PUBLICACIONES DE PSICOANÁLISIS DE ORIENTACIÓN LACANIANA

El analista creador entre los distintos profesionales y las diversas demandas

Antonio Ceverino

Autor/a invitado/a de la Sección Clínica de Madrid (Nucep)

No seré yo quien venceré sino el discurso al que sirvo.

Jacques Lacan

El psicoanálisis comporta que la responsabilidad ética del sujeto se extienda hasta el inconsciente. Es a ese nivel que será necesario encontrar el recurso — cada uno por su cuenta, pero también cada uno co-responsable de sus compañeros de infortunio — de reinventar el psicoanálisis en estos tiempos de desamparo.

J. Miller

“Hay que investigar la posición y vicisitudes de un psicoanalista en la institución pública de salud en la que intervienen distintos profesionales y en las que hay que atender diversas demandas. No se trata sólo de su práctica analítica en una cura concreta con un sujeto que demanda saber sobre su malestar, para cuya práctica no hay obstáculos ostensibles; sino del analista creador e inventor para enfrentarse a la neurosis, a la perversión, a la psicosis, a los nuevos síntomas, a la debilidad mental y a la transmisión de la axiología analítica a la red institucional”.

Introducción/resumen

Desocupado lector:

Con este trabajo, “El analista creador entre los distintos profesionales y las diversas demandas”, se abre, a modo de introducción y en continuidad con el recorrido del Grupo de Trabajo hasta el día de hoy, el programa (“¡programa, programa, programa!”) de temas de investigación propuestos por Enrique Rivas, y esperemos que no sea como abrir la caja de Pandora. Quizás no sea casual, contingente, que un programa de investigación sobre el psicoanálisis aplicado en la institución de salud mental se inaugure con una discusión sobre el lugar del psicoanalista creador/inventor, porque cada psicoanalista está llamado a “reinventar el psicoanálisis”, y orientar la clínica en los parámetros de la institución es un proceso de experiencia inaugural y conlleva un trabajo de creación, de invención, en el caso por caso.

Por eso, en primer lugar se revisan términos emparentados como creación, invención y descubrimiento, se delimitan sus diferencias con el recurso a la producción artística (lo que permite hacer comparecer al vacío, y la angustia, la producción del objeto y el estatuto del objeto de arte como suplencia), a las invenciones del inconsciente, los descubrimientos de la ciencia y la incidencia en lo real. Posteriormente se revisan las posibilidades de implantación de la práctica psicoanalítica en la red pública, implantación que, al no estar garantizada, debe advenir al modo de un proceso de invención, de recreación del dispositivo analítico, siendo esto lo que prestaal psicoanálisis aplicado su especificidad, y, al mismo tiempo, determina sus límites. El enriquecimiento del psicoanálisis de la mano de las aplicaciones de la cura, la responsabilidad de la Escuela en este proceso, el advenimiento de un “psicoanalista ciudadano y útil” que establece un lazo entre el psicoanalista y el compromiso democrático, son otros asuntos que se recorren en el texto. Si el “dispositivo analítico no es más que el artificio donde se materializa el discurso del psicoanálisis”, y se trata de la posición del analista en el lugar del Agente en su condición de semblante de la causa del deseo, de objeto, se constata la familiaridad de la posición del analista en el discurso con el acto creativo, en el que tampoco hay sujeto. La distinción entre Escuela como sujeto-analista y como sujeto-analizante, el psicoanalista en la institución de salud mental como fruto de su propio análisis, la invención de una nueva eficacia, la posición frente al síntoma, las taxonomías y el diagnóstico, las demandas de atención urgente, el trabajo en pequeños grupos y la transmisión, son otros temas enhebrados.

Pero como “no he podido yo contravenir el orden de la naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante” (que dice Cervantes en el prólogo del libro tan celebrado), no me dio mi ingenio más que para componer en este trabajo una suerte de “bricolage” de textos que otros con más juicio que yo escribieron primero, al modo precisamente en que Miller define la «invención», como una creación a partir de materiales existentes. Perdonen las erratas, a todos los que robé su ciencia los he citado (si falta alguno hágamelo saber), a la mayoría creí entenderlos, puse sus pensamientos en la forma que me pareció más ordenada para componer unas páginas que nos sirvan para pensar, reflexionar, discutir…

