La angustia de nuestro tiempo


 
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Buenas Noches, voy a adentrarme en el tema de la angustia y su relación con el discurso actual, con las características de nuestra época, para después hacer un abordaje clínico del fenómeno al que llamamos angustia.
La pregunta que me ha orientado en esta investigación es la de sí nuestra época es más proclive a la angustia que otras épocas y si la angustia se presenta hoy de un modo distinto ha como ha podido hacerlo en otros momentos históricos. Otra cuestión que me ha surgido es la pregunta por como se reparte la angustia entre los dos sexos, quienes se angustian más los hombres o las mujeres y si las coyunturas de angustia son las mismas para ambos.

La angustia es aun afecto. Conocida desde siempre, la angustia no ha esperado al psicoanálisis para ser pensada. Grandes filósofos, como Kierkegard, Heidegger o Sartre, se han ocupado de ella, en tanto la angustia tiene para la filosofía un valor ontológico.

La angustia ha estado presente desde siempre en el ser hablante, no ha cambiado con los tiempos, lo que sí ha cambiado con el tiempo son sus amarras.

“Las amarras de la angustia”

Esta hermosa expresión de Lacan se refiere tanto a los cambios que se han producido en la propia teoría psicoanalítica con relación a la angustia, como a los distintos modos en que esta puede ser, concebida o abordada, por lo que Freud llamaba la civilización.
Cada civilización tiene su manera de concebir y de tratar la angustia.

La civilización contemporánea se guía respecto a la angustia por un nuevo estándar, por una especie de ¡Sálvese quien pueda de la angustia!

La angustia se presenta hoy más al desnudo que nunca, la inflación banalizada del término angustia en nuestros días no impide que esta aparezca al desnudo, sin la vestimenta que le da un aparato formal.

En el lenguaje psiquiátrico actual se la califica de “panic attack, lo que es una manera de confundirla con el miedo, algo que el psicoanálisis distingue desde Freud, el miedo no es la angustia, no tienen el mismo objeto, el miedo se dirige a un objeto de la realidad mientras que el objeto que angustia es real. Real y realidad están claramente diferenciados en la enseñanza de Jacques Lacan, mientras que la realidad es equivalente al fantasma, cuando hablamos de real, nos referimos a algo que escapa a la representación, ya sea esta imaginaria o simbólica.

La angustia está referida al resto de la operación por la que el ser humano entra en el lenguaje. Un resto irrepresentable, hecho de goce pulsional.

Algunas de las características más relevantes de nuestra época son la precariedad y la incertidumbre, a todos lo niveles y en todas las relaciones, tanto una como otra favorecen las coyunturas de angustia. La precariedad y la incertidumbre actual no se dan solamente en el plano laboral y económico sino que también están referidas a la inseguridad frente a los nuevos modos de la barbarie, los atentados terroristas por ejemplo, generan un tipo de angustia postraumática, pero generan también otro tipo de angustia pre-traumática, la del ciudadano que sabe que en cualquier momento puede ocurrir, pero no sabe cuando.

La precariedad se hace presente en las relaciones sociales, hoy los lazos sociales son poco duraderos, precarios, por estar fundados solamente en el síntoma. Hay una queja que se escucha hoy, acerca de lo poco que duran las relaciones.
Precariedad e incertidumbre son nuevas coyunturas propicias para la angustia.

No estamos en la época victoriana, la época de Freud, en la época victoriana un sujeto podía rebelarse contra los lazos sociales establecidos, contra la rigidez de las normas sociales, pero hoy el problema no es este sino más bien el contrario, en la medida en que los grandes ideales que agitaron al siglo XX han desaparecido, y el discurso capitalista en el que estamos inmersos no propone un nuevo lazo social entre los sujetos sino que más bien el discurso capitalista ataca el lazo social y promueve el individualismo, los sujetos modernos se ven confrontados a tener que ser ellos mismos los que inventen sus propios lazos.

