoréxico-bulímico. Pero todos los sujetos tienen particularidades.

Hay casos graves de los que se puede esperar, como máximo, una cierta cronificación. Que pueden llegar a convivir con el síntoma y organizar su vida con él. Estos también son resultados terapéuticos importantes.

En cualquier caso, se puede decir que el sujeto anoréxico-bulímico tiene dificultades importantes en relación al deseo, que le cuesta darse un lugar como sujeto deseante y la anorexia resulta un recurso. Esto es así también con el sujeto toxicómano o con el sujeto depresivo. Se trata de una dificultad con el deseo y con el valor que tiene el sujeto para el Otro.

Para concluir quiero hacer un breve comentario en relación a nuestra concepción de la cura y hacer una ilustración clínica.

Como se desprende de todo lo dicho hasta ahora, entendemos que se trata de escuchar al sujeto, de permitir que se despliegue el síntoma en todas sus dimensiones y si esto no es así, de llevar al sujeto hasta un lugar donde tenga algo que decir sobre su posición subjetiva. Se trata de escuchar y cuestionar, no de consentir ni de luchar en contra, porque eso lleva a un callejón sin salida. Tanto el no comer como el atracón o el vómito pierden fuerza a medida que el sujeto puede elaborar los conflictos que sostienen el síntoma. Quiero concluir con el relato de un fragmento clínico que da cuenta de la elaboración psíquica que permitió a una paciente dejar de vomitar.

Es una joven de 25 años que consulta por bulimia y lleva un año de tratamiento.

Se trata de un drama que acontece en un escenario fundamentalmente imaginario. Mónica vive mirándose en el espejo, que le devuelve una imagen que la hace infeliz

Le va mal en todo: con la familia, con las amigas, el trabajo y los estudios

El trabajo realizado en las sesiones permite la construcción de un síntoma analítico: una interrogación sobre su posición de estar tan pendiente de la mirada aprobatoria o no del Otro.

En cierto momento, la posición de Mónica comienza a cambiar, se siente menos sujeta a la mirada de los otros: puede participar más libremente de las reuniones familiares sin estar tan pendiente del  lugar que le dan a los demás y, por lo tanto, puede estar más atenta al tema de conversación y participar; en ocasiones puede disentir con su amiga sin que eso la perturbe y comienza a orientarse mejor en su trabajo, donde conoce a un grupo de gente que le gusta y que se interesa por ella.

En este contexto se produce un cambio importante en relación al síntoma bulímico. Para entretenerse y no estar tanto tiempo comiendo y vomitando, se le ocurre hacer adornos con piedras, telas y abalorios. Hace unos broches y pendientes muy bonitos y los vende, sus compañeros de trabajo los compran y ella siente que la valoran por lo que hace. La confección de broches, que introduce una dimensión fálica, marca un antes y un después no sólo en relación al aspecto autista del síntoma bulímico sino en su posición con los otros. Comienza a salir con la gente de su trabajo, a los que les vende los broches. Es un grupo nuevo, en el que ella por primera vez no está vinculada a ninguna chica “ideal” que la tiranice y la haga sentirse menos y puede estar con los chicos sin sentirse tonta.

En esos días tiene un sueño: hay unas mujeres árabes con la cara tapada que arrojan piedras azules con líquido amarillo. Relaciona las piedras con la bisutería que fabrica y el líquido con el vómito: en lugar de vomitar ella ahora hace bisutería, ha cambiado algo asqueroso por algo valioso afectivamente. Ella va tapada por sus temores, igual que esas mujeres que llevan la cara tapada,

¿Podrá alguna vez destaparse?

Se produce una transformación del vómito, objeto degradado, que le procura una satisfacción autista y la aparta de los otros, en bisutería, objeto valioso y bello, que le da un valor y un lugar entre los  otros a ella misma.

He querido concluir con este fragmento porque muestra el destino que puede tener un síntoma en el curso de un análisis, con un tratamiento diferente del que sostienen otras terapias al uso.

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