Creación, invención, descubrimiento…

Creación no es homologable a invención o a descubrimiento. Creación se refiere primordialmente a la obra de arte. El arte, desde luego tiene un aspecto referido al procedimiento que se emplea, a la técnica (y de ahí palabras como “artesano” o “artefacto”), pero sobre todo apunta a ese aspecto de creación. “En el psicoanálisis el arte debe ser puesto en el registro de la producción ante todo, es decir a título de objeto”. El interés de esta definición de arte como objeto, como producción, radica en el hecho, diferente al planteamiento más estrictamente freudiano, de que la producción artística tiene entonces un estatuto radicalmente diferente a las formaciones del inconsciente. Es decir, que el objeto de arte no es interpretable, y, por tanto, que no hay psicoanálisis aplicado a la creación artística. Porque situar la creación artística como un objeto, en el sentido del psicoanálisis, quiere decir también que el objeto artístico ex-siste al sujeto. Y atribuimos de buena gana la creación, la Creación con mayúsculas, a Dios. Es el acento teológico de la palabra creación. En este punto es donde el término creación se opone naturalmente al de invención. La creación pone el acento sobre la invención ex nihilo, a partir de nada.

La angustia empuja al Ser creador/a, al Ser-en-el-lenguaje, para que se vacíe de sí. Para Miller el acto creador comprende la noción de vacío, que Lacan toma de Heidegger, pues –continúa-, «¿qué  es en efecto lo que motivaría una creación sino la falta-en-ser?». En el neurótico, en el que ese vacío se encarna como castración, el objeto está creado a partir de este vacío para contenerlo, para darle un lugar. La creación en el neurótico pues es respuesta al vacío, al menos de goce que la castración supone (a/-?). En el sujeto psicótico, por el contrario, esa producción puede venir,  como veremos  más adelante, a suplir la ausencia de nombre del padre (a/Po).

No obstante lo anterior, hay una zona semántica común entre invención y creación. La invención se opone más claramente al descubrimiento. Se descubre lo que ya está ahí, se inventa lo que no está. Es por ahí que la invención es pariente de la creación. Pero el acento del término «invención» es en este caso una creación a partir de materiales existentes, como dice Miller, un “bricolage”.

El conocimiento clásico, la mitología, supone el esfuerzo de inventar la relación sexual, de regir y ordenar el mundo según principios sexuales (cosmogonías regidas por los principios masculino y femenino, el universo cantaba indefinidamente las bodas imaginarias de ambos). Sin embargo, el conocimiento científico interrumpe esta armonía, los espacios siderales ya no hablan a los humanos, la ciencia los ha hecho callar para siempre, los cielos ya no nos hablan (“el silencio de los espacios infinitos me aterra” que decía Pascal). Y así podemos decir con Lacan que no es extraño que el psicoanálisis no apareciera antes de la emergencia del discurso de la ciencia. La ciencia (y el psicoanálisis) supone que no hay naturalidad alguna entre el sujeto y el objeto, que no hay ningún orden de connivencia entre ellos. Si el conocimiento precientífico actuaba como una tapadera que impedía el acceso a ese real de la ciencia, el discurso científico se dedica a des-cubrir, en el sentido de  destapar  lo  que  estaba  tapado.  La  ciencia  no  inventa,  como  el  conocimiento    precientífico inventaba el orden del mundo según los principios de armonía sexual. La ciencia descubre la ordenación de lo real según fórmulas matemáticas, y consigue una incidencia sobre ese real que descubre, lo modifica. Freud descubrió así el inconsciente. En un ejercicio estrictamente científico (en el sentido de separar lo imaginario de lo simbólico), Freud descubrió un saber, el del inconsciente, que, como el saber de lo real que la ciencia descubre, funciona en ausencia del sujeto, en la ignorancia del sujeto, separado de él. Y este saber se dedica a inventar fórmulas para aparejar esa relación sexual que no existe. Así, lo que inventan los locos (esos locos que somos todos, porque el pasivo del verbo loquor significa “ser hablado”, “ser proferido”, y esta es la locura de partida: que somos hablados, que algo nos habla o que somos resultados de un discurso) es la relación sexual. Freud descubrió que el inconsciente inventa todo el tiempo, inventa formas de hacer existir la relación sexual. Y que esas formas son lo que llamamos neurosis, perversión y psicosis.