La percepción que tiene el hombre moderno es la de que no hay garantías, nada está garantizado, todo es incierto. y eso genera angustia. Hay una relación directamente proporcional entre la incertidumbre, el no saber lo que va a pasar, y la angustia. A más incertidumbre, mayor angustia, si a eso le añadimos la precariedad, vemos que el sujeto moderno es un sujeto abocado a la angustia. Los trabajos son precarios y los lazos también, las coyunturas de angustia se multiplican.

Hoy día ya no hay ideales creíbles, se ha perdido la función que tenían los ideales que era una función colectivizante, eso nos deja librados al individualismo y da lugar a un nuevo tipo de narcisismo, distinto del narcisismo de los ideales este nuevo narcisismo hace que cada uno no tenga otra causa que si mismo, este nuevo modo de narcisismo conlleva un empuje a la competencia y a la desconfianza del otro, convertido en competidor, y a la desvalorización de valores que favorecen el lazo social, como por ejemplo la solidaridad.

El hombre moderno está solo sin otra causa que si mismo, nuevas coyunturas de angustia se le presentan, angustias ligadas al fracaso, pero también al éxito y a la necesidad de mantenerlo.
El sujeto moderno es un sujeto desengañado, a este desengaño ha contribuido de modo fundamental la ciencia con sus avances, sobre todo en el campo de la biología, en el campo de la vida. Pensemos por ejemplo en las nuevas formas de reproducción. Antes se sabía que para tener un niño era necesario un hombre y una mujer, la ciencia actual ha demostrado que no es imprescindible. Eso ha hecho estallar al padre, al demostrar que el padre era un semblante, uno más, uno entre otros.. Lo mismo ha sucedido con el matrimonio.

Semblantes fundamentales a la hora de organizar el lazo social, tales como el padre o el matrimonio, han quedado tocados y eso ha llevado a algunos a creer que se puede pasar de los semblantes.
Por otra parte nuevos semblantes surgen, se extienden y proliferan hasta el punto de que pareciera que todo es semblante, esto lleva al relativismo de nuestras sociedades occidentales, relativismo contra el que se alzó la voz del nuevo Papa, Benedicto XVI, nada más ser elegido Papa.

En medio de este relativismo del que cree que todo es semblante, sentido sin conexión con lo real, algunos pensadores de la modernidad se preguntan ¿si todo es semblante, entonces dónde está lo real?, ¿Qué es lo real?, pregunta que surge bajo un fondo de angustia.

¿Qué lugar ocupa el psicoanálisis en este contexto?
El psicoanálisis tiene un real que le es propio, en el sentido de que es distinto, del real de la medicina o la ciencia, nuestro real no es universalizable ni medible con un patrón que sirva para todos, por ser distinto para cada sujeto. Ese real se aloja en el síntoma. No olvidemos que Lacan decía que el síntoma es lo más real que cada uno tiene, el real que habita el síntoma es el de una satisfacción paradójica, paradójica porque el sujeto se aferra a su síntoma y al mismo tiempo la satisfacción que en el se realiza es experimentada como displacer.

Asistimos por una parte a la pluralización de las formas de goce y por otra a la extensión cada vez mayor de lo que Lacan llamó “la sed de la falta de goce”, promovida y extendida en la sociedad de consumo por un nuevo imperativo: el “nunca es suficiente”.
El hombre hipermoderno reivindica su derecho a gozar a su manera, reivindica el derecho al goce como uno más de los derechos humanos, a pesar de lo cual el sujeto hipermoderno no está ni más contento, ni más satisfecho.

Preso en el discurso capitalista el hombre moderno no puede salir de un circuito gobernado por la tiranía del objeto.

Lo que abruma al sujeto moderno no es el peso de los ideales sino la tiranía del objeto. Bajo el imperativo ¡Producir!,¡Consumir! Producir más para consumir más, el sujeto moderno se encuentra encerrado en un circuito que gira en redondo, un circuito, el de la oferta y la demanda que excluye el deseo y en el cual los sujetos se desorientan en esta galería mercantil, megalópolis virtual, en la que se ha convertido el mundo.

En resumen los cambios producidos en la civilización favorecen la emergencia de la angustia y hacen que esta se presente de un modo nuevo, podemos decir, más al desnudo.

¿Cómo trata el psicoanálisis la angustia?

