PUBLICACIONES DE PSICOANÁLISIS DE ORIENTACIÓN LACANIANA

Lógica temporal de la denegación homosexual

Esthela Solano-Suárez

Autor/a invitado/a de la Sección Clínica de Madrid (Nucep)

Pasado un cierto tiempo, en el curso de un análisis, el sujeto que experimenta la libre asociación se ve llevado inexorablemente hacía lo que le ocurrió un día, a tal hora, en tal sitio.

Lo hemos aprendido de Freud: el psicoanálisis saca a la luz una escena. Llamémosla traumática o primitiva y, con Freud, estamos dando un nombre a este encuentro con lo real.

La escena, en el relato analítico, emerge como un cuadro porque da a ver. En la fijeza de la imagen, donde el tiempo se ha hecho eternidad, lo que muestra – fuera del horror que provoca – el sujeto no lo sabe. La escena muestra. El sujeto en análisis sabrá que es algo bastante deslumbrante ya que lo que muestra no puede ser visto. Por esta razón es tan enigmática como exhibicionista. El sujeto sabrá entonces que para descifrar el enigma que le plantea, es necesario, en la tarea analítica, satisfacer una exigencia de demostración: la de lo indecible de su ser.

Tal demostración se produce en el tiempo de un análisis y dibuja la lógica del recorrido subjetivo. Ese recorrido, en el despliegue de su serie, habrá permitido evidenciar su ley de producción y la causa  que va rodeando como caput mortuum 1del significante. De tal forma que hace legible el tiempo que le funda «en la actualidad que tiene en su presente, el futuro anterior»2. Sacar a la luz esta matriz temporal requiere el tiempo de un análisis.

Llegamos ahora al caso.

Tenía seis años; abre la puerta del cuarto de baño; ve allí a su madre desnuda con las piernas abiertas. Se acuerda hoy en día de haber experimentado un malestar indescriptible. Todo ocurre en silencio, no se pronuncia ni una palabra.

En primer lugar, destaca el carácter de instantáneo fotográfico de la escena que comienza cuando  «un instante más tarde la puerta se abre»; y ahí surge el horror. Detrás de la puerta estaba la Medusa. Treinta años después, nuestro sujeto dice por primera vez lo que sintió en ese instante: «Es el horror, me sentí como petrificado frente a un abismo que se abría delante de mí. Ahí había una falta, mi madre no tenía pene».

El paciente enuncia de este modo – y con una precisión de lo más rigurosa – la división del sujeto que Freud nos enseña a identificar a partir de» esa falta de pene de la madre, donde se revela la naturaleza del falo»3.

El sujeto se ve confrontado, en el campo de lo visible, a algo que falta en su lugar. Para que la percepción de la falta en lo visible desemboque en la subjetivación de la falta, como «sin pene» (índice de la castración), es necesario que el intervalo que separa ambas faltas esté horadado por «el  instante de ver»4, verdadera instancia del tiempo. «Debido al valor instantáneo de su evidencia», Lacan plantea el instante de la mirada como responsable del funcionamiento de los conectores lógicos «si … entonces», de los cuales depende la relación de implicación entre dos proposiciones.  Por ejemplo, en este caso: «Si no se ve un pene, entonces ella no lo tiene» desemboca en «si ella no tiene pene, entonces el universal fálico está puesto en entredicho».

Aquí el instante de ver está activo: en su eficacia retroactiva y como responsable de la mutación del antecedente en consecuente por medio de la implicación lógica. De tal modo que, haciendo brotar, en su fulgor temporal, el intervalo entre un «si » y un «entonces», el instante destaca este «entre-dos» donde se pone en tela de juicio el Uno. Ese valor del instante que resalta una escansión temporal, causa de una ruptura de la continuidad, figura ya en el Parmenide: «Es más bien esta naturaleza extraña de lo instantáneo, situada en el intervalo del movimiento y de la inmovilidad, fuera de todo tiempo, la cual es precisamente el punto de partida y el punto de llegada del cambio de lo móvil»5.