Eso no significa que el inconsciente no tenga acceso a lo real como tiene la ciencia. Tiene en primer lugar acceso a la realidad, que no es exactamente igual que lo real: la realidad es precisamente el mundo tal y como está constituido para un sujeto según sus fantasías inconscientes. Y el inconsciente también tiene una incidencia en lo real del cuerpo como testimonia el fenómeno psicosomático, la clínica de las somatizaciones, etc. Es decir, son invenciones que tienen consecuencias en lo real porque, Como dijo Miller, el inconsciente es un saber que permite a la especie humana perpetuarse. ¿Cómo se podría reproducir nuestra especie en ausencia de relación sexual?

El psicoanalista llamado a reinventar el psicoanálisis

De Freud dice Miller que fue un genio porque inventó el psicoanálisis, inventó un dispositivo clínico que comprende:

La asociación libre, la invitación a decir todo lo que se quiera sin obedecer a otra regla más que ésa. La interpretación, del lado del analista.

La transferencia.

La respuesta peculiar del analista a ese fenómeno, su neutralidad, entendida primordialmente como neutralización de su pensamiento. Lacan dice que la frase que da la posición del analista es “no pienso”.

Para Miller, Freud fue un genio en el sentido de Kant: el genio no obedece a reglas previas, un genio no sabe cómo encontrar en él las ideas. Esto tiene una relación con el inconsciente. Un genio no  sabe cómo sus ideas se encuentran en él, es un lugar donde se producen cosas sin que el sujeto pueda decir cómo se producen.

Lacan, hacia el final de su vida, decía que el trabajo de cada analista es el de reinventar el psicoanálisis. La asociación libre es la invitación a ser un genio –un genio en el sentido kantiano–, es decir, a no obedecer reglas previas y a crear sus propios productos de palabras. La asociación libre  es la invitación al paciente a que se despoje de su aprendizaje.

Inventar una práctica de inspiración psicoanalítica en la institución de salud mental

Asumiendo que la institución de salud mental pública puede acoger una práctica de escucha del paciente desde una posición psicoanalítica, que es la hipótesis de partida de este grupo de trabajo, corresponde al psicoanalista inserto en esta institución, ubicado en la intersección que producen los dos discursos, realizar el proceso de adaptación del dispositivo psicoanalítico y sus elaboraciones teóricas a las condiciones específicas de la institución. Como esta posibilidad, el psicoanálisis en los dispositivos de salud mental comunitarios, no está garantizada (porque el psicoanálisis no forma  parte de la “cartera de servicios” de la asistencia mental pública, porque el psicoanálisis constituye una práctica subversiva y contra la corriente que propugna la simple atemperación del malestar, que redobla la promesa de felicidad del discurso capitalista y que pretende como objetivo la reintegración del sujeto que sufre a los ideales de normalización y adaptación y a los circuitos de producción; y, por último, porque esta posibilidad no está absolutamente libre de la contestación o la reticencias de algunos sectores de la comunidad psicoanalítica) esta adaptación debe advenir al modo de un proceso de invención. Se trata de inventarse un modo de hacer con la demanda, de reinventar una práctica en esta “época donde la extensión del psicoanálisis reclama nuevas alianzas entre el psicoanálisis puro y su forma aplicada». La tarea del psicoanalista creador consiste pues en redefinir las condiciones en las que opera un psicoanalista en las instituciones públicas. Si la transferencia y la interpretación son imprescindibles para el trabajo con el inconsciente, otras condiciones deben adaptarse a las condiciones de la cura analítica en una institución (la gratuidad, el límite de tiempo, la normativa administrativa en la evaluación y ordenación de la asistencia, la ideología que sostiene a la institución, la presión de la demanda, la transferencia con otros miembros del equipo –eventuales “co-terapeutas” o “derivadores” del caso-, las demandas de otras instancias extrasubjetivas, la articulación con otros procedimientos terapéuticos –psicoterapéuticos, farmacológicos- en curso, el hecho de que el paciente no elige a su psicoanalista y, por tanto, la transferencia se establece en primera instancia con la institución, etc). Estos aspectos que confluyen, colisionan o acompañan a la cura psicoanalítica en la institución prestan al psicoanálisis aplicado su especificidad, y, al mismo tiempo, determinan los límites –que también habrá que esclarecer- de la acción del analista. Orientar la clínica con estos parámetros, en un proceso de experiencia inaugural, conlleva un trabajo de creación, de invención, en el caso por caso.