La angustia, es esencial en la experiencia analítica porque es la vía por la que el sujeto puede aprehender algo sobre su ser y sobre su deseo. Sin la angustia nada sabríamos ni sobre el deseo ni sobre el goce. Hay angustias referidas al deseo y angustias referidas al goce.
Deseo y goce no son lo mismo, el deseo es siempre deseo del Otro, mientras que el goce es del propio cuerpo.

El deseo se le presenta primero al sujeto como deseo del Otro, ¿qué quiere el Otro de mi? Es la pregunta que se hace el sujeto frente al enigma del deseo del Otro. Más allá de lo que el Otro dice hay una opacidad propia del deseo que angustia al sujeto que se confronta a él, el sujeto, se pregunta que hay detrás de las palabras del Otro, ¿qué quiere el otro más allá de lo que dice?.

Esta es una de las mayores coyuntura de angustia.
El neurótico trata de eliminarla transformándola en demanda, en vez de la angustiante pregunta por el deseo, trata de reducir la dimensión del deseo sustituyéndolo por la de la demanda: el Otro me pide tal cosa.

El psicoanálisis le da a la angustia un lugar privilegiado, para Freud la angustia es nada menos que la causa de la represión que da lugar al síntoma.
Si la angustia es la causa de la represión, entonces ¿cuál es la causa de la angustia?, se pregunta Freud.

Freud distingue dos estados de la angustia, la angustia señal, angustia puntual que funciona como una señal que advierte al yo de algo que es un peligro y el estado desarrollado de la angustia.
El peligro primero del que la angustia es señal es para Freud la primera y más originaria coyuntura de angustia se sitúa en la exigencia pulsional creciente, frente a la que el “yo” se encuentra en un aprieto. Hay un demasiado lleno, la libido no tramitada es el núcleo del peligro que responde la angustia.

El psicoanálisis trata la angustia por medio del síntoma. Recordemos que la angustia causa la represión y es preludio del síntoma Cuanto más constituido está el síntoma, cuanto más consistente es el síntoma, menor es la presencia de la angustia. El síntoma cura de la angustia al mismo tiempo que permite cernir ese real del que la angustia era su señal.

Nuestro abordaje de la angustia es bien distinto del que hace la medicina o la psicología. Para ellos la angustia es simplemente un afecto negativo, al que no distinguen del síntoma, y de lo que se trata, para estos discursos que forcluyen la dimensión del sujeto y la de la causa, es de eliminarla, lo antes posible, lo más barato posible. Guiados por el furor sanandi, contra el que Freud ya nos advirtió, al impedir la angustia señal por medio de fármacos, cortocircuitan la vía del síntoma y puede ocurrir en algunos casos, que en vez de un síntoma bien constituido que hubiera atemperado la angustia, con lo que nos encontramos es con la emergencia de un fenómeno psicosomático, mucho más difícil de ser tratado.

Freud nos da una primera indicación, a la hora de abordar la angustia, con la angustia, nos dice Freud, no se trata de buscar su sentido sino su causa.

Buscar el sentido de las cosas, o de los fenómenos es abordarlos desde una perspectiva finalista que a Freud no le parece adecuada, cuando se trata de aplicarla a los seres hablantes.

La perspectiva finalista consiste en pensar las cosas humanas a partir de la pregunta por su finalidad. Esta perspectiva implica suponerles una intencionalidad a los fenómenos, algo así como decir que todo se hace para algo.
Esta intencionalidad se desliza muy rápidamente hacía un sentido que no es otro que el sentido de lo útil, el tonto sentido de lo útil. El ¿Para qué sirve? con el que se clausura la pregunta por la causa. Cuantas veces, en una conversación en la que se esté hablando por ejemplo, del síntoma de un niño, no escuchamos decir a alguno de los que participan en la conversación, “lo hace para llamar la atención”.

Con esta especie de coletilla psicológica, tan extendida, se tapona la pregunta por la causa, la pregunta de ¿por qué el niño lo hace? O ¿por qué el sujeto se angustia?.

Para el psicoanálisis, la angustia es siempre la angustia de un sujeto que habla, y es a través de lo que el sujeto nos dice cómo vamos a poder tratarla y cernir su causa.