El valor del instante consiste en resaltar la existencia fuera del Uno. El instante de la mirada posee el fulgor del relámpago. Alumbra el mundo del sujeto de un modo inédito hasta entonces, permitiéndole recuperar – en su captación – que «no hay universo»6, como nos recuerda Lacan a propósito del pase.

¿Cuál es la unidad que se deshace frente a la irrupción de la desnudez de la madre? Lo que primero queda desatado es la primacía de las propiedades que sirven para calificar lo mismo y lo igual, lo semejante y lo desemejante, en la relación imaginaria susceptible de caracterizar el vínculo del sujeto con su mundo. La escena presentifica el encuentro con un real donde «se desvanecen semejanza y desemejanza, donde lo Uno mismo abandona sus poderes»7.

Segundo, el Otro mismo se divide: el encuentro con lo real hace surgir en ese lugar – presentificado en este caso por el cuerpo de la madre – lo que no tiene nombre. Para decirlo con otras palabras, en el Otro hay un nombre que falta. Así surge, en el «fuera del tiempo» de este instante, el Otro sexo como radicalmente Otro, Heteros irreducible a lo Uno.

Medimos aquí hasta qué punto la heterogeneidad del Otro es solidaria del surgimiento de su incompletud. Un significante falta en el Otro y se cava del lado del sujeto lo que le falta «para poder pensarse apurado por su propio cogito»8.

Si estas consideraciones han sido beneficiosas para explicar lo que en la escena fue responsable de la división del sujeto, vamos a tratar ahora, a través el objeto, de la polaridad que se pone en tensión entre la hiancia y la mancha en el instante mismo en que aparece. La mancha está presentificada en la escena por la mancha negra de pelos donde la mirada del sujeto viene a fijarse. Esto resalta «la función de mancha intolerable»9 que presentifica el objeto mirada, normalmente escondido en lo visible, y que encontramos emergente en la escena para presentificar el ser del sujeto. El instante resalta lo indecible del ser: «Ahí donde estaba en el instante mismo, ahí donde estaba por poco, entre esta extinción que alumbra todavía y esta eclosión que fracasa (…)»10. El sujeto en aquel momento  se realiza en la desubjetivación extrema; en el instante en que se percibe como equivalente al objeto  a que es en el Otro.

Luego, dos interpretaciones vienen a continuación de este instante, que culminan con la escansión que permite al sujeto cerrar el proceso mediante una aserción sobre sí mismo.

Aquí él se precipita hacia la salida, empujado por la conclusión que determina su partida. La primera interpretación sigue al momento de la escena cuando el sujeto se petrifica.

Tenemos aquí a un sujeto que no quiere aceptar el «sin pene» de la madre y que coloca entonces en  el lugar del pene faltante un puñado de pelos negros. La operación es la que describe Freud en su articulo sobre el fetichismo: el fetiche se verifica como siendo el resultado de una substitución, que permite al sujeto aplicar un tratamiento especial a la realidad del «sin pene» de la madre, y que, en nuestro caso, consiste en utilizar la mancha negra como un velo que viene a cubrir la falta. Colocando un artefacto imaginario en ese lugar, el sujeto comprueba el restablecimiento de lo semejante y de lo desemejante. Se congela la imagen. Esta imagen cubre el horror de la castración mediante una representación que se beneficia de una similitud.

La permanencia del fetiche permite al sujeto llenar el vacío de la castración y completar al Otro con la mancha presentificada por la mirada, por lo que completa al Otro inconsistente con la consistencia lógica del objeto.

Ese artificio lleva al joven sujeto – entre los seis y los nueve años – a dedicarse, con un interés exclusivo, de pelos negros en los cuerpos adultos.