En los servicios de salud mental –Rivas dixit– comunitaria se pueden dar todas aquellas prácticas analíticas que sirven en las curas en régimen privado, siempre que allí advenga un analista que juegue su deseo de saber y de ser la causa del deseo y del discurso del sujeto. Este deseo del analista en la institución es un deseo nuevo que abre la posible contribución  del  psicoanálisis aplicado al psicoanálisis puro, fórmula que fue esbozada por Miller, al señalar “la necesidad imperiosa de que el psicoanálisis puro renueve una alianza con su forma aplicada para preparar la mutación del psicoanálisis mismo”. Esta posibilidad, el enriquecimiento del psicoanálisis de la mano de las aplicaciones de la cura, fueron predichas por el propio Lacan que ya considera el tema del psicoanálisis aplicado en el momento en el momento fundacional de su escuela. En el Acta de Fundación del 21 de junio de 1964 puede leerse: “Serán admitidos los grupos médicos, estén o no compuestos de sujetos psicoanalizados, en tanto que sean aptos para contribuir a la experiencia psicoanalítica; a través de la critica de sus indicaciones en cuanto a susresultados, a través de la puesta a prueba de los términos categoriales y de las estructuras que os he introducido como capaces de sostener la línea correcta de la practica freudiana”. Esta “mutación del psicoanálisis mismo”, sobre todo en lo que respecta a las reticencias de parte la comunidad psicoanalítica hacia la práctica aplicada no es un asunto sin importancia. Miller recuerda que, de manera automática, la posición del analista (si se lo deja solo -en otras palabras, si está sin la Escuela-, y –añadimos nosotros- particularmente en una institución que se sostiene sobre el discurso del Amo) tiende hacia una construcción de defensa frente al discurso analítico. También Lacan decía que se trata de una dificultad que encuentra aquél que se acerca al discurso del analista: «debe encontrarse en el punto opuesto a toda voluntad, al menos manifiesta, de dominar. Digo al menos manifiesta, no porque tenga que disimularla, sino porque, después de todo, es fácil deslizarse de nuevo hacia el discurso del dominio».

Y de paso, esta intersección entre el psicoanálisis y la institución de salud mental comunitaria (que, por cierto, es la que recibe la mayor parte de las demandas de la población) reinventa un nuevo lazo entre el psicoanalista y el compromiso democrático, superando un viejo ideal demarginalización social del análisis, un ideal de analista concebido como el marginal, el inútil, aquel que, en la torre de marfil que se procura con su jerga y su pequeña comunidad, vive aislado de la época y de la lógica de la misma, en la figura que Laurent ha dado en llamar el “analista ciudadano y útil”. En esta comunidad de intereses entre el discurso analítico y la democracia, el analista sensible a las formas de segregación –sigue Laurent- se empeña en la defensa activa del derecho a la palabra y a la escucha, al secreto, en los lugares y situaciones en que se pongan en peligro esos derechos. Sin olvidar que estos derechos a veces son vulnerados en nombre de una pretendida normalidad, entendida ésta como el silencio y la domesticación del sujeto, llamada hoy con nombres como adaptación social: “Hay una acción lacaniana al instalar una distancia en relación al sentido común, al ideal social”.

Efectivamente, los profesionales de la salud mental se encuentran en una encrucijada definida por múltiples sistemas, los cuales, a la vez que promueven el acceso al sistema de salud mental, generan un contexto en el cual el profesional se convierte en ejecutor alienado de lo que estas instituciones, según sus propios roles, están requiriendo. Como los roles de esas instituciones son de educación y ayuda social, si no de control social, sus requerimientos a menudo se limitan al testeo psicológico, las evaluaciones de capacidad ordenadas por tribunales, los juicios clínicos acerca de la “adaptación” o  la “disfuncionalidad” de un sujeto, etc. Procedimientos de alcance tan limitado que invitan a adoptar una postura tecnológica y no reflexiva por parte del profesional y del equipo.

Jean-Claude Milner (en su libro“La política de las cosas”) ubica la responsabilidad de la orientación lacaniana  como un  “deboitement” -como un “no seguir el paso”, salirse de la fila- ante la alianza de  la promesa de felicidad con los imperativos de las leyes del mercado. No se trataría de una mera posición “anti-“ sino abrir un espacio donde el equívoco pueda ser escuchado, donde pueda reintroducirse la palabra de un sujeto que está siempre dividido, amenazada por el hecho de quedar reducida al mutismo a través de las normas y de sus protocolos establecidos, así como por todas las técnicas que manejan la sugestión y el forzamiento autoritario.