Lacan retoma la idea de Freud de la angustia como señal en el Seminario X, todo él dedicado a la angustia, primero la refiere al deseo y después al goce, más tarde cambia las amarras de la angustia situándola como signo de lo real, el único que tenemos.

Para Lacan detrás de la angustia está la pulsión que quiere satisfacerse como una voluntad de goce que no puede ser frenada por el principio del placer ni la homeostasis.

Ahora bien la angustia con la que tenemos que vérnosla en la clínica no es la angustia señal, sino la angustia en su estado desarrollado. La angustia es el más penoso e insoportable de todos los afectos, la angustia puede petrificar a un sujeto o impulsarlo a un pasaje al acto suicida. Con relación a la angustia hay diferencias entre los sujetos, algunos son capaces de soportar mayor cantidad de angustias que otros, en todo cosa, frente a la angustia el psicoanálisis no propone ningún tipo de heroísmo, Lacan se lo dijo muy claramente a los analistas, se trata de desangustiar siempre, de desculpabilizar nunca.

Tampoco apelamos al ideal para tratar la angustia, sobre todo porque resulta del todo ineficaz. La angustia no es domeñable ni por el ideal ni por el significante amo, no puede ser absorbida por el discurso.

La angustia señala la entrada de la certeza en la subjetividad y lo hace por la vía del sufrimiento.

La certeza de la angustia está referida a lo real, por eso Lacan dice que la angustia es el único afecto que no engaña, que no engaña respecto a lo real. Todos los sentimientos mienten dirá jugando con la homofonía que hay en la lengua francesa (sentiment, mentir), salvo la angustia.

La certeza de la que se trata no es una certeza ligada a ninguna significación, no es la certeza del fantasma que está ligada a la significación absoluta del fantasma. Es una certeza por fuera de la significación y está en relación con el enigma. Es una certeza que se presenta como un enigma en la cadena significante, pero no en cualquier cadena significante, para que haya angustia, una condición es necesaria, es necesario que la cadena de la que se trata, sea la cadena en la que el sujeto busca aprehenderse, donde busca su ser.

En psicoanálisis tratamos de aliviar la dolorosa certeza de la angustia por medio de una creencia a la que llamamos transferencia, ese es nuestro modus operandi.
Alguien me decía. “No creo en los fantasmas, pero me dan miedo”. No se trata de creer en los fantasmas, sino de creer en el miedo que le producen. Se trata de creer lo suficiente en su miedo como para hacer de eso un síntoma que nos de la oportunidad de poder aprehender algo.

Cuando Freud dice que la angustia es una señal lo que quiere decir que no es un mensaje puesto que en la angustia misma no hay ningún saber y para que un saber sea pensable es necesaria su desaparición.

Esta señal es un signo de lo real , un signo que lo real le hace al sujeto.
La angustia no es un signo dirigido al Otro, sino al sujeto. Por esta razón todos lo saberes que se proponen sobre la angustia a partir del Otro para establecer un saber hacer con ella resuenan como una expropiación torpe y vana de lo que el sujeto tiene de más inefable.

La angustia no está reprimida ni es inconsciente, se desplaza y se transforma, aparece a menudo escondida, incluso ignorada por el sujeto.
A veces se alivia al sujeto, se lo orienta, cuando le decimos que aquello de lo que sufre es angustia.

En la angustia la certeza y la espera van juntas. La certeza y la espera de un peligro, son en la angustia una sola y misma cosa, la amenaza en la angustia es la angustia misma, que ésta no cese resulta insoportable.

¿Cómo se reparte la angustia entre los sexos?

Lacan en el seminario sobre la angustia retoma la afirmación de Kierkegard, cuando éste dice que la mujer está más directamente afectada por el deseo del Otro, que el hombre: Estar más directamente afectada quiere decir que al carecer del órgano una mujer no tiene un objeto que interponer entre ella y el deseo del Otro. Mientras que el hombre interpone el objeto fálico, entre él y el deseo del Otro, el hombre interpone el órgano.