Ya adulto, habrá de verificar su posición sexuada con respecto a la mujer para poder soportar la confrontación con el Otro sexo; pedirá a esa mujer llevar algún artificio de lencería negra. Pero el bonito fetiche no cumple con su función. La angustia se presenta y el efecto esperado no se produce. El artificio inventado para suplementar al Otro con el fetiche, ya no vale para el sujeto adulto. Y con razón. ¿No se quebró ese artificio cuando, todavía niño, con nueve años, la muerte irrumpe en la escena de su vida haciéndole reinterpretar la escena del cuarto de baño?

Su viejo padre, enfermo desde hace mucho tiempo, acaba de morir. Durante el periodo de agravación de la enfermedad, el niño está enviado por la madre lejos de casa, sin que se pronuncie ni una palabra respecto de la enfermedad del padre.

Cuando el niño vuelve, se encuentra con su madre en el andén de la estación, está vestida de negro. Un velo negro cubre su rostro. «Mis ojos se paran ante este velo» cuenta, antes de que el desgarrón presentificado por la irrupción de lo real le haga entender, esta vez, que su padre ha muerto. Se refugia en los brazos de su madre y llora sin que se pronuncie ni una palabra entre  los  dos partenaires de la escena.

Su madre no le ha dicho nada pero le hace un signo con el velo mismo. El velo se desgarra para evidenciar lo que, para el niño, recubre: la muerte del padre. En la escena de la estación, en el instante de la mirada, el velo negro se hace índice de la falta; es entonces cuando el fetiche fracasa como defensa del sujeto. Hay pues ruptura de lo Uno. La muerte hace desaparecer la representación de lo mismo, y disuelve «el atavío de los cuerpos, así como la identidad de los nombres»11. ¿Qué va   a surgir en este lugar? Cuando el niño llega a casa, la ausencia patente del padre surge sobre un fondo de silencio. Frente a su madre viuda, sentirá entonces una angustia indecible. En este momento, se le impone la escena del cuarto de baño. Vuelve a ver a su madre desnuda y se siente aspirado por la hiancia de su sexo.

Contesta a la llamada que le viene del Otro, de hacer función de tapón de la falta. La angustia, que se ha tornado espantosa, se hace goce, delicia. Goza entonces de este momento sublime cuando consintió, como sujeto, «a que su cuerpo de niño venga a ocupar el sitio del «sin-pene», como por vocación». Con este consentimiento se cierra la vía de la solución imaginaria al mismo tiempo que la denegación de la castración de la madre ocurre con la mutación del niño en el lugar del fetiche.

Quedará la cicatriz del fantasma, eficaz para servir de artefacto sexual y garantizar la voluntad de goce: «un hombre está tumbado sobre la espalda con las piernas abiertas y el sexo erecto. En el lugar del hombre, veo a mi madre pariendo, el niño se substituye en el lugar del falo.» En la escena del fantasma se verifica la significación inconsciente que oculta el horror de la escena y asegura al sujeto una posición sexual cuya elección homosexual es absoluta y le proporciona la certeza que, en el espacio del goce, no hay sino goce fálico.

  1. Lacan J., Écrits, Paris, Seuil, 1996, p.50.
  2. Ibid.
  3. Lacan J., op. cit., p. 877.
  4. Lacan J., op. cit., p. 205.
  5. Platon Parménide, Paris, Les Belles Lettres, 1974, 156e.
  6. Lacan J., «Intervention sur la passe», Lettres de l’École freudienne de Paris, nºXV, Montpellier, noviembre de 1973.
  7. Milner J.-C, Les noms indistincts, Seuil, 1993, p.14.
  8. Lacan J., Écrits, Paris, Seuil, 1996, p. 819.
  9. Lacan J., «Homenaje a Marguerite Duras», Intervenciones y Textos, 2 – 1988, Buenos Aires, Manantial, pp. 61-72
  10. Lacan J., op. cit., p. 801.
  11. Milner J.-C, op. cit., p. 15
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