Si en el discurso del Amo, el que sostiene la práctica en la salud mental pública, es la palabra del profesional la que comanda el vínculo con el paciente excluyendo al sujeto del inconsciente y su palabra, por el contrario, el discurso del Psicoanálisis pone al sujeto a trabajar y el analista ocupa el lugar del Agente en su condición de semblante de la causa del deseo, de objeto. Esta circunstancia emparenta la posición del analista en el discurso con el acto creativo, donde tampoco hay sujeto, y por eso, en cierto modo, se dice que todo acto de invención tiene un momento psicótico. En el psicótico la invención se produce en respuesta a un significante puro: es el significante enigma, es decir, el significante que no se encadena. El desencadenamiento y la invención delirante, de esta forma, es como un instante de ver. Esto conlleva una secuencia en el tiempo. Primero el sujeto verifica ser el asiento de fenómenos incomprensibles para él. Y después tienen un tiempo para comprender de qué se trata, que es un tiempo de incubación del delirio. A veces eso no prende, no llega a cristalizarse, entonces el sujeto se queda en la perplejidad. La perplejidad, cuando  se deshace, es reemplazada en ocasiones por la certeza, por la elaboración de un delirio bien conformado.

En el discurso del amo no hay enigmas en ese aspecto, hay respuestas, está del lado del sentido.  Por eso el psicoanalista (orientado en la última enseñanza de Lacan, que establece un psicoanálisis que apunte al fuera del sentido y se comprometa con lo real) en la institución podrá inventar a condición de hacer el viraje del discurso de la ciencia y del Amo al discurso analítico, borrándose en esta travesía como sujeto y posicionándose desde un lugar de no saber. Miller destaca en la psicosis todo un campo clínico que no releva en absoluto de la invención: el de la estereotipia, y propone para mejor pensar el tema, aparejar al término invención el de estereotipia, el de tipicidad, para obtener un binario y una dialéctica posibles. En otras palabras, frente a la práctica clínica estereotipada en la red de servicios de salud mental, se trata de abrir el campo de la invención para producir un cortocircuito a la inercia asistencial estandarizada, orientada en la programación conductual y en el uso abusivo y cronificado de los tratamientos farmacológicos.

En el ciclo de conferencias Sujeto y Exilio (que tiene lugar estos días en la Casa de América) se ilustra este aspecto: el exiliado inventa un modo de habitar el país que los acogió, inventa una nueva lengua, reinventa a veces su nombre y sus apellidos. Y la historia del arte y el  pensamiento testimonia la importancia de las contribuciones de los exiliados al país y la cultura que les resultaba extraña. El psicoanálisis nos muestra como la extrañeza sobreviene en cualquier lugar, lo más  familiar puede ser lo más extraño, lo más siniestro. El psicoanalista en la institución de salud mental, en esta cohabitación a veces difícil, puede eventualmente poner en acto este aspecto creativo de la extrañeza. Esta posición de estar fuera quedando ligado, es lo que Lacan llama ex –sistencia, es  decir de estar ubicado, de «sistir»en alguna parte fuera de algo, pero en relación, en referencia a este fuera.

Por otro lado, si, como dijimos, el acto creador comprende la noción de vacío y en el neurótico ese vacío se encarna como castración, no podemos olvidar que el psicoanalista en la institución de salud mental también es fruto de su propio análisis. Y su deseo, deseo del analista, se sostiene en ese saber de límite de la propia experiencia de castración. Aquí es pertinente la distinción propuesta por Di Ciaccia entre Escuela como sujeto-analista y como sujeto-analizante, Escuela como sujeto susceptible de ser analizado, como sujeto de «interpretación» y efecto de una concatenación significante. Solamente pensando la Escuela como sujeto analizante, se puede afirmar que un acto de Escuela no tiene que estar enlazado a un setting particular. Podríamos sostener que sea cual fuere el dispositivo en el instante en el que hay acto analítico, el dispositivo siempre es analítico porque pone en juego la función deseo del analista. O con otras palabras, el dispositivo analítico no es más que el artificio donde se materializa el discurso del psicoanálisis.