Lacan sitúa la angustia de las mujeres principalmente, como angustia frente al deseo del Otro.
Frente al deseo del Otro la mujer se angustia en tanto no sabe lo que este deseo oculta, simplemente está ante él, confrontada a la dimensión de la falta. Desde esta perspectiva se podría decir que la mujer se angustia más que el hombre.
Al mismo tiempo Lacan le reconoce a la mujer más libertad, más franqueza respecto al deseo del Otro, por no estar, como está el hombre, estorbado por el falo.

En este seminario, Lacan va a dar gran importancia, al hecho biológico, anatómico, de la detumescencia del falo en la copulación, es decir que la relación del hombre al deseo en la copula se ve complicada y limitada por la detumescencia del órgano. De ahí que la angustia del lado masculino, esté ligada, no tanto a una amenaza, como a un “no poder”, es decir que la angustia se presenta para el hombre con relación a un instrumento que desfallece o al menos no está siempre disponible.

En el Seminario X asistimos a una inversión de todo lo que era la doxa analítica, pues aquí, el hombre que es el que aporta el órgano en la copulación, se ve por ello confrontado con el menos, con la detumescencia, el hace la aportación y pierde, mientras que la mujer, Lacan se deleita en mostrarlo, permanece intacta, intocada, incluso en la copulación.

Esta perdida el hombre no puede repararla más que por la vía del objeto, de ahí la fantasía masculina de que existiría una mujer que gozaría de ser ese objeto que podría repara el menos que le afecta.

Mientras que del lado femenino nos encontramos con la fantasía de Don Juan, este mito femenino es el mito de un hombre al que no le faltaría nunca nada. Este Don Juan, por otra parte, no deja de ser un falso hombre, un impostor, que niega la incidencia del menos y se presenta como instrumento eterno del goce del Otro.

El tratamiento de la angustia por el psicoanálisis se hace a partir de la transferencia que puede permitirle a un sujeto extraer de esa certeza dolorosa un saber sobre en qué eso le concierne, y le concierne a él en la medida en que en este asunto el peso recae sobre el sujeto y no sobre el Otro. La detumescencia lo que indica es que el goce fálico siempre se queda corto y la angustia por la detumescencia del órgano está presente en ambos sexos. El goce fálico conlleva en el acto sexual un elemento destitutivo para ambos, el hombre se angustia por el temor de no poder. La mujer se angustia por ser solo un objeto de uso o peor, por quedar reducida a ser un objeto fuera de uso. La angustia acompaña al goce fálico de cerca.

Lacan duda de que un hombre como Don Juan pueda inspirara el deseo, precisamente porque no se angustia, porque en el fondo eso no cuenta para él.
De ello se deduce, lógicamente, que “un verdadero deseo de hombre” angustia a una mujer en tanto ese deseo tiene relación con la falta y el sujeto femenino es llamado a ser allí, lo que la suple forzándola a la interpretación.

Por el contrario, lo que es sencillo para una mujer, según Lacan, es la relación a su propio deseo, dado que ella no se ve confrontada con el menos, más que a través de la relación al deseo de un hombre.

Para concluir: hacer un buen uso de la angustia implica tomarla como la vía que permitirá al sujeto lograr una certeza sobre su ser de goce, certeza que nunca va a encontrar solo por la vía del significante, esto implica pagar una cierta cuota de angustia. Sólo en la medida en que el goce del sujeto ha podido ser cernido, la angustia podrá se levantada.

Para Lacan en el Seminario X, la angustia es un operador que permite transformar el goce en objeto causa de deseo. La idea de Lacan no es la de que la angustia sea directamente la causa del deseo, sino la de que la angustia produce la causa, es anterior a la producción del objeto causa como objeto separado del cuerpo. La angustia sería el operador que de la exigencia pulsional haría objeto causa de deseo.

Ayudar a un sujeto a separarse de su angustia no lo libra de encontrarse con sus miedos, pero le permite aprender algo haciéndole saber la manera en que él está implicado.

Para ilustrar el modo en que el psicoanálisis aborda la angustia les traigo un fragmento clínico de Roger Cassin, psicoanalista francés, lo ha titulado: Roadmovie.

Desangustiar consiste, para el psicoanálisis en transformar la angustia en síntoma para poder cernir lo real, es decir el goce apresado en él. El caso clínico que presenta Roger Cassin, muestra como un sujeto neurótico, histérico en este caso al hacer su demanda al psicoanalista está ya en la vía de esta sintomatización.

La angustia de un sujeto moderno.

Wendy, “niña perdida” en el país imaginario de la hipermodernidad se queja de angustia. Wendy tiene 23 años. Su demanda está sostenida por una interpretación unívoca: la causa es sexual. Wendy tiene una teoría que ha elaborado a partir de sus lecturas de revistas, según la cual el origen de sus problemas se remontaría, sin ninguna duda, a los abusos sexuales sufridos durante su infancia por parte de su padre. Ella ha leído esto. y sabe que es esto.

Entonces intenta bordear su angustia echándole la culpa al Otro, al padre supuesto gozador incestuoso. Wendy no tiene ningún recuerdo de que tal cosa haya sucedido, pero ella ha leído que frecuentemente estas cosas suelen olvidarse. Esta teoría le conviene porque alimenta una de sus pasiones que consiste en vengarse de los hombres. Las crisis de angustia alimentan su cólera contra el padre y más allá del padre contra los hombres. Wendy se alivia de su cólera infringiéndole golpes a su amante con un cinturón en los juegos eróticos a los que la pareja se entrega. Según dice, esto calma su angustia.

Después de detenerla en su intento de denuncia, la invité a describir sus crisis de angustia. Estas sobrevienen cuando ella está en su trabajo o cuando va en conche hacia allí. “Siente palpitaciones, transpiración intensa, siente opresión de que va a sufrir una muerte inminente.: sus venas se van a taponar, un neurisma va a romperse, su corazón va a estallar”.

El analista le dice que ella teme un accidente de circulación.

Esta interpretación anuda la transferencia, y fija la angustia en fobia a las carreteras.
Las intervenciones del analista apuntando a poner en evidencia el retorno de los significantes: circulación, ruta, autorruta, automóvil e inmóvil, son decisivas en la dialéctica de las sesiones.
Wendy se pondrá entonces a relatar el grave accidente de circulación que le ocurrió a los 14 años. Yendo sin precaución en bicicleta, por un camino, fue alcanzada por un coche que la tiró. Hospitalizada sufrió la ablación del bazo y le dijeron que había estado en peligro de sufrir una hemorragia interna mortal. A partir de ese día Wendy se volvió insomne y el temor a morir de una hemorragia cerebral la acompañó hasta su pubertad.

En el momento de las primeras experiencias amorosas, hacia los 15 años esta angustia postraumática se detuvo. Sus relaciones adolescentes estaban organizadas según un escenario que se repetía, que se repitió hasta el encuentro con su actual amante. Cuando estaba segura del enamoramiento de algún joven por ella, entonces rompía bruscamente la relación, con crueldad, decía ella, crueldad que podía llegar hasta seducir de nuevo al abandonado muy rápidamente consolado, para dejarlo de nuevo caer, con el fin de que permaneciera inconsolable. Wendy piensa que esto es un modo de vengarse de su padre, aunque añade: “me gusta hacer sufrir porque soy malvada”

Incidencia de la causalidad sexual.

Desde las primeras entrevistas la angustia está referida a la circulación en la ruta. Las crisis aparecen cuando ella está en la autopista, esto hace que tenga que detenerse en áreas de servicio, desde las que a veces me llama para hablarme de su temor a morir súbitamente de una crisis cardiaca. La angustia amarrada a la ruta, Wendy habría podrido evitarla si hubiera tenido otro trabajo, ya que ella era comercial y se veía obligada a viajar todo el tiempo.

Wendy fue a visitar a un cardiólogo para saber su estado vascular, pero este le recetó antidepresivos que la pricipitaron en urgencias con una crisis nerviosa.
Wendy dice que no fue muy querida. Es la hermana menor de tres, siendo los otros dos varones, piensa que sus hermanos han acaparado todo el amor de la madre. Ella al contrario que ellos ha debido contentarse con hacer estudios cortos. Seguramente hubiera preferido ser un chico y poder participar con sus hermanos en las actividades de bricolaje junto a su padre.