El psicoanalista y su posición frente al síntoma, el diagnóstico y la taxonomía, las demandas de atención urgente …

Si la medicina y la psiquiatría toman al síntoma como una anomalía que hay que eliminar, el psicoanálisis lacanianorecoge el síntoma como una respuesta que el sujeto ha fabricado para hacer frente a lo real, a lo imposible de soportar, una producción necesaria para el sujeto, singular para él, radicalmente única, y no un síntoma social. La posición del analista aquí tiene que inventar un modo distinto de habérselas con el síntoma motivo de la consulta, y una buena indicación es el «principio soberano» que Freud le adjudicó a la abstinencia, en el sentido de no ofrecer ningún sustituto a la demanda para que lo inconsciente pueda desplegarse. Tomar el síntoma en su valor de producción singular supone plantar cara a la “política comunitarista del síntoma”que propone agrupamientos monosintomáticos como lugares de identificación, y restituir la dignidad y el estatuto discursivo a las metáforas del síntoma. El psicoanalista en la institución tendrá que dejar claro que la homogeneidad del síntoma (que defienden los planteamientos epistemológicos que homologan los fenómenos clínicos en orden a aplicar procedimientos diagnósticos estandarizados) es una ilusión, un lazo imaginario, una reciprocidad identificatoria, un espejismo. Si la monosintomaticidad garantiza al sujeto alcanzar una identidad particular por medio de una identificación universal, la ilusión del «nosotros», el psiconalista, en sus silencios y sus puntuaciones, tendrá que ingeniárselas para deshacer esa semejanza imaginaria, apostando a que aparezca algo aleatorio, contingente, que apunte a la división subjetiva. “El síntoma es la única cosa verdaderamente real, es decir, la única cosa que conserva un sentido en lo real”.

Otro tanto ocurre en las demandas de los llamados síntomas contemporáneos como el mobbing, el maltrato de género, la negligencia o acoso parental. En estas emergentes constelaciones  sintomáticas donde el sujeto está destituido y se sitúa la causa en el lugar del otro acosador o maltratador, el psicoanalista tendrá que favorecer la transformación de la demanda (de certificación del trauma mediante informes, etc; de restitución subjetiva o material en los casos de litigación…) en una demanda de saber sobre la implicación del sujeto en su síntoma.

Establecer esta suerte de alianza con el síntoma constituye un escándalo en una institución que cifra su eficacia en la supresión del mismo. Esta consideración nos adentra en el terreno de la eficacia. Hay corrientes del pensamiento psicoanalítico que consideran que todo interés que se le conceda a la eficacia terapéutica es marginal o anecdótico. Ya desde Freud se había advertido al analista de la exigencia de prevenirse contra el furor de curar. Sin adentrarnos más en este debate, y sin tomar en consideración la reflexión de la Escuela sobre los efectos terapéuticos rápidos, podemos dejar anotado que existen otro tipo de efectos terapéuticos que se pueden esperar en un análisis y que no consisten solamente en la supresión o alivio de un síntoma. Miller ha propuesto diferenciar el “efecto del producto” (Miller, 1983). Y propone como referencia para tales términos, “los efectos de verdad” y el objeto “a” como producto. Por tanto, el efecto puede ser considerado como hecho ligado al significante, y el producto como un hecho que finalmente se busca en un fuera de la acción de la cadena significante. Tales términos hacen posible distinguir entre eficacia simbólica y eficacia real.

Pero la abstinencia tiene otra declinación: a la entrada de todo análisis, la demanda de sentido debe ser contrariada para cerrar la puerta a la psicoterapia y poder abrir la del psicoanálisis. Frente a la idea comúnmente extendida del psicoanálisis como una práctica del sentido, diremos que no hay entrada en psicoanálisis “sin cerrar los postigos del sentido”. El psicoanalista se opone a un planteamiento etiológico que establece una relación causal entre los problemas familiares, laborales, interpersonales y culturales del paciente y el malestar subjetivo que lo conduce a la institución, taponando la demanda de saber implícita con interpretaciones que lo petrifican como enfermo. Antes bien, su trabajo se encamina a desalojar al paciente de su demanda de certificación como sujeto enfermo. Alimentar el sentido lo hacen mejor el inconsciente y sus producciones. La entrada en análisis tiene como condición necesaria una cesión de goce -y de sentido-, es decir, una cesión de una parte del goce del síntoma. Si se responde a la demanda de supresión del malestar subjetivo, el sujeto es desalojado de su propio inconsciente, la palabra (el saber) quedará del lado del profesional que hará callar al síntoma y “se aliará con el paciente en una encubierta pasión por la ignorancia”. En este punto se hace preciso el silencio del analista que permitan la contingencia de la ocurrencia, y  sus puntuaciones y cortes desafían al sujeto a seguir diciendo, ingeniándoselas para que la palabra del sujeto venga a constituir el objeto sustitutivo del goce a ceder (reemplazando así al dinero que no paga en la institución pública) y para que la dirección de la cura apunte más bien a ceñir el sin sentido que está en el núcleo del inconsciente.