Wendy ama a su novio. Es la primera vez que ella ama. El la escucha y la comprende. El es el primer partenaire con el cual ha tenido un orgasmo. Las crisis de angustia retornan después del encuentro con el orgasmo. Sus intrigas amorosas han cesado. Su maldad sigue ahí, quiere ensayarlo todo, la pareja realiza los fantasmas de cada uno. Este sadomasoquismo soft, está de moda, “es un juego, eso se hace”, pero aunque su novio y ella cambian de rol, la mayoría de las veces es él el que recibe los golpes de cinturón.

Estos acting out, es tas fustigaciones la calman. Se trata para ella de un tratamiento de la angustia pero también de un medio de realizar la castración del otro.
Mientras prepara su boda un sueño incestuoso la sorprende: “ella bailaba con su padre, vestida con el vestido de novia y era llevada en un vals vertiginoso, cada vez más rápido. Comentará este sueño diciendo. “creo que yo he amado muchísimo, quizá demasiado, a mi padre . Este sueño había sido provocado por las palabras atentas, del padre. Poco a poco sin embargo, en el curso de las sesiones, el padre de Wendy tomará la figura de un hombre recto, respectado, admirado y amado..

El matrimonio tuvo lugar, las prácticas de fustigación parecieron cesar, pero Wendy se empezó a poner cada vez peor. Estaba triste, había perdido el apetito. A pesar de todo las crisis de angustia en la autovía eran escasas. Se puso entonces a hablar de sus sueños eróticos de prostitución, con los que se consolaba en la adolescencia y que su actual morosidad habían despertado. Evoca su exhibicionismo, real o imaginario y en particular el placer que encontraba en mostrarle sus piernas a los camioneros a los que adelantaba.

Reencuentro con el goce.

Las crisis de angustia en la autovía cesaron por completo a partir de una asociación con el significante automóvil e inmóvil, recordó un primer encuentro con el goce. Con la mirada como objeto. “La vía de la angustia conduce hacia el objeto real.. objeto de satisfacción de la pulsión”. Aparece entonces lo que surgía en la autovía, la mirada como objeto- con, por una parte sus maniobras exhibicionistas y por otra el terror que la inmoviliza al borde de la ruta.

Ese objeto mirada ella lo había encontrado bajo las especies de una fuerte excitación sexual sentida a la edad de diez años cuando miraba un film en la TV. Este era según ella el punto de partida de sus sueños eróticos. Era un film italiano con Marcello Mastroiani. La gente estaba inmovilizada en la autopista por un enorme embotellamiento. Había unos hombres en un coche, unos tipos duros, sublimes y terribles y en otro coche había una chica. ¡Esos hombres me hicieron un efecto! Dice Wendy, no se movían, miraban a la chica. Eso duraba y ellos seguían mirándola todo el tiempo, el embotellamiento duró toda la noche y la chica fue violada por los cuatro.

El film se llama el gran embotellamiento, es de 1979, de Luigi Comencini, muestra el deterioro de las relaciones sociales cuando a la precariedad se le añade el aburrimiento, en una situación de inmovilidad prolongada en la autopista. Esta película había conmovido a la preadolescente y le había servido de vestimenta para su fantasma.

La angustia postraumática sobreviene en la pubertad. Wendy la detiene castrando a sus amantes. Sin embargo el amor que ella sentía por un hombre la había conducido a renunciar a sus intrigas, la angustia surge de nuevo después del descubrimiento del orgasmo. Las fustigaciones del partenaire responden a la penisneid y las elucubraciones sobre los abusos sexuales son tentativas para cernir

ese punto de angustia. La crisis histérica desencadenada por la prescripción de un antidepresivo indican la imposibilidad de pasar de la angustia mientras el goce aún no ha sido cernido.
Es la rememoración del primer encuentro con el goce lo que permite hacer el boceto para la construcción de un fantasma, articulando lo suficientemente el goce como para que la angustia pueda ser levantada.

Una vez obtenido el beneficio terapéutico, Wendy decide cambiar de residencia.

Araceli Fuentes
Madrid 10 de octubre de 2005

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