Con respecto a la nosografía, la psiquiatría aporta todo su aparato descriptivo psicopatológico y su tradición de pensamiento fenomenológico que ha dejado no pocas marcas en el psicoanálisis. Esa constituye una tradición irrenunciable, y que los psicoanalistas en la institución de salud mental deben intersectar con la teoría y el corpus psicoanalítico, en un anudamiento de influencias e interconexiones mutuas, produciendo/inventando/esclareciendo, en cada caso, en cada Centro, si no una síntesis (por la disimilitud radical de los discursos que inspiran ambas prácticas), sí un espacio original de debate y confrontación entre los saberes de los miembros de su equipo terapéutico. Aquí precisamente resuena la descripción de Miller de invención como “bricolage”.

Lo anterior no es obstáculo para que el psicoanalista en la institución de salud mental se oponga a la extrema reducción clasificatoria de los manuales diagnósticos al uso que no dejan ningún resquicio a lo real, y que, como señala Leguil, no sólo borran la singularidad del caso, sino que están hechos para eliminar la subjetividad del clínico. Desde estos planteamientos epistemológicos que reducen el diagnóstico a un procedimiento automatizado“no extraña que no encontramos otra cosa que el resultado de nuestros propios artificios, de nuestras propias convenciones”. En “El ruiseñor de Lacan” Miller propone pensar el diagnóstico como un arte, más exactamente como “un arte de juzgar un caso sin regla y sin clase ya establecida”.

Como alternativa a esta práctica diagnóstica que se fundamenta en la observación de los fenómenos que presenta el paciente, en su catalogación y cuantificación psicométrica, a esta “clínica de la mirada” que describía Enrique Rivas en Psiquiatría?Psicoanálisis, el psicoanalista se ubica en una “clínica de la escucha” de las producciones que representan al sujeto en relación a la causa. El psicoanalista, evitando retroceder ante el empuje de la institución, deberá recrear los recursos e instrumentos para esclarecer desde el punto de vista diagnóstico y trabajar la demanda de atemperamiento que recibe del sujeto que consulta.

En la institución de salud mental comunitaria la demanda urgente de atención, frecuentemente una demanda ciega de saber, de limitación inmediata del sufrimiento, cuando no una demanda delegada (familia, agentes sociales, jurídicos, etc), se produce con nitidez la separación entre la forma pura y la forma aplicada del psicoanálisis, la de «la preocupación terapéutica”.Pero atender a la urgencia subjetiva no debe limitarse a taponar esa irrupción de lo real súbitamente imposible de soportar con las terapias de la relajación y la sugestión, o con el arsenal de terapias psicologizantes conocidas como “intervenciones en crisis o primeros auxilios psicológicos”. En el Seminario sobre la transferencia la fórmula es contundente: el deseo es un remedio a la angustia. Bajo esta perspectiva Laurent propone que “desangustiar consiste en hacer surgir la pregunta por el deseo». Aquí la maniobra del analista con el sujeto que no puede sostener aún una demanda porque está más en la dimensión del hacer que del decir, debe posibilitar la institución de un nuevo tiempo libidinal, donde  se dé cabida al deseo que se esconde por ejemplo detrás de un acting-out, y donde pueda desplegarse el interrogante por la causa de su desbordamiento.

El trabajo en los pequeños grupos

En el trabajo con grupos se trata de una aplicación del psicoanálisis en un campo que sobrepasa claramente a aquel de la cura analítica, y que Lacan, refiriéndose a la experiencia desarrollada por Bion, califica como una auténtica «innovación metodológica». En la distinción teórica entre grupo y masa, y concretamente en el pequeño grupo, Lacan ve posible otro género de identificación. La hipótesis planteada por Bion, es la de un «grupo sin jefe», un grupo que no se cimenta sobre el Ideal del Uno, que deja existir el particular del sujeto. El grupo entonces no se sostiene bajo la mirada absoluta del Ideal ni sobre la «semejanza imaginaria» que deriva de la identificación con el Ideal, sino de un lazo social reducido al trabajo, a la relación del «objetivo común». La dirección del tratamiento, lejos de los procedimientos “psicoeducativos” al uso, apuesta a deconstruir esa identificación colectiva para producir el nombre propio del sujeto. Eso con la salvedad que señala Rivas del grupo de psicóticos, donde la relación de los sujetos es radial con el analista (que ocupa en esta estructura el lugar de la falta, del agujero que aspira la palabra), y no establecen dinámicas de identificación o proyección entre los miembros al estilo de los grupos de neuróticos.

El trabajo en pequeño grupo añade otras ventajas adicionales. En ellos el sujeto se encuentra subordinado a una economía del tiempo y de la palabra colectiva (ceder la palabra, dar tiempo a los otros a hablar), y ceder, perder algo del goce, es condición para poder ser admitido en el lazo simbólico con el Otro. El psicoanalista en la institución debe promover los grupos terapéuticos,  centros y hospitales de día, como espacios de escucha, de contención del psicótico, o donde el paciente pueda poner en acto proyectos en los que inscribir su nombre, mediante la invención, la creación artística o la actividad laboral, porque, como dijimos, esa producción puede venir eventualmente a suplir la ausencia de nombre del padre (a/Po).

El psicoanalista y la transmisión

Unas últimas palabras para subrayar el desafío que supone inventar modos de transmisión de la práctica clínica propia del psicoanálisis a los equipos en los que trabaja, a los médicos que derivan, etc. Miller dice que es responsabilidad de Escuela hacer saber al público lo que tiene derecho a esperar de un psicoanalista. El psicoanalista en la institución debe recoger la apuesta de transmitir al Otro de lo social los logros terapéuticos del psicoanálisis sin caer en las constricciones evaluativas cuantitativas imperantes, inventando una transmisión de la práctica clínica, de su incidencia terapéutica, de su utilidad publica que pueda ser entendida, escuchada y reconocida.

Esta función de la transmisión es muy patente en los casos de derivaciones de pacientes desde la medicina (el fenómeno psicosomático, la queja física sin sustrato orgánico, la clínica del dolor), donde se recoge la demanda de atender al sujeto excluido por el discurso de la ciencia, allí donde la ciencia médica no tiene las soluciones, en el límite del saber de la ciencia médica. En estos casos, cabe la opción de tomar a nuestro cargo la vertiente de lo psíquico, lo emocional, aunque en esta posición se sostiene la forclusión del sujeto para el discurso médico. Otra opción puede ser la de contrariar un poco la trayectoria institucional e intentar reenviar a los médicos algo de la demanda que les fue dirigida a ellos, no a nosotros, es decir, intentar producir efectos de sujeto en el médico mismo. Inventar maneras para hacer ver al médico la diferencia que hay entre la demanda que le dirige el paciente y el deseo inconsciente que la habita, suscitar una pregunta ante las actitudes de desesperación en la que muchos médicos caen ante el fracaso terapéutico, de nihilismo o, por el contrario, de sobreimplicación terapéutica. Quizás, en algunos casos, puede ser modificada la identificación del médico a su saber o al Amo, abriendo la dimensión del deseo en la acogida de la demanda del paciente. No se trata de convertir al médico en psicoanalista, pero sí reconocer la afinidad entre las funciones de uno y de otro: en ambos casos constituyen el lugar en el que los que consultan depositan la esperanza de que su demanda será acogida y dotada de sentido, y en ambos casos hay un real para el que se pide tratamiento.

Por último, me gustaría someter a discusión algo que he leído a Carlo Vigano sobre psicoanálisis aplicado y que, intuyo, puede ofrecer alguna indicación sobre la tarea encomendada a este grupo: la investigación. El texto es el siguiente:

Podríamos empezar a recoger los testimonios de actos de escuela que acontecen en el trabajo “a plusieurs”, ya sea que nazcan de la iniciativa de los analistas y por lo tanto con los hitos bien plantados, ya sea que se desarrollen en instituciones que tienen otro origen. Estos testimonios no podrán limitarse a describir las escansiones subjetivas del caso clínico, sino que tendrán  que construir lo que Focchi ha llamado con una acertada expresión: “evento institucional”.

Laurent E. El analista ciudadano. Boletín 13. EOL.

Dislocación, torcedura, desencajamiento.

Miller JA. El psicoanálisis y el vínculo social. Acto de Clausura de las IV JORNADAS DE LA ELP, Barcelona Noviembre 2005, sobre el tema «La utilidad pública del psicoanállisis».

Rivas E. Psiquiatría?Psicoanálisis. La clínica de la sospecha. Lacan. Seminario III.

Miller JA. La invención psicótica. Lacanian Journal (revista electrónica de la AMP), No. 2, abril del 2005. Vigano C. El psicoanálisis aplicado.

Abeles A. Una decisión, al final los principios